China y la resignación trumpista

Jorge Elbaum

La transición hacia un nuevo orden global tuvo su ratificación en la reunión en Beijing. Después de trece meses de gobierno, Donald Trump asumió que su intento de disciplinar a China con guerras arancelarias y asfixias energéticas había sido en vano. Xi Jinping lo recibió con áspera amabilidad y le advirtió que ambos eran responsables de superar la trampa de Tucídides, que describe la relación entre una potencia hegemónica en declive y otra en ascenso.

Es probable que el magnate devenido en presidente no haya comprendido que se hacía referencia al análisis del politólogo estadounidense Graham Allison, quien advirtió sobre la progresiva pérdida de centralidad de Occidente, la imparable emergencia de la República Popular y los peligros que se derivaban de esa realidad.US President Donald Trump (C) walks with China’s President Xi Jinping (L) at Zhongnanhai Garden in Beijing on May 15, 2026. (Photo by Evan Vucci / POOL / AFP)

Según Allison, los riesgos de enfrentamiento bélico se incrementan por el temor que siente una potencia dominante frente a un rival en ascenso. Con esa advertencia, Jinping adelantó dos hipótesis homólogas a las descriptas por Tucídides en las Guerras del Peloponeso: la primera es que Estados Unidos estaba en declive. La segunda remite a que la República Popular tiene la convicción de no retroceder.

Los analistas chinos han estudiado con atención el denominado Acuerdo de Plaza, firmado en 1985, por el cual Estados Unidos, Francia, Alemania y Reino Unido le impusieron a Tokio la revalorización del yen frente al dólar, con el objetivo de quitarle competitividad a la por entonces pujante industria nipona. En aquella oportunidad, Ronald Reagan ordenó devaluar el dólar frente al yen o prepararse para aranceles incrementales. Para la década del 80, Tokio se había constituido en el mayor productor de automóviles a nivel global.

Gorbachov y Reagan

Frente a esa realidad, Reagan impuso restricciones a las importaciones de automóviles japoneses y obligó a Tokio a que las empresas japonesas invirtieran en territorio estadounidense. En esa misma década, la mayoría de las empresas más capitalizadas del mundo eran japonesas, entre ellas Nippon Telegraph and Telephone (NTT), Sony, Panasonic, JVC, Sharp y Toshiba. NTT era, para esa época, la corporación más poderosa a nivel global, superando a las gigantes estadounidenses como AT&T, IBM y Exxon. Para esa misma época, Japón casi dominaba el mercado de los semiconductores y contaba con nueve de los diez mayores bancos del mundo, superando a los colosos de Wall Street.

Washington apeló entonces a las amenazas y los ultimátum ante la atenta contemplación de los 55 mil uniformados del Pentágono estacionados en las bases de Okinawa. La propuesta extorsiva de la administración Reagan fue aceptada a regañadientes y se inició la debacle de la economía nipona. En tres años, el valor del yen se duplicó y los productos japoneses perdieron competitividad. El resultado es hoy conocido. El segundo milagro japonés fue destruido por la combinación de las imposiciones de Washington y las políticas de desregulación financiera sugeridas por el FMI.

Los movimientos iniciales de Donald Trump, al inicio de su segunda administración, estuvieron orientados a destruir el orden impuesto por los propios Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial.

‘Los objetivos centrales de los MAGA, en relación a la política exterior, fueron: (a) restringir la exposición a conflictos en los que no se visualizaran beneficios económicos evidentes; (b) apropiarse de los recursos naturales críticos en terceros países –sobre todo en los territorios considerados “su patio trasero”– para garantizar su cadena de suministro imprescindible para su reindustrialización; (c) garantizar el superávit comercial desatando una guerra comercial contra el resto del mundo; (d) evitar la desdolarización; y (e) asfixiar a su máximo competidor, la República Popular China, que se niega a ser obediente como lo fue Japón.

Para este último objetivo, atacó a Venezuela y a Irán, países que abastecían, en conjunto, con el 20 por ciento del petróleo, a Beijing. Durante trece meses, además, Trump amenazó a los países que osaron planificar algún formato de desdolarización en sus intercambios comerciales o en la adquisición de bonos soberanos.

Sin embargo, a pesar de dichos mandobles retóricos, Trump llegó a China a sabiendas de que muchas de esas bravatas habían fracasado. Solo en América Latina, los bonos soberanos emitidos por el Departamento del Tesoro estadounidense habían caído en forma estrepitosa, fugándose –entre otros destinos– al euro. En 2023 los bonos europeos apenas llegaban al expresar el uno por ciento de las tenencias. Para el primer trimestre de 2026, trepaban al 12 por ciento.

Las amenazas y la prepotencia bélica no lograron intimidar a los chinos, quienes tomaron nota de que no pudieron lograr un cambio de régimen en Caracas ni en Teherán, ni pudieron superar el empantanamiento en Ormuz. En ese marco, los consejeros del magnate estadounidense le aconsejaron plantear una cumbre con una agenda marcada prioritariamente con criterios comerciales. Los empresarios que acompañaron a Trump intentaron recuperar el acceso a las tierras raras y los minerales críticos controlados por China, que funcionan de forma análoga al bloqueo energético dispuesto por Teherán.

Quienes cubrieron la cumbre también descontaban que los asesores de Xi contabilizaban como una debilidad los rechazos de la Corte Suprema a los mandobles arancelarios dispuestos por Trump.

Xi Jinping llegó fortalecido a la cumbre. Aceptó una posposición de un mes y medio, solicitada por Trump, quien pretendía ser él mismo quien llegara fortalecido después de derrotar militarmente a Teherán. Esas vulnerabilidades brindaron un eco más vibrante a las exigencias de Xi Jinping relativas a la línea roja que supone la justa reivindicación sobre Taiwán, no solo por la demanda ancestral, sino porque en esa isla se producen el 90 por ciento de los microprocesadores más avanzados del mundo.

Frederic Merz (Alemania) y Emmanuel Macron (Francia) también visitaron a XI

Para el resto del mundo, el líder chino es un actor comprometido con la estabilidad y el orden global, baluarte de la defensa de los derechos soberanos, frente a un Trump promotor de la anarquía y la volatilidad económica, financiera y comercial. Esa es la razón por la que el líder chino fue el más visitado en los últimos meses por funcionarios europeos y latinoamericanos. Antes de la llegada de Trump, desde el último diciembre, desfilaron por la Ciudad Prohibida una decena de jefes de Estado pese a los murmullos del Departamento de Estado.

Emmanuel Macron de Francia; el presidente de Corea del Sur, Lee Jae-Ming; el Taoiseach de Irlanda, Micheál Martin; el jefe de gobierno de Canadá, Mark Carney; el del Reino Unido, Keir Starmer; Friedrich Merz de Alemania y Yamandú Orsi de Uruguay, entre otros. En la tradición china, el dragón es un símbolo de buen augurio, sabiduría, fuerza y poder. A diferencia de Occidente, no escupe fuego, sino que es una deidad asociada a la sabiduría, el agua, el coraje y la resistencia. Son comprensibles las razones por las cuales el magnate rubicundo terminó resignándose, en el País del Medio, ante el dragón vital, representado por Xi Jinping.

*Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)