Realismo a la fuerza: EE.UU. solo puede ceder ante Irán

40

Pablo Rodríguez

La guerra que Donald Trump imaginó como una demostración fulminante de poder frente a Irán ha terminado convirtiéndose en el espejo más incómodo de las limitaciones de Estados Unidos como superpotencia militar. Lo que empezó como una campaña pensada para doblegar a Teherán en pocas semanas se ha transformado en un conflicto de 40 días que ha dejado al descubierto algo que Washington se resiste a admitir en público: la aparente “opción militar” frente a Irán se ha agotado, y cualquier salida realista pasa, tarde o temprano, por hacer concesiones al país persa.

No se trata solo de un balance de daños materiales o de pérdidas en el campo de batalla. Lo que ha cambiado es la relación de fuerzas políticas y estratégicas. Trump llegó a esta guerra vendiendo la idea de que bastarían unos cuantos golpes quirúrgicos para quebrar la voluntad iraní, castigar a la Resistencia regional y restablecer la “disuasión” estadounidense. El resultado ha sido exactamente el contrario: bases norteamericanas golpeadas, rutas marítimas tensionadas, precios de la energía disparados y una opinión pública internacional que mira cada vez con más desconfianza la narrativa de “defensa propia” usada por la Casa Blanca.

Irán, por su parte, ha demostrado que su capacidad de respuesta no era retórica. Lejos de limitarse a absorber el castigo, respondió con un abanico de herramientas militares, tecnológicas y diplomáticas que sorprendió incluso a sus adversarios. La guerra no la ganó quien exhibió más arsenal en conferencias de prensa, sino quien logró condicionar el terreno de la negociación posterior. Hoy el mensaje de Teherán es claro: la parte que no alcanzó sus objetivos militares no está en condiciones de imponer sus términos políticos.

Ormuz, en el centro

En ese nuevo mapa, el estrecho de Ormuz ocupa un lugar central. A diferencia de guerras pasadas en la región, este conflicto ha puesto en primer plano algo que muchos preferían mantener en un segundo plano: la enorme vulnerabilidad de la economía mundial cuando una sola vía marítima concentra buena parte del flujo global de petróleo y gas. Irán ha convertido esa realidad geográfica en un instrumento de poder estratégico. No solo ha demostrado que puede influir en el tránsito energético, sino que, si se le excluye de las reglas del juego, tiene capacidad de hacer que todo el sistema se resienta.

Este punto es crucial para entender por qué la agenda de la posguerra ya no puede escribirse desde Washington como en otras épocas. Estados Unidos, que históricamente se atribuyó el papel de árbitro en los conflictos de Asia Occidental, se enfrenta ahora a un actor que no solo resiste, sino que impone condiciones. Mientras Trump multiplica declaraciones sobre “no querer guerra eterna” y sobre su disposición a “negociar sin condiciones”, en Teherán la lectura es distinta: quien ha fracasado militarmente es quien debe ceder. No es Irán quien necesita una salida, es Estados Unidos quien ha quedado atrapado en una guerra costosa, sin victoria clara que ofrecer a sus ciudadanos ni a sus aliados.

De ahí que el enfoque iraní hacia cualquier negociación futura sea radicalmente distinto al de rondas pasadas, como las del acuerdo nuclear original. En aquella etapa, Irán aceptó entrar a procesos donde el lenguaje dominante era el de “construir confianza”, “reducir tensiones” y buscar fórmulas de “ganar-ganar”. Ahora el cuadro es otro. Desde la perspectiva iraní, tras dos grandes confrontaciones en menos de una década, la prioridad ya no es convencer a Washington de que respete sus compromisos, sino capitalizar los resultados obtenidos en el campo de batalla. El discurso de “ganar-ganar” cede paso a una lógica más cruda: la parte derrotada paga sus deudas.

Las deudas

¿Cuáles son esas “deudas”? Teherán las presenta en varios planos. En lo económico, exige el levantamiento efectivo y verificable de las sanciones, el descongelamiento de activos y una compensación por las pérdidas causadas por la guerra y el bloqueo financiero. En lo militar y estratégico, plantea la retirada progresiva de fuerzas estadounidenses de Asia Occidental y garantías sólidas de que no se repetirá una campaña de agresión similar. Y, en el terreno de la soberanía, insiste en el reconocimiento explícito de su rol en la seguridad del Golfo Pérsico y del estrecho de Ormuz, incluyendo el fin de lo que describe como “bandidaje marítimo” contra sus cargueros y aliados.

(Xinhua/Shadati)

Además, Irán subraya que hay ámbitos que ya no están sobre la mesa como moneda de cambio. Su programa nuclear pacífico, su sistema de misiles defensivos, su red de aliados en la región y su rol en el eje de Resistencia no se discuten como “concesiones posibles”, sino como componentes estructurales de su seguridad. Desde este prisma, cada intento de reabrir esos expedientes no hace sino confirmar, a ojos de Teherán, que Washington todavía no ha asumido la nueva correlación de fuerzas y sigue atrapado en la lógica de la “coerción negociada”.

Otro elemento que la Casa Blanca tiende a subestimar es el factor interno iraní. La guerra ha generado costos, sin duda, pero también ha reforzado la cohesión política de un país que lleva décadas habituado a la presión externa. Lejos de provocar la fractura que algunos analistas occidentales anticipaban, el conflicto ha producido un efecto de cierre de filas en torno a la defensa nacional. Las movilizaciones masivas, el consenso entre instituciones y la narrativa de “victoria defensiva” alimentan una posición negociadora menos temerosa de la presión económica y más confiada en la propia resiliencia.

El frente interno

Mientras tanto, Trump debe gestionar un frente interno muy distinto. La prolongación de la guerra, el impacto en los precios de los combustibles y la sensación de estancamiento militar erosionan la imagen de eficacia que intenta proyectar. Cada día que pasa sin un triunfo claro complica su margen de maniobra: o acepta un acuerdo que incluya concesiones significativas a Irán, o corre el riesgo de que la guerra se convierta en un lastre político, económico y militar de largo plazo. Y, a diferencia de conflictos anteriores, esta vez la posibilidad de “salir con una imagen de fuerza” se estrecha, porque la percepción global es que Washington no logró doblegar a su adversario.

En este contexto, la pregunta no es si Trump quiere o no dar concesiones a Irán, sino cuántas y bajo qué envoltorio discursivo intentará presentarlas. Teherán, por su lado, parece decidido a no repetir experiencias en las que firmó acuerdos que luego fueron desmantelados unilateralmente desde Washington. Exige mecanismos de verificación robustos, plazos claros, garantías multilaterales y, sobre todo, hechos concretos antes de ofrecer cualquier gesto que pueda interpretarse como moderación unilateral.

Así, la verdadera negociación no será solo sobre centrifugadoras, barriles de petróleo o posiciones de tropas, sino sobre algo más profundo: el reconocimiento, implícito o explícito, de que Irán se ha convertido en un actor de primer orden en el equilibrio de poder global. Para Trump, aceptar ese hecho equivale a admitir que la época en la que Estados Unidos podía imponer guerras rápidas y negociaciones asimétricas en Asia Occidental ha terminado. Para Irán, consolidarlo significaría transformar definitivamente décadas de resistencia en un lugar estable en la arquitectura del poder mundial.