Trump: ganar tiempo al alargar la tregua con Irán, crisis que ya no controla
Juan Antonio Sanz
La ampliación por EEUU del alto el fuego apuesta por el desgaste de Irán con el bloqueo de sus puertos, pero aprieta el cerco en torno a Trump y su errática gestión de la crisis.
La decisión del presidente Donald Trump de ampliar de forma indefinida el alto el fuego con Irán hasta que el régimen islámico presente una “propuesta formal” de negociación frena la escalada de tensión de los últimos días (según se acercaba el fin de la tregua), acentuada por los excesos verbales y las amenazas del presidente de Estados Unidos, sin que nadie en Teherán pareciera hacerle caso alguno.

Pero las espadas siguen en alto en el Golfo Pérsico, donde Trump ha indicado que no levantará el bloqueo de los puertos iraníes. La idea es asfixiar al país persa cortando su comercio hasta que se siente a negociar. La cúpula de poder iraní ya ha indicado que el levantamiento de ese bloqueo ha de preceder a cualquier intento de diálogo, por lo que se ve con las manos libres para presionar militarmente en el estrecho de Ormuz a pesar de la tregua ahora renovada por Washington.
Trump dice que controla esta vía de navegación clave para la economía mundial, pero los ataques con lanchas rápidas de Irán a los contados buques que lo transitan ponen en jaque el escaso tráfico naval en la zona. Teherán se muestra así dispuesto a resistir el tira y afloja de EEUU y aguantar el desgaste que quiere la Casa Blanca.
Un callejón sin salida
Así, a la aparente disposición de Trump para alcanzar por las buenas el fin del conflicto, a pesar de que pocas horas antes de que finalizara este miércoles la tregua de dos semanas amenazó de nuevo con volatilizar Irán, el régimen de los ayatolás ha contestado con una desconfianza absoluta, un mayor desafío y con la convicción de que el presidente estadounidense simplemente está en un callejón sin salida.

Los anuncios y desmentidos sobre el viaje que al final no se produjo del vicepresidente estadounidense, JD Vance, a Islamabad para atender esta semana a la segunda ronda de negociaciones con Irán solamente dejaron una gran frustración y la sospecha de que Teherán está ganando este enmarañado juego al gato y el ratón.
La necesidad de la Casa Blanca, como se ha visto en las últimas jornadas, de acelerar el fin del conflicto sin una hoja de ruta para hacerlo no cuenta con la aquiescencia de Teherán, menos aún con la rendición incondicional que de facto pide Trump. Los iraníes saben que Trump no puede ganar esta guerra salvo que desencadene una hecatombe nuclear o movilice a cientos de miles de marines para una invasión con muchas probabilidades de fracaso.
Por eso este miércoles los iraníes subrayaron que solo retornarán a la mesa de las negociaciones si se dan las “condiciones necesarias y razonables”, según el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní. Entre ellas figura el levantamiento del bloqueo estadounidense a los puertos del país persa en el Golfo Pérsico.
Ataques iraníes a la navegación por Ormuz
Entretanto, Irán ya está demostrando que no se quedará con los brazos cruzados mientras EEUU siga bloqueando el Golfo Pérsico para los barcos iraníes y de sus clientes. La Guardia Revolucionaria anunció este miércoles que apresó dos buques en el estrecho de Ormuz por “operar sin los permisos necesarios” y que estos barcos fueron dirigidos a la costa de Irán, hecho que, de ser cierto, dice muy poco del rigor del bloqueo estadounidense.
Desde que Trump decidiera prolongar la tregua, lanchas rápidas iraníes (los barcos militares de mayor tonelaje fueron destruidos por EEUU e Israel en los primeros días de la guerra comenzada el 28 de febrero) atacaron al menos a tres buques mercantes extranjeros que navegaban por el estrecho de Ormuz o sus inmediaciones. El régimen islámico dejaba así claro que sigue manteniendo su pinza sobre ese paso de navegación internacional.
El cierre parcial de Ormuz es la mejor baza militar de Irán. También sus ataques a instalaciones petrolíferas y gasíferas de los aliados árabes de EEUU en el Golfo Pérsico. Estos han advertido a la Casa Blanca esta semana de que la reanudación de los bombardeos contra Irán desataría una respuesta de este país que podría poner fin al suministro de crudo y gas durante mucho tiempo.
EEUU acusa a Irán de desunión para aceptar negociar
La respuesta iraní a los vaivenes de Trump y sus halcones contrasta con la teoría apuntada por el canal CNN de que, citando a asesores del presidente, en la cúpula de poder de Irán hay una “fragmentación” que impide acudir a las conversaciones con EEUU. Según esta información, los asesores de Trump deducen de susconversaciones con Pakistán, mediador entre los dos contendientes, que Irán “no tiene consenso sobre su postura ni sobre qué margen debe dar a sus negociadores en temas como el enriquecimiento de uranio y el actual stock de uranio enriquecido del país, un punto clave de fricción en las conversaciones de paz”, indicó la CNN.
Las oscilaciones mostradas en los últimos días por la Administración Trump ante las negociaciones de Islamabad han reforzado la desconfianza de Irán en la Casa Blanca y sus lanzamientos y retiradas de ultimátums amenazadores. Los iraníes en estos momentos ven a Trump como un líder al que no se le puede tomar muy en serio.
Además, Irán desconfía de la extensión del alto el fuego por Trump, pues identifica el renovado asedio a los puertos iraníes como parte de la agresión, con daños incluso mayores que los bombardeos. De ahí que Teherán apueste por esas acciones militares puntuales contra barcos en el Golfo Pérsico que cumplen con su objetivo: alimentar el miedo de los países ribereños, de armadores, compañías de navegación y empresas de seguros.
Un acuerdo de mínimos para lavar la cara

En estas circunstancias, una de las salidas que podría utilizar Trump para concluir la guerra, frenar la debacle económica y calmar a sus aliados israelíes, deseosos de la total aniquilación de Irán que EEUU no puede acometer en estos momentos, sería alcanzar un acuerdo de mínimos con Teherán y venderlo como un gran triunfo.
Esta victoria pírrica podría centrarse en el componente nuclear de la guerra, es decir, reduciendo la capacidad de Irán para enriquecer uranio e incautándose de una parte del que posee, al menos de cara a la galería. Trump insistió esta semana que pretende concluir con Irán un acuerdo mejor que el que firmó en 2015 el entonces presidente estadounidense, Barak Obama, y que después el líder republicano suspendió en 2018, tras acceder a la Casa Blanca un año antes.
Con un acuerdo así y una pronta conclusión de la guerra, Trump podría revertir el rechazo que en la población estadounidense está provocando su errática política exterior, la pérdida mundial de prestigio de EEUU y, sobre todo, el impacto de la guerra en la economía.
La agencia de noticias AP difundió los resultados de una encuesta realizada entre el 16 y el 20 de abril por el centro de investigaciones sociales Associated Press-NORC que muestra un desplome del índice de aprobación de Trump en materia económica durante el último mes, después de que la guerra disparara los precios en EEUU.
La consulta subraya la creciente desconfianza de los estadounidenses en su presidente. El índice de aprobación de Trump en cuestiones económicas cayó al 30% en abril frente al 38% registrado en marzo. Sobre la guerra, solo un 32% de los votantes estadounidenses aprueba la gestión de Trump, en concreto por sus numerosas contradicciones, que apuntan a que esta crisis se le ha ido ya de las manos. Esta desconfianza podría desencadenar una desafección mayor al Partido Republicano en las elecciones legislativas de medio término previstas para noviembre.
La piedra israelí en el zapato de Trump
En los planes de Trump hay, sin embargo, un factor externo que podría detonar todos sus esfuerzos para conseguir la paz. Se trata de Israel y su apuesta por imponer su hegemonía en Oriente Medio, la misma que arrastró a EEUU a la guerra contra Irán. Si hay un acuerdo entre Washington y Teherán, Tel Aviv podría no reconocerloy concentrarse en el segundo frente de esta guerra en el Líbano.

Este jueves se celebra la segunda ronda de las negociaciones en Washington entre israelíes y libaneses para ver qué hacer con el alto el fuego en vigor en el Líbano y que concluye el domingo. Una tregua que nadie acata, pues las milicas proiraníes de Hizbulá lanzan ataques esporádicos contra el Ejército israelí y este machaca diariamente con sus bombardeos el sur del Líbano, esa parte que el primer ministro judío, Benjamin Netanyahu, quiere convertir en un área controlada por Israel y de la cual ya ha expulsado a cientos de miles de libaneses.
El Ejército israelí acusa a las milicias islámicas de violar el alto el fuego, mientras los aviones, misiles y drones de Israel arrasan diariamente esa zona meridional del Líbano en la que, además, tiene desplegadas cinco divisiones, que han penetrado diez kilómetros en territorio libanés. En este área, que comprende medio centenar de municipios, el Ejército israelí está destruyendo todos los edificios e infraestructuras de manera sistemática.
El Ministerio de Defensa israelí ya ha indicado que pretende seguir en el Líbano la política de tierra quemada y limpieza étnica utilizada en Gaza, paso previo para una eventual anexión o al menos ocupación militar. En estas condiciones, Netanyahu tiene todas las cartas para hacer de Israel el único país beneficiado en la región por la guerra y de paso calmar a los más radicales de su Gobierno por verse obligado a acatar a regañadientes el alto el fuego de Trump en Irán.
Como señaló Netanyahu este miércoles, en orden a conseguir todos sus objetivos, Israel está “preparado para cualquier escenario, en defensa y en ataque”.
