Keiko y Roberto Sánchez, muy cerca, de cara a las elecciones del domingo
Mariana Álvarez Orellana
Fujimori apela a “la reconciliación” nacional y Sánchez promete terminar con el “caos” en el cierre de campaña para la segunda vuelta electoral en Perú
La campaña de la segunda vuelta electoral en Perú culminó la noche del jueves para ambos candidatos, Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, y de la misma manera: sobre un estrado y entre promesas, vivas y largos aplausos de sus simpatizantes; cierres con olor a multitud. Si bien los planes de gobierno estaban originalmente en las antípodas en lo económico, en los últimos días Keiko elevó sus promesas de gasto público para atraer votos de la población más necesitada.
En la simulación total, Fujimori recibió un 40,4 % de votos emitidos y Sánchez un 38,3 %
A nivel de regiones, Fujimori, que se postula por cuarta vez a la presidencia de Perú, lleva el 44 % de preferencias en el norte y 39,4 % en el centro del país, mientras que Sánchez, que se presenta en nombre del expresidente Pedro Castillo (2021-2022), tiene el 56,8 % del sur y el 42,8 % del centro.
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Keiko anunció que nombrará como ministro de Economía a Luis Carranza para tener un crecimiento sostenido que llegue al 6 % en 2031, basado en inversión privada y respeto a los contratos privados, respaldo a la autonomía del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) y un déficit fiscal del 1 % del producto interior bruto (PIB).
Mientras, Sánchez ha criticado duramente el neoliberalismo y la “sacralización del mercado” y plantea una Asamblea Constituyente para cambiar el modelo económico, con mayor soberanía sobre recursos naturales y revisión de acuerdos comerciales y contratos de inversión.
Los discursos de cierre de campaña de las elecciones presidenciales de Perú han congregado en Lima a miles de seguidores de los candidatos antes de la votación del domingo. Las encuestas acompañan a Keiko, heredera del fujimorismo, en su cuarto intento por llegar a Palacio, dándole una ventaja de tres puntos porcentuales sobre su rival, el progresista Roberto Sánchez.
En el cierre de campaña, Sánchez, de 57 años, arremetió contra su rival, la ultraderechista Keiko Fujimori y prometió terminar con el “caos”: “Estamos seguros que será el fin de asesinatos, corrupción, impunidad. Abajo la señora mafiosa, abajo el fujimorismo. La voz del pueblo ha dicho basta. Se acabó el caos”, dijo en el cierre de la campaña.
Sánchez era percibido como un candidato pintoresco que había asumido la identidad del derrocado Pedro Castillo, pero logró capitalizar el descontento de quienes están convencidos de que las élites derrumbaron el gobierno de Castillo, del primer campesino que llegó a la presidencia peruana, y para el que ha pedido el indulto durante toda la campaña.
Sánchez ha centrado su discurso en inflamar el antifujimorismo: “Se ha querido vender como la señora del orden. ¿Cuál orden? Ordenaron leyes procrimen para que muera nuestra gente, para exonerar de impuestos a sus amigos, para que asesinaran a nuestros hijos del sur. Vamos a restablecer el equilibrio de poderes. Señora del caos, el pueblo sabe quién eres”, dijo.
Keiko Fujimori, de 51 años, dio un mensaje de “unidad y reconciliación” de los peruanos frente a, dijo, “quedarnos atrapados en el odio, en el insulto”. Aseguró en su discurso, pronunciado más de una hora antes que el de su rival que, si vence, su gobierno será “tecnocrático” y durará cinco años, en alusión a la inestabilidad que ha atravesado el país, con ocho mandatarios en una década.
“Esta elección nos va a permitir elegir el rumbo: si queremos avanzar, o la otra opción es retroceder; si queremos unidad o queremos quedarnos atrapados en el odio”, indicó Fujimori que puso en la balanza la propuesta de su partido y la de su oponente. “Nosotros representamos progreso, ellos representan retroceso. Nosotros representamos reconciliación, ellos lo que buscan es dividir a todos los peruanos “, dijo marcando las diferencias con su oponente.
Es la cuarta vez que Keiko llega a segunda vuelta para la presidencia de Perú. Hasta hace unos meses, Sánchez no figuraba en las encuestas y formaba parte del pelotón de “los otros” en una primera vuelta donde compitieron 35 aspirantes.
Los dos aspirantes a la presidencia recibieron los apoyos de otros políticos que no pasaron a segunda vuelta. Sánchez tuvo el respaldo de los excandidatos Ricardo Belmont (Cívico Obras), Alfonso López Chau (Ahora Nación), George Forsyth (Somos Perú), y la plana mayor de Primero la Gente.
Rafael López Aliaga, el ultraderechista que acabó en tercer lugar y denunció un fraude que nunca pudo probar, instó a sus seguidores a votar por Keiko Fujimori. “El voto viciado o en blanco solo beneficia a la izquierda radical y al comunismo que busca imponerse en el Perú. Hoy la disyuntiva es clara: libertad o comunismo”, dice el comunicado de su partido, Renovación Popular.
Los seguidores de Fujimori se reunieron a la tarde en el Estadio Monumental, el mayor del país, con gorras y camisas naranjas, el color de la candidata, y camisetas donde se leía “A la china ya le toka” y carteles con una foto de ella y su padre, el dictador Alberto Fujimori, fallecido en 2024 después de haber recibido un indulto humanitario, tras haber sido condenado a 25 años de prisión por crímenes de lesa humanidad y corrupción. Debajo de la imagen, el lema de su hija para las elecciones: “Vuelve Fujimori, vuelve el orden”.
Keiko aludió a la idea de superar las diferencias para buscar “la unidad y la reconciliación de todos los peruanos”. “En las últimas décadas, nuestro país se quedó atrapado en sus heridas. Lo difícil es ponernos de acuerdo, dar un paso hacia el diálogo, hacia el consenso. El liderazgo es tender esos puentes”, tras agradecer el respaldo dado por Álvaro Vargas Llosa, hijo del premio nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, que perdió las elecciones frente a su padre en 1990.
Keiko promocionó su programa de gobierno sustentado en la mano dura contra la criminalidad para combatir la inseguridad ciudadana, la principal preocupación de los peruanos, en dotar de servicios básicos, como agua corriente y acceso a puestos médicos en las zonas del país “abandonadas por el Estado” y en defender la inversión privada. Prometió eficacia, un gobierno “que resuelva problemas” con “los mejores técnicos convocados”.
En otra parte de la ciudad, dos imágenes gigantes flanquean un estrado levantado en la avenida de La Peruanidad, en el distrito de Jesús María. Roberto Sánchez con el puño en alto y Pedro Castillo, el derrocado expresidente izquierdista, que está en la cárcel, miran a una multitud en la imagen. Ambos portan un sombrero de ala ancha, símbolo del mundo rural. Debajo de cada uno, están inscritos los deseos de sus partidarios: “presidente” y “libertad”.
En el cierre de campaña de Roberto Sánchez, la avenida de La Peruanidad de Lima exhibe los distintos rostros de un país y sus raíces. Sobre el escenario resuena el arpa del huayno andino, la cumbia selvática y el repique metálico de los danzantes de tijeras. Los sombreros y las banderas del Tahuantinsuyo (el imperio incaico) se multiplican entre el público.
“Sánchez y Castillo, un solo corazón”, grita la gente, que no lo ve como la copia de un arribista que pretende cruzarse la banda presidencial bajo la promesa de indultar a Pedro Castillo, sino más bien como alguien que lo —los— reivindicará y le hará frente a la concentración del poder.
En campaña, Sánchez ha prometido depurar la Policía Nacional y aplicar la llamada “muerte civil” a
los funcionarios condenados por corrupción. En educación y salud, plantea incrementar progresivamente la inversión pública e impulsar la industrialización del país para dejar de exportar únicamente materias primas y avanzar hacia una economía con mayor valor agregado.
A seis días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el debate entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez aparecía como una de las últimas oportunidades para convencer a los indecisos. En el Centro de Convenciones de Lima, en el distrito de San Borja, ambos candidatos se enfrentaron con la urgencia de mover la aguja de una elección marcada por la desconfianza, la resignación y el temor.
Antes de que comenzaran los intercambios y las promesas, los candidatos ya habían enviado un mensaje silencioso. Los dos vistieron de blanco, como si hubieran seguido el mismo manual de comunicación política. Keiko Fujimori apareció con un vestido impoluto adornado por un cinturón de flores bordadas. Roberto Sánchez eligió una camisa blanca y el sombrero de ala ancha que simbolizó el ascenso al poder de Pedro Castillo, el expresidente encarcelado desde el 2022 por un fallido quiebre constitucional.

Debate
Si en el debate de 1990 Alberto Fujimori se refirió a Mario Vargas Llosa simplemente como “Vargas” para bajarlo de su pedestal intelectual, esta vez Keiko Fujimori optó por llamar a su adversario como “congresista Sánchez”. Su intención era clara: recordarle al electorado que su adversario forma parte del actual Parlamento, una de las instituciones con peores niveles de aprobación. La ironía es que la propia lideresa de Fuerza Popular carga con los cuestionamientos por la influencia que ha ejercido sobre el Congreso durante la última década, un poder que sus críticos asocian tanto a la caída de presidentes como a la aprobación de leyes contrarias al interés público.
Keiko Fujimori, alineada con la derecha populista, intentó instalar desde el inicio una idea fuerza: la del orden. “Esta elección no se trata de mí, sino de cuál es el equipo más capacitado para ordenar el país. Tenemos todo para progresar, solo falta ordenarnos. Dejaremos un país con más trabajo y seguridad”, dijo en una de sus primeras intervenciones, sin dejar de leer sus apuntes.
Roberto Sánchez recogió la palabra y la devolvió convertida en ataque, bautizándola como la “señora del caos con k”. “¿De qué orden habla si el Perú sabe lo caótico que ha sido desde que tuvieron mayoría parlamentaria? Se han zurrado en la democracia”, le señaló el izquierdista, quien se mostró más suelto y dependió menos de sus papeles.
El debate se dividió en cuatro ejes temáticos: seguridad ciudadana; fortalecimiento del Estado democrático y derechos humanos; educación y salud; economía, empleo y reducción de la pobreza. Hubo personajes que sobrevolaron los distintos bloques y acabaron ocupando más espacio que las propuestas. Sánchez le recordó a su rival el legado de su padre Alberto Fujimori —el autócrata que gobernó Perú en los noventa y fue condenado por corrupción y violaciones a los derechos humanos— y el respaldo que Fuerza Popular le brindó a Dina Boluarte, en cuya gestión se produjo la matanza de medio centenar de ciudadanos a manos de las fuerzas armadas, que protestaron en su contra.

Si Sánchez llevó al debate los fantasmas del fujimorismo, ella hizo lo propio. Una y otra vez lo vinculó con Antauro Humala, el líder etnocacerista que pasó casi 18 años en prisión por una asonada, donde fueron acribillados cuatro policías. “Me sorprende que hable de la defensa de la vida cuando tiene a su lado a Antauro Humala, un asesino de policías. Sea usted un poco coherente”, le lanzó.
Sánchez optó por capear el golpe y no profundizar en la discusión. Pero la sombra de Humala siguió allí incluso después de apagadas las cámaras. Ya fuera del escenario, el candidato aseguró a los periodistas que el exmilitar no será ministro ni ocupará ningún cargo en caso de llegar a Palacio.
Uno de los pasajes de mayor tensión ocurrió cuando Roberto Sánchez, psicólogo de profesión, le lanzó un dardo personal a su oponente: “yo sí sé qué es salir adelante con la familia, respetando a mi padre, a mi madre, a mi esposa y a mi hermano. Y de eso creo que usted no sabe mucho”, dijo en alusión a los conflictos familiares que han acompañado la trayectoria política de Keiko Fujimori.
Ella respondió visiblemente molesta, con el ceño fruncido: “Qué pena, qué poco hombre es usted”. Luego se dirigió a sus hijas: “nosotros sabemos cómo fueron los últimos días en los que acompañamos a mi papá y a mi mamá. No hagamos caso a esos ataques bajos”.
Antes Sánchez había dicho que su familia le había inculcado el valor del trabajo y que él “sí había trabajado durante toda su vida”. No era una frase inocente. Tocaba una de las críticas que persiguen a Fujimori: no haberse desarrollado profesionalmente. Sus partidarios rechazan esa crítica y sostienen que la administradora de empresas ha hecho precisamente de la política su oficio. Recuerdan que fue primera dama en los últimos años del gobierno de su padre, congresista de la República y fundadora de una de las organizaciones políticas más influyentes de las últimas dos décadas.
Durante su discurso, Keiko Fujimori propuso un plan de pacificación nacional que contempla el despliegue conjunto de policías y militares en el transporte público, el bloqueo de los flujos financieros vinculados a la extorsión, la expulsión de migrantes en situación irregular y la implementación de programas de trabajo penitenciario para que los internos contribuyan a cubrir el costo de su manutención.
En salud, planteó fortalecer el fondo destinado a enfermedades de alto costo y ampliar la cobertura para tipos de cáncer que actualmente no son atendidos por el sistema público. En educación, prometió la modernización de 5.000 colegios a nivel nacional. En economía impulsará a los emprendedores y la pequeña empresa con créditos más accesibles y capacitaciones.
Roberto Sánchez, por su parte, prometió depurar la Policía Nacional y aplicar la llamada “muerte civil” a los funcionarios condenados por corrupción. En educación y salud, se comprometió a incrementar progresivamente la inversión pública y sostuvo que trabajará para garantizar la presencia de al menos un psicólogo en cada institución educativa. Para despejar los temores que despierta su candidatura en algunos sectores, afirmó que no es comunista y ratificó que respetará la autonomía del Banco Central de Reserva. También insistió en la necesidad de impulsar la industrialización del país para dejar de exportar únicamente materias primas y avanzar hacia una economía con mayor valor agregado.
*Antropóloga, docente e investigadora peruana, analista asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)