Contra la amnesia: el terremoto venezolano, el momento histórico y la cuestión continental
Chris Gilbert y Cira Pascual – Counterpounch
Los terremotos interrumpen la vida cotidiana, pero no la historia. Tampoco suspenden la política. Si acaso, comprimen la historia en unos pocos días dramáticos, revelando relaciones sociales, proyectos políticos y fuerzas geopolíticas que normalmente permanecen bajo la superficie. El terremoto venezolano no es la excepción.
Como argumentamos en un artículo reciente, el impacto del sismo se propagó a lo largo de fracturas materiales y sociales ya profundamente marcadas por una década de sanciones asfixiantes y otras agresiones imperialistas. A su paso surgieron inevitables disputas sobre soberanía y sentido. Aunque centradas en Venezuela, estas luchas forman parte de un cuadro histórico más amplio: el intento cada vez más agresivo de reimponer la dominación de Estados Unidos sobre América Latina.
El suelo apenas había dejado de temblar cuando Washington comenzó a avanzar su agenda. Un observador ingenuo o esperanzado podría haber esperado que la campaña encabezada por EE. UU. contra el gobierno venezolano se suavizara en este punto. Después de todo, Caracas había hecho una serie de concesiones bajo una presión militar y económica extraordinaria en el período posterior al 3 de enero. Ocurrió lo contrario.
En cuestión de horas, se desató una intensa guerra informativa. Mientras miles de bomberos, efectivos de protección civil, miembros de la Fuerza Armada, trabajadores de la salud, organizaciones comunales y voluntarios eran desplegados en las zonas más afectadas, gran parte de los medios internacionales actuaron al unísono para negarlo. Contra toda evidencia, insistieron en que el gobierno venezolano estaba ausente: que no había respuesta estatal, ni defensa civil, ni esfuerzos organizados de rescate.

Por supuesto, ningún país está plenamente preparado para un desastre de esta magnitud, y menos aún uno que ha soportado años de guerra económica imperialista. Sin embargo, la respuesta real —impresionante tanto por su escala como por su compromiso— fue sistemáticamente borrada de la esfera pública. Más tarde, los medios corporativos presentaron cada medida gubernamental —desde la coordinación de rescates y la organización de refugios hasta la regulación de la ayuda humanitaria— como prueba de “autoritarismo”.
Cabe aclarar que estas narrativas no surgieron únicamente de la prensa corporativa proimperialista. También se difundieron a través de redes sociales y voces supuestamente “independientes”. No obstante, la notable uniformidad de estos mensajes apunta a una campaña organizada: mismo encuadre, mismas omisiones, mismas conclusiones.
Además, los medios corporativos no tardaron en amplificar los contenidos más agresivos de redes sociales como parte de su esfuerzo por deslegitimar al gobierno venezolano y sembrar descontento político en medio del dolor y el duelo, reforzando la idea de que solo una intervención externa podría “rescatar” al país.
Esto revela que el objetivo de Washington nunca se ha limitado a las concesiones económicas obtenidas tras el 3 de enero. Lo que busca es el desmantelamiento completo del proyecto revolucionario venezolano, que articula el poder estatal con fuerzas populares organizadas. En última instancia, lo que está en juego es el proyecto inconcluso de recolonización de Venezuela —y, en un sentido más amplio, de América Latina.
Por eso la guerra informativa importa. No se trata solo de dominar el ciclo de noticias, sino de preparar el terreno político para nuevos avances en el proyecto de recolonización. El patrón es conocido: antes de intervenir, se construye un relato según el cual el Estado ha colapsado, lo que queda es autoritario, el gobierno ha abandonado a su pueblo —en suma, la soberanía misma se presenta como un obstáculo para la ayuda humanitaria.
La batalla por los relatos no es secundaria ni superficial: es uno de los principales frentes desde los cuales el poder imperial busca fabricar consenso para intervenir contra un país del Sur Global.
Washington lo quiere todo
En 1999, Muamar Gadafi, histórico antiimperialista, inició un proceso de reconciliación con Estados Unidos y Europa tras años de sanciones y agresiones. Entregó a los sospechosos de Lockerbie, avanzó en la normalización diplomática (2002–03) y profundizó el acercamiento en los años siguientes.
El desenlace es una lección clave: en 2011, pese a las concesiones, Libia fue bombardeada por la OTAN y Gadafi asesinado, mientras Hillary Clinton celebraba: “Llegamos, vimos y murió”.

Los paralelismos con Venezuela son evidentes, pero es clave ubicar el momento histórico con precisión. Como Libia antes de 2011, Venezuela ha respondido con concesiones, pero no ha sido derrotada y sigue representando una amenaza simbólica y material. Para Washington, la persistencia de un bloque revolucionario que articula liderazgo y masas es inaceptable. Ese es el objetivo.
Existe abundante evidencia de que ese bloque chavista sigue vivo. A pesar de sanciones, asedio financiero, amenazas militares, bloqueo naval y los eventos traumáticos del 3 de enero, la arquitectura del proceso bolivariano permanece. El Estado no ha colapsado. La Fuerza Armada no se ha fracturado. El movimiento comunal sigue organizando la vida social y participando en la gestión. Miles de cuadros intermedios conectan liderazgo y base. El chavismo continúa siendo un sujeto político de masas forjado en décadas de experiencia.
Esto explica la intensidad de la ofensiva mediática tras el terremoto. No se trata solo de criticar la respuesta gubernamental, sino de debilitar todo el proceso bolivariano, separando al pueblo organizado del Estado y preparando el terreno para justificar una intervención más directa. Para el imperialismo, el blanco central es esa relación pueblo-Estado.
Por eso, quienes afirman que “todo está perdido” o que Venezuela es ya un protectorado estadounidense no comprenden la coyuntura. Nada está perdido, y el propio imperialismo lo sabe. Paradójicamente, algunas voces que se dicen de izquierda contribuyen a erosionar el bloque revolucionario al enfrentar a las masas con el liderazgo.
Un punto de inflexión continental
El terremoto venezolano debe entenderse en un contexto más amplio: el intento cada vez más voraz de EE. UU. por reimponer su hegemonía en América Latina mediante coerción económica, presión militar e intervención política. La llegada de marines bajo la bandera de ayuda humanitaria no es un hecho aislado. La dominación imperial se vuelve más directa, más militarizada y menos dispuesta a disfrazarse de cooperación.
En este escenario, América Latina debe recuperar el proyecto de integración de Simón Bolívar —la Patria Grande— y recordar la advertencia de José Martí sobre “el gigante de las siete leguas”. La soberanía nunca fue posible desde repúblicas fragmentadas; requiere unidad regional.
Lo que cambia hoy no es la esencia del imperialismo, sino su forma. Estados Unidos abandona cada vez más la pretensión de controlar la región mediante acuerdos comerciales y poder blando. A la coerción económica se suman bloqueos navales, despliegues militares, secuestros, bombardeos extraterritoriales, lawfare e intervenciones electorales abiertas.
Venezuela lo ilustra con claridad, pero no es un caso aislado. Cuba enfrenta un endurecimiento del bloqueo y nuevas amenazas. En Ecuador, el retorno de presencia militar estadounidense marca su reintegración al esquema estratégico de Washington. Al mismo tiempo, nuevas formas de autoritarismo y fascismo en la región prometen subordinación total al imperialismo y al sionismo.
Solidaridad con conciencia
La solidaridad con Venezuela ha sido amplia y valiosa, tanto en lo material como en lo simbólico. Sin embargo, quienes buscan ayudar de forma efectiva no deben hacerlo desde la amnesia histórica ni la ingenuidad política. Hoy, la solidaridad implica también disputar los relatos que invisibilizan al Estado venezolano y al poder popular.
El terremoto expuso no solo los efectos devastadores de las sanciones, sino también el potencial de la organización comunal. La rápida movilización no fue espontánea: es resultado de un proceso político de largo aliento.
Defender la soberanía venezolana no es solo una cuestión nacional. Forma parte de una disputa mayor: si América Latina seguirá siendo un conjunto de repúblicas aisladas o si avanzará hacia la Patria Grande soñada por Bolívar y defendida por Martí, Fidel y Chávez.
El terremoto no interrumpió esa historia. Solo recordó que, incluso en medio de la tragedia, la lucha inconclusa del continente continúa. La tarea es que los pueblos de América Latina emerjan de los escombros —reales y simbólicos— con sus proyectos soberanos y emancipadores intactos.
