Brasil vuelve a apagarse: la podredumbre capitalista en el corazón del fútbol brasileño

Por qué la eliminación más temprana de Brasil en un Mundial en 36 años sorprende a pocos.

(Xinhua/Hu Xingyu)

Brian Mier – De-Linking Brazil

Tras años esperando que se resolviera una pequeña demanda por un accidente de coche, me mudé a Río de Janeiro en 1991. Nunca había visitado Brasil antes, pero no estaba allí como turista. De joven, había tomado la decisión de que no quería pasar el resto de mi vida viviendo en un país donde solo tienes dos semanas de vacaciones al año. Después de mucha “investigación” informal conversando con compañeros botones en el Palmer House de Chicago —en su mayoría inmigrantes de todo el mundo—, me decidí por Río de Janeiro.

Llegué y, tras gastarme la pequeña indemnización en restaurantes, bebidas y taxis durante el primer mes, conseguí un trabajo enseñando inglés conversacional a ejecutivos. Allí conocí a un compañero sueco llamado Bo, y empezamos a tomar algo juntos de vez en cuando. Un día llegué a su apartamento y me hizo subir. Abrió la puerta completamente desnudo, según la tradición sueca, y dijo: “Voy a prepararme en unos minutos. Solo quiero ver el final del partido del Flamengo”.

“Está bien —le dije—, aunque tengo que admitir que no soy muy fan del fútbol”.

Se quedó en shock. “¡Joder, Brian! —dijo—. Si estás pensando seriamente en vivir en este país, tienes que aprender a amar el fútbol”. Cuando se me pasó el impacto de estar en la sala con un sueco desnudo, empezó a explicarme el juego. Bo era un exdefensa que había jugado profesionalmente en la segunda división inglesa y en primera en Suecia y Grecia, hasta que una lesión de rodilla truncó su carrera. Se había mudado a Río por su psoriasis, después de que los médicos le recomendaran más sol, y eligió Brasil por su tradición futbolística.

“Mira cómo mueven el balón por el campo. El problema de los brasileños es que aman demasiado la pelota. Un brasileño la tocará cuatro o cinco veces antes de pasarla. Si ves a los alemanes, por ejemplo, la tocarán una o dos veces. Aun así, en cualquier año, cualquier lista de los mejores jugadores del mundo estará compuesta mayoritariamente por brasileños. Son los mejores jugadores individuales del mundo, y cada vez que consiguen un entrenador que los haga jugar como equipo, ganan el Mundial”.

(Xinhua/Hu Xingyu)

Ese verano, Bo se propuso como misión personal hacer que me enamorara del fútbol. Me llevó a ver al legendario mediocampista Júnior jugar por diversión en una liga amateur, descalzo en la playa de Copacabana, ante el delirio de cientos de aficionados. Luego, en un gesto que terminó de engancharme, me invitó a la final del campeonato brasileño en las gradas populares del Maracaná, donde 168.000 personas vieron a Júnior liderar al Flamengo contra Botafogo en el último gran partido de su carrera. El fútbol brasileño era muy distinto entonces: no había barreras entre hinchadas rivales, solo cientos de policías militares antidisturbios en los pasillos. Estábamos en la grada de Botafogo, cerca de la línea divisoria, acompañando a un amigo brasileño, y cada vez que marcaba Flamengo, toda su hinchada se levantaba, bailando y haciéndonos gestos obscenos.

Tuve la suerte de vivir en Brasil durante los Mundiales de 1994 y 2002, y experimentar esas victorias —con el país paralizado, autobuses detenidos, bancos y escuelas cerrados— sigue siendo de las mejores experiencias de mi vida. Durante los primeros 15 años que viví en Brasil, realmente parecía que el país siempre tenía a los mejores talentos individuales del mundo y solo necesitaba un técnico capaz de convertirlos en equipo para ganar el Mundial. Luego las cosas empezaron a torcerse. Aquí algunas observaciones tras décadas viviendo en Brasil sobre el declive del fútbol.

El declive del samba

El samba, género afrobrasileño documentado desde la década de 1840 en Pernambuco, se modernizó en Río en los años 20 al fusionar tradiciones musicales de migrantes de plantaciones de café y quilombos. En 1991, subgéneros como el samba-canção y el pagode dominaban la música popular. El fútbol brasileño creció de la mano del samba. Las hinchadas organizadas tienen baterías que marcan ritmos sincopados durante todo el partido, y no es exagerado decir que la habilidad brasileña para el regate está ligada a pasos de samba. En los 90, a un buen regateador se le decía que tenía “samba en los pies”.

A finales de esa década, el pagode romántico desplazó al samba tradicional de la radio: ritmos simplificados, menos percusión, letras menos complejas. Al mismo tiempo, el auge de iglesias evangélicas de la prosperidad en las favelas coincidió con la expansión del funk brasileño, centrado en el consumismo y el sexo explícito. En otras regiones, el sertanejo se fusionó con el country estadounidense. Nadie habla de “pies de funk” o “pies de sertanejo”. Esos estilos no se tradujeron en creatividad futbolística. El samba, como el jazz en EE. UU., quedó relegado a nichos más elitizados.

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El auge de las iglesias de la prosperidad

Como escribí en 2014 para Vice Brasil, las bandas del narcotráfico en Río fueron evangelizadas y comenzaron a expulsar manifestaciones de religiosidad afrobrasileña en favor de fiestas funk asociadas al lavado de dinero. Para muchos evangélicos, el funk es tolerable porque representa el pecado del que uno puede arrepentirse; tradiciones como el samba o la capoeira, en cambio, eran vistas como sistemas religiosos rivales a erradicar.

Mientras que en 1994 y 2002 había algunos jugadores evangélicos, la conexión con iglesias de la prosperidad no era dominante. Eso cambió con figuras como Kaká, Robinho y luego Neymar, que influyó fuertemente en generaciones posteriores. En la selección de 2026, solo un titular no es evangélico. El portero Alisson, por ejemplo, bautiza a futbolistas en la piscina de su casa. Esta teología enfatiza el éxito individual como reflejo de la relación personal con Dios, debilitando valores colectivos. El resultado: jugadores más individualistas, menos orientados al equipo.

Tráfico de menores

Antes de los 90, pocos brasileños jugaban en Europa. Las ligas sudamericanas estaban al nivel —o por encima— de las europeas. Pero con la crisis inflacionaria y la globalización del mercado, los clubes europeos empezaron a fichar jugadores cada vez más jóvenes. Casos como Coutinho o Pato, vendidos a los 16 años, se multiplicaron. Por cada historia de éxito, hubo muchas carreras arruinadas.

Cuando los talentos emigran jóvenes, pierden parte de su estilo y se adaptan a esquemas europeos más rígidos. También se desconectan de la afición brasileña, que mayoritariamente no sigue el fútbol europeo. Esto ha generado una desconexión entre la selección y su público. El problema llegó a tal punto que el gobierno prohibió transferencias internacionales antes de los 18 años.

Complejo de inferioridad ante Europa

Tras la eliminación, el historiador peruano Jaime Pulgar Vidal resumió el problema: Brasil intenta “europeizar” su fútbol, adoptando tácticas, sistemas y mentalidades que lo alejan de su identidad.

Esto se refleja en la contratación de Carlo Ancelotti, el primer técnico extranjero en la historia de la selección. Su gestión estuvo rodeada de excusas: derrotas justificadas como experimentos tácticos, decisiones basadas en cálculos estadísticos mínimos, como asignar un penal a Guimarães. La inclusión de un Neymar en declive desordenó el ataque y facilitó la derrota ante Noruega.

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Dirigir una selección requiere liderazgo cultural, no solo táctica. En 1994 y 2002, técnicos brasileños entendieron esto y construyeron equipos cohesionados. Ancelotti, en cambio, ignoró diferencias culturales, rodeándose de un cuerpo técnico europeo sin conexión con el entorno local.

El problema del fútbol brasileño es estructural y no se resuelve pagando millones a un entrenador estrella.

Reflexión final: Brasil necesita “craques”

El legendario Tostão ya lo advertía en 2010: Brasil había dejado de producir “craques”. Un craque no es solo un gran jugador, sino alguien capaz de introducir magia e imprevisibilidad en el juego. Garrincha es el ejemplo perfecto: desafió incluso limitaciones físicas para convertirse en uno de los mayores regateadores de la historia.

Un futbolista puede ser el mejor en su posición —como Cafú— sin ser un craque. La diferencia está en la creatividad extraordinaria. Según Tostão, la falta de inversión en formación y la exportación temprana de talento impedirían la aparición de nuevos genios.

Su diagnóstico se cumplió: en 2026, Brasil no tuvo ningún craque. Quizá la próxima vez.

 

Fuente: https://bmier.substack.com/p/brazil-fizzles-again-the-capitalist

Traducción de Question