Argentina , el fútbol, un mundo en guerra… y un presidente autista
Rubén Armendáriz
Nunca hubo mundial de fútbol sin política, pero éste, con sede en Estados Unidos, país involucrado en las guerras con Irán, de Ucrania con Rusia y de Israel con el genocidio palestino, la guerra en sociedad contra Irán y la invasión al Líbano superó a todos los anteriores. No es novedad que los gobiernos intenten aprovechar los éxitos deportivos. El pedazo de tela que desde la tribuna un hincha arrojó a los jugadores para reivindicar la soberanía sobre las Malvinas recordó que la política también juega en el Mundial.
En Argentina no parece que eso ocurra en términos de beneficios electorales. “En 1978 salimos campeones del mundo. La dictadura estaba en uno de sus momentos más fuertes, pero el gran argumento para que hubiera una dictadura era que había que luchar contra la subversión. Eso ya en el ’78 no servía para legitimar nada. Ya estaba como un argumento gastado e hicieron ese Mundial con toda la pompa para beneficiarse de eso. Tiene sus antecedentes: lo había hecho Mussolini en 1934 y también Hitler. No parece para nada que eso haya fortalecido a la dictadura. Mejoró el clima social, por supuesto, pero duró muy poco. Si uno mira los diarios de la época, ya estaban criticando el plan económico”, afirmó el historiador y docente universitario Sergio Wischñevsky.
Cuando se juntaban los hinchas argentinos en Estados Unidos, el canto era “el que no salta es un inglés”. Hubo una campaña antiargentina en las redes, impulsada por los algoritmos del sistema.
Pero en los países que fueron sometidos por Inglaterra hubo festejos por el triunfo argentino, como en Bangladesh, China, Irlanda, India y hasta hubo fiesta en Escocia. El encuentro estuvo atravesado por la historia, los símbolos y el histórico reclamo argentino de soberanía sobre las Islas Malvinas. Esto produjo el fastidio de la FIFA, varios derechistas y (para sorpresa) también el de Bhaskar Sunkara, fundador y editor de la revista Jacobin y referente de los Socialistas Democráticos de América (DSA).
No es casual que un gobierno profundamente alineado con Estados Unidos como el de Javier Milei intente vaciar de contenido el reclamo de la soberanía sobre las Islas. Milei no sólo ha reivindicado reiteradamente a Margaret Thatcher, sino que su gobierno aceptó sin resistencia la imposición de la FIFA de vetar cualquier referencia a las islas ante el partido contra Inglaterra. La mayoría de la gente no vincula para nada cómo le vaya a la Selección con sus sentimientos hacia el gobierno, sabe diferenciar perfectamente lo que es un gobierno de lo que es un Mundial,
País bananero
En un exabrupto que vulnera la tradición diplomática nacional, el vocero presidencial argentino, Adrián Ravier, en la red social X, calificó a la Argentina como un «país bananero» en el marco del reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas. “Siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas”, sentenció el funcionario tras aludir a una declaración de la Organización de los Estados Americanos (OEA), indicando que «hace pocas semanas» el organismo volvió a exhortar a ambas naciones a encontrar una solución pacífica.
La liviandad de esta afirmación omite deliberadamente la historia de la política de Estado argentina: la exigencia de una mesa de diálogo bilateral no es un logro de las últimas semanas, sino un mandato internacional ininterrumpido que tiene su pilar en la Resolución 2065 de las Naciones Unidas, aprobada en 1965. Reducir más de sesenta años de sostenida disputa diplomática a una novedad coyuntural evidencia un alarmante desconocimiento de Ravier sobre los cimientos del reclamo soberano nacional .
Obviamente, los mundiales de fútbol son utilizados políticamente: mientras los pueblos están mirando los partidos de fútbol, muchos gobiernos aprovechan para imponer medidas e incluso de hacer política con el Mundial. Todos los gobiernos pueden demostrar mucho interés, aprovechar mientras miramos los partidos para sacar medidas, proyectar cuestiones o tratar de hacer política con el Mundial. En la Argentina -y seguramente en muchos otros países- no se trata de discusiones por principios morales, sino por el control de una enorme caja y una enorme pantalla política
Actualmente, la FIFA opera como una estructura supranacional capaz de influir sobre gobiernos, corporaciones y ciudades sede. El organismo, manchado por sucesivos hechos de corrupción, logra imponer condiciones a gobiernos locales y funciona como un actor global que articula intereses políticos y económicos alrededor del futbol y este Mundial representa una expresión clara de este fenómeno.Mientras la FIFA promueve una narrativa de inclusión y globalización, la realidad muestra que el modelo actual del Mundial fortalece mecanismos de exclusión económica y concentración corporativa. Alrededor de los estadios se establecen zonas controladas por patrocinadores internacionales que limitan la participación de comerciantes locales y regulan el uso de símbolos, palabras e imágenes asociadas al torneo.El Mundial mueve al gobierno
Es probable que buena parte de la sociedad no esté prestando atención a los movimientos del gobierno, que en silencio viene planificando cómo asegurar la reelección de Milei en 2027. La búsqueda de cambio de reglas electorales, intentando anular y/o suspender las PASO junto con la habilitación de colectoras, es pensada como un instrumento esencial para dichos fines. Menos estará la opinión pública mirando a la oposición, que parece estar más preocupada por la interna que por generar una alternativa creíble para todos quienes están buscando el cambio. A unos y a otros quizás les convenga mirar un poco qué sucede en la calle y, en la cancha.
Milei enfureció con el gesto de los jugadores. Había prometido, que si ellos visitan la Rosada, no habría nadie del gobierno. Su mensaje inicial fue apaciguador, pese a la bronca. Pero poco después dio a entender en una entrevista periodística que la actitud de los jugadores había sido un “gesto de patrioterismo, barato, berreta”.
Desde que arrancó el Mundial, Milei impulsó a través de las redes sociales y los periodistas aliados a su gobierno desde sus programas de TV instalar la «Scaloneta (el equipo de Scaloni, el entrenador de la selección argentina de fútbol) libertaria y antiperonista». Pero el operativo tuvo un capítulo impensado. Los jugadores de la Selección plantaron bandera en Atlanta: un estandarte que ya es un hito en la causa Malvinas, declaraciones post partido reforzando que las islas «son argentinas» y críticas al desastre económico que vive el país por el modelo Milei. Un combo que cayó como una bomba en la Casa Rosada. Las palabras de Messi molestaron a Milei, que intentó apropiarse del triunfo.
Dice El Destape que Milei mandó a su vocero, Adrián Raiver, a tapar las declaraciones de Lionel Messi, que afirmó que en Argentina no hay trabajo y la gente «no llega a fin de mes». Además, el Gobierno armó un operativo para cuestionar el gesto de la bandera, tanto a nivel diplomático como social. Por culpa de la ministra Alejandra Monteoliva ya estaba instalado que el Gobierno había prohibido el ingreso de «trapos» sobre las Malvinas al estadio. Un error garrafal de la ministra sobre una decisión en la que Milei -según el diario- no tuvo injerencia y quedó mal pegado. El vuelto a la ministra puede ser costoso.
Pero hay un gesto grande y fuerte: la Selección no irá a la Casa Rosada de gobierno a participar de cualquier evento, sea como campeón o subcampeón.
Malvinas es el residuo de un sistema colonial anacrónico que la humanidad ha repudiado y aborrecido al menos en teoría. Lo real es que quedan sólo 17 enclaves en el planeta (entre ellos Malvinas) y los argentinos son víctimas de una de esas injusticias. El gesto anticolonialista que vio todo el planeta recuerda al de los atletas negros del ’68.

Un partido entre seleccionados de fútbol de Argentina e Inglaterra fue la confrontación simbólica entre una cultura colonialista y otra colonizada. Gran Bretaña intentó invadir dos veces el territorio argentino y se quedó con una parte en las islas Malvinas. La historia moderna del país tuvo como referente colonizador a Gran Bretaña hasta la Segunda Guerra Mundial. El reclamo por Malvinas surgió en el Mundial con el nervio de un problema estructural y se incrustó en la coyuntura política. Frenó la aprobación de la ley de extranjerización de la tierra, que el oficialismo presentó con el nombre embustero de “inviolabilidad de la propiedad privada”.
El tema ya estaba identificado con la discusión entre el gobierno y la oposición, o mejor dicho, entre el gobierno y una cultura popular que Milei confrontó cuando se proclamó admirador de Margaret Thatcher y que terminó de ensuciar cuando concedió que los ingleses podían hacer lo que quisieran en las islas porque estaban en posesión de ellas. O cuando el jefe del Ejército y ministro de Defensa, Carlos Presti, hijo de un represor de la dictadura, justificó el hundimiento del crucero ligero argentino General Belgrano y la muerte de cientos de sus tripulantes, aunque estuviera fuera de la zona de exclusión y alejándose de las islas.
La provocación era previa porque varias semanas antes, la petrolera israelí Navitas comenzó las obras de infraestructura en las islas y prevé empezar las perforaciones en enero de 2027. Y al mismo tiempo el gobierno abrió la puerta a la petrolera de origen británico Challenger Energy Group para iniciar la prospección en el Mar Argentino. Una semana antes un barco patrullero de la armada británica cruzó jurisdicción argentina con dirección a Punta Arenas, en Chile, sin solicitar autorización. ¿Y Milei? Quizá esté rezando para que la elección de su país no gane.
*Periodista y politólogo, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)