Duelo

Luis Britto García

Por qué disimularlo. Dos catástrofes, una estratégica, otra telúrica, rebasaron casi nuestra capacidad de resistencia y nos colocaron frente a una tercera, la de examinar escombros buscando restos de vida. Con qué ojos nos mirarán las víctimas, y si valdrá la pena que sobrevivamos.

Predican los estoicos que debemos desentendernos de las cosas fuera de nuestro control y ocuparnos solo de aquellas que dominamos. De lo que no dispensan es del escrutinio para distinguir entre las unas y las otras. Recomienda el estoico no conmoverse ante lo irreparable, pero ningún precepto acalla el atroz verso de Dylan Thomas: “ ¡Rabia, rabia, ante la muerte de la luz!” Cólera ante la agonía de lo que amamos es la única prueba de que seguimos vivos.

De sobra sabemos que hay no una, sino varias teorías sobre las catástrofes. La física sostiene que cuando se acumulan fuerzas contrapuestas, en algún momento ocurre un quiebre violento, terremoto o explosión social, que instaura una nueva lucha de contrarios.

Todo examen de la derrota es ante todo autoexamen. ¿Somos lo que creíamos ser? ¿Dejamos que nos condujeran quienes no podían llegar ni a la esquina? ¿Construimos fortalezas o arquitecturas de relumbrón y de feria? ¿Estamos liberándonos o enterrándonos en los escombros? ¿Todo el mundo siente lo que yo o soy el único? La respuesta solo puede darla usted mismo.

La teoría sociopolítica versa sobre el empleo de las catástrofes con fines de poder. Cada vez que sufrían una crisis, los populismos del pasado siglo desarrollaban intensiva campaña para culpabilizar al pueblo y convencerlo de su incapacidad para gerenciar el desastre, lo cual conducía a cataclismos cada vez peores, hasta que el último revertía contra el poder mismo.

La perspicaz Naomi Klein advirtió en las estrategias del imperialismo el persistente uso de las tácticas del shock and awe (choque y espanto), la aplicación de una violencia sobrecogedora e ilimitada para conmocionar a los pueblos y reducirlos a un estado de indefensión y pavor que les impidiera reaccionar. Ejemplos: la Nakba contra los palestinos, el golpe de Estado contra Allende en Chile, el arrasamiento del patrimonio cultural de Irak tras la invasión yanki, los innumerables casos que pueda recordar el lector. En ninguno de ellos la sumisión condujo a algo.

Solo la ausencia revela el verdadero valor de lo que nos importa. La más fulminante de las catástrofes es la pérdida del objeto amado. Se experimenta como un dolor rotundo, que ni brujería ni terapia alivian. A lo largo de la vida sacrificamos alma, vida y corazón en altares que quizá solo valían por el fervor con que los investimos. La intensidad de nuestras pasiones es la medida de nuestra alma. Quizá la única prueba de la existencia de ésta sea el valor de sacrificarla jugándola contra la ruleta de la indiferencia. Toda pasión correspondida es sospechosa de acomodo. Ningún cataclismo es definitivo, salvo la pérdida de la capacidad de amar.

Todo sobre el duelo: fases, tipos y tiemposEl duelo, como todas las situaciones humanas, pasa por etapas. Cada psicólogo ha inventado un sistema propio; la mayoría presenta similitudes con el postulado por Elisabeth Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión-tristeza, aceptación. Variantes del modelo son postuladas como válidas para la muerte de alguien próximo, para la pérdida amorosa, para el diagnóstico de enfermedad incurable, para todo tipo de catástrofe. El sabio lector habrá advertido su defecto. La verdadera pena ni acepta ni negocia: intensifica su dolor hasta forjar algo más grande que ella misma.

Y si es pecado quererte, / que me condenen a muerte, sentencia la desgarradora copla mexicana.
No hay que preguntarse si volveremos a la normalidad cuando la normalidad misma es catástrofe. Aquello que no me destruye me hace más fuerte, decía Nietzsche. Enfrentar el cero es planificar infinitos. Saber que podemos perderlo todo es centuplicar el apego. Todos alguna vez abrigamos alguna alta esperanza. Ahora sabemos que renunciar a ella es también cataclismo.

Una irreversible pérdida definió la existencia de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Palacios y Blanco. Huérfano de padre y madre, distanciado de tíos intratables, discriminado como simple criollo en una metrópoli hostilmente peninsular, encontró consuelo en enamorarse de María Teresa Toro, a quien llamó “hija de un paisano y de un pariente”. El mozo Simón adora sin que lo cohiba la posible distancia: “Amable hechizo del alma mía: en el correo pasado escribí a usted el feliz éxito que tuvo mi importuna impertinencia, en que pidiesen a usted y cuyos efectos ya sabrá usted con placer, pues considero que, aunque no haya eso de amor, por lo menos humanidad no deja de haber en el benévolo corazón de usted (…)”.

La recién casada muere de fiebre amarilla; parece el fin de todo para su joven esposo. Dos décadas después, confiará a su edecán Luis Perú La Croix: “Miren lo que son las cosas: si no hubiera enviudado, no teniendo aún 20 años, quizás mi vida hubiera sido otra; no sería el general Bolívar, ni el Libertador, aunque convengo que mi genio no era para ser alcalde de San Mateo”. La libertad continental es la titánica respuesta a una pérdida irreparable.

No sabemos nunca si el desastre es fosa que nos sepulta o yunque que nos forja para la tarea inexcusable.

* Narrador venezolano, ensayista, dramaturgo, dibujante, explorador submarino, autor de más de 60 títulos. En 2002 recibió el Premio Nacional de Literatura, y en 2010 el Premio Alba Cultural en la mención Letras.