¿Venezuela, “Estado 51” de EEUU?: Lo que hay detrás

William Serafino – Diario Red

Aunque no es la primera vez que el presidente estadounidense Donald Trump muestra su interés, hasta ahora retórico, de anexionar a Venezuela a EE.UU., lo del día 12 de mayo fue sin duda un punto de inflexión. En la cuenta oficial de la Casa Blanca en la red social X fue publicada una imagen del mapa del país caribeño rellenado con los colores de la bandera estadounidense, junto a un enunciado superior: “Estado 51”.

La subida de apuestas de esta narrativa de provocación generó una avalancha de interpretaciones divergentes dentro y fuera de Venezuela, en un intento por descifrar si se trataba del típico trolleo al que nos tiene acostumbrado el mandatario republicano o si, más bien, era el manifiesto visual de un plan de anexión formal en marcha.

Muy probablemente, la respuesta más cercana a la verdad de lo que en realidad busca Trump se ubique en el medio de las lecturas más extremas. La publicación no es tan inofensiva para ser tomada a la ligera como un simple bullying geopolítico, pero pudiera estar bastante lejos de ser una señal inequívoca de un movimiento de conquista al estilo decimonónico. Es en la escala de grises donde debemos poner el foco.

Lo primero, ¿es posible?

Difícilmente. Dentro de EE.UU., el camino teórico hacia una anexión está plagado de obstáculos y tensiones político-institucionales de gran calado. Siguiendo los comentarios del internacionalista Roberto Stekman, ante una propuesta de este estilo, “los primeros en oponerse serían los estadounidenses”, ya que a “Venezuela le tocaría por su población 2 senadores y al menos 35 representantes quitándole representación a otro Estados, convirtiéndose en el tercero con más peso electoral. Nadie en el Capitolio votaría para ceder su poder”.

Stekman profundiza en el tema legislativo y asevera que “la Cámara de Representantes tiene un tope de 435 asientos. Si Venezuela entra con 30 millones de habitantes, 35 escaños tendría que quitárselo a otros Estados. ¿Qué congresista votaría por perder su propia silla? Díganme”.

Por otro lado, está la contradicción entre la idea y la propia visión excluyente de Trump con respecto a la migración. Sobre esto, el analista de tendencia opositora, Alejandro Armas Díaz, afirma que “cuando consideras que hacer a Venezuela un estado implicaría que cualquier venezolano podrá mudarse a Illinois o a Arkansas, que es exactamente lo que Trump ha buscado impedir a toda costa, te tienes que dar cuenta de que todo ese discurso anexionista no es en realidad serio”.

Partiendo de allí, y aunque Trump sea ciertamente un político impredecible, la idea de convertir a Venezuela en el “Estado 51” de EE.UU. no es ni política ni jurídicamente realizable en el corto plazo, por razones estructurales de ecuación electoral y legislativa de carácter interno.

Siendo así, hay algo más que un simple acto de trolleo comunicacional, dado que la naturaleza de lo enunciado implica un mensaje de desafío a la soberanía venezolana.

La selección del momento: es la geopolítica, estúpido

La publicación salió a la luz mientras Trump viajaba a China en el Air Force One. Pocos minutos después, en la misma cuenta en X de la Casa Blanca se publicó un corto video donde el secretario de Estado, Marco Rubio, aparece hablando en enero de este año, luego la imagen de Nicolás Maduro secuestrado en el Iwo Jima y, por último, se observa al alto funcionario norteamericano luciendo el conjunto deportivo Nike que tenía el presidente venezolano al momento de su rapto.

Las dos piezas forman parte de un mismo performance cuyo destinatario es la República Popular. Con el mapa de Venezuela como “Estado 51”, Washington flexiona sus músculos geopolíticos ante Beijing y reafirma en lo simbólico que el país caribeño está bajo el área de influencia estadounidense, en un contexto donde una licencia de la OFAC recientemente emitida ha abierto la puerta para reestructurar la gigantesca deuda externa venezolana, eventual operación que deberá contemplar negociaciones con el país asiático como acreedor de peso de Venezuela.

En consecuencia, la “anexión simbólica” también representa una declaración geopolítica de la administración Trump, en la que expone su voluntad de marginalizar al extremo los intereses energéticos y financieros de China en Venezuela.

Trump llega a Beijing con el fracaso estratégico en Irán a cuestas, debilitado en el frente de la guerra comercial y ampliamente cuestionado a nivel internacional por sus improvisaciones diplomáticas. Es allí, ante la imposibilidad de arribar con una imagen victoriosa, donde el polémico mapa funciona como mecanismo de compensación al afirmarle a China que ha perdido a su antiguo aliado estratégico en el corazón de Latinoamérica.

El labo B: costos y beneficios

Además de lo geopolítico con relación a China, la agresión simbólica contenida en el mapa nos dice algo importante sobre la compleja dinámica interna de la relación Caracas-Washington, normalizada tras la intervención militar del 3 de enero.

En primer lugar, Trump ha recurrido a los continuos elogios a la presidenta encargada de Venezuela como un instrumento para defender lo que considera su único éxito internacional de su segundo mandato: secuestrar a Maduro y garantizar el expolio del petróleo venezolano en condiciones de estabilidad pactada.

Pero el uso de este recurso, al mismo tiempo que lo fortalece en el vértice de su política exterior, lo debilita en el plano partidista. Sectores republicanos observan en el aval político de Trump a Rodríguez un peligroso costo electoral de cara a las midterms de noviembre. El miedo es palmario sobre todo en los feudos neoconservadores de Florida, donde la erradicación del socialismo y la caída de los “regímenes” de Venezuela, Cuba y Nicaragua son imanes discursivos de manual para atraer al voto latino.

Dichos sectores le exigen a Trump mano dura con Caracas y sustituir el lenguaje amistoso por uno de presión y choque, obligándolo a buscar un equilibrio que satisfaga tanto sus intereses como los de su partido.

En ese contexto, la narrativa del “Estado 51” pareciera ofrecerle una solución intermedia al mandatario republicano, dentro de un enfoque de tensión controlada. Apelando a la provocación simbólica, Trump configura un clima de impasse diplomático con Rodríguez en el que compensa los elogios con divergencias de criterio, pero sin poner en riesgo los acuerdos energéticos suscritos. Además, obtiene el beneficio extra de sacar del juego mediático la cuestión electoral promovida por María Corina Machado, el eje de un intenso lobby para frustrar las inversiones petroleras prometidas por el jefe de la Casa Blanca.

Así, mataría hipotéticamente dos pájaros de un tiro: se inserta en un duelo discursivo de bajo costo con Rodríguez y, al mismo tiempo, presenta a Venezuela como una extensión de EE.UU., por lo que las inversiones en crudo, gas y minerales en el país serían tan seguras y confiables como si se realizaran en Texas o Nuevo México.

Desde La Haya, usando un discurso mesurado, la presidenta venezolana respondió a Trump que la anexión jamás estaría prevista “porque si algo tenemos los venezolanos y las venezolanas es que amamos nuestro proceso de independencia”. Luego del mapa publicado por la Casa Blanca, Rodríguez respondió en sus redes sociales con uno de “Venezuela Toda” de explícita connotación soberanista.

La encargada de la presidencia venezolana ha visto una oportunidad única para polarizar con EE.UU. y reconectar con sectores chavistas e independientes preocupados de que el país esté siendo entregado a Washington, pero cuidándose de llegar a un punto de máxima tensión cercano a la ruptura de relaciones diplomáticas y energéticas.

Hasta que se demuestra lo contrario, Trump y Rodríguez parecen encontrarse en una especie de óptimo de Pareto de corte político, donde ninguno sacrifica lo considerado estratégico. El republicano obtiene una munición político-simbólica con utilidad externa e interna, y Rodríguez un resquicio para reflotar el concepto de soberanía dentro de su gestión de gobierno, sacudiendo las sombras de un pacto energético en curso donde EE.UU. controla las ventas de crudo del país a espaldas de la República Bolivariana.

Más allá de las finalidades coyunturales, no debe perderse de vista que detrás de la desafiante narrativa del “Estado 51” también se está estableciendo el marco general de la política de dominación estadounidense sobre Venezuela. Ese marco se basa en posicionar el eje de la “relación con EE.UU.”, mediatizada por elementos de dependencia y subordinación, como el componente central de la disputa política interna venezolana, en la cual todos los actores del arco político e ideológico se verían obligados a ofrecer formas de asociación e integración con Washington para ser viables electoralmente.

En ese sentido, teóricamente el “Estado 51” no se presentaría como un resultado formal, sino como un modo de organizar la política venezolana bajo parámetros de alineamiento estratégico con la potencia del norte.

Podríamos estar frente a un globo de ensayo realmente peligroso que busca capitalizar a favor de Washington el vacío de representación que desnudó cruelmente el 3 de enero.

 

Politólogo y Magíster en Historia. Investigador y analista especializado en geopolítica. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, mención Investigación (2019).