Trump cercado por Irán, China y las elecciones

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Jorge Elbaum

Donald Trump pateó el tablero internacional con el propósito de evitar que el Sur Global logre consolidarse como una alternativa autónoma del neocolonialismo hegemonista de Occidente. Sembrar el caos es su la actual jugada de un imperio debilitado que se esfuerza por restringir la ampliación del multilateralismo expresada por los BRICS, que cuenta con el liderazgo productivo de China y el ejemplo soberanista de la Federación Rusa.

El magnate neoyorquino, devenido en presidente, está acorralado por tres restricciones que intenta disimular. En primer término, se observa el fracaso de su aventura bélica en el Golfo Pérsico, donde la República Islámica logró resistir los bombardeos sin que, como pretendían Estados Unidos e Israel, se quebraran su institucionalidad y su soberanía. En segundo término, porque Trump no logró rasgar el vínculo energético entre Teherán y Beijing, situación que debilita al presidente estadounidense de cara a la cumbre con Xi Jinping, programada para el 14 y 15 de mayo. Por último, el inquilino de la Casa Blanca sufre las malas noticias relativas a su fracasada política arancelaria, anulada en febrero último por la Corte Suprema de su país. El arrogante mandatario será recibido por el jefe del País del Centro luego de que este último le solicitara una postergación, un mes atrás, para intentar llegar con un triunfo militar bajo el brazo. No pudo ser. En términos estratégicos, la operación militar contra Teherán fue un fracaso que ahora pretende sustituirse mediante un bloqueo marítimo, orientado básicamente a impedir las exportaciones de petróleo a China.

Aunque esta medida coercitiva e ilegal –desde el punto de vista del Derecho Internacional– posea más efecto que los bombardeos, la lectura respecto a la incursión militar ha quedado asociada a una derrota militar indiscutible. El canciller alemán Friedrich Merz lo expresó claramente al afirmar que “toda una nación está siendo humillada por el liderazgo iraní (…) son claramente más fuertes de lo esperado, y los estadounidenses carecen de una estrategia de negociación convincente”. Ese posicionamiento explica la improvisación de Donald Trump, sus decisiones apresuradas, las contradicciones y su falta de coherencia, con la que arribará a la Cumbre. Su prepotencia unilateralista se verá desafiada, en Beijing, en tres de los espacios en los que tuvo una ventaja relativa: la economía, la tecnología y la guerra. La locomotora fabril china es la potencia manufacturera global: expresa un tercio de toda la producción mundial, superando el valor agregado de los nueve países que le siguen, entre ellos, Estados Unidos, Japón y Alemania. Pero la brecha se hace más profunda si la comparación se asocia a la productividad que expresa la robótica. China cuenta con la mitad de los robots industriales del mundo, incorpora 250 mil por año y acaba de sorprender al mundo de la informática presentando la primera computadora cuántica atómica de doble núcleo. Este ordenador, presentado en sociedad con el nombre de Hanyuan-2, curiosamente una semana antes de la llegada de Trump, puede resolver en 4 minutos aquellos problemas que la más potente supercomputadora actual necesita 10 mil años para resolver.

La computación cuántica permitirá acelerar el entrenamiento de modelos de aprendizaje de la Inteligencia Artificial, ahorrando tiempo y sobre todo energía. La razón por la cual los capitostes de Silicon Valley, como Peter Thiel, le exigen a Trump liquidar la democracia occidental, se relaciona con estos desafíos planteados por Xi Jinping: los analistas ligados al universo MAGA creen que la ventaja que viene tomando China se debe a que su gobierno no está condicionado por las elecciones periódicas, pero olvidan que China tiene un Partido Comunista que vela por los intereses soberanos de su sociedad, y no por ventajas supremacistas de corporaciones que se presentan como tecnofascistas. La evidencia es haber mejorado la vida de 1400 millones de personas con su concepto de socialismo con características chinas, focalizado en el bien común, el multilateralismo, el respeto a las diferentes tradiciones civilizatorias y el énfasis en el equilibrio con la naturaleza.

El tercer elemento de la incomodidad trumpista, que se verá plasmado en Beijíng, cuando se inicie la Cumbre, es el que remite a la dimensión estratégica, es decir a la guerra. Estados Unidos cuenta con 750 bases militares repartidas en los cinco continentes y sus últimas experiencias bélicas no han sido muy fructíferas. Después de los fracasos en Corea, Playa Girón y Vietnam, se empantanó en Irak y Afganistán sin lograr sus objetivos. El actual fracaso en Irán, a quien no pudo poner de rodillas, no solo desmoraliza al Pentágono, sino que exterioriza, frente al resto del mundo, una doble impotencia. Por un lado, la asunción de una debilidad estructural para enfrentar guerras asimétricas; y, por el otro, una total falta de capacidad para garantizar la seguridad global. En este capítulo, también se inscribe la renuncia de Trump a brindarle apoyo a Ucrania. Gran parte de sus analistas militares le han advertido que esa es una batalla perdida pese a ser Rusia, junto a China, los dos más grandes antagonistas, según la nueva doctrina Donroe, difundida en 2025. La totalidad de los países que integran la OTAN —pese a la actual guerra convencional— son incapaces de derrotar a un país que tiene aproximadamente el 50 por ciento de todas las ojivas nucleares existentes.

Las expectativas respecto a las elecciones de medio término son el tercer factor que contribuye al debilitamiento de Trump. Su imagen doméstica es una de las más deshilachadas de la historia, para un mandatario que apenas supera 13 meses de gobierno. Aumentó en un 60 por ciento el costo de la energía doméstica, su política arancelaria es cuestionada de forma permanente por el Poder Judicial, y las cacerías de ciudadanos NO WASP habilitaron un malestar profundo que derivó en las movilizaciones No King. Ese conjunto de decepciones lleva al mandatario estadounidense a colonizar la agenda pública con mandobles narrativos. Intenta exhibir ampliamente una fortaleza que no tiene. Mientras intenta ocultar su fracaso militar, continúa con las amenazas de bombardeos brutales y represalias “violentas” para el caso de que Teherán no se digne a firmar un acuerdo basado en la liberación del estrecho de Ormuz, la suspensión del enriquecimiento de uranio y el abandono de su apoyo a la triple “H”, los Hutíes, Hezbolá y Hamas. Se alcance o no un acuerdo básico entre Teherán y Washington antes de la Cumbre, China habrá ganado varias batallas simbólicas. Se ubicará como un mediador ajustado a las normas del Derecho Internacional. Se exhibirá como un actor constructivo en la resolución de las crisis, a través de su aliado Paquistán, y continuará con su paciencia confuciana observando cómo la jactancia imperial se diluye detrás de la grandilocuencia arrogante. Francisco de Quevedo lo dijo mejor “La soberbia nunca baja de donde sube, porque siempre cae de donde subió.”