El Día de la Victoria y la reconfiguración del orden mundial

(Xinhua/Alexander Zemlianichenko Jr)
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Jorge Wozniak – Tektónikos

El 9 de mayo se volvió a conmemorar un nuevo aniversario del Día de la Victoria, en Rusia y otros países que formaron parte de la Unión Soviética. Una fecha significativa porque, aunque ya pasaron 81 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en el frente europeo, cada año adquiere un significado renovado: no es un mero acontecimiento que rememora la gloria del pasado, sino que cada conmemoración pública debe interpretarse también en el contexto internacional con el cual se relaciona porque es un mensaje político de las autoridades rusas hacia su pueblo y hacia el resto del mundo.

Nuevamente la celebración principal se realizó en Moscú, con la participación de miles de militares y con el desfile cívico de la Legión Inmortal, multitud de ciudadanos que marcharán con los retratos de los parientes que cayeron o intervinieron en ese conflicto bélico. Ese evento, de participación multitudinaria, es un acontecimiento político en sí mismo, porque es de carácter voluntario y suele tener una convocatoria masiva por lo que esa guerra implicó para los pueblos de la Unión Soviética, donde el conflicto adquirió un nivel de devastación de proporciones extraordinarias.

Sin embargo, este año, el desfile de la Legión Inmortal fue más importante en otras localidades que en la propia Moscú.

Aunque el gobierno ruso decretó un alto al fuego de tres días en conmemoración de esta fecha y hasta el 10 de mayo, la posibilidad de que el mismo fuera violado por parte de Ucrania era un dato a tener en cuenta. Oficialmente el gobierno de los EE.UU. intercedió frente a Zelenski para que respetara la tregua; sin embargo, las propias declaraciones de Kiev y la posible presión de algunos gobiernos occidentales sobre Ucrania para realizar medidas espectaculares en esta fecha fueron motivo suficiente para que desde el Kremlin decidieran una serie de medidas preventivas, varias de las cuales no se conocieron hasta el mismo día del desfile. En primer lugar, la zona central estuvo cerrada al público y sin cobertura telefónica y de internet: aunque los medios de intercepción electrónicos pueden bloquear las señales a mediana y larga distancia, no ocurre lo mismo si el guiado se hiciera desde corta distancia. En segundo lugar, sólo participaron en el desfile aviones y tropas de infantería, lo que permitiría en caso de algún tipo de ataque desconcentrar rápidamente a los participantes. En tercer lugar, los periodistas extranjeros de los países occidentales y aliados no pudieron asistir al evento, tal vez previendo algún tipo de implicación en cualquier atentado. Por último, la duración del desfile se limitó a 45 minutos, mucho menos que en otras ocasiones.

Con todo, pese a las posibilidades de un ataque ucraniano (necesariamente con participación de inteligencia y sistema de guiado occidental), la significación de la fecha en Rusia es de tal magnitud que era impensado suspenderla.

Aunque algunos medios occidentales han relacionado la falta de material blindado y otros sistemas en el desfile a que los mismos escasean y son necesarios en todos los frentes, este argumento es poco sólido: hay decenas de vehículos de primer orden, como el tanque T-14 Armata que no se emplean en Ucrania y están destinados cerca de Moscú. Por el contrario, el hecho de que una celebración tan importante para los rusos haya sido opacada por un posible ataque ucraniano puede generar una reacción inesperada desde Kiev: que amplios sectores de la población aumenten su apoyo al gobierno para que acabe definitivamente con el peligro representado por el gobierno nacionalista de Ucrania.

Y esto se manifestó en el discurso de Putin en el acto de este 9 de mayo: el enfrentamiento no es sólo contra las fuerzas de Ucrania sino contra todas las fuerzas de la OTAN que intervienen activamente en su apoyo. Planteado de esta manera, no es un mero conflicto entre dos Estados sino entre todo un bloque contra Rusia y es, por lo tanto, un conflicto existencial. Como lo fue el que enfrentó a la Unión Soviética contra la Alemania nazi.

En tal sentido, la conmemoración del Día de la Victoria no es algo que remita únicamente al pasado, sino que se relaciona directamente a lo que se proyecta en el futuro. Por eso, el actual Día de la Victoria se puede enmarcar en un triple ámbito internacional de transformaciones, que indirectamente fueron referenciados (explícita o implícitamente) por los medios y las autoridades. En primer lugar, el declive económico de los EEUU y de Europa Occidental; en segundo lugar, el fin de la superioridad militar indiscutible de los EEUU, (y de la OTAN) y por último, el fin de la arquitectura política mundial de posguerra y del mundo unipolar.

Comencemos con la primera de las grandes transformaciones, cada vez más palpable: el declive económico de los EE.UU. y de Europa occidental en su conjunto. Luego de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. tenían el 60% de la producción industrial del mundo y su PBI representaba casi el 50% mundial. Ese incuestionable dominio económico se reflejó en los acuerdos de Bretton Woods que crearon el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, con el dólar (atado al patrón oro) como la moneda internacional de reserva de todos los bancos centrales y la divisa por excelencia en los intercambios comerciales. Esa hegemonía comenzó a cambiar gradualmente en las décadas posteriores: el creciente déficit público de EE.UU. llevó al abandono del patrón oro y de su convertibilidad. El dólar se transformó desde principios de la década de 1970 en una moneda fiat, cuyo valor se fijaba por decreto, sin ningún respaldo material. Aunque Japón, Corea del Sur y algunos países de Europa habían crecido económicamente, había consenso en sostener el valor del dólar porque garantizaba los intercambios que también los beneficiaban. Sin embargo, el fin de la convertibilidad en 1971 no puso fin a la caída industrial y comercial de los EE.UU. El Acuerdo del Plaza de 1985, firmado por las principales potencias industriales occidentales, permitió que el dólar fuera devaluado en casi 50% para tratar de detener el déficit comercial y la desindustrialización de la principal potencia del bloque occidental. Era un intento acordado de mantener al hegemón afectado por los cambios internacionales.

No obstante, la disolución de la Unión Soviética y de todo el bloque aliado eliminó la necesidad aparente de cualquier reforma económica o fiscal: el mundo hegemonizado ahora de manera indiscutible por los EEUU parecía no tener ningún obstáculo para que se impusiera la globalización y el neoliberalismo. La desindustrialización de los EEUU no era vista como un problema para sostener la hegemonía futura de Washington en un contexto en que las empresas de ese país continuaban liderando el proceso de elaboración de manufacturas y prestación de servicios a nivel global. Paralelamente, las principales economías de Europa desde la crisis del petróleo de 1973 y más con la globalización, habían comenzado a relocalizar sus industrias con mayor uso de mano de obra y energía en otras zonas del planeta.

La emergencia de China y los BRICS

Dentro del contexto de la globalización, la economía china fue creciendo de forma sostenida hasta llegar a transformarse a principios del siglo XXI en el principal proveedor de manufacturas de los EE.UU. y de numerosos países de la Unión Europea. Simultáneamente, otras economías del mundo fueron transformándose también en consumidores cada vez más demandantes de la producción de ese país asiático. Este cambio a nivel de la producción se expresó en la pérdida del peso del dólar a nivel mundial: si en el año 2000 el 70% de las reservas mundiales estaban en dólares, para 2025 estas habían disminuido a casi el 57%, situación dominante, pero en claro retroceso, como también lo estaba el aparato productivo estadounidense.

El surgimiento de los BRICS entre 2006-2010 fue la expresión de la intención de los gobiernos de economías en expansión de crear mecanismos alternativos al control del mundo occidental (vía FMI y el uso del dólar) que pudieran limitar su desarrollo.

El conflicto militar entre Ucrania y Rusia, y las sanciones aplicadas a esta última como la exclusión de los bancos rusos del sistema internacional de pagos SWIFT, impulsaron tanto en Rusia como en China a la creación de sistemas propios basados en pago internacional recíproco con monedas locales. Este mecanismo en expansión es el germen de un cambio que puede acelerar la desdolarización. Sin embargo, hay que considerar que actualmente la situación es contradictoria porque la mayoría de los integrantes de los BRICS tienen un comercio prioritario con los EE.UU. Parte del rol dominante del dólar durante décadas se sostuvo porque la presión de Washington logró imponer el uso de esta moneda en la venta de materias primas e hidrocarburos a nivel mundial. Esta demanda artificial contribuía a sostener el valor de la moneda, aunque la emisión monetaria no estaba respaldada en una riqueza real de la propia economía del país. Simultáneamente el requisito de tener que contar los bancos centrales con reservas en esa divisa apuntaban en la misma dirección.

En la medida que cualquier conflicto con los EE.UU. pueden derivar en un congelamiento de activos en dólares, cada vez más Estados están recurriendo a diversificar sus tenencias, como el oro o el yuan.

Si al mismo tiempo, los EE.UU. dejaron de ser los principales importadores de hidrocarburos y otras materias primas por su desindustrialización, desaparece el incentivo para sostener el comercio únicamente en esa moneda: el petrodólar está siendo reemplazado por el petroyuán entre algunos de los países del Golfo Pérsico. Además, la exigencia del gobierno iraní de que el peaje para cruzar el estrecho de Ormuz se pague únicamente en yuanes consolida esa tendencia. De continuar el reemplazo del dólar por otras monedas en los intercambios internacionales estaríamos frente a una máxima sostenida por los monetaristas: si la emisión monetaria supera la demanda (anclada en la economía real) se produciría una pérdida sostenida del valor del dólar, con una inflación acompañada de una emisión en ascenso para pagar el déficit fiscal. Y aquí tenemos otro de los cambios en la economía estadounidense: un déficit comercial acompañado de un creciente déficit público: hoy la deuda supera el PBI y cada año es mayor. El pago de los intereses de la deuda supera incluso el presupuesto militar, sumando un billón de dólares cada tres meses.

Todo lo anterior se relaciona con la segunda de las trasformaciones internacionales: el fin de la superioridad militar indiscutible de los EE.UU.

La disolución de la Unión Soviética fue el epítome del poder de los EE.UU.: la desaparición del bloque que planteaba una alternativa político-militar posicionó a ese país como la potencia militar indiscutible con su cohorte de Estados aliados/vasallos que secundaban su política exterior. Que Rusia fuera el país con más cabezas nucleares o que existieran otros Estados con capacidad nuclear no eran un contrapeso eficaz para neutralizar el poder estadounidense, con cientos de bases navales, aéreas y terrestres distribuidas por todo el planeta. Desde ellas se podía ejercer una presión visible sobre cualquier gobierno que planteara un cuestionamiento estratégico a los intereses de Washington. Una expresión de este intento por sostener en el tiempo la hegemonía de los EE.UU. fue la propia expansión de la OTAN hacia Europa Oriental, violando los acuerdos verbales establecidos en 1990 con la dirigencia soviética. El golpe de Estado organizado en 2014 en Ucrania estuvo directamente vinculado a desplazar a los aliados de Rusia de este territorio y lograr su integración (formal o informalmente) dentro de la estructura de la OTAN.

La carrera armamentística

En la medida en que desde el 2000 crecieron de forma sostenida otras economías del mundo, como la rusa y la china, esto también se manifestó en una inversión en el aparato militar para poder prevenir cualquier agresión futura. Mientras los EE.UU. debían dedicar un presupuesto creciente al mantenimiento de sus fuerzas convencionales en todo el globo, otros Estados realizaron gastos selectivos en armas que pudieran neutralizar la indiscutible superioridad cuantitativa de las fuerzas armadas de Washington. El desarrollo de misiles hipersónicos por parte de Rusia, China o Irán hacen obsoletos a los sistemas antimisiles de los EE.UU. y sus aliados. Los recientes ataques sobre Israel son un indicador de cómo la supuesta superioridad occidental en este rubro está en entredicho. Más aún, el conflicto en Ucrania desde 2022 fue un preludio de lo que cada vez es más evidente, la incapacidad de doblegar a enemigos incluso con armamento convencional. En los medios de comunicación occidentales se suele remarcar la incapacidad de Rusia para derrotar a las fuerzas de Ucrania. Esta es una afirmación errónea, dado que habría que dar vuelta la premisa y plantearse cómo es posible que más de 50 Estados (incluyendo los 32 de la OTAN), que colaboraron con fondos, inteligencia, armamento e incluso personal no hayan podido derrotar a un solo país. Y esta evidencia está presente a nivel público en la próxima conmemoración del 9 de mayo.

El enfrentamiento en Ucrania, donde quedó patente la debilidad de la OTAN, fue un anticipo de lo que hoy vemos en el conflicto contra Irán: la incapacidad de los EE.UU. de lograr sus objetivos estratégicos incluso recurriendo a la fuerza militar y viendo sus bases en la región arrasadas: incluso sus portaaviones (símbolo del poder naval de ese país), debieron alejarse cientos de kilómetros de las costas iraníes frente a la posibilidad de su destrucción. La exigencia a los aliados de la OTAN a participar en el bloqueo a Irán es nuevamente la confirmación de la imposibilidad de Washington de sostener actualmente en solitario una campaña de este tipo.

Además, la negativa de algunos integrantes de la OTAN incluso de permitir el uso de las bases estadounidenses en sus países para el ataque son una muestra de las crecientes fricciones dentro de la organización. Las amenazas de Trump de retirarse de la OTAN habría que considerarlas no únicamente como una reacción emotiva frente a esa decisión: es el anuncio de un gobierno que ya no puede sostener tantos frentes simultáneamente con los recursos disponibles. Washington puede plantear abiertamente que la OTAN ya no es tan importante para ellos porque los miembros europeos ya son Estados militarmente dependientes, más aún con los crecientes éxitos militares de Rusia en Ucrania y la propaganda sistemática acerca de un futuro ataque ruso sobre Europa. La búsqueda de aprobar un mayor presupuesto militar en la Unión Europea debe interpretarse, más que como un peligro externo real, como el intento de disciplinar a su propia sociedad mediante la militarización, dado que los cuestionamientos a las políticas de Bruselas están generando cada vez mayor oposición. Por otro lado, con un aparato económico menos competitivo a nivel mundial, el rearme crea una demanda que puede estimular algunos sectores: una política keynesiana de base militar.

Simultáneamente, el creciente poder económico de China le permite disputar a Washington su control militar en la región del Pacífico norte: hoy en día la armada de ese país supera en número a la de los EE.UU., que era desde la Segunda Guerra Mundial la más importante del mundo. Y si esa tendencia continúa acentuándose, el intento de los EE.UU. de mantener la secesión de Taiwán como arma contra Beijing se debilita progresivamente.

El conflicto en Ucrania y en Irán han revelado otra verdad: la incapacidad occidental de poder reemplazar rápidamente el armamento ya usado. Se estima que sólo en la zona del golfo los EE.UU. consumieron un tercio de sus misiles de crucero Tomahawk y la mitad de sus misiles antiaéreos Patriot: para reponer los primeros se calcula un tiempo de espera de más de tres años y para los segundos aproximadamente 10 años. Y esto está relacionado directamente al declive de la capacidad industrial del país, fenómeno imposible de revertir en los próximos años, aunque el actual gobierno lo declare como uno de sus objetivos.

El reseteo global en curso

Finalmente, los dos cambios analizados anteriormente nos llevan a la tercera de las transformaciones en el ámbito internacional: el fin de la arquitectura política mundial de posguerra y del mundo unipolar.

Precisamente, el rol central ocupado por la URSS en la derrota de las potencias del Eje le permitió ocupar un papel significativo en el orden internacional de posguerra: en el Consejo de Seguridad (el poder ejecutivo de las Naciones Unidas) tenía una banca permanente y el derecho de veto sobre cualquier decisión. La ONU era un ámbito pautado para tratar de regular las relaciones entre los dos bloques para impedir que cualquier conflicto local deviniera en un enfrentamiento mundial.

La disolución de la URSS puso aparentemente fin al cuestionamiento del modelo capitalista y a la posibilidad de plantear una alternativa. En ese contexto, los gobiernos estadounidenses comenzaron a adoptar medidas de política exterior que dejaban de lado las normas internacionales que las potencias hasta entonces se cuidaban generalmente de respetar. En ese mundo unipolar, las medidas de Washington crearon un “desorden global” basado en la política del más fuerte, sin ningún tipo de contención, en amplias regiones del planeta. El bombardeo o invasión de diferentes países (sin la autorización previa del Consejo de Seguridad), al igual que los golpes blandos llamados eufemísticamente “revoluciones de colores”, fueron prueba evidente del poder unipolar de Washington.

El enfrentamiento en Ucrania desde 2014 es una prueba de que ese comportamiento unilateral empieza a ser cuestionado. El conjunto se sanciones aplicado contra Rusia se han revelado inefectivas en su mayor parte, producto también de la existencia de nuevos actores económicos a nivel internacional como China o India. La creación de los BRICS fue el intento de crear un polo de contrapeso a la hegemonía estadounidense, tratar de limitar ese poder incuestionado. Y precisamente frente al retroceso observado a nivel global, EE.UU. necesita garantizar de forma indiscutida su control sobre el continente americano. La intervención en Venezuela es un claro indicador de esa política, como las declaraciones acerca de que Cuba es el próximo objetivo regional.

En este contexto, este 9 de mayo el acto por el Día de la Victoria en Moscú vuelve a ser un mensaje simbólico que resignifica los hechos del pasado en las condiciones del mundo actual, un momento marcado por profundas rupturas en todos los órdenes.

Aunque fue un acto menos impactante que el del aniversario redondo del año pasado, puede ser leído como un espaldarazo al gobierno sobre su política internacional, dándole legitimidad a sus acciones en Ucrania. Al mismo tiempo, también es un mensaje hacia el exterior: la participación de delegaciones extrajeras expresa el fracaso en la política de aislamiento internacional buscadas desde Occidente, en el mismo momento en que Occidente aparece cada vez más cuestionado. En las delegaciones internacionales presentes en la tribuna del Kremlin se expresa pare del nuevo conjunto de alianzas que se están configurando a nivel mundial. Esa asistencia y la evidente derrota de la OTAN en Ucrania (y de los EE.UU. y sus aliados en el Cercano Oriente) pueden ser interpretadas por parte del público como un nexo con la victoria del pasado.