Venezuela: ¿prudencia, rendición o derrota?

Desde la perplejidad: Trump ¿de villano a libertador?

(Xinhua/Marcos Salgado)

Juan Carlos Monedero – Tektónikos

Hubo un tiempo en que era evidente que, si el dólar tenía que ser global, la política exterior de Estados Unidos debía ser imperial (o viceversa). Podría decirse que, en esa dirección, se cumplen hoy muchos requisitos para hacer de esa voluntad imperial la variable independiente de la geopolítica estadounidense, es decir, la voluntad imperial es determinante sobre el resto de variables. Para entender esto hay documentos —la Doctrina de Seguridad Nacional con su corolario Donroe—; hay voluntad concretada -el despliegue del ICE o de la guardia nacional, la advertencia de Trump a oficiales del ejército de que se prepararan para luchar contra el enemigo exterior y el interior, los cercos a Venezuela y Cuba; hay tecnología —con el nombramiento de ejecutivos de las grandes tecnológicas como oficiales del ejército y la vinculación entre el Pentágono y Palantir—; y hay una narrativa -el MAGA de Trump, el señalamiento por parte del evangelismo neopentecostal a EE.UU. como el pueblo elegido o la asunción de una lógica política polarizada en el partido Republicano que ve a los adversarios como enemigos-.

En resumen, hay una asunción de que “el mundo basado en reglas” ha sido declarado muerto, igual que tantas veces se ha declarado a Montesquieu fallecido. La idea de soberanía, si acaso alguna vez ha existido, hoy difícilmente puede afirmarse de ningún país (ni siquiera China, al haber trenzado la globalización a las economías de todo el planeta). Podríamos decir que hay claridad en que el mundo ha vuelto a convertirse en un campo de batalla. Sin embargo, una buena parte de la reflexión sigue estando teñida por la perplejidad. Como si todo fuera un mal sueño —como el final de la serie Lost— del cual en algún momento despertaremos.

Tras el bombardeo el 3 de enero de 2026 de varias zonas de Caracas y de La Guaira, donde está el aeropuerto de Maiquetía; tras el asesinato de alrededor de cien personas, entre ellas el anillo cubano completo de defensa presidencial; tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada y primera dama Cilia Flores, las interpretaciones sobre lo que está pasando en el país recuerdan a los tiempos de la kremlinología, donde era necesario reparar en detalles en apariencia insignificantes para saber, o al menos intuir, lo que estaba ocurriendo en la trastienda del poder soviético. No es fácil saber hoy lo que está pasando en Venezuela, más allá de precipitadas declaraciones de “traición” contra la presidenta encargada Delcy Rodríguez, de las bravuconadas al uso de Donald Trump, de la insistencia desde el gobierno bolivariano en que se mantienen intactos los objetivos del chavismo, de la consternación de muchos analistas, de la falta de transparencia desde el gobierno bolivariano desde el día del bombardeo hasta la firma del acuerdo con EE.UU., y de la sospecha generalizada de que en Venezuela se está caminando hacia un sitio diferente del que abriera Hugo Chávez con su victoria electoral en 1998.

Con motivo del 100 aniversario del natalicio de Fidel Castro, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, publicaba en X un saludo a la efeméride que servía para que algunos ironizaran en la misma red preguntando “¿se lo ha dictado Marco Rubio?”. El mensaje decía: “El Presidente Fidel Castro forma parte de los líderes que trascienden el tiempo y permanecen en la memoria colectiva. Hoy, al conmemorar el centenario de su natalicio, recordamos su firme compromiso con la dignidad, la justicia social, la soberanía, el internacionalismo solidario y la unidad de nuestra América Latina y el Caribe. Un líder íntegro que ha marcado referencia para los pueblos libres del mundo”. No parece que Marco Rubio lo dictara, pues contestó de inmediato haciendo una contundente afirmación en la dirección contraria: “Fidel Castro fue un completo fracaso en todo excepto en destruir Cuba y empobrecer, encarcelar y asesinar a su propia gente. Sugeriría encarecidamente que cualquiera tentado a intentar seguir su ejemplo lo reconsidere cuidadosamente, porque si lo hacen también se estarían condenando al fracaso”. Ante este duelo de mensajes contradictorios podemos preguntarnos: ¿se trata de una protesta de Delcy Rodríguez con tintes bolivarianos? ¿Es una manera de lanzar un mensaje tranquilizador a las bases chavistas? ¿Estamos ante una mera declaración sin consecuencias para intentar expresar alguna independencia en un contexto de tutela política norteamericana del país de Bolívar y de un cerco medieval sobre Cuba?

(Xinhua/Marcos Salgado)

Algo que se está viendo en los últimos meses es el abandono del apoyo al actual gobierno venezolano de muchos actores políticos y mediáticos internacionales que habían apoyado a la Venezuela chavista, al menos en medios y redes sociales, así como en visitas a los actos de adhesión que se convocaban desde Caracas con una clara voluntad antiimperialista. De los últimos, Daniel Jadue, dirigente comunista chileno y candidato presidencial por el Frente Amplio en las primarias que ganó Gabriel Boric, la periodista argentina Stella Calloni y el editor de la “New Left Review” Tarik Ali. También son reseñables las críticas públicas del italiano Luciano Vasapollo y la Red Comunista, del portorriqueño decolonial Ramón Grosfoguel, o de Arantxa Tirado, así como de otros estas e intelectuales europeos, asiduos visitantes a la Venezuela chavista o destacados por la defensa del chavismo en redes, universidades y foros. Desde Cuba se ha mantenido un elocuente silencio, mientras que el gobierno de Irán sí ha manifestado críticas, lo que provocó una repuesta del gobierno venezolano, lo que no impidió que desde Teherán -un país con el que EE.UU. ha prohibido al gobierno de Rodríguez tener relaciones comerciales- siguieran insistiendo en que ellos habían resistido los intentos estadounidenses de convertirse en Venezuela.

Igualmente, dentro del país han expresado fuertes cuestionamientos referentes respetados del chavismo, como el escritor Luis Britto (que incluso ha llamado a la resistencia), el periodista Mario Silva (que, aunque más controvertido, siempre ha estado en la primera línea de defensa del chavismo), Francisco Arias Cárdenas (uno de los amotinados junto a Chávez en el alzamiento de 1992), Elías Jaua (ex vicepresidente con Chávez) o la diputada Iris Varela.

El anuncio de la reanudación de relaciones diplomáticas con Israel después de la retirada de las embajadas ordenada por Hugo Chávez tras una masacre israelí en Palestina en 2009 (“¡Maldito seas, Estado de Israel!”, dijo el entonces presidente venezolano), así como la presencia en suelo de Venezuela de militares israelíes implicados en el genocidio en Gaza -la argumentación era suministrar ayuda tras el doble terremoto- fue la gota que ha desbordó el vaso de antiguos defensores de la Venezuela chavista. Aun siendo cierto que no se han reanudado todavía las plenas relaciones diplomáticas rotas 17 años antes. Desde la Cancillería venezolana se anunció: “Los Gobiernos de la República Bolivariana de Venezuela y del Estado de Israel informan que han acordado dar continuidad a la cooperación técnica bilateral derivada de los esfuerzos de emergencia y recuperación tras el doble terremoto, así como establecer un mecanismo de coordinación para la prestación de servicios consulares a sus respectivos ciudadanos residentes en ambos países”. Todo parece indicar que, finalmente, se reanudarán las relaciones. Si esa es la voluntad de los EE.UU., al gobierno actual interino en Venezuela no le parece sensato desairarle.

El 28 de agosto de 2026 se anunciaba por parte de Donald Trump y Marco Rubio un acuerdo entre EE.UU. y Venezuela por el que, según la información suministrada, se concesionaba a una empresa privada, NABEP (North American Blue Energy Partners), el manejo y la operación de 17 pozos petroleros con un potencial de 65.000 millones de barriles –“campos verdes” que están mayoritariamente bajo el subsuelo y sin explotar-, para lo que se realizaría una inversión de más de 100.000 millones de dólares y se devengarían unas regalías al Estado de más de 209.000 millones (las cifras han sido cuestionadas desde diferentes análisis). La mayoría accionarial la tendría Venezuela, con el 65%, correspondiendo a NABEP el 35% restante. De ese 35% que posee NABEP, un 35% lo tendría el Ministerio de Defensa de los EE.UU. y el resto correspondería a privados, principalmente a Alejandro Betancourt. La presidenta encargada Delcy Rodríguez sacó igualmente un comunicado celebrando el acuerdo (que, sin duda, llevaba meses negociándose).

Sabiendo que la decisión iba a desatar de nuevo las acusaciones de entreguismo- la Constitución venezolana declara que todos los hidrocarburos (petróleo y gas) son bienes de dominio público, cuya gestión corresponde al Estado, esto es, el petróleo pertenece a la República (Artículo 12), la actividad petrolera es reservada al Estado (Artículo 302), como ocurre con la totalidad de las acciones de Petróleos de Venezuela (Artículo 303)-, el PSUV sacó en paralelo un comunicado de apoyo a la presidenta encargada y a la decisión de entregar a empresas privadas, participadas del gobierno de los EE.UU., el petróleo. El comunicado del PSUV iba encabezado con la imagen de Hugo Chávez, queriendo dar la sensación de continuidad del chavismo desde los orígenes a las decisiones actuales. Sin embargo, era evidente un cambio de rumbo con la Ley Orgánica de Hidrocarburos aprobada en 2001 bajo el gobierno de Chávez que aseguraba el control estatal de la industria petrolera y reservaba la mayoría de la propiedad a PDVSA en cualquier empresa mixta. Para el presidente de la encuestadora Hinterlaces, Óscar Schemel, cercano al chavismo, este acuerdo significaría “una nueva doctrina energética” que podría resumirse en el principio “soberanía sobre el petróleo, pragmatismo para producirlo y diálogo para atraer inversiones”.

El negociador de ese acuerdo habría sido Alejandro Betancourt, personaje de dudosa trayectoria -enriquecido bajo el chavismo y conocido como “bolichico”, una versión juvenil de la llamada “boliburguesía”- señalado en su día por Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, como vértice de una trama corrupta y golpista ligada a Juan Guaidó, e investigado en Suiza y España por blanqueo de dinero. NABEP se ha convertido en la segunda productora privada más grande del mundo. Los medios señalaron que, por presiones estadounidenses, las autoridades suizas habrían levantado las restricciones que le impedían viajar y le tenían encerrado en sus mansiones en Gran Bretaña (aunque Suiza prorrogó la orden de arresto internacional contra Betancourt). De la misma manera, el gobierno venezolano comunicó que no tenía ningún expediente judicial pendiente con el antiguo imputado.

Trump aprovechó, una vez más, para expresarse de manera bravucona y decir que con ese “acuerdo” iban a “controlar” -fue la palabra que utilizó- 65.000 millones de barriles de Venezuela, al tiempo que lanzaba un elogio envenenado refiriéndose a Delcy Rodríguez como “la muy respetada presidenta interina de Venezuela”. Con esta decisión, prometía Trump, en EE.UU. iban a bajar los precios de la gasolina, que había experimentado un enorme repunte por culpa de la agresión a Irán- el galón de gasolina pasó de un promedio de 3,20 dólares en 2025 a una media de 4,08 dólares en 2026-. Este acuerdo supone un quinto de las reservas totales de Venezuela (certificadas en 303.000 millones de barriles) y duplicaría las reservas estadounidenses (calculadas en 74.000 millones de barriles, muy mermadas por la guerra entre Rusia y Ucrania y el cierre del Estrecho de Ormuz). Según los cifras dadas por Delcy Rodríguez, la hacienda venezolana obtendría algo más de 3 dólares por barril en forma de regalías —legalmente podían obtener hasta diez vez más.

Las críticas volvieron a arreciar desde la izquierda. Incluso para la prensa internacional fue evidente que Donald Trump no había tenido nunca ninguna agenda democratizadora para Venezuela sino, estrictamente, la obtención del petróleo como fuera (o como afirmó el mismo Trump, “al vencedor le pertenece el botín. A la vieja usanza”, es decir, que tras la agresión tenían derecho al saqueo. El comunicado de la Casa Blanca sobre el acuerdo petrolero con EE.UU. termina diciendo: “El presidente Trump ha restablecido la Doctrina Monroe, eliminando la influencia maligna extranjera de nuestro patio trasero y garantizando el dominio estadounidense en nuestro hemisferio”. Doctrina Monroe, patio trasero, dominio del hemisferio que fueron batallas que dio Chávez durante sus gobiernos.

(Xinhua/Marcos Salgado)

Es indudable que el acuerdo entre Venezuela y EE.UU. -que tiene aún muchos pendientes legales y concreciones por conocerse- ha llamado la atención porque parece haber consumado el objetivo de los EE.UU. desde que Hugo Chávez llegó al poder en 1999: controlar el petróleo venezolano. La retórica sobre la dictadura de Maduro, el cártel de los soles, el tren de Aragua… todo se disolvió en el aire cuando Trump anunció, con la fanfarronería que le caracteriza, que se iban a duplicar las reservas de petróleo en EE.UU., que iban a controlar el petróleo de Venezuela por cien años -algo que, por otro lado, prohíbe la Constitución bolivariana- que se iba a abaratar el precio de la gasolina que estaba golpeando a la clase trabajadora norteamericana, y que volverían a ser el actor más relevante en el mantenimiento del mundo de las energías fósiles, todo “sin coste alguno a los contribuyentes”. Al haber implicado al Pentágono en este acuerdo y hacerlo poseedor, a través de la Oficina de Capital Estratégico del Departamento de Defensa de EE.UU., del 35% de la propiedad en la empresa, hay que pensar que EE.UU. está lanzando una advertencia a China y Rusia, que también tienen intereses en Venezuela -y a los que mencionó en la citada hoja informativa-: este acuerdo se va a defender militarmente.

La extracción de petróleo que permitiría la recuperación de Venezuela -al margen de cualquier consideración medioambiental y de la evidente crisis mundial de la economía fósil- necesita enormes inversiones de las que Venezuela carece y que esta decisión buscaría solventar. Es cierto que las enormes tensiones sobre PdVSA desde el paro petrolero de 2002 han ido debilitando la capacidad extractiva de la empresa pública, además de haberse convertido en la caja que financiaba el incipiente estado social venezolano. Aunque no es menos cierto que queda sin justificarse la asimetría al renunciar Venezuela al control de un quinto de sus reservas -es probable que, de inmediato EE.UU., pudiera negociar esas reservas en los mercados de valores al margen de Caracas- sin conseguir contraprestaciones como la liberación de Nicolás Maduro y Cilia Flores, la retirada de las sanciones, la recuperación de CITGO, del oro en Londres o el acceso al dinero procedente del petróleo ya extraído para acelerar la reconstrucción tras el doble sismo y garantizar el nivel de vida de los venezolanos.

En el canal venezolano La Iguana, impulsado desde hace años por el que, a la fecha, funge como ministro de Comunicación, Miguel Ángel Pérez Pirela, el periodista Clodovaldo Hernández entrevistaba a Víctor Theoktisto, vicerrector de la Universidad Simón Bolívar. Respecto de la agresión militar del 3 de enero, el académico decía que el “romanticismo de cierta izquierda nos hubiese llevado al suicidio”, añadiendo que habría sido contraproducente que Venezuela le respondiera a Estados Unidos durante su incursión en territorio venezolano, pese a ser a todas luces ilegal desde el derecho internacional y haberse prometido no pocas veces que, si eso ocurriera, en Venezuela iba a haber otro Vietnam. Es evidente que hay una contradicción entre la retórica que ha usado el gobierno venezolano y el chavismo durante todos estos años, el reconocimiento virtuoso de la relación civil-militar, los acuerdos militares con Rusia y China y la emulación de las gestas de Bolívar, y la reconversión en “romanticismo suicida” de todo aquel comportamiento que durante décadas la izquierda latinoamericana -y mundial- ha considerado actos de heroísmo.

Siendo cierto que morir para probablemente nada no es inteligente, no deja de llamar la atención la transformación de la inflamada retórica revolucionaria en una justificación de la inacción militar y civil del 3 de enero. Esto es, la asunción de que podían morir, como así fue, los que tenían la obligación más inmediata de salvaguardar la integridad del comandante del ejército, Nicolás Maduro, pero que no tuviera sentido una respuesta a los paseos impunes de los helicópteros por la capital venezolana. La resistencia al comportamiento imperial de los EE.UU. durante el siglo XX pierde relevancia si simplemente se zanja como “romanticismo suicida”, adjetivación que afectaría a cientos de miles de personas, entre ellas, solo por hablar de América Latina y citando a algunos de los más conocidos, a Jorge Eliécer Gaitán, Ernesto Guevara, Salvador Allende, Augusto César Sandino, Orlando Letelier, Maurice Bishop, Francisco Madero, Emiliano Zapata o Jorge Rodríguez, el padre de la presidenta encargada Delcy Rodríguez torturado y asesinado bajo el primer gobierno del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez . Resistir la bota imperial casi siempre ha sido una tarea que ha devenido en fracaso, si bien descalificarla sin más y declararla inútil necesitaría alguna argumentación que no se brinda.

Venezuela en la Doctrina de Seguridad Nacional

No se puede entender lo que ocurre en Venezuela si no se cruza con el contexto mundial. Ningún proceso revolucionario se ha librado de la contrarrevolución, bien en forma de alianza de países (contra la Revolución Francesa, la revolución liberal en España, la Revolución Rusa, la Revolución China), bien en forma de decisión de los EE.UU. de frenar cualquier desarrollo socialista (Chile, Nicaragua, Cuba, Vietnam, Burkina Faso…) o cualquier reclamación meramente nacional (Brasil, Guatemala, Argentina, Egipto, República Democrática del Congo, …). En cualquier caso, siempre que hay una reclamación real de soberanía, aparece la voluntad imperialista. Eso es la doctrina Monroe ya reconocida por el gobierno de EE.UU. como la política exterior natural de su país. La relativa estabilidad económica en la Venezuela de Nicolás Maduro a comienzos de 2026, así como los inicios de colaboración de sectores de la oposición, eran un cisne negro en la interpretación estigmatizadora de Trump de lo que pasaba en el país.

Es imposible entender lo que ocurrió en la patria de Bolívar antes y después del 3 de enero sin una mirada geopolítica marcada por tres elementos: en primer lugar, la segunda gestión de Trump, que traía una agenda pendiente desde la primera; en segundo lugar, el ascenso de China en términos económicos, tecnológicos y diplomáticos, con unos BRICS igualmente en ascenso y que están más cerca de Beijing que de Washington; en tercer lugar, el agotamiento del modelo neoliberal desde la crisis de Lehman Brothers, agravado con la crisis climática, las migraciones, el envejecimiento occidental y un desarrollo tecnológico sin contrapeso sindical ni ciudadano. Esto es, lo que incluso el Foro de Davos ya refiere como una “policrisis”.

Trump se mostró decidido a poner en marcha todo aquello que se le ocurrió, pero que, por inexperiencia, junto a otras razones, se le quedó en el cajón. La variable independiente de la administración Trump es el miedo ante China. En la Estrategia de Seguridad Nacional, Trump reconoce que el mundo ya es multipolar. Al asumir la debilidad estadounidense en algunos lugares del planeta donde había desarrollado su influencia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, reclama ahora su hegemonía sobre lo que llama el “hemisferio occidental”.

El Departamento de Estado de Estados Unidos publicó en agosto de 2026 varios mensajes y un video oficial en las redes digitales defendiendo y reivindicando la vigencia de la Doctrina Monroe: “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y para proteger nuestra patria y nuestro acceso a zonas geográficas clave en toda la región”. En un video publicado por el Departamento de Estado en la red social X el 11 de agosto de 2026 se afirmaba que: “Lo que comenzó como una advertencia a las potencias europeas evolucionó hasta convertirse en un marco para el dominio regional. Uno que continúa siendo, hasta el día de hoy, la piedra angular de la estrategia estadounidense en el hemisferio”. Después de décadas -de siglos- negándolo, EE.UU. asumía que su política internacional buscaba el dominio imperialista.

La idea de policrisis —con el hecho de que se trata de muchas crisis variadas que se alimentan mutuamente— no puede dejar al margen que la contradicción principal sigue siendo la económica y, en este sentido, la crisis energética es la base que determina o influye en todas las demás crisis. En la crisis energética, que expresa lo que se llama el fin de la “economía fósil”, confluyen casi todas las demás crisis: la crisis medioambiental (cada vez más evidente); la crisis económica y los altos y oscilantes precios de la energía; la crisis demográfica (con una población envejecida que se sostiene económicamente gracias a estados sociales, asentados a su vez sobre economías fósiles); la crisis tecnológica (con monopolios tecnológicos que afectan tanto al empleo como al suministro de agua, a la guerra y al calentamiento global); el auge de la extrema derecha (que niega la ciencia, el calentamiento global y asume el “drill, baby drill” trumpiano); o la crisis geopolítica (con la voladura del Nordstream 2, la invasión de Libia, de Irak, los ataques a Irán, la voluntad expansionista de Israel apoyada por EE.UU., o el secuestro el 3 de enero de 2026 de Nicolás Maduro y la primera dama y diputada, Cilia Flores, así como la voluntad de establecer una tutela sobre Venezuela, sus riquezas y su política exterior.)

En un mundo en mutación, el riesgo de formas de ecofascismo son muy altas (no olvidemos que EE.UU. es el 5% de la población mundial y emite el 25% del CO2 mundial). EE.UU. anda buscando alternativas para no depender del petróleo y, además, ahorrarse colaborar con la lucha contra el calentamiento global. La forma más evidente es regresar, a la fuerza, al decadente mundo de las energías fósiles haciendo guerras para mantener el control de un mundo que ya está dejando de existir. Como dice Ibáñez Aristondo, la invasión de Venezuela es “un gesto retrospectivo: no una apuesta por el futuro, sino la dramatización violenta de un pasado fósil que ya no puede reproducirse como hegemonía”. Venezuela, como ya ocurrió con Hugo Chávez, es un síntoma y una causa de las transformaciones que están teniendo en el mundo.

(Xinhua/Marcos Salgado)

No es extraño, por tanto, que desde la victoria de Hugo Chávez en diciembre de 1998, Venezuela, se haya convertido en el “villano universal” -residuos de una argumentación que quería esconder la condición imperial estadounidense cuando la defensa de la “democracia” todavía era un argumento- y también en elemento central de esa policrisis que solo puede enfrentarse desde el neoliberalismo con la lógica de “los juegos del hambre”: el “no hay sociedad para todos” que sustituiría el “la sociedad no existe” de Margaret Thatcher. No es gratuito que EE.UU. celebrara su aniversario de la independencia y el 80 cumpleaños de Trump colocando un descomunal ring de lucha libre al lado de la Casa Blanca.

Volviendo con Ibáñez Aristondo, señala en ese mismo lugar que “Venezuela se configura en este escenario como una pieza doble: por un lado, reserva fósil estratégica invocada como último soporte de un orden energético en declive; por otro, escenario de un orden político en crisis que recurre a la guerra como principio articulador de lo político”. La retórica de Trump sobre el asalto a Venezuela ha ido despojándose de ropajes hasta quedar desnuda en su intención: robar el petróleo a Venezuela. En la obscenidad del gobierno Trump está el hecho en paralelo de secuestrar a Maduro acusándolo de “narcopresidente” sin pruebas, al tiempo que indultaba, previo pago por parte de ciudadanos israelíes, al ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado a 45 años de prisión en EE.UU. por colaborar con el narco e introducir 400 toneladas de cocaína en el país. Por si fuera poco, el expresidente Hernández apareció implicado en lo que se llamó el Hondurasgate —una red de desinformación de los gobiernos progresistas de América Latina financiada por la Argentina de Milei y capitales israelíes—, que luego se demostró que tenía un mayor alcance, como quedó en evidencia tras la detención en Bolivia del empresario digital, consultor y presunto narcotraficante, ladrón y asesino Fernando Cerimedo, uno de los principales responsables de la red de manipulación digital que habría llevado a la victoria a Nasry Asfura en Honduras y que terminaría salpicando a todos los gobiernos de la derecha latinoamericana (De la Espriella, Milei, Paz, Bolsonaro, Kast, etc.).

Venezuela: una pelea de sentido

The New York Times planteaba una pregunta a raíz de la extraña situación legal del país caribeño: “Entonces, ¿qué es exactamente Venezuela ahora? ¿Es una nación soberana? ¿Es un nuevo territorio del gobierno de Estados Unidos? ¿Es algo intermedio? Lo real es que no hace falta invadir un país para saquear sus riquezas”. El diario estadounidense recordaba una máxima colonial que quería explicar el comportamiento del gobierno interino: “cómo sobrevivir bajo el dominio imperial (…): Obedezco, pero no cumplo”.

Por todo esto, no es extraño que en torno a Venezuela se dé una pelea de sentido. ¿Qué está pasando realmente en el país? ¿Hay comportamientos claros que permitan afirmaciones definitivas? ¿Puede haber un protectorado sin un tratado firmado por ambos países que lo cree (ver Diccionario Jurídico) ¿Estamos ante un escenario abierto, el chavismo resiste invariable como dicen las autoridades del país o hay ya pruebas de que Venezuela está en la VI República? Con la intención de ordenar las piezas, se pueden detectar cuatro grandes narrativas.

1. Por un lado está el discurso de Donald Trump y su gobierno, siempre tan marcado por la arrogancia. El presidente estadounidense ha publicado dos veces un mapa de Venezuela como si fuera el Estado 51 de los EE.UU. (eso sí, sin el territorio del Esequibo, en disputa con Guyana). Con el fracaso en Irán y el cierre del Estrecho de Ormuz, Trump ha parecido necesitar constantemente presentar a Venezuela como su más relevante victoria. En ese sentido afirmó que Chris Wright, el secretario de Energía, era quien mandaba en Venezuela. Igualmente, el Times informaba el 11 de julio de 2026 que el secretario de Estado Marco Rubio “dirige a la presidenta interina, Delcy Rodríguez, mediante mensajes de texto y controla el acceso de su gobierno a sus propios ingresos petroleros. Ella le informa sobre posibles nombramientos, y él le dice a qué apparátchiks de Maduro purgar”. Igualmente, son muchas las intervenciones haciendo valer el gran negocio que ha sido secuestrar a Maduro y quedarse con el petróleo venezolano, lo que habría compensado, en sus propias palabras, el gasto total de la operación militar en Irán y en Venezuela. Como decíamos, quedarse con el botín del petróleo “a la vieja usanza” y jactarse de ello es el resumen de ese discurso. El regreso de las grandes petroleras a Venezuela y el control para el próximo siglo de una quinta parte de las reservas, reforzado con detallados documentos jurídicos con validez internacional -Venezuela ha renunciado en esos acuerdos a la jurisdicción penal nacional-, hace pensar que, incluso con un gobierno demócrata en los EE.UU., esa presencia se mantendría en términos muy parecidos y por mucho tiempo.

2. Por parte del Gobierno interino y la presidenta encargada Delcy Rodríguez se ha hablado de dos momentos. En el primero, se habría optado por la no respuesta como forma de evitar una intervención norteamericana que desembocaría en una guerra civil y dibujara un escenario como el de Irak, Libia o Siria. Se trataba de evitar el total descabezamiento del gobierno (como pasó en Irán), el probable bombardeo de población civil (como pasó en la invasión de Panamá) y la pérdida de control absoluto sobre el país por parte de las autoridades (como pasó en Irak y en Libia). Desde esa perspectiva, se articularía el segundo momento, con cesiones tácticas que estarían salvaguardando las estructuras políticas que, a su vez, les permitan continuar con el proceso bolivariano (o algo similar).

Desde el punto de vista de los EE.UU. es conveniente un gobierno “colaboracionista” en Venezuela que evite la desestabilización -Trump ha citado muchas veces el ejemplo de Irak como algo a evitar- y, por tanto, se impidiera el robo del petróleo, del oro y de los minerales que, como objetivo central, es lo que desean (con el acuerdo de Trump con Delcy Rodríguez desaparecieron las acusaciones de narcotráfico, el cártel de los soles, el tren de Aragua y las demás argumentaciones falsas que llevaron al secuestro de Nicolás Maduro). Un gobierno de María Corina Machado muy probablemente generaría una respuesta de los sectores más concienciados del chavismo que, con probabilidad, desembocaría en violencia, además de que no tendría asegurada la obediencia del ejército (Machado reclamó repetidas veces la invasión norteamericana de Venezuela así como la realización de un golpe por parte de sectores militares). Es la misma razón por la que EE.UU. no quiere elecciones en un corto plazo, algo que generarían desestabilización ante la previsible victoria de la oposición al chavismo (algo muy probable si votasen los venezolanos en el exterior, muy manipulables por lo demás). Es el plan conocido como “las tres fases”: estabilización, recuperación y transición, aunque “transición” no aparece en el horizonte más cercano.

En esta dirección, resulta más funcional a los intereses estadounidenses ir desmantelando las estructuras de poder institucional del chavismo que vayan facilitando el traspaso pacífico de poderes. Ahí es donde hay que entender la amnistía, el nombramiento de un opositor como embajador en España, los cambios legislativos que permiten la entrada de capitales extranjeros en petróleo, minería y electricidad entre otros, el acuerdo para entregar la gestión de 65.000 millones de barriles a una empresa de capital mayoritario norteamericano, la sustitución del Tribunal Supremo y del Consejo Nacional Electoral, la prohibición de mantener relaciones comerciales con Cuba, Irán o China, el diálogo de la actual Asamblea con los diputados opositores de la Asamblea de 2015, liderada por Dinorah Figuera (a los que han llamado Asamblea Nacional 2015, como si tuviera algún tipo de vigencia). Y, por supuesto, el ingreso en bancos estadounidenses de los ingresos de la venta del petróleo desde enero de 2026 cuando se secuestró a Maduro.

El interrogante abierto es si esta posición de Rodríguez es táctica o ya se habría convertido en estrategia, denominada en algunos ámbitos como “vergonzante” (así la ha denunciado Luis Britto en algunas intervenciones, en su blog personal después de que dejaran de salir publicados sus artículos desde julio en el diario oficialista Ultimas Noticias, o en el canal YouTube). Es decir, si se trata de una manera de contener al ejército más poderoso del mundo y salvaguardar liderazgos y recursos para dirigir una recuperación del país, o se trata de un nuevo rumbo que se calificaría como “entreguista” y estaría signado por la “cobardía” y el abandono de lo que significó el chavismo y su apuesta por la soberanía nacional. Es probable que ambas cosas sean ciertas. En esta dirección crítica, se ha apuntado también que Trump querría que fuera el gobierno de Delcy Rodríguez quien hiciera el ajuste económico, que saneara las finanzas venezolanas, gestionara el pago de la deuda, privatizara las riquezas del país, subiera el precio de la gasolina, terminara con los subsidios y allanara, una vez pagado el precio del malestar social consiguiente, un futuro gobierno de la derecha. Es en ese escenario donde tendríamos que asumir que, aun manteniéndose formalmente la Constitución de 2001, estaríamos de facto ante una nueva Constitución material y, por tanto, podríamos hablar de la VI República.

La presidenta encargada resumió el 26 de mayo la posición que habían mantenido desde el 3 de enero, cuando “en un instante el cielo se desplomó sobre nosotros”. En un discurso a la nación, Delcy Rodríguez afirmó ese día: “A mí, que no buscaba ese puesto, me ha tocado recoger los pedazos. No les voy a mentir: no me eligieron las urnas. Me eligió el caos. Y acepté esta carga por una sola razón: para evitar que un caos mayor, una destrucción total, se llevara lo último que nos queda: nuestra gente, cada uno de ustedes (…) El petróleo, nuestro principal recurso, es ahora nuestra única moneda de cambio. Es el precio de un alto el fuego permanente. Ellos lo necesitan. Nosotros necesitamos que no vuelvan a disparar. Este no es un tratado entre naciones. Es la condición impuesta por un superviviente a punto de ser arrojado de un acantilado. Agarrarse a la roca, por desagradable que sea, es lo único que impide la caída (…) El único [propósito] que me he impuesto en esta pesadilla, es evitar que nadie más tenga que morir”, según ha recogido Geraldina Colotti en un artículo para Resumen Latinoamericano.

3. En cuanto a la derecha global, podemos afirmar que existe perplejidad respecto de lo que está ocurriendo en Venezuela. Cuando hablamos de “la derecha global”, hacemos referencia a los grandes grupos políticos y mediáticos de la derecha y la extrema derecha americanos, europeos, latinoamericanos e israelíes que comparten unas líneas principales de discurso y que, de manera creciente, están coordinados y deciden la agenda conservadora internacional (este grupo, muy nutrido, tiene actores políticos, como los sectores republicanos de Florida, el grupo de Marco Rubio, la derecha y la extrema derecha del Parlamento Europeo, el extinto grupo de Visegrado, al igual que multitud de think tanks como el Instituto Cato, Atlantic Council y muchos otros, así como toda la tecnología de la vigilancia israelíes, tal como he desarrollado en “Menos realidades y más promesas. El error de la izquierda, los monstruos del fascismo y el partido-movimiento”, publicado el año pasado por el Fondo de Cultura Económica). Este desconcierto de las derechas tiene que ver con su apuesta por María Corina Machado, haciendo de esta política y empresaria el referente global del antichavismo. El momento más simbólico de esta apuesta fue la concesión del premio Nobel de la paz a Machado, algo supuestamente incompatible con sus constantes peticiones de una intervención militar norteamericana en Venezuela, de sus igualmente constantes invitaciones al ejército a dar un golpe de Estado o del apoyo a las sanciones y el bloqueo que golpearon a la ciudadanía venezolana. Machado terminó ofreciendo el premio a Donald Trump, quien también había competido por el devaluado galardón, en un ejercicio ridículo de subordinación que daba un tono aún mayor de farsa a ese reconocimiento.

Después de múltiples expresiones de apoyo a Machado, el “repudio” por parte de Trump a sus pretensiones y la apuesta por reconocer como presidenta a la que era la vicepresidenta de Nicolás Maduro (y que estaba igualmente sancionada) generó una enorme perplejidad, que no siempre se podía expresar por esa subordinación repetida de la derecha al propio Trump, al que nunca se atreven a contradecir. Esa derecha que demonizó al chavismo desde la victoria de Chávez en 1998 y que hizo de Venezuela la personificación perfecta del “villano universal” no puede asumir que algunos de los principales referentes del chavismo, como Delcy Rodríguez, su hermano Jorge Rodríguez o Diosdado Cabello (cuyas cabezas fueron puestas a precio por los EE.UU.) sean hoy el gobierno reconocido por Donald Trump. De ahí que el discurso de las derechas globales sea el de convocar unas elecciones en el menor tiempo posible, algo que no está en la agenda inmediata de Donald Trump, que es quien podría ahora mismo tomar esa decisión (una señal más de la pérdida de soberanía de Venezuela). No deja de llamar la atención que María Corina Machado, que siempre ofreció el petróleo, el gas y los minerales a EE.UU., criticara con dureza, en nombre de la soberanía, el acuerdo petrolero entre el gobierno de Delcy Rodríguez y Donald Trump.

4. Como decíamos al comienzo y cerrando las grandes narrativas, la izquierda internacional que apoyó al chavismo está retirando ese aval al gobierno de Venezuela. En ese entorno ha crecido constantemente la idea de la “puñalada por la espalda”. En las explicaciones que se dan para justificar el alejamiento político del gobierno interino se hace valer que no se termina de entender, después de más de dos décadas de retorica antiimperialista y discurso socialista, un giro que desmantela buena parte de lo construido en este tiempo. Como ejemplos de lo que algunos llaman “traición” al chavismo estarían: la interrupción de relaciones con países que eran aliados geopolíticos; el corte de suministro de petróleo a Cuba; la autorización de maniobras del ejército norteamericano en Venezuela; la presencia en el país de militares de Israel implicados en el genocidio en Gaza (aunque la totalidad de los países europeos y latinoamericanos, salvo Cuba, tienen relaciones diplomáticas con Israel); la salida de Venezuela de la Corte Penal Internacional (aunque se trata de una decisión de la Asamblea de 2025, pero que se articula en un momento donde EE.UU. está persiguiendo a los miembros que han procesado a Netanyahu. Que Trump haya celebrado que Venezuela haya dado ese paso no ayuda a entender las razones iniciales que condujeron a esa salida, que tenían que ver, precisamente, por la falta de voluntad del TPI de perseguir a crímenes como los de Israel); la apertura petrolera y gasífera, con la concesión de licencias para operar bajo la supervisión de la política energética desde Washington (Chevron, Shell, British Petroleum; Repsol; XRG; UCC); el control de los ingresos desde EE.UU. (la supervisión estadounidense sobre el acceso a los ingresos petroleros del Estado venezolano y el condicionamiento de los activos externos; el acuerdo petrolero para la operación, extracción y comercialización de 65.000 millones de barriles de petróleo; y, por último, lo que se lee como falta de voluntad de exigir la liberación de Nicolás Maduro y Cilia Flores.

Fases en la revolución bolivariana: ¿hacia la VI República?

Pase lo que pase en los próximos meses, Venezuela va a entrar en una nueva fase que, necesariamente, va a replantear una parte no pequeña de lo realizado desde que Chávez ganó las elecciones en 1998. Hay elementos que, necesariamente, deben superarse para que el contrato social funcione en Venezuela y salga de la situación de excepcionalidad de los últimos años (que, no olvidemos, es responsabilidad de los EE.UU. y su voluntad imperial y de control del petróleo venezolano), y otros que deben replantearse en Venezuela para que la democracia pueda consolidarse en el país y el desarrollo pueda finalmente llevarse a cabo: poner fin al escenario de polarización entre el gobierno y la oposición; terminar con la insostenible presión norteamericana; entender el papel de América Latina en los cambios geopolíticos en curso y decidir dónde se va a ubicar Venezuela y, en concreto, el chavismo; diversificar la economía e ir frenando la dependencia del petróleo y del gas; mitigar el choque generacional, que se expresa de manera creciente en una animadversión con la cultura política rentista -y las consiguientes ineficiencia estatal y la tolerancia hacia la corrupción-; la defensa de los logros sociales y la lucha contra las desigualdades; reformular el papel del ejército, un ámbito no exento de la corrupción y la ineficiencia; la creación de una pequeña burguesía industrial que pague impuestos y genere nuevas reclamaciones al Estado. Todas estas, entre otras nuevas sensibilidades y percepciones, hace pensar que Venezuela va a caminar hacia una nueva república

Decía el trompetista Miles Davies que se sabe si una nota está bien tocada en virtud de la siguiente. ¿Es la cesión de Venezuela a los intentos de crear un protectorado norteamericano una táctica que permita una futura reconstrucción o se ha convertido en un nuevo rumbo estratégico que sacrifica todo lo que ha significado en términos sociales el chavismo? ¿Hará el gobierno de Delcy Rodríguez un ajuste propio del FMI que desmantele todo el entramado social que construyó el chavismo? ¿Estará preparando el gobierno “encargado” las condiciones para que la oposición, entregada a los EE.UU., pueda ganar las próximas elecciones y mantener las ventajas de las grandes empresas estadounidenses en este “protectorado” sin ley? ¿Se está dando “un paso atrás” para poder dar en el fututo “dos pasos adelante”, sorteando una década de sanciones y bloqueo que imposibilitaban cualquier avance político? Dependerá, evidentemente, de las siguientes notas que se toquen. Es ahí donde se sabrá si, en coherencia con la trayectoria de toda su vida —ni los hermanos Rodríguez ni Diosdado Cabello ni nadie del actual gobierno son recién llegados a la política progresista—, se está ganando tiempo o si se ha decidido intentar un nuevo rumbo que asuma el fin, al menos “por ahora”, de lo que significó el chavismo.

Una propuesta de periodización política en Venezuela desde la victoria de Chávez, sugerida por Alfredo Serrano de CELAG, nos ayuda a entender el momento actual. Esta periodización nos permite diferenciar tres fases: revolución, resistencia y derrota.

Sin ánimo exhaustivo, podríamos situar cronológicamente revolución entre la victoria de Chávez en 1998 y la prematura muerte del presidente el 5 de marzo de 2013. Es la época en donde se “redirigieron los ingresos del petróleo para satisfacer necesidades humanas básicas, como la atención primaria de salud (Misión Barrio Adentro), la alfabetización y la educación secundaria para la clase trabajadora y el campesinado (Misión Robinson, Misión Ribas y Misión Sucre), la soberanía alimentaria (Misión Mercal y luego PDVAL) y la vivienda (Gran Misión Vivienda)”.Fue la etapa en la que se cambió la geopolítica regional, se rearticuló la OPEP, se dio entrada a China y Rusia en el continente, se establecieron alianzas con el mundo árabe, se editaron millones de libros, se impulsó el cine, el teatro, la danza, la literatura, la pintura, se alfabetizó al país con ayuda de los cubanos, se sentaron las bases para que millones de pobres fueran ciudadanos y comieran tres veces al día.

Puede discutirse si esta fase de revolución no tuvo importantes frenos por las presiones de EE.UU., el cierre del flujo financiero y las amenazas de aislamiento económico, aunque siempre las periodizaciones, como decíamos son arbitrarias y, sobre todo, weberianos tipos ideales que, en la realidad, siempre están mestizados. Lo que es evidente es que en este periodo los intentos de subvertir el proceso revolucionario fueron constantes, para lo cual puede verse el repaso que hizo Steve Ellner (“Objective Conditions in Venezuela: Maduro’s Defensive Strategy and Contradictions Among the People” en un artículo para Science & Society de 2023: “el intento de golpe de abril de 2002; la huelga general de dos meses (que, de hecho, fue un cierre patronal) de 2002­3; las tácticas “foquistas” de violencia callejera en 2003 por parte de quienes argumentaban que Chávez pronto entregaría el poder; el incidente del Rancho Daktari en 2004 cuando fueron arrestados 54 colombianos, frustrándose una inminente acción militar para derrocar al gobierno; la violencia callejera a principios de 2007 para protestar por el cierre de un canal de televisión de oposición que había apoyado el golpe de 2002; la violencia aleatoria en abril de 2013 después de las elecciones presidenciales que fue desencadenada por una declaración incendiaria del candidato derrotado, Henrique Capriles, alegando fraude, lo que resultó en la muerte de diez chavistas; la parálisis de cuatro meses de zonas urbanas estratégicas en 2014 (conocida como la “guarimba”), con el objetivo declarado de lograr un cambio de régimen, y que resultó en la muerte de ocho miembros de la Guardia Nacional y policías (además de varias decenas de civiles)”.

El mismo autor también refiere la presión diplomática de EE.UU., las agresiones militares desde Colombia, las constantes coacciones de la cúpula de la iglesia católica e, incluso, del Vaticano, las presiones de la Unión Europea y, en concreto, de la España de José María Aznar, las amenazas del sistema financiero internacional… Ningún gobierno de la “marea roja”, como ha venido recordando Steve Ellner, sufrió tantas presiones como la Venezuela de Chávez y de Maduro. Hasta que consiguieron el petróleo.

El segundo momento es el de la resistencia (una respuesta dada conscientemente en virtud de las condiciones subjetivas del pueblo y las objetivas del país y la región), que iría, al menos, desde el hundimiento de los precios del petróleo a partir de 2014 -cuando empezó a pasar de 108 dólares el barril en junio de 2014, a menos de 30 dólares en 2016), junto al decreto de Obama en marzo de 2015 que declaraba a Venezuela una “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior”. Siguiendo el mismo artículo citado, es un tiempo de asedio, lucha callejera, intentos golpistas, sabotajes, intentos de magnicidio, intentos de invasión desde Colombia, autoproclamación de Guaidó, estrangulamiento financiero, congelación de depósitos en el extranjero, cesiones políticas —Ley Antibloqueo de 2021—, deserciones, rupturas políticas -como la del Partido Comunista de Venezuela- endurecimiento del discurso bolivariano ante las críticas, creación del grupo de Lima en 2017 con 12 países negando la legitimidad del gobierno de Maduro, y errores vinculados a la propia historia y a la persecución de la disidencia -principalmente en lo que tiene que ver con los derechos humanos-. La fase de resistencia combina avances en la estrategia revolucionaria con cesiones en los principios ideológicos —en la línea de la NEP soviética puesta en marcha por Lenin bajo el principio “un paso atrás, dos pasos adelante”— para dar respuesta al incremento de las sanciones y el bloqueo, así como a las victorias de la derecha en América Latina a partir de la victoria de Mauricio Macri en Argentina.

La última fase, en la que estaría ahora mismo el país, es la de derrota, donde el país ha sido despojado de su soberanía, están siendo erradicados los principios socialistas implantados bajo los gobiernos de Hugo Chávez que chocan con los principios de la administración Trump, el gobierno venezolano no puede tomar sus propias decisiones y, en el mejor de los casos, lo máximo que puede alcanzar es negociar sobre la base de las exigencias norteamericanas, que pasan inexorablemente por el control estadounidense de las reservas de petróleo venezolanas y la sumisión de Venezuela a las claves de la Doctrina Monroe y el corolario Trump publicadas en diciembre de 2025, días antes del secuestro de Nicolás Maduro.

El último escenario de esta situación, al cierre de estas líneas, es el señalado acuerdo entre EE.UU. y Venezuela para gestionar 65.000 millones de barriles de petróleo.

No es extraño tampoco que esté habiendo un desencuentro entre lo que está esperando la América Latina progresista respecto de los EE.UU. —la desaparición de Donald Trump o, cuando menos, su debilitamiento en las elecciones de noviembre—, y la posición del gobierno venezolano encargado, dirigido por Delcy Rodríguez, que viene expresando un acercamiento, así verbalizado, al gobierno norteamericano.

Se va sabiendo que Donald Trump ha injerido en las elecciones de Honduras, de Brasil, de Chile, de Colombia, de Argentina, de Bolivia o de Perú a través de un siniestro consultor argentino, Fernando Cerimedo, sobre el que pesan pruebas evidentes de haber mandado asesinar a su novia embarazada, de haberse enriquecido ilícitamente, de organizar una trama de exportación de droga con el jefe de la inteligencia boliviana y de crear una trama ilegal en el mismo seno del gobierno de Bolivia, junto al mismo presidente Rodrigo Paz o su familia. Al mismo tiempo que se hacen públicos estos comportamientos ilegales auspiciados por el gobierno norteamericano, desde el gobierno de Venezuela se ha celebrado el reciente acuerdo petrolero con palabras de elogio hacia el presidente de los EE.UU.: “Agradezco al presidente Donald Trump, al secretario Rubio, a su gobierno por el esfuerzo de EE.UU.”. De la misma manera se celebró la visita del secretario de energía norteamericano, Chris Wight, para acompañar lo que finalmente parece una inversión en Venezuela por parte de algunas empresas petroleras a comienzos de septiembre de 2026. No es extraño que haya mucha gente del entorno progresista que se pregunte: ¿hacía falta realmente en este momento expresar señales de buena voluntad con Donald Trump y Marco Rubio, que están matando de hambre a los cubanos, como han hecho en Gaza, en un cerco medieval que estremece a quien presta atención a esa amenaza? ¿Son necesarias las señales exageradas de buena vecindad? ¿Es posible olvidar que ese encuentro es con sus agresores? Es evidente que estas afirmaciones contrastan con la retórica antiimperialista que ha sido la tónica en el país caribeño, aún más cuando permanece en la memoria que ese gobierno norteamericano es el que bombardeó en enero el país, secuestró al presidente y a la primera dama y fue responsable de, al menos, 100 muertes.

El anunciado acuerdo entre EE.UU. y Venezuela para gestionar 65.000 millones de barriles de petróleo generó una oleada de opiniones a derecha e izquierda, del gobierno norteamericano y del gobierno venezolano, de expertos y también de todólogos, lo que no deja de llamar la atención porque no terminaba de conocerse en realidad el contenido total de ese acuerdo y, por tanto, una de las lecturas era que, al menos en parte, pertenecía más al mundo de la retórica más que al de la práctica.

Lo que si se podía colegir es que si María Corina Machado hubiera firmado ese acuerdo, con más razón o con menos el chavismo se hubiera echado a la calle acusando de traidora a la política que le regaló el Nobel a Trump. Una señal de que el acuerdo firmado tenía en ese momento mucho de político. En otras palabras, Trump necesitaba salir del atolladero de Ormuz, y Delcy Rodríguez necesitaba tiempo para recomponer una base social que se ha ido alejando del chavismo. No es igualmente gratuito que Trump afirmara justo después del acuerdo petrolero, cuando desde el partido demócrata o desde sectores de la oposición venezolana se le reclamaran elecciones en Venezuela, que los venezolanos “no estaban preparados todavía”. La fase de “transición” no les corre prisa.

El 3 de enero de 2026 el ejército norteamericano secuestró en Caracas, en su residencia, al presidente y comandante en jefe de Venezuela, Nicolás Maduro. El ejército venezolano, cuyo emblema es ser continuador del ejército de Bolívar, no ofreció ninguna resistencia y se habló de la inhabilitación con modernas tecnologías de los sistemas de defensa venezolanos. Los 32 escoltas cubanos del presidente, que intentaron cumplir su misión de defender al comandante, fueron ejecutados en su totalidad en la extracción. Sigue sin darse una explicación convincente de cómo un ejército con 200.000 efectivos -cifra que ofreció el Ministro de Defensa, el general Vladimir Padrino, como tropa que se iba a movilizar cuando la flota norteamericana se aproximó a la costa venezolana- no protagonizó ninguna respuesta militar a la invasión, algo que contrasta con, por ejemplo, la respuesta que el ejército norteamericano encontró en la invasión a Panamá en diciembre de 1989, incluso contando las fuerzas armadas panameñas en aquél momento con apenas 16.000 efectivos. En la invasión de Panamá, que duró dos meses, fallecieron 516 panameños, entre ellos 314 soldados. El ejército de EE.UU. tuvo 23 bajas.

Unas conclusiones cuando aún nada ha concluido

El chavismo ha ido perdiendo apoyo popular sin que se prestara, desde el propio chavismo, debida atención a esa debilidad (esa incapacidad es uno de los problemas derivados de la falta de articulación del PSUV como “partido-movimiento” enraizado en la sociedad venezolana), tema que he tratado en mi libro citado publicado por el FCE. Las causas de la creciente desafección popular han sido múltiples: la emigración forzada por las dificultades económicas creadas por las sanciones y el bloqueo; la ausencia de Chávez, que representaba la esperanza del país y que no pudo trasladar a su sucesor ni sus equilibrios ni su carisma ni el apoyo popular (aunque Maduro aguantó electoralmente, si bien las últimas elecciones en 2024 estuvieron teñidas de controversia y lo debilitaron sustancialmente); el cerco económico, que empeoró sustancialmente el nivel de vida de mucha gente al dificultarse las exportaciones (que en el caso del petróleo, cuando podían tener lugar, lo hacían a un precio menor, al tiempo que se encarecían las importaciones) ; el clima constante de amenaza exterior y la polarización continuada sostenida por la oposición apoyada por los EE.UU. y la Unión Europea; la paranoia -cierto que asentada en ataques reales- que fueron sectarizando el debate democrático interno en el país, debate silenciado a menudo de manera mediática, policial y judicial; la falta de educación política —más cercana al adoctrinamiento propio de tiempos de guerra y a las formas de la propaganda—, que dejó a la intemperie a la ciudadanía; el fracaso en la creación de unos medios de comunicación críticos que hubieran ayudado a la creación de una ciudadanía comprometida con el chavismo; la conversión del PSUV en un partido cerrado y vertical, sin debate interno y organizado como fuerza electoral y de choque contra las constantes agresiones; el fracaso a la hora de frenar la corrupción (que afectó a relevantes líderes del chavismo y formó una percepción amplia de repetición de la política tradicional); y, como el gran problema de Venezuela, la ineficiencia del Estado, atravesado por el rentismo y que permea toda la gestión administrativa, según ha comentado Fernando Coronil en un trabajo para Nueva Sociedad ya en 2002. Todos estos elementos fueron achicando el espacio electoral del chavismo.

Las agresiones constantes contra Venezuela -sabotajes, intentonas golpistas, sanciones, bloqueos, atentados e intentos de magnicidio, guerrilla urbana, etc.- generaron respuestas incompatibles con el socialismo -por ejemplo, falta de garantías de derechos humanos frente a sectores opositores-. Venezuela siempre ha sido un Estado débil con enormes déficits en su articulación como Estado de derecho —el padre de la actual presidenta encargada fue, como señalamos, asesinado en 1976 por las fuerzas de seguridad tras su detención—, algo que no se terminó de solventar durante el chavismo y que las agresiones exteriores vivificaron. Cabe un apunte: si la actual coyuntura sirve para una reforma del Estado sería un gran avance y nos permitiría inferir el nacimiento de una nueva república. Pero la oposición, como viene manifestando, no quiere una reforma del Estado: quiere regresar al antiguo statu quo antes de que Chávez ganase las elecciones de 1998.

El 7 de julio de 2026, la Asamblea General de las Naciones Unidas autorizó, con 136 votos a favor, nueve en contra y treinta abstenciones, la celebración de un debate urgente solicitado por Cuba. Se trataba de la “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”. Estados Unidos, junto a Argentina, Ucrania, Marruecos, Israel, Costa Rica, Macedonia norte, República Checa y Paraguay, votaron en contra incluso de que la sesión tuviera lugar. Es reseñable que EE.UU. amenazó con aranceles a los países que votaran en contra de su línea. Sin embargo, la derrota fue contundente. Me he preguntado en el sitio mexicano Sin embargo: ¿Puede colegirse un declive de los EE.UU. que invite a ganar tiempo?

La situación en Irán, con el cierre de Ormuz, ha llevado a que reputados neocon como Robert Kagan den por perdida la guerra con el régimen de los Ayatolás. No se trata solo de que Trump haya incumplido otra más de las promesas electorales -que se suma a no dar a conocer íntegra la Lista Epstein, donde el presidente aparece citado centenares de veces- sino que la derrota en Irán debilitaba la posición de los republicanos en las elecciones de medio término en noviembre. Lo que debilitaría a su vez, con la victoria demócrata, el margen de actuación de Trump. Aunque por su edad, determinación y apoyos —le votaron 77 millones de norteamericanos— tampoco parecía sensato esperar que una derrota en noviembre lesionara su voluntad de ejecutar la Doctrina de Seguridad Nacional, algo en lo que le apoya también una porción de políticos del partido demócrata. Ganar tiempo sin una estrategia de fondo no bastaría para que Venezuela pueda continuar las mejores de sus políticas —entre ellas el Estado comunal y las misiones— y corregir las estructurales -el señalado déficit de eficiencia estatal.

La voluntad de EE.UU. es colonial. Como veíamos, una reciente publicación del Departamento de Estado ha afirmado sin tapujos la voluntad imperial de los EE.UU., algo que vendría, reconocen, desde la Doctrina Monroe del siglo XIX. Al fin, lo que siempre ha cuestionado la academia crítica —la escasa voluntad democrática de los EE.UU., principalmente hacia afuera— es reconocido directamente por el gobierno norteamericano: la voluntad de Washington tiene una condición imperial.

En ese sentido, y haciendo una lectura correcta de esa voluntad, Venezuela debiera, incluso asumiendo la debilidad actual, ir preparando formas de resistencia a esa voluntad saqueadora que EE.UU. muestra en el país. A día de hoy no se han retirado las sanciones ni el bloqueo, no se ha devuelto CITGO, tampoco el oro de Londres -que forma parte del mantenimiento con respiración asistida, de la Asamblea de 2005- y no se sabe dónde está el dinero del petróleo sacado del país en estos meses, que ascendería a más de 13.000 millones de dólares como señaló Financial Times. Ni siquiera después del terrible doble sismo, EE.UU. ha permitido que Venezuela disponga de sus recursos para la reconstrucción del país.

¿Tiene alguna lógica pedir a Venezuela, como le reclaman viejos aliados políticos —que tampoco ofrecen grandes avances progresistas en sus propios países—, alguna suerte de martirio? O, desde la otra perspectiva ¿se puede no ser consciente que la táctica del gobierno encargado de Venezuela de obedecer a los mandatos norteamericanos es una derrota contundente, además de que deja solos a los demás pueblos que están resistiendo a la bota norteamericana en este momento de rearticulación geopolítica?

Es evidente que, ahora mismo, Venezuela funciona como un protectorado norteamericano sin que siquiera exista un documento que cree tal protectorado —Venezuela no es soberana para tomar decisiones relevantes ni a la interna ni en el ámbito internacional ni es dueña de sus recursos. Desde una perspectiva democrática, sobrevivir a esa situación puede ser una simple cuestión de derrota y rendición sin ningún heroísmo, o también la posibilidad de, ganando tiempo, retomar la pelea por la democratización de un continente que ha vuelto a estar sometido a los intereses estadounidenses y el Comando Sur, salvo, de momento, México, Brasil, Uruguay y Guatemala. Antes de pedir a nadie que se sacrifique en Venezuela, cada cual debiera pensar en lo que ha pasado con la dirección política en Irán y qué haría cada uno ante una amenaza personal a su cabeza expresada por los EE.UU.

Las cesiones por parte del gobierno venezolano a las exigencias norteamericanas y la ausencia de respuesta a algo tan grave como el secuestro del presidente de su país están llevando a confundir la táctica y la estrategia. Incluso obedeciendo, no hay por qué acatar con la intensidad con la que se están acatando los mandatos norteamericanos sin que se den argumentos que permitan a las bases chavistas argumentar el momento. No es sencillo que ni dentro ni fuera del país se entienda que se pase de ser la antorcha antiimperialista a brindar un escaparate a los genocidas de Israel o se brinden entrevistas a personajes infames como el periodista Javier Negre, socio del estafador, manipulador y presunto asesino Fernando Cerimedo, a quien la presidenta encargada dio su primera entrevista.

Al tiempo, sólo con una buena relación en el corto plazo con EE.UU. pueden agruparse fuerzas, mantenerse el poder político, mantener el modelo de estado comunal, defenderse las conquistas sociales, organizar y concientizar a una población que, tarde o temprano, tendrá que ser convocada a las urnas.

Es muy probable que, ahora mismo, una parte de la población venezolana que era chavista hoy quiera pasar página y esté dispuesta a votar a la oposición. ¿Implicaría entonces la derrota electoral tirar a la basura 25 años de chavismo? Algo en lo que podría pensar el gobierno encargado, en caso de que el escenario de derrota electoral sea probable, es empezar a articular otra vez una mayoría progresista, lo que implica una batalla material por los recursos y una batalla cultural por las ideas. Esa presunta derrota electoral no hay que dejarla fuera del debate. Incluso aunque se perdieran las próximas elecciones, el chavismo podría mantener espacios que no permitan el total desmantelamiento de la izquierda en el país, una tarea que, sin duda, intentarán los ganadores de la derecha pronorteamericana. El sandinismo perdió las elecciones de 1990, en un momento de parecida presión norteamericana sobre el gobierno sandinista, que incluía la ofensiva de un ejército financiado por los EE.UU., la Contra, que operaba en el propio país. Sin embargo, los sandinistas mantuvieron el control del ejército y la policía, de manera que el total aplastamiento que buscaba EE.UU. no fue posible (la actual deriva autoritaria del país de Sandino no es expresión de aquella decisión virtuosa de no dejarse pisotear). Lula pudo regresar al gobierno, incluso después de pisar injustamente la cárcel, porque el PT tenía una base popular en todo el país. En México avanza MORENA porque en su idea política el partido-movimiento forma parte del debate cotidiano y tiene por tarea, además de ganar elecciones, frenar cualquier deriva burocrática y autoritaria, al tiempo que forma parte del debate ciudadano en todo el país.

La voluntad de resistencia que se está empezando a articular tímidamente en Venezuela puede señalar un nuevo camino. Que pasa por recuperar el debate que se perdió en los últimos años. Como decía Jesús Ibáñez, “la antesala de toda revolución es una gran conversación”. Si el chavismo no confía en su pueblo, se habrá convertido en una estructura burocrática que solo servirá a sus líderes. El PSUV tiene que respirar desde abajo y buena parte de los que se vieron como disidentes tienen que volver a entenderse como parte de la familia chavista. Es igualmente importante que los venezolanos y venezolanas, que saben que el chavismo les devolvió la dignidad, vuelvan igualmente a mirar el conjunto de la región y formen parte de la resistencia democrática en un continente donde la ultraderecha amenaza con regresar la más oscura de las noches a Latinoamérica. Es difícil entender que 25 años de chavismo pueden desvanecerse en el aire. Y por eso, al igual que en todas las encrucijadas, es esencial saber cuáles son los pasos correctos para no alejarse del rumbo escogido.

Nota del autor: Agradezco a Antonio de Cabo, Pablo Gentile, Javier Sánchez y Alfredo Serrano los comentarios críticos a este texto que lo han enriquecido.

 

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