Unión contra el imperio
Luis Britto García
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Casi imposible es culminar una obra continental. Tarea angustiosa es asegurar su perduración. Desde su animosa arenga de 1810 ante la Sociedad Patriótica, convoca Bolívar a colocar “la primera piedra de la libertad americana”. No la de Caracas, ni la de la capitanía de Venezuela, ni siquiera la del virreinato de la Nueva Granada: la libertad ha de ser tan anchurosa como la desmesurada América.
La expansión ilimitada, razón de ser de los imperios, es también su razón de dejar de ser. La extensión dificulta la dominación, la diversidad cultural la fragmenta. La Declaración de Independencia de Venezuela del 19 de abril de 1810 es la primera en Tierra Firme latinoamericana; la seguirán pronunciamientos de cinco virreinatos y varias capitanías. Ayacucho sella en 1824 la Independencia de América. Los Libertadores perciben desde el principio que todos los territorios liberados han de unirse. Francisco de Miranda había soñado un Incanato extendido desde Norteamérica hasta la Patagonia.
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Exiliado en Jamaica, en septiembre de 1815 Simón Bolívar redacta larga carta dirigida a Henry Cullen, y en realidad al mundo. Analiza visionariamente el futuro de América. Aspira a su unidad, pero la encuentra difícil a corto plazo: “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo.
Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse; mas no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes dividen a la América ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras partes del mundo”.
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¿Por qué Panamá como sede de ese augusto Congreso? En su primera juventud, Bolívar ha navegado repetidamente el Caribe y el Atlántico. Conoce la mecánica del poderío naval; admira el de Inglaterra, comprende la importancia estratégica del Istmo por donde pasaron gran parte de los metales preciosos de América hacia España: “Los Estados del istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizás una asociación. Esta magnífica posición entre los dos grandes
mares, podrá ser con el tiempo el emporio del universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo: estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la tierra!”
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Con apoyo del haitiano Alexander Petion, Bolívar desembarca en Venezuela y al dominar Guayana nombra una Comisión técnica para que estudie pormenorizadamente la factibilidad de cavar el canal interoceánico en Panamá. El “augusto Congreso de representantes de las Repúblicas” profetizado en 1816 es convocado en 1824 y se reúne en efecto en Panamá en Julio de 1826, en el convento de San Francisco de dicha ciudad. Panamá fue para los españoles puerto del Pacífico para acarrear en recuas la plata del Potosí hacia las fortalezas caribeñas de Nombre de Dios y luego Portobelo. Para Bolívar, debe ser barrera contra nuevos conquistadores.
Quizá la consolidación de Colombia como unión de Quito, el Virreintato de la Nueva Granada y la Capitanía de Venezuela obedece al plan de custodiar con un gran bloque geopolítico la futura sede del canal interoceánico y quizá de “la capital de la tierra”. “La ambición de las naciones de Europa lleva el yugo de la esclavitud a las demás partes del mundo, y todas estas partes del mundo debían tratar de establecer el equilibrio entre ellas y Europa para destruir de la preponderancia de la última. Yo llamo a esto el equilibrio del Universo y debe entrar en los cálculos de la política americana”.
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El evento inició sesiones en el Convento de San Francisco de la ciudad de Panamá el 22 de junio de 1826 , con ambicioso temario: 1. Renovación de tratados de unión, liga y confederación; 2. Manifiesto de denuncia contra la conducta de España y el daño causado al Nuevo Mundo; 3. Pronunciamiento de apoyo a la independencia de Cuba, Puerto Rico, Canarias y Filipinas; 4. Suscripción de tratados de comercio y de navegación entre los Estados confederados; 5. Aplicación de la Doctrina Monroe de Estados Unidos contra las tentativas de reconquista española; 6. Estructuración de un cuerpo de normas de derecho internacional; 7. Abolición de la esclavitud en los Estados confederados; 8. Aporte de los países para el mantenimiento de los contingentes militares comunes; 9. Presión sobre España para el reconocimiento de las repúblicas independizadas, y 10. Configuración de las fronteras nacionales según el principio de uti possidetis, desde el año 1810.
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Argentina y Brasil no asistieron por estar involucrados en un conflicto sobre la Banda Oriental; Brasil era una monarquía esclavista poco afín a los ideales republicanos. Gaspar Rodríguez de Francia, de Paraguay, declinó la invitación debido a su extremo aislacionismo. Lo mismo hicieron los chilenos por sus lazos comerciales con Estados Unidos e Inglaterra. El delegado de Bolivia arribó tras la clausura del evento; los peruanos se retiraron antes de ésta. El Reino Unido y los Países Bajos enviaron sendos embajadores. Francisco de Paula Santander invitó por su propia cuenta a Estados Unidos, opuestos a la liberación de los esclavos y a la formación de un bloque competidor. Inexplicablemente no fue convocado Haití, cuyo providencial aporte tanto contribuyó a la Independencia de Venezuela.
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Hubo desacuerdos sobre una posible reducción de aranceles, por entonces importante fuente de ingresos de las repúblicas independizadas. También, sobre quién asumiría el apoyo a la independencia de Cuba, Puerto Rico y la Española. El mayor consenso se manifestó en torno a la idea de una fuerza militar común que defendiera las independencias. Al cierre del evento el 15 de julio del mismo año se acordó prolongar sesiones en la ciudad mexicana de Tacubaya, donde languidecieron hasta la desaparición.
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Hábil oportunista, Estados Unidos intentó una Unión a su manera creando la Oficina Comercial de las Repúblicas Americanas el 14 de abril de 1890, rebautizada como Unión Panamericana en 1910, sustituida en el mismo edificio por la Organización de Estados Americanos en abril de 1948.
La OEA somete a todas las naciones latinoamericanas a la jurisdicción de una Corte Interamericana de los Derechos Humanos, que acosa a los gobiernos progresistas y se hace la vista gorda ante los desafueros de las dictaduras de la región y las intervenciones armadas de Estados Unidos, inmune ante dicho tribunal pues astutamente jamás suscribió el tratado que lo creaba. Con tales instrumentos deslegitima o legitima según sus intereses a los gobiernos regionales; sus dictámenes son apenas preámbulo de bloqueos e invasiones.
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Apenas a comienzos del siglo XXI Nuestra América trata de integrarse a sí misma mediante Unasur, la Celac, el Alba, organizaciones duramente golpeadas por el Imperio. Cuantos tropiezos, descalabros, e invasiones se habría ahorrado Nuestra América de prolongar hasta hoy las sesiones del Congreso Anfictiónico, ampliarlas y aplicar sus resoluciones con indispensable y soberana firmeza hasta nuestros días.