Paramilitarismo, inseguridad y oposición

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NICMER EVANS | Un producto de exportación que lamentablemente tiene como referencia fundamental a Colombia es el Paramilitarismo. Cuando un Estado se diluye en el caos, fragmentando su criterio de nación, generando Estados dentro del mismo Estado formal para, sobre la división, generar control externo, ahí sucede un proceso de colombianización, mediado por el conflicto armado y alimentado por estructuras paraestatales, que con o sin ideología todas confluyen a favor del control del país o las trasnacionales que necesitan de la atomización para alimentarse y obtener ganancias: narcotráfico, armamentismo, etc.

Nicmer N. Evans – evansnicmer.blogspot.com

Con esta introducción no pretendo señalar de manera ligera que la inseguridad en nuestro país es consecuencia del paramilitarismo colombiano, pero tampoco me queda duda que la situación de inseguridad en nuestro país se ha desbordado con gran facilidad producto de la proximidad con una experiencia que exporta sus patrones, inducido por intereses nacionales que conducen a ello.

Venezuela hasta ahora no ha sido un territorio productor de drogas, nuestro territorio termina siendo más estratégico para el tránsito, y aún a pesar de los esfuerzos gubernamentales para evitar la circulación del narcotráfico por nuestro territorio, la extorsión, el soborno y la debilidad de algunos sectores militares dejan al descubierto muchas veces nuestras fronteras terrestres, aéreas y marítimas, permitiendo que seamos puente para el tráfico internacional.

Es así como Venezuela se ha convertido en un objetivo a desestabilizar, para sobre el caos, generar las condiciones necesarias para el narcotráfico en función de facilitar el tránsito del narcotráfico hacia mercados más rentables. ¿Y por qué Venezuela? Porque está al lado de quien la produce y muy cerca de quien la consume, así de sencillo.

Esto, sumado a una estructura de justicia basada en altos niveles de impunidad y una estructura jurídica débil, que lleva a las autoridades policiales a no quererse involucrar en la resolución de los problemas ya que detrás tiene un Código Procesal que de inmediato lo incrimina y lo culpa, y que además desarrolla en la actualidad un esquema de formación que hace migrar de una policial delincuencial a una policía defensora de los derechos humanos, pero muchas veces de quienes vulneran permanentemente estos derechos; hace que el sistema sea altamente vulnerable, y en esas fisuras de vulnerabilidad se introducen las condiciones necesarias para que no sólo la delincuencia común, que siempre ha existido, sino, el paramilitarismo se filtre para desestabilizar y generar el caos que necesita para instalarse.

Acciones como el secuestro express, con armas de alto calibre, vehículos caros, y técnicas sofisticadas para la intersección, el secuestro con amplia capacidad de financiamiento para soportar el tiempo que sea necesario para el seguimiento, rastreo, captura, espera, negociación e intercambio, sólo pueden ser financiadas por gruesas estructuras que no sólo pueden tener como interés “resolver una plata” para sobrevivir. Esto sin tomar en cuenta la cadena que se desprende del efecto reflejo producto de la impunidad, generando un sin fin de pequeñas réplicas que pretenden emular el éxito de estas estructuras paramilitares que nos han penetrado sin que se logre resolverlo de manera eficiente.

Pero sería muy ingenuo no afirmar que detrás de esto existe una intención política, ya que el narcotráfico y su estructura de soporte, el paramilitarismo; se alimentan permanentemente de la impunidad y donde no le es fácil mantenerla, o no marcha a la velocidad que requieren los “cargamentos” entonces deciden atacar al gobierno de turno, estableciendo alianzas y financiando a otros sectores políticos que logren este cometido, sea directamente o por mampuesto.

Este es el caso venezolano, un sector narcotraficante colombiano en franca expansión ya que maneja a plenitud su territorio de origen, un consumidor (EUA) que cada día demanda más, vías de tráfico cada día más difíciles para  su expansión (producto del esfuerzo de la política del Estado), y la confluencia de un interés político y uno económico que encuentran en Hugo Chávez un “obstáculo” que necesitan superar, ¿Cómo?, financiando el conflicto, aprovechando las debilidades jurídicas y generando caos social, ¿A través de qué?, de dos vías, el financiamiento, estímulo y desarrollo de la delincuencia organizada y la articulación de acciones combinadas con las microorganizaciones delincuenciales que nutren la desesperanza y generan las grandes matrices de opinión para despejar el camino del “obstáculo”, y segundo, a través del financiamiento a políticos y militares directa o indirectamente que sirvan el juego para sacar al “obstáculo” del camino, y es aquí donde la oposición entra en el juego.

La triangulación es perfecta, y quien termina siendo afectado cotidianamente es el venezolano común, tanto el que vive al lado del azote de barrio, o le roban su BlackBerry en El Metro, como el que va a Las Mercedes y es víctima de un secuestro Express o está en su finca y es asaltado, maniatado y secuestrado, todos alimentados por la misma red, o ¿cómo creen ustedes que estos delincuentes tienen armas más sofisticadas que el propio aparato policial?

Este es uno de los retos más trascendentes que tiene el gobierno bolivariano y socialista, resolver la cotidianidad de la inseguridad y atacar estructuralmente el origen del mismo. No podemos desconocer los avances, pero la realidad rebasa cualquier esfuerzo, sin embargo no podemos caer en la trampa de quienes tienen como oferta electoral (Leopoldo López por ejemplo) resolver el asunto aliándose con  nuestro victimario, el paramilitarismo y el narcotráfico (Alvaro Uribe mediante), que tiene en el contexto internacional un nicho de acción muy claro, Colombia.