Los incorregibles

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EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES | El Primer Mundo compra en Harrods, usa carteras Louis Vuitton, joyas de Tiffany, viste en Valentino, corre con Porsche, vuela en Qatar Airways y se aloja en el Hotel del Louvre. El dinero qatarí sirve hoy también a edificios antiguos de los Campos Elíseos y al Shard de Londres, el más alto de Europa. A grandes bancos y multinacionales y a políticos como Tony Blair y Nicolas Sarkozy.

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La familia real, que tiene puertas abiertas en los gobiernos de Alemania, Reino Unido y Francia, también invierte en el fútbol. En el Barcelona de Leo Messi, embajador de Ooredoo. Y en el Paris Saint Germain de Zlatan Ibrahimovic, campeón de una Liga francesa televisada por Al Jazeera. Pep Guardiola terminó su carrera en Qatar, igual que Raúl ahora. Dos millones de jóvenes de tres continentes pasaron en los últimos cinco años por 800 campos de Asia, América latina y el Caribe y los mejores jugarán para Qatar el Mundial 2022. Pero si Brasil 2014 ya es un hecho, Qatar 2022 no. El negocio de los Mundiales, acaso pequeño al lado de otros, pero de vidriera única en la aldea global, define estos días en Brasil su Copa de 2022, todavía asignada a un país de apenas 2 millones de habitantes, 11.500 kilómetros cuadrados (la mitad de Tucumán) y que obligaría a jugar partidos con hasta casi 50 grados de temperatura.

La denuncia del Sunday Times inglés el domingo último, acompañada de documentos supuestamente filtrados por el FBI, de que Qatar ganó la sede pagando sobornos de 5 millones de dólares a dirigentes africanos, será el tema caliente de la reunión que el Comité Ejecutivo de la FIFA celebrará este sábado y domingo en San Pablo. Precederá al Congreso FIFA del martes 10 y miércoles 11, en el que Joseph Blatter confirmará su postulación para un quinto mandato, en medio de rumores de que miembros europeos, liderados por Michel Platini, presidente de la UEFA y aspirante al trono, podrían responder con una sentada de protesta. «Es que el desafío más grande no es Qatar 2022, sino terminar con una cultura de corrupción que tiene la cara de Blatter. Hay que encontrar un nuevo presidente», me dice desde Copenhague Jens-Sejer Andersen, director de Play the Game. Un primer golpe, claro, sería quitar a Qatar, que, paradójicamente, tuvo el voto de Platini, pero no de Blatter. El emirato, per cápita el país más rico del mundo, acaso no comprende por qué, si no lo hacen otros, el fútbol cuestiona ahora su falta de democracia, de leyes civiles y laborales y quiere quitarle un Mundial 2022 por el que ya reabrieron interés Estados Unidos e Inglaterra. El reino del petrodólar niega los sobornos, pero teme que la FIFA, jaqueada por las denuncias del Sunday Times y las filtraciones del FBI, ceda a lo que llama «conspiración anglosajona».

La primera protesta fue por el calor, ¿pero acaso el abierto de tenis de Australia no somete a los deportistas a esfuerzos aun mayores?, se preguntan los qataríes. A la queja siguiente de la explotación laboral en la construcción de estadios, Qatar respondió que el nuevo y espectacular Al Wakrah comenzará a construirse en septiembre bajo nuevas condiciones de trabajo que fueron supervisadas por la propia Unión Europea. Ahora, otra vez de la mano de la prensa inglesa, reflotan los sobornos. ¿Pero acaso Inglaterra no cortejó a Jack Warner enviando sin costo a Trinidad y Tobago a la selección inglesa liderada por David Beckham? ¿Y no entregó la postulación de Australia (ahora también enojada con Qatar) casi medio millón de dólares a Warner para un centro deportivo que el dirigente triniteño terminó depositando en su propia cuenta bancaria? El problema, según parece, es que Warner, acaso el dirigente más corrupto que pasó por la FIFA, recibió más dinero del qatarí Mohamed Bin Hammam. Qatar se defiende afirmando que Bin Hammam jamás perteneció oficialmente a su candidatura. Y dice que las coimas que Bin Hammam supuestamente pagó a Warner y a dirigentes africanos no eran por el Mundial 2022, sino por su frustrado proyecto personal de derrocar a Blatter.

Blatter, que a los 78 años quiere seguir porque dice que su «misión en la FIFA no ha terminado», prometió combatir la corrupción con el fichaje de Michael García, un ex fiscal de Nueva York al que presentó con fama de duro ante los piratas de Wall Street. «Lo único que se podía predecir con absoluta confianza sobre la base de la carrera profesional de García era que él protegería celosamente a quien lo hubiera designado y pagara sus facturas. Podría, en realidad, perseguir a corruptos, pero sólo en la medida en que esto sirviera a los planes de la persona que lo designó.» Lo dice el profesor de derecho Scott Horton en Omertá, el nuevo libro de Andrew Jennings. García, añade Jennings, dejó el servicio público y pasó a trabajar en la firma de abogados Kirkland & Ellis de Nueva York. A defender a quienes perseguía. Blatter lo contrató apenas después de que Thomas Hildbrand, un fiscal en serio, desnudó en un juicio en Suiza que ISL, el quebrado ex brazo comercial de la FIFA, había pagado 175 coimas por 120 millones de dólares a dirigentes deportivos, el escándalo que terminó provocando las caídas de Joao Havelange, Ricardo Teixeira y Nicolás Leoz. En su primera acción, García no encontró indicios que responsabilizaran a Blatter. El informe del fiscal-FIFA García llevó al juez también FIFA Hans-Joachim Eckert a dictaminar que Blatter no había incurrido en «conducta criminal o ética», aunque sí «puede haber sido torpe» cuando no denunció las coimas de ISL. La segunda misión de García, con aprobación de Eckert, terminó en la expulsión de la FIFA de Bin Hammam, acusado primero de sobornar a dirigentes de la Concacaf y luego de adulterar los balances de la Confederación Asiática de Fútbol (CAF). Sin Bin Hammam, que era su competidor, Blatter tuvo una fácil reelección en 2011.

García, que ya avisó que no tomará en cuenta las nuevas denuncias del Sunday Times, comunicó que en menos de dos meses elavará su informe a Eckert sobre el Mundial 2022. Qatar sorprendió al mundo el 2 de diciembre de 2010 cuando ganó la sede derrotando 18-14 a Estados Unidos. Fue una doble votación que incluyó la asignación a Rusia de la Copa de 2018 y la humillación de apenas dos votos para Inglaterra. Denuncias de la BBC y de periodistas del Sunday Times disfrazados que hicieron filmaciones clandestinas provocaron la caída de al menos media docena de miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA, echados por recibir coimas. En su promesa de limpiar la casa, que llegó a incluir los nombres de Henry Kissinger y hasta del tenor Plácido Domingo, y un paso fugaz y polémico de Transparencia Internacional, Blatter designó cámaras, jueces y fiscales. También auditores como su compatriota suizo Domenico Scala, designado «joven líder global» por el Foro Económico Global de Davos. Scala, cuenta Jennings, lidera una comisión de tres hombres que fija el salario de Blatter. Esa minicomisión, conocedora de los mejores secretos que guarda la FIFA, también tiene como miembro a Julio Grondona.

La cruzada de Blatter por un fútbol mejor incluye la lucha contra el arreglo de partidos, un problema que, según denunció The New York Times el domingo pasado, podría sufrir el Mundial de Brasil. Un primer fichaje de la FIFA fue el del superpolicía Chris Eaton, ahora director de Integridad en el Centro Internacional para la Seguridad en el Deporte en Doha, sostenido, claro, por el gobierno de Qatar. En 2012, la FIFA giró 20 millones de dólares a Interpol para que también ayudara a detectar supuestos arreglos de partidos. Su jefe, Ron Noble, nos dice Jennings en Omertá, estará en Brasil invitado por la FIFA, especialmente después de que fue reelegido secretario general de Interpol. «Ninguna persona objetiva -dijo Noble- puede razonablemente cuestionar si el liderazgo de la FIFA ha tomado medidas serias para combatir la corrupción, fomentar la buena gobernanza y garantizar una mayor transparencia en el fútbol.» Noble fue reelegido también en Doha, justo tres semanas antes de que la FIFA votara a Qatar sede del Mundial 2022.