Llamado a la rebelión

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EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES | Es meses antes de México 86, Diego Maradona, con permiso del Napoli, viajaba todos los lunes a Roma para ponerse en manos de Antonio Dal Monte, responsable del Departamento de Investigación Deportiva del Comité Olímpico Italiano (CONI). «Su reacción al estímulo -le comentó asombrado Dal Monte a Fernando Signorini, preparador físico personal de Diego- es más veloz que la de los mejores sprinters del mundo que he evaluado». Otro día, Dal Monte quedó impresionado por la «extraordinaria capacidad» de Maradona «de ver todo en una fracción de segundos».

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«Diego -le dijo a Signorini- podría haber sido un destacado piloto de pruebas de aviones de guerra». Autorizado por el Napoli a aliviar los entrenamientos más duros, Diego ya había pasado también horas y horas hasta inventar una nueva secuencia de movimientos en los tiros libres. Su tobillo izquierdo, con secuelas ya inmodificables por una fractura de años atrás, había perdido movilidad. Diego comenzó a acercar la pierna de apoyo, a rotar la cadera más enérgicamente, a exagerar el giro del pie y a acercar la rodilla izquierda al hombro luego del impacto. Un día volvió la magia. Y México 86 nos ofreció el último héroe individual.

A Leo Messi, que tiene una frecuencia de pasos superior a la de Diego, Dal Monte acaso le descubriría también hoy las mismas cualidades de sprinter y de piloto de guerra que a Maradona. Diego, me concede hoy Signorini, es más veloz en espacios cortos por sus amagues y más potente en el arranque. Más carismático, de cadencia distinta y de pecho siempre abierto, Diego luce más exuberante. Hasta que Leo, claro, toma la pelota. «Es cierto que en sus últimos tiempos con Barcelona a Leo -me cuenta Signorini- se lo vio abúlico, falto de chispa, pero puede que haya sido algo más de carácter que físico. Conozco a los dos y son gallos de riña, no les gusta perder a nada. Pero tal vez Leo se rindió ante el mal funcionamiento del equipo y a lo mejor ahorró esfuerzo, como que bajó los brazos. Diego los hubiera puteado, pero son dos temperamentos distintos». Messi jugará Brasil 2014 casi a la misma edad que Maradona jugó México 86. Pero Leo, cree Signorini, sufrirá más presión. «La presión que le meten de muchos lugares de ser Diego». Maradona, hay que recordarlo, arribó a México obligado a revertir la frustración de España 82. Signorini entró a su habitación apenas días antes del debut y, hablándole a Pedro Pasculli, pero mirando de reojo a Diego, comentó de modo crítico declaraciones cautas de Michel Platini, Zico y Karl-Heinz Rummenigge, aspirantes junto con Maradona al reinado vacante. «¿Vos te creés que es fácil ‘ciego’ de mierda?», recogió Diego el guante. «¡Convencete de una vez por todas ‘cabeza de chancho’! -le respondió Signorini- ¿Para qué carajo hicimos todo lo que hicimos? Si te decidís, ganás el Mundial vos solo».

¿Para qué comparar si es mejor el amanecer o el crepúsculo? ¿El olor a tierra mojada o el de la hierba recién cortada? ¿Pablo Neruda o Antonio Machado? Signorini, que trabajó con Maradona y con Messi, se hace esas preguntas porque se niega a elegir. Y responde la pregunta del millón, quién es mejor de los dos, recordando una anécdota que compartió con otro grande, Alfredo Di Stéfano. «¿Cuál es su selección de todos los tiempos?», preguntó a La Saeta un periodista italiano. «¿Este -dijo Di Stéfano en voz baja a Signorini, que le hacía de intérprete- es boludo o se hace? Yo podría armar por lo menos diez selecciones con todos los monstruos que vi». Grandes cracks y técnicos del fútbol mundial, y también jugadores sabios de su Lincoln natal, ayudaron a Signorini a escribir «Fútbol. Llamado a la rebelión. La deshumanización del deporte». Es un libro valiente y polémico. «Los que saben de fútbol -cita Signorini a Dante Panzeri, al advertir sobre los PF que décadas atrás desplazaban a los DT-no son cultos y los que son cultos no saben». Y Adolfo Pedernera, preocupado de hacia dónde iba el fútbol, decía: «Todo lo que veo ahora ya lo vi antes, pero lo que vi antes ya no lo veo más».

Preparador físico de Argentina en 2010, Signorini se colocó en el centro de la crítica cuando dijo que los jugadores arribaban a Sudáfrica con un «daño ya irreversible» y criticó a la FIFA por imponer severos controles antidoping, pero no revisar sus calendarios cada vez más agotadores. «Querido Fernando», le escribió presuroso desde Montevideo nada menos que Eduardo Galeano. Le avisaba que periodistas famosos de la TV estaban cambiando sus palabras y le aconsejaba que interviniera, porque lo estaban matando. «Querido Maestro», le respondió Signorini, «mi concepto (y compromiso) con el deporte (y los deportistas) me obliga a seguir ‘haciendo ruido’ ante tanto silencio complaciente». Nada cambió cuatro años después. Radamel Falcao, Arturo Vidal, Luis Suárez y Diego Costa son baja o llegarán en algodones. Cristiano Ronaldo sufrió sobre fin de año, igual que Kun Agüero y Pipita Higuaín. Angel Di María sobrevivió, y se lució, en el alargue de la final de Liga de Campeones, el sábado pasado en Lisboa, con dos equipos al borde la extenuación. Real Madrid, entonado por el empate agónico, revivió como una aplanadora. Y el Atlético, que corría hasta muerto, quedó vacío. No había piernas. Jugó el corazón. Dijo alguna vez César Menotti: «Nunca vi cansado a un equipo que gana cuatro a cero».

¿Cómo funcionará el corazón cuando falten las piernas en alargues de Brasil si toca jugar bajo calor y humedad? «En México, donde además estaba la altura, Argentina -me recuerda Signorini- no debió jugar alargues, estuvo siempre en el mismo lugar y apenas dos veces se movió no más de 60 kilómetros». Signorini prevé que en Brasil la falta de frescura buscará el atajo de la fricción y la violencia. Y que el juego de posesión, en crisis tras las caídas europeas de Barcelona y Bayern Munich, podría combatir en especulación con el juego de la espera. «Vos la tenés, yo te espero», dirá el que elige esperar. «Vos me esperás, entonces no voy», responderá el de la posesión. ¿Y Argentina acaso esperará para proteger su defensa insegura y buscar espacio en contragolpe para sus cuatro de ataque, que repiten Mundial pero ahora con la edad justa? Si en México hubo un mes para la preparación final, los plazos son ahora cada vez más cortos, sin tiempo para trabajar sistemas de recuperación colectiva. Refugiarse cerca del área dará a muchos mayor sensación de seguridad. Algunas selecciones, como Chile e Italia, realizan en estos días sesiones largas y cansadoras de trabajo físico. Otros, por lo contrario, prefieren cuidar lo precario para no dañar un material que ya está deteriorado. Las selecciones, sabemos, reciben los restos de lo que dejan los clubes, patrones verdaderos de los cracks. Los Mundiales, un alargue de temporada, también se juegan con más corazón que piernas.

«Hay que mejorar la velocidad», se escuchará decir tal vez en pleno Mundial de Brasil. Y Signorini ríe. «Hay atletas -cita en su libro a Francisco Paco Seirul.lo, preparador físico de Barcelona- que precisan seis años para mejorar tres centésimas y nosotros creemos que haciendo un par de horitas a la semana mejoraremos la velocidad». Otros aman las pesas. «Pues entonces seremos pesistas». «¿Cómo puedo enseñar ‘ahora corré’, ‘ahora frená’, ‘girá’, ‘tirá’, ‘volvé’, ‘andá’?.No se puede enseñar a jugar». Algunos enseñan a correr mejor, otros a correr más rápido. A Ben Jonson, cuenta Signorini, lo contrató un equipo de fútbol de Canadá. Llegaba casi siempre último a la jugada. Si llegaba primero, no sabía qué hacer. La carrera libre y directa del velocista no es la del futbolista, llena de obstáculos, frenos y, como la de Diego a los ingleses en México 86, también llena de engaños. ¿Para qué seguir entrenando a futbolistas como atletas? ¿Por qué no entrenarlos como futbolistas? ¿Para qué repetir y repetir ejercicios si el fútbol es dinámica de lo impensado? «Hay que construir situaciones de entrenamiento -dice Seirul.lo en el libro de Signorini- que se aproximen en lo posible a las situaciones de juego». Signorini pide desconfiar del conocimiento científico aplicado al fútbol. El colmo, recuerda, fue cuando leyó un aviso en un diario de un club que convocaba a jugadores clase ’83 que midieran más de 1,73m: se hubieran quedado sin Maradona y sin Messi. Hubiesen perdido el fútbol.