La gran mentira de Israel

Israel no está ejerciendo su “derecho a la autodefensa” en los territorios palestinos ocupados. Está llevando a cabo un asesinato masivo, con la ayuda y complicidad de Estados Unidos.

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Chris Hedge | 

 

Israel, al emplear toda su maquinaria bélica contra una población ocupada que no posee unidades mecanizadas, fuerza aérea, armada, misiles, artillería, ni un estado mayor (por no mencionar los 38.000 millones de dólares de ayuda de Estados Unidos al ejército israelí para los próximos diez años), no está ejerciendo su “derecho a la defensa”. Está llevando a cabo un asesinato masivo. Es un crimen de guerra.

Israel ha dejado claro que continúa igual de dispuesto que en 2014 a destruir y matar sin motivo. El ministro de defensa israelí Benny Gantz (que era Jefe del Estado Mayor durante el ataque criminal contra Gaza de hace 7 años) ha jurado que si Hamás “no detiene la violencia, el ataque de 2021 será más duro y más doloroso que el de 2014”. Los bombardeos que están teniendo lugar en la actualidad ya han derribado varias torres residenciales, incluyendo la que albergaba a más de una docena de agencias de prensa locales e internacionales, edificios gubernamentales, instalaciones públicas, tierras de cultivo, dos escuelas y una mezquita.

He pasado siete años en Oriente Próximo como corresponsal de prensa, cuatro de ellos como jefe de la oficina de Oriente Próximo del New York Times. Hablo árabe. He vivido durante semanas en Gaza, la mayor prisión al aire libre del mundo, donde más de dos millones de palestinos viven al borde de la inanición, luchan por conseguir agua limpia y soportan el terror ininterrumpido de Israel. Estaba en Gaza cuando fue machacada por la artillería y los ataques aéreos israelíes. He visto a madres y padres ahogados en llanto mientras acunaban los cuerpos ensangrentados de sus hijos e hijas. Conozco de primera mano los crímenes de la ocupación –la escasez de alimentos causada por el bloqueo israelí, la asfixiante superpoblación, el agua contaminada, la falta de servicios sanitarios, los constantes apagones causados por la destrucción israelí de las centrales eléctricas, la pobreza extrema, el desempleo endémico, el miedo y la desesperación. He sido testigo de las matanzas.

También he escuchado estando en Gaza las mentiras emitidas desde Jerusalén y desde Washington. El uso indiscriminado por parte de Israel de armamento moderno e industrial para asesinar a miles de inocentes, herir a muchos miles más y destruir las casas de miles de familias no es una guerra: es terrorismo de Estado. Y, así como me opongo al lanzamiento indiscriminado de cohetes palestinos contra Israel –como me opongo a los atentados suicidas– considerándolos crímenes de guerra, soy sumamente consciente de la enorme disparidad entre la violencia industrial que lleva a cabo Israel contra palestinos inocentes y los actos mínimos de violencia que pueden llevar a cabo grupos como Hamás.

La falsa equivalencia entre la violencia israelí y palestina tuvo su reflejo durante la guerra que cubrí como corresponsal en Bosnia. Quienes estábamos en la ciudad sitiada de Sarajevo éramos machacados a diario con cientos de bombas pesadas y misiles lanzados por los serbios desde las colinas circundantes. Los francotiradores disparaban a todo lo que se movía. La ciudad sufría docenas de muertos y heridos cada día. Las fuerzas gubernamentales situadas en el interior de la ciudad respondían con lanzamiento de proyectiles ligeros de mortero y disparos de armas ligeras. Los defensores de los serbios sacaban partido de cualquier baja causada por las fuerzas bosnias gubernamentales para capitalizar el mismo juego sucio, aunque más del 90 por ciento de los asesinatos en Bosnia eran causados por los serbios, lo mismo que ocurre en el caso de Israel.

El otro paralelismo –y tal vez el más importante– es que los serbios, como los israelíes, eran los principales violadores del derecho internacional. Israel ha infringido más de 30 resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Ha infringido el artículo 33 del Cuarto Convenio de Ginebra que define el castigo colectivo de la población civil como crimen de guerra. Ha violado el artículo 49 del Cuarto Convenio de Ginebra al asentar a más de medio millón de colonos israelíes en tierra palestina ocupada y por la limpieza étnica de al menos 750.000 palestinos cuando fue fundado el Estado de Israel, y de otros 300.000 después de que Gaza, Jerusalén Este y Cisjordania fueran ocupados tras la guerra de 1967.

Su anexión de Jerusalén Este y los Altos del Golán sirios viola las leyes internacionales, al igual que lo hace la construcción de una barrera de seguridad en Cisjordania que anexa territorios palestinos a Israel. Viola la Resolución 194 de la Asamblea General de la ONU, la cual afirma que “los refugiados palestinos que deseen regresar a sus hogares y vivir en paz con sus vecinos tienen derecho a ello y se les debería permitir hacerlo lo antes posible”.

Esta es la verdad. Cualquier otro punto de partida para el debate de lo que está ocurriendo entre Israel y Palestina es mentira.

Un Estado de apartheid

Cuando yo vivía en Jerusalén, el movimiento pacifista y la izquierda política israelíes eran fuerzas dinámicas que denunciaban y condenaban la ocupación israelí; ahora ambos están moribundos. El gobierno derechista de Netanyahu, a pesar de su retórica antiterrorista, ha construido una alianza con el régimen represivo de Arabia Saudí, que también considera a Irán como su enemigo. Arabia Saudí, país del que procedían 15 de los 19 terroristas de los atentados del 11 de septiembre, tiene la triste reputación de ser el más prolífico patrocinador del terrorismo islamista internacional, presunto impulsor del yihadismo salafista que dio origen a al-Qaeda, y a grupos como el Talibán afgano, el Lashkar-e-Taiba y el Frente Al-Nusra.

Arabia Saudí e Israel trabajaron coco con codo para respaldar el golpe militar dirigido por el general Abdul Fattah el Sisi en Egipto en 2013, que derribó un gobierno elegido democráticamente. El Sisi ha encarcelado por motivos políticos a decenas de miles de personas críticas con su gobierno, incluyendo a periodistas y defensores de los derechos humanos. El régimen de Sisi colabora con Israel al mantener cerrada para los palestinos su frontera con Gaza, aprisionándolos en la Franja, uno de los lugares con mayor densidad de población del mundo. El cinismo y la hipocresía de Israel, especialmente cuando pretende proteger la democracia y combatir el terrorismo, son de proporciones épicas.

En Israel, quienes no son judíos son ciudadanos de segunda clase o viven bajo una brutal ocupación militar. Israel no es, y nunca lo ha sido, la patria exclusiva del pueblo judío. Desde el siglo VII hasta 1948, cuando los colonos judíos emplearon la violencia y la limpieza étnica para crear el Estado de Israel, Palestina era abrumadoramente musulmana. Nunca fue una tierra vacía. Los judíos siempre fueron una pequeña minoría en Palestina. Estados Unidos no es un mediador sincero en busca de la paz sino que ha financiado, permitido y defendido los crímenes de Israel contra el pueblo palestino. Israel no defiende la supremacía de la ley. Israel no es una democracia. Es un Estado de apartheid.

La gran mentira de Israel  es plenamente aceptada por las élites gobernantes  –no hay ninguna diferencia entre las declaraciones en defensa de los crímenes de Israel de [la Demócrata] Nacy Pelosi y [del Republicano] Ted Cruz– que la utilizan de base para cualquier discusión sobre Israel, lo que pone de manifiesto el poder corruptor del dinero, en este caso el del lobby israelí, y la quiebra de un sistema político de sobornos legalizados que ha entregado su autonomía y sus principios a sus principales donantes. Es también un asombroso ejemplo de cómo los proyectos coloniales, y esto así en Estados Unidos, siempre llevan a cabo un genocidio cultural para poder existir gracias al mito y a la amnesia histórica que les sirven para legitimarse.

El lobby israelí ha utilizado descaradamente su inmensa influencia política para exigir a los estadounidenses un juramento de lealtad de facto a Israel. La aprobación de leyes en 35 estados (propuestas por el lobby israelí) para exigir a trabajadores y contratistas que firmaran un juramento proisraelí y prometieran no apoyar el movimiento BDS de Boicot, Desinversión y Sanciones (bajo amenaza de despido) es una burla a nuestro derecho constitucional de libre expresión. Israel ha presionado al Departamento de Estado para que defina el antisemitismo según tres criterios, conocidos como “las Tres Des”: las afirmaciones que “demonizan” a Israel; las afirmaciones que aplican “doble rasero” para Israel; y las afirmaciones que “deslegitiman” al Estado de Israel. Esta definición de antisemitismo ha sido impulsada por el lobby israelí en los parlamentos estatales y los campus universitarios.

El lobby israelí espía en Estados Unidos (a menudo bajo la dirección del Ministerio de Asuntos Estratégicos de Israel) a aquellos que se manifiestan a favor de los derechos de los palestinos. Desarrolla campañas de calumnias y listas negras de los defensores de los derechos palestinos, en las que se incluyó al historiador judío Norman Finkelstein; al también judío Richard Falk, Relator Especial de la ONU para los Territorios Ocupados; y a estudiantes universitarios, muchos de ellos judíos, de organizaciones como Estudiantes por la Justicia en Palestina.

El lobby israelí ha utilizado cientos de millones de dólares en manipular las elecciones estadounidenses, mucho más de lo que supuestamente han hecho Rusia, China o cualquier otro país. Las burdas interferencias de Israel en el sistema político estadounidense, entre las que se incluyen actuaciones para reunir cientos de miles de dólares con los que financiar las campañas de candidatos obedientes en todos y cada uno de los distritos electorales, han sido documentadas en la interesante serie de cuatro partes producida por [la cadena de televisión] Al-Jazeera “The Lobby”. Israel consiguió evitar que la serie fuera emitida.

En el documental, los dirigentes del lobby israelí son captados por una cámara oculta del periodista  y explican de qué manera –ayudados por los servicios de inteligencia de Israel– consiguen atacar y silenciar a quienes les critican en Estados Unidos y utilizan grandes cantidades de dinero para comprar a los políticos. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu consiguió que el que fuera presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner le invitara (contraviniendo a la constitución) a hablar ante el Congreso en 2015 para denunciar el acuerdo nuclear del presidente Obama con Irán.

No obstante, a pesar de su alianza con los Republicanos y de su desafío a Obama, este autorizó en 2014 un paquete de ayuda militar a Israel de 38.000 millones de dólares, lo que nos da una triste idea de lo plegados que están los políticos estadounidenses a los intereses de Israel.

Desplazamiento hacia la extrema derecha

La inversión de Israel y sus partidarios está bien amortizada, especialmente si consideramos que Estados Unidos también ha destinado más de 6 billones de dólares en los últimos 20 años a financiar guerras inútiles en Oriente Próximo, presionado por Israel y su lobby. Estas guerras suponen la mayor debacle estratégica de la historia de Estados Unidos y han acelerado la decadencia del imperio americano, puesto en bancarrota a la nación en un tiempo de estancamiento económico y creciente pobreza, además de situar a una gran parte del planeta en nuestra contra. Son guerras que han servido a los intereses de Israel, no a los nuestros.

Cuanto más tiempo sigamos haciendo nuestro este discurso israelí, más poder adquieren los racistas, los fanáticos, los teóricos de la conspiración y los grupos del odio ultraderechistas dentro y fuera de Israel. Este desplazamiento constante hacia la extrema derecha en Israel ha propiciado una alianza entre Israel y la derecha cristiana, gran parte de la cual es antisemita. Cuanto más utilicen Israel y el lobby israelí la acusación de antisemitismo contra quienes defienden los derechos de los palestinos, como han hecho contra el líder del partido laborista británico Jeremy Corbyn, más envalentonan a los verdaderos antisemitas.

El racismo, incluido el antisemitismo, es peligroso. No solo es malo para los judíos, es malo para todo el mundo. Consolida a las fuerzas oscuras del odio extremista étnico y religioso. El gobierno racista de Netanyahu ha forjado alianzas con dirigentes ultraderechistas en Hungría, la India y Brasil así como con Donald Trump.  Los chovinistas racistas y étnicos se alimentan mutuamente, tal y como observé en la antigua Yugoslavia. Dividen a las sociedades en campos polarizados y antagonistas que solo conocen el lenguaje de la violencia. Los yihadistas radicales necesitan a Israel para justificar su violencia. Ambos extremismos son gemelos ideológicos.

Esta polarización fomenta una sociedad temerosa y militarizada. Permite que las élites gobernantes de Israel (y de Estados Unidos) desmantelen las libertades civiles en nombre de la seguridad nacional. Israel dirige programas de entrenamiento para la policía militarizada de muchos países, incluyendo Estados Unidos. Es un actor global de la industria multimillonaria de los drones, en competencia con China y Estados Unidos.

Supervisa a cientos de start-ups cuyas innovaciones en espionaje –según el diario israelí Haaretz– han sido utilizadas en el extranjero “para localizar y detener a activistas de los derechos humanos, perseguir a miembros de la comunidad LGTBI, silenciar a ciudadanos críticos con sus gobiernos e incluso fabricar casos de blasfemia contra el islam en países musulmanes que no mantienen relaciones formales con Israel”.

Israel, como Estados Unidos, ha sido envenenado por la psicosis de la guerra permanente. Un millón de israelíes, muchos de ellos inteligentes y bien formados, han abandonado el país. Los más valientes entre los defensores de los derechos humanos, periodistas e intelectuales –israelíes y palestinos– soportan la vigilancia constante del gobierno, arrestos arbitrarios y salvajes campañas difamatorias dirigidas desde el gobierno. Turbas y patrullas urbanas, incluyendo matones de grupos juveniles ultranacionalistas como Im Tirtzu, agreden físicamente a disidentes, palestinos, árabes israelíes e inmigrantes africanos en los suburbios de Tel Aviv. Estos extremistas judíos han marchado contra los palestinos del barrio Sheikh Jarrah de Jerusalén exigiendo su expulsión.

Cuentan con el apoyo de un surtido de grupos contrarios a los árabes, entre los que se encuentra el partido Otzma Yehudit, descendiente ideológico del proscrito partido [nacionalista ortodoxo judío] Kach y del movimiento Lehava, que propugna la expulsión de todos los palestinos de Israel y los territorios ocupados a los estados árabes vecinos, y de La Familia, hooligans ultraderechistas. Lehava significa “llama” en hebreo, y es el acrónimo de “Organización para la Prevención de la Asimilación en Tierra Santa”. Turbas enaltecidas de estos judíos fanáticos marchan por las barriadas palestinas, incluyendo las de la Jerusalén Este ocupada, protegidos por la policía israelí gritando “¡Muerte a los árabes!”, que también es un cántico popular en los partidos de fútbol israelí.

Israel ha aprobado una serie de leyes discriminatorias contra los no judíos que son un reflejo de las leyes racistas de Núremberg que privaron del derecho a voto a los judíos en la Alemania nazi. La Ley de Aceptación de las Comunidades, por ejemplo, permite que “las ciudades pequeñas y exclusivamente judías levantadas por toda la región israelí de Galilea rechacen formalmente solicitudes de residencia sobre la base de la `conformidad con la actitud fundamental de la comunidad´”. El sistema educativo de Israel utiliza el Holocausto, ya desde la escuela primaria, para mostrar a los judíos como eternas víctimas. Este victimismo es una maquinaria de adoctrinamiento que se emplea para justificar el racismo, la islamofobia, el chovinismo religioso y la deificación del ejército israelí.

Existen muchos paralelismos entre las deformidades que agarrotan a Israel y las deformidades que agarrotan a Estados Unidos. Ambas sociedades avanzan a toda velocidad hacia el fascismo del siglo XXI, envuelto en lenguaje religioso, que acabará con los restos de nuestras libertades civiles y extinguirá nuestras anémicas democracias. La incapacidad de Estados Unidos de alzarse en defensa del principio de legalidad, de exigir que a los palestinos, indefensos y sin amigos incluso en el mundo árabe, se les garanticen los derechos humanos básicos, refleja el abandono de las personas vulnerables en nuestra propia sociedad.

Mucho me temo que vamos por el mal camino por el que también marcha Israel. Va a ser devastador para los palestinos y será devastador para nosotros. Y la única resistencia, como nos muestran valerosamente los palestinos, se producirá en las calles.

Chris Hedge es un periodista ganador del Premio Pulitzer. Fue durante 15 años corresponsal en el extranjero para The New York Times, ejerciendo como jefe para la oficina de Oriente Próximo y la  de los Balcanes. Anteriormente trabajó para los diarios The Dallas Morning News, The Christian Science Monitor y NPR. Presenta el programa “On Contact”, nominado para un Premio Emmy, de la cadena internacional de televisión rusa RT.

Source Consortium News