Giorgia Meloni, ¿conservadora o fascista?

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Franco Ferrari |

Giorgia Meloni, la candidata que lidera las encuestas de las elecciones generales de Italia, volvió a marcar la distancia entre su partido y la época de Benito Mussolini. Sin embargo, su política está fundada en el etnonacionalismo, el anticomunismo y el rechazo de los valores de la Ilustración.

Si su coalición gana la mayoría en las elecciones del mes que viene —y a juzgar por las encuestas, el triunfo está garantizado— Giorgia Meloni ocupará el cargo de primer ministro en Italia.

Los números indican que el 25 de septiembre la coalición de «centroderecha» formada por su partido, Fratelli d’Italia, la Lega de Matteo Salvini y Forza Italia, de Silvio Berlusconi, sacará entre el 45 y el 47% de los votos (casi la mitad serían para el partido de Meloni). En el sistema electoral italiano estos resultados bastan para otorgar una clara mayoría de escaños a los partidos de derecha.

El otro frente de la política italiana viene de sufrir un fracaso estrepitoso con el intento del Partido Democrático de Enrico Letta de construir una coalición de centro izquierda amplia. El espacio terminó fragmentado en varias formaciones rivales. En el centro está la alianza entre dos partidos ulutraneoliberales (Italia Viva, de Matteo Renzi, y Azione de Carlo Calenda).

Esta fuerza remarca su voluntad de continuar con las políticas del gobierno tecnócrata saliente de Mari Draghi. Del lado de la izquierda liberal y pro-OTAN, el Partido Democrático de Letta apenas logró el respaldo de fuerzas menores que tienen orientaciones distintas. El ecléctico Movimiento 5 Estrellas, después de romper su pacto con los demócratas, no está dispuesto a acordar con ninguna otra fuerza. La izquierda radical, que quedó fuera del parlamento en 2018, volvió a organizarse en Unione Popolare, organización dirigida por el exalcalde de Nápoles, Luigi de Magistris.

Con tantas probabilidades de gobernar, Fratelli d’Italia adoptó dos tácticas. En primer lugar, profundizó la idea de un posible gobierno de derecha conducido por Meloni. El objetivo es hacer crecer su popularidad y evitar las maniobras poselectorales de los aliados que intentarán imponer otra candidatura no vinculada con los partidos individuales. En segundo lugar, intenta transmitir tranquilidad con un perfil prosistema.

¿Conservadores europeos?

La organización de Meloni nació en 2012 en línea de continuidad con la corriente neofascista encarnada durante cuatro décadas por el Movimento Sociale Italiano (MSI), antes de convertirse en Alleanza Nazionale durante los años 1990. Aunque hunde sus raíces en el MSI, ideológica y sentimentalmente conectado con veinte años de gobierno fascista, la cuestión de la identidad de Fratelli d’Italia fue un problema recurrente durante los últimos años. Este tema es más apremiante desde que se transformó de fuerza marginal en el que las encuestas consideran como el partido más importante de Italia.

Santiago Abascal (VOX) con Giorgia Meloni

La semana pasada, Meloni hizo un video en distintas lenguas donde rechazó la etiqueta de fascista y de neofascista. Sin embargo, esta relación de continuidad o de ruptura con el fascismo no es tan directa como suelen pensar los que la consideran como una simple continuación del pasado o los que rechazan absolutamente.

 

Hoy Fratelli d’Italia se presenta como un partido «conservador» y presume en este sentido la presidencia de Meloni en el Partido de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR por sus siglas en inglés). Esta formación, que agrupa varias fuerzas tanto dentro como fuera de la Unión Europea y que está alineada con el grupo correspondiente en el Parlamento Europeo, nació como una iniciativa del Partido Conservador británico y de la organización gobernante polaca Ley y Justicia. Con la salida de Gran Bretaña de la UE, los tories abandonaron el espacio, aunque todavía siguen colaborando con las organizaciones que lo componen. Entre los partidos no europeos formalmente vinculados con el ECR están el Partido Republicano y Likud, de Israel.

Desde un punto de vista ideológico, el objetivo de Meloni no es rechazar la continuidad con la derecha neofascista de la posguerra, sino ampliar su legitimidad en una corriente capaz de gobernar un país de Europa occidental. El fascismo histórico «quedó en el pasado» y muchas de sus características fueron condenadas y sería muy difícil repetirlas en el presente. Sin embargo, Fratelli d’Italia conserva ciertas referencias ideológicas.

Contra la Ilustración

En las Tesis de Trieste —aprobadas por el segundo congreso del partido en diciembre de 2017 y aun consideradas como manifiesto de referencia— la actividad del partido es situada en el contexto de una lucha ideológica de largo plazo que se remonta al menos hasta la Revolución francesa. «Nuestra civilización», escriben los Fratelli d’Italia, «está sufriendo un ataque concéntrico en sus estructuras fundamentales, perpetrado en nombre de la lucha contra el prejuicio, con el mismo esquema ideológico con el que la Ilustración inició su cruzada en nombre de la razón en contra de la autoridad de la tradición». Y es esto justamente lo que más critican de la Ilustración: que haya elevado la razón por sobre la tradición.

Gloria Imbrogno/LPS via ZUMA Press Wire/dpa

Los defensores de la «sociedad abierta», leemos, quieren imponer «políticas sociales y culturales que, en nombre del progreso, intentan destruir los fundamentos del modelo de civilización que los pueblos europeos crearon a lo largo de milenios». De esta manera, el conflicto opone la Ilustración, la razón y el progreso a una identidad que deriva de la tradición y que debe estar encarnada en una autoridad. Recordemos que Benito Mussolini (aunque era ideológicamente ecléctico cuando le convenía) también decía que el fascismo se oponía a los «principios franceses de 1789».

Este es el marco en el que operan los valores de los Fratelli d’Italia. De aquí surge, antes que nada, un nacionalismo centrado en cuestiones étnicas. La retórica patriótica, que tiene mucho peso en la propaganda de lo que se define como un «movimiento de patriotas», está fundada en la nación como «organismo viviente».

La extrema derecha considera que la Primera Guerra Mundial es un momento crucial en la formación histórica de la identidad italiana. Percibe este período como una continuación del Risorgimento, del que nació el Estado italiano unificado. El conjunto de acontecimientos que llevan de la derrota militar de otoño de 1917 en Caporetto a la victoria de octubre de 1917 sobre las Potencias Centrales en Vittorio Veneto son ensalzados como el verdadero origen de la identidad nacional. La sacralización de la guerra y el culto a los muertos (los del lado italiano, por supuesto) son consideradas como elementos esenciales en la construcción de una identidad nacional que debe ser defendida contra fuerzas corrosivas.

Anticomunismo

Esta es una representación fundada más en mitologías que en reconstrucciones históricas. Pero la exaltación de la Primera Guerra Mundial también sirve para disimular lo más posible la Segunda Guerra Mundial, durante la cual organizaciones liberales y comunistas unieron fuerzas contra el bloque nazi fascista. Es también un intento de borrar la resistencia del movimiento partisano y el punto de referencia ideal de la Italia democrática.

Fratelli d’Italia todavía considera que el comunismo todavía es un enemigo absoluto porque percibe en él la conclusión más extrema de ciertas ideas de la Ilustración, entre las que destaca el internacionalismo. La idea del conflicto social, inherente a la perspectiva de la lucha de clases, es considerada como un atentado contra la identidad nacional.

Esta derecha exalta un nacionalismo étnicamente fundado, en el que las identidades nacionales están históricamente fijadas y son incapaces de evolucionar y de cambiar, y también sostiene una concepción jerárquica de las relaciones sociales. La idea de que la igualdad es una aspiración por la que vale la pena esforzarse (que está entre los valores constitucionales de la República italiana nacida en 1946) es definida como parte de la herencia de las ideas revolucionarias que contrastan con la «tradición». Los Fratelli d’Italia combinan esta visión jerárquica con referencias a Margareth Thatcher y a Ronald Reagan, cuyo neoliberalismo inspira la orientación del partido en la economía.

Los neofascistas de MSI no tuvieron una perspectiva unificada de la economía durante largas décadas. Había quienes defendían el corporativismo y ciertas experiencias «socializadoras», inspiradas en las proclamas demagógicas de la República de Saló de 1943-1945 (conducida nominalmente por Mussolini pero subordinada en todo sentido a los ocupantes nazis). Sin embargo, estas ideas económicas fueron dejadas de lado cuando la organización se transformó en Alleanza Nazionale bajo la dirección de Gianfranco Fini.

La perspectiva neoliberal adoptada en los principales países capitalistas desde comienzos de los años 1980, con su componente de darwinismo social, terminó siendo aceptable y compatible con la ideología de los herederos del MSI porque reconoce que las diferencias de poder, riqueza y autoridad entre los individuos son inevitables. El matiz es que estas diferencias no están determinadas rígidamente por una estructura social fija e inmutable, sino que surgen de la competencia entre los individuos, que se desarrolla sobre todo en el ámbito de la economía.

Fini y Almirante
La condena de ciertos aspectos del fascismo, reafirmada por Meloni durante el comienzo de la campaña electoral, no es del todo nueva. Fini utilizó fórmulas similares, y también lo había hecho antes Giorgio Almirante, dirigente histórico de la organización, aunque este las combinada con declaraciones explícitas de adhesión al fascismo. En cualquier caso, la condena no excluye la continuidad con el marco ideológico (etnonacionalismo, darvinismo social, anticomunismo) dentro del cual opera el fascismo histórico.

Fratelli d’Italia sigue aplicando, hasta cierto punto, el mismo principio que guió a uno de los primeros dirigentes del viejo MSI, Augusto De Marsanich, que prometió «no restaurar» (la dictadura fascista), pero tampoco «desconocer» el régimen como parte de la herencia histórica de la derecha italiana. Está claro que la condena de ciertos elementos vergonzosos del fascismo no implica un compromiso con el antifascismo. En los círculos cercanos a Fratelli d’Italia, la resistencia partisana contra el fascismo nazi durante la Segunda Guerra Mundial todavía es considerado como una acción criminal y antinacional.

Prosistema

Meloni busca el equilibrio entre la continuidad con la derecha neofascista y la aceptación como fuerza política prosistema. Los elementos básicos del paradigma dominante son dos: 1) compromiso con el bloque occidental que gira en torno a la OTAN; 2) defensa de la primacía de los negocios sobre el trabajo.

En cuanto al primer punto, Fratelli d’Italia probó ser la mejor garantía. El MSI, después de una fase de incertidumbre inicial, integró el bloque atlántico y favoreció la cruzada ideológica anticomunista por sobre otros discursos de extrema derecha que reclamaban una «tercera» fuerza separada a la vez de Estados Unidos y de la URSS. El partido de Meloni apoyó desde un primer momento la intervención militar de occidente en Ucrania. Defendió abiertamente una política armamentística ofensiva y no solo defensiva, y se alineó en este sentido con el gobierno de Draghi y con el de Biden.

También cabe destacar que, paradójicamente, en todos estos años tampoco faltaron los elogios de las políticas de Vladimir Putin (principalmente su «batalla cultural» y su oposición a una supuesta «dictadura LGTBQ), ni la simpatía por la Hungría de Viktor Orbán. Y la principal alianza de los Fratelli d’Italia es con la derecha polaca. Sin embargo, aunque convergen en muchos temas ideológicos y programáticos, las distintas formaciones de la extrema derecha europea nunca fueron capaces de encontrar un terreno organizativo común, precisamente a causa de sus distintas actitudes frente a Rusia.

Por motivos históricos y geopolíticos, una parte de la derecha siempre tuvo posiciones hostiles contra Rusia, aun cuando defiende una perspectiva ideológica que en muchos sentidos es similar a la de Putin. Y la política de Fratelli d’Italia logró que toda la coalición de la derecha italiana adoptara una posición favorable a la expansión de la OTAN, el apoyo militar a Kiev y las sanciones contra Rusia.

En términos económicos, la adhesión de Fratelli d’Italia al paradigma neoliberal va de la mano con la defensa de un presupuesto equilibrado como límite de la intervención estatal: abolición del «ingreso ciudadano» (una política de 2019 que beneficia a los desempleados); menos impuestos progresivos; infraestructura y «grandes proyectos», e intervenciones sobre temas medioambientales estrictamente subordinadas a los intereses económicos. Desde este punto de vista, la política económica de los Fratelli d’Italia es menos populista, no solo que la que defiende el Movimiento 5 estrellas, sino también que las de la Lega de Salvini y Forza Italia.

Para Meloni y su partido, el tema irresuelto de la relación con la Unión Europea sigue abierto. La preocupación principal es garantizar a sus ciudadanos que los fondos del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (NRRP, por sus siglas en inglés) que la Comisión Europea de Bruselas otorgó a Italia seguirán llegando como estaba pautado. Cuando el gobierno de Giuseppe Conte (5 Estrellas) negoció este plan, Meloni se opuso y planteó en cambio buscar respaldo financiero en los derechos especiales de giro del Fondo Monetario Internacional. Muchos economistas consideraron que era una propuesta absurda.

Aunque el partido coqueteó con perspectivas de un Italexit o de abandonar el euro, mantiene su hostilidad a todo desarrollo federalista de la UE. En algunos discursos, Meloni comparó a la UE con la URSS, es decir, como una jaula que oprime a sus Estados miembros. Propone una Europa organizada como una federación de Estados soberanos, pero defiende al mismo tiempo su desarrollo como un «libre mercado», según una perspectiva que definió la presencia británica de Thatcher y de Tony Blair en la UE.

El programa electoral acordado por la derecha en la previa a las elecciones del 25 de septiembre evita toda propuesta confrontativa y utiliza fórmulas vagas. Declara que Italia confirma su «completa adhesión al proceso de integración europea», pero dice apuntar a una UE «más política y menos burocrática». Y también quiere que esta Europa reafirme su identidad «judeocristiana».

En su libro Io Sono Giorgia, la dirigente de los Fratelli d’Italia sostiene una idea de Europa que no está vinculada con la superación de los nacionalismos que produjeron las dos guerras mundiales, sino que ensalza la guerra como un signo de identidad. Esto abarca desde la batalla de Poitiers de 732, que detuvo la «oleada islámica», hasta la defensa de Constantinopla de Constantino XI y la batalla de Lepanto de 1571, que logró «detener el avance de los turcos». Como la batalla italiana de Caporetto de 1917, el alimento de la fantasía de la «soldada Meloni» —definición con la que termina su autobiografía— es siempre la guerra, el conflicto que termina incluso con la supresión física del enemigo.

Malabaristas

Hay que destacar que la extrema derecha italiana está buscando un equilibrio difícil en términos ideológicos y políticos. Oposición a todos los gobiernos desde su surgimiento en 2012, Fratelli d’Italia siempre sacó ventaja de la inestabilidad permanente del sistema político italiano. Creció gracias a la crisis de sus dos aliados. Primero Forza Italia, que se hundió cuando se debilitó el liderazgo de Berlusconi, y después el rápido ascenso, seguido de la igualmente rápida caída, de Salvini.

La derecha italiana, gracias a su articulación de distintos partidos con identidades diferentes y liderazgos fuertes, fue capaz de mantener una amplio margen de apoyo que casi siempre osciló entre el 45 y el 50% del electorado. Solo el ascenso del Movimiento 5 Estrellas en la década de 2010 fue capaz de robarle una porción significativa de votantes, que no obstante pronto volvieron espantados por los mensajes populistas del dirigente de la Lega.

En cuanto a la centroizquierda, las dos estrategias que intentó aplicar el Partido Democrático desde su formación en 2007 fracasaron. Apostó a convertirse en una fuerza capaz de interpelar el apoyo de todos los que no votaban a la derecha y de eliminar a todos sus competidores (fue la «vocación mayoritaria» de su primer dirigente, Walter Veltroni). También aspiró a sumar fuerzas heterogéneas en una coalición (es el «campo amplio» de Letta, su dirigente actual). Sin embargo, frente al éxito de la derecha, la única alternativa que pudo ofrecer es otra coalición tecnocrática fundada, no en el apoyo de los votantes, sino en una alquimia producida por el sistema electoral bizantino de Italia.

*Editor de Transform! Italia. Traducción para Jacobin: Valentín Huarte y David Broder

Source Jacobin