Entre la esencia y la cobardía
Gustavo Villapol
En las últimas semanas, ha pasado de todo en Venezuela, una de ellas es la convocatoria de la Presidenta encargada Delcy Rodríguez al Renacer de Venezuela, una nueva etapa que busca transitar del dolor a la reconciliación, de las sanciones a la producción y de la fractura a la unidad nacional. Como era de esperar, la compleja situación que vivimos ha desatado una tormenta de críticas con mucha bulla y poco queso. Las mismas voces de siempre, las de aquellos que confunden la prudencia con la claudicación, han salido a gritar: traición, rendición, desviación del legado histórico. Resulta casi un déjà vu. Cada vez que el chavismo ha tenido que enfrentar una encrucijada, la reacción visceral de los oportunismos de izquierda en algunos casos, inmaduros en otros o gente que de buena intención cae en las falacias de los oportunistas de izquierda, vuelven con la misma cantaleta.
Revisemos la letanía. En el año 1992, luego de una rebelión que no logró los objetivos militares planteados, el comandante Hugo Chávez se entregó. Asumió la derrota táctica para evitar un derramamiento de sangre masivo en el país. ¿Qué dijeron los duros entonces? Que era una traición. Que había sido una rendición cobarde. Que debía continuar el combate hasta el final, sin importar las consecuencias. Ese «final», hubiera significado un baño de sangre. Pero el Comandante Chávez, con un olfato histórico agudo, prefirió dar el paso al costado y esperar. No se rindió; se replegó. Y de ese repliegue estratégico nació el «por ahora», que se convirtió en la semilla de la gesta revolucionaria más importante del continente en este siglo.
Luego vino el 2002. El golpe de Estado de los medios que hoy retoman su legado por cierto. En medio de la confusión y la ofensiva, Chávez volvió a tomar una decisión que para los sectores más extremistas fue sinónimo de debilidad: no ordenó una defensa a ultranza del Palacio de Miraflores que resultara en una masacre, pues la amenaza era o renuncian y se entregan o los bombardeamos. Se entregó nuevamente, salvaguardando la vida de los miles que pasamos ese día en Llaguno y de los millones que lo respaldaban en todo el país. Mientras los «guerreros de salón» pedían a gritos una resistencia numantina, él entendió que la batalla era política y no militar.
Cuando el pueblo y la Fuerza Armada lo devolvieron al poder, no se alzó como un dictador sediento de venganza. Bajó las escaleras del palacio, cargando una cruz, y conmovió al mundo al pedir calma y llamar al perdón. Fue una catarsis. En lugar de alentar una cacería de brujas contra los golpistas y los dueños de los medios que habían manipulado la información, propuso un diálogo nacional. ¿Era cobardía? No, era grandeza. Era la demostración de que el poder no se usa para aplastar, sino para construir y un jugador de ajedrez ejemplar cuando estás en desventaja te repliegas hasta tener una mejor posición.

El 2004 fue otro punto de inflexión. La oposición, tras un sabotaje petrolero que intentó ahogar la economía y con una estrategia desestabilizadora que envenenaba las calles, exigió un referéndum revocatorio. El gobierno sabía que las firmas que presentaban no eran suficientes; tenía la evidencia técnica. Sin embargo, Chávez no se escudó en un tecnicismo. Aceptó el reto. Prefirió apagar la mecha del conflicto y llevarlo a las urnas. El resultado fue una contundente victoria. ¿Por qué arriesgarse si podía impugnar? Porque la esencia del chavismo es proteger al pueblo, y el pueblo necesitaba paz en las calles y una victoria inobjetable. Recuerdo que estaba en las calles viendo cómo una gente enardecida estrellaba un autobús prendido contra un medio de comunicación y al enterarse de que Chávez llamó a elecciones se fueron a sus casas como si fuese un acto de magia.
El 2007 fue la madre de todas las pruebas. La Reforma Constitucional fue derrotada por un margen de apenas un punto porcentual. Era un resultado prácticamente empatado. Cualquier político con afanes totalitarios habría alegado un fraude, habría mandado a recontar voto por voto y habría llevado al país a una crisis institucional. Chávez no lo hizo. Apareció ante las cámaras, aceptó la derrota frente a la oposición y se fue a su casa a reflexionar. Aquello no fue una muestra de debilidad, sino una lección de democracia. Un llamado a la madurez política que pocos regímenes en el mundo se atreven a dar.
En el 2013, tras la partida física del Comandante, el país estaba al borde de un abismo. La angustia, la incertidumbre y la manipulación mediática buscaban la confrontación: inolvidable la frase de Capriles provocando irresponsablemente una guerra: Chávez se murió y nadie se los va a devolver. Pero Nicolás Maduro, en su primera intervención, fue contundente: llamó al pueblo a irse a sus casas, a vivir el luto en familia, a la calma total, movilizados pero en luto colectivo. Si hubiesen hecho solo una seña, miles se hubiesen ido a las calles y se hubiese desatado una guerra. Protegió la vida de los venezolanos por encima de la coyuntura.
Luego de recrudecimiento de las sanciones y la profunda crisis, vino el 2017. Las guarimbas y la violencia terroristaestaban causando decenas de muertos en todo el país. La oposición extremista había tomado las calles con métodos terroristas en las principales ciudades. Maduro, en lugar de decretar un estado de excepción o una solución militar inmediata, que tenía la fuerza para hacerlo y varios se lo recomendaban, optó por una figura criticada y poco comprendida: la Asamblea Nacional Constituyente. Era una jugada audaz, pensada para despresurizar el conflicto, llevar la pelea al terreno institucional y establecer un espacio de diálogo que incluyera a todos los sectores. Los críticos, una vez más, le llamaron dictador. Fue de los momentos más álgidos y cómo olvidar la izquierda oportunista que iba por foros internacionales llamándolo traidor del legado, neoliberal. Hoy aparecen como los verdaderos herederos del legado de Nicolás, no me jodas. La realidad demostró que fue una ingeniería política que logró desactivar la violencia en la calle y abrir las puertas de otro momento histórico.
Después de muchas batallas, en todas el chavismo preservó la vida del pueblo, incluída la pandemia. Llegamos al 2026. El 3 de enero, la historia golpeó con una ferocidad inédita. Un ataque militar estadounidense bombardeó territorio, asesinó pueblo venezolano y cubano, secuestró al presidente Nicolás Maduro y a la primera dama, diputada Cilia Flores. Venezuela quedó decapitada. La situación es la más compleja que ha tenido que afrontar la revolución en sus casi 30 años de existencia, porque si algo es seguro es que jamás ha habido un segundo de respiro.
Fue entonces cuando le tocó a Delcy Rodríguez asumir la presidencia encargada, juramentada ante la Asamblea Nacional, con el respaldo del alto mando político y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Y desde el primer día, supo leer la realidad. No cayó en el chantaje emocional de la confrontación suicida. No montó una retórica de guerrilla que nos llevara a una guerra desigual y devastadora. Entendió que la cobardía no era negociar, sino condenar al pueblo a un conflicto fratricida del que solo se benefician las potencias.

Ante este escenario de un país recién bombardeado y con un presidente rehén, vuelven a aparecer los «héroes del teclado», los «guerreros del sofá», la izquierda oportunista, inmadura o inocente. Los mismos nombres que conspiraron para que Chávez no fuera presidente del partido en su nacimiento. Los mismos nombres que, ante la partida física del Comandante Chávez, le hicieron el vacío a Maduro para que no fuera el líder y posteriormente arrebatarle la presidencia del PSUV. Los mismos que insultan a los líderes que toman decisiones con la cabeza fría y salen a demostrar que ellos son, sin duda, más valientes, entonces salen los supuestos verdaderos herederos ahora si de Maduro y sin duda con más elementos e información que Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez y Delcy Rodríguez, no me jodas dos veces. Ellos, hoy, en la comodidad de sus escritorios, piden «guerra total». Anhelan un ajuste de cuentas. Sueñan con la aniquilación del enemigo, aunque ello implique poner en riesgo a los niños que hoy veo jugar en los próceres mientras escribo, hijos e hijas de alguien, abuelos y abuelas de alguien, destruir la infraestructura vital del país. Me pregunto: ¿dónde estaban esos nombres el 3 de enero cuando el pueblo salió a costa de lo que sea y con la misma madurez volvió a sus casas?
¿Y dónde está la izquierda intelectual que tanto pontifica sobre el «internacionalismo» y la «solidaridad»? Son expertos desde sus sofás en análisis, semiótica, metamensaje, simbología y signos, expertos en todo, pero ven a su enemigo histórico diciendo algo por una red social y sin contrastar fuentes, sin saber los orígenes del silencio, sacan su fusil digital y disparan a discreción. ¿Será que no escuchan las declaraciones de la presidenta encargada solicitando el levantamiento de sanciones, porque la verdadera solidaridad para el pueblo venezolano hoy es el pan, la medicina y la reunificación familiar? Prefieren seguir ahogados en una pureza de cartón piedra, condenando a las mayorías a un sufrimiento innecesario y poniendo en riesgo mortal la liberación del Presidente y la primera dama.
Aquí es donde debemos aplicar la lógica de la guerra real, no la de las barricadas digitales o de los valientes guerreristas. Un soldado que se inmola sin necesidad es un mártir; un soldado que se replegó, se organizó y regresó para ganar la guerra es un estratega. El chavismo, el verdadero, el de la calle, el de las comunidades, el que fundó Chávez y forjó Nicolás, ha sido un experto en ese arte.
La esencia del chavismo no es ni fue nunca la inmolación estéril. La esencia del chavismo es la protección de la vida del pueblo. Gestionar la reserva de petróleo más grande del mundo en beneficio de todos. Es batallar en el terreno económico y diplomático para traer prosperidad sin necesidad de que los jóvenes se conviertan en carne de cañón, pero más aún es la fuerza más grande de negociación que tiene el bolivarianismo como movimiento histórico para poder defender los intereses de Venezuela.

Y aquí viene la lección final. Cobardes no son aquellos que, desde la conciencia, intentan preservar la paz, abrir caminos de diálogo y sacar al país de la asfixia económica y mediática. Cobardes son los que, desde la trinchera digital, llaman a la guerra en mayúsculas sabiendo que ellos no van a poner el pecho, nunca lo han puesto. Arrechos estamos todos, respeto a quienes siempre han puesto el pecho no detrás de la cámara, el teclado o el celular, los que lo han puesto de verdad, desde el 2002 hasta el 3 de enero y estén legítimamente molestos, pero a ellos les digo solo unidos habrá algo por lo que poner el pecho.
Cobardes son los que construyeron campañas internacionales para imponer sanciones o fortalecer el expediente contra Nicolás Maduro desde la derecha o la izquierda oportunista que hoy tienen a Venezuela en el top 3 de países más sancionados del mundo. Cobardes son los que conspiraron para agravar la crisis, mientras escondían sus multimillonarias cuentas en el exterior, desde la derecha o la izquierda oportunista.
Este momento histórico exige claridad. El chavismo es el único muro de contención que tiene el pueblo venezolano frente al despojo. Es la única herramienta política que desde el poder es capaz de negociar la liberación de Maduro y Cilia Flores.
Que los «guerreros» sigan gritando desde las redes. Nosotros, el chavismo de a pie, el que vive la realidad cotidiana, seguiremos el ejemplo de nuestros líderes históricos: Proteger al pueblo. Mantener la calma. Preservar el gobierno. Y pelear la batalla decisiva en el terreno que nos sea más favorable. Porque la victoria, compañeros, no será de quien tenga el discurso más radical, sino del que tenga la capacidad de mantener al país en pie para seguir construyendo la patria que soñamos, eso es la esencia del chavismo.