Dos modelos en busca de las urnas

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Aram Aharonian – Miradas al Sur

Ha comenzado la cuenta regresiva de una nueva elección, la épica batalla final, cuando debiera hacerse una útil revisión de aciertos y –sobre todo– errores de la estrategia llevada adelante en la primera vuelta. La vieja estrategia ya no sirve. Y creer que el problema es solamente por la incidencia de los medios de comunicación hegemónicos es querer tapar el sol con el dedo meñique.

Es más, en esta imposición de imaginarios, quizás hayan tenido mayor impacto emocional lo que dicen personajes como Mirtha Legrand y Marcelo Tinelli, que los análisis de Blanck, Pagni, Leuco o las tapas de Clarín y/o La Nación. Porque el bombardeo no se hace sobre el raciocinio, sobre la capacidad de razonamiento de la ciudadanía, sino sobre sus corazones, las percepciones.

La política no puede prescindir de los medios de comunicación ni de las redes sociales, pero tampoco puede prescindir del territorio y de la militancia.

Los imaginarios

Primero, hubo desde principios de año la conformación de un imaginario colectivo –a través de los medios hegemónicos e incluso de los discursos de los candidatos– de que la sociedad no quería más “confrontación”. Es como haber decretado el fin de la lucha de clases.

Y ese imaginario influyó en la definición de las candidaturas, sobre todo dentro del FpV, y el discurso “conciliador” de Daniel Scioli, lejano a los sueños y luchas, traducidos en los discursos de los Kirchner, olvidando que la clave de la aceptación de los gobiernos de Néstor y Cristina estuvo puesta en la elaboración de conflictos y no en la idea de previsibilidad.

Con ese imaginario instalado, Cambiemos –pero sobre todo Mauricio Macri– fue construyendo un discurso moderado que termina reconociendo virtudes en la Asignación Universal por Hijo (AUH) y la nacionalización de Aerolíneas Argentinas o YPF. Bastante después de haber votado en contra de los tres proyectos, o cuando comprendió que decir eso le podía proporcionar votos.

La consolidación del macrismo –con la incalculable ayuda y respaldo de una Unión Cívica Radical cada vez más lejana incluso de la socialdemocracia– como segunda fuerza y las debilidades de un oficialismo prepotente que subestimó al rival, fueron claves para el cambio en el panorama político que le abrió las puertas de una segunda vuelta.

Además, inteligentemente, la lucha no fue encauzada entre Cristina y Macri, sino entre tres candidatos que no demostraron ninguna intención de confrontar.

Obviamente, la sociedad no votó ningún ajuste neoliberal. Bien asesorados, los candidatos de la derecha se abstuvieron de hacer campaña con esa orientación, y todos prometieron –sin demasiado énfasis, es cierto– preservar los avances económicos y sociales de estos años.

Segundo imaginario: la confrontación interna dentro del Frente para la Victoria. Hay analistas que hablan de que la ciudadanía se divide en tercios, uno a favor del FpV, otro en contra del FpV y un tercero a conquistar: ciudadanos indecisos, críticos, buena parte de ellos integrantes del 54% de los votos con los que ganó Cristina cuatro años atrás. Aquellos no peronistas que acompañaron a Cristina desde 2007 estaban ante tres opciones sin claras diferencias, en medio de otro imaginario que se iba imponiendo, el de que el FpV era una bolsa de gatos, donde todos confrontaban con todos facón en mano, por ideas, por presupuestos, por territorios. Y, entonces, la posibilidad de cambio seducía.

¿La confrontación interna fue solo una operación política del enemigo? Difícil hablar de unidad con tantos egos, tantos sicarios mediáticos en competencia, tantos seducidos por cualquier micrófono que estuviera a mano.

Adolfo Pérez Esquivel, el Nobel, recordaba que aún quedan muchos señores feudales en las provincias que responden a sus propios intereses, muy vinculados a las trasnacionales del extractivismo. Y viejos barones y nuevos que intentarán sucederlos. No es solo un problema de nombres, sino del sistema establecido.

¿Cuál fue la diferencia entre las campañas gráficas, televisivas y sonoras? Scioli no dio la imagen de continuidad, tratando permanentemente de resaltar sus “diferencias” con Cristina, no solo en lo ideológico, en lo programático, sino en su propio perfil.

Lo de “el candidato es el proyecto” daba una idea de seguridad, de continuidad, pero no alzaba la cotización del candidato. Más fácil es hablar de cambio, palabra asociada a progreso, en general usada por quienes insisten en el retorno al pasado no tan lejano pero sí tan duro.

Tercer imaginario, las encuestas. Cuando todo estaba en pañales, el candidato mejor ubicado en los sondeos era Massa, con gran apoyo de los medios transnacionales. Las encuestadores ¿fallaron? en las internas (las PASO), en casi todas las provincias (recuerden Santa Fe), en la presidencial. Pero fueron moldeando la campaña, de la mano de los “analistas” de encuestas en los medios hegemónicos (televisión, radio, prensa gráfica, a través de las llamadas redes sociales). Cada uno tenía su encuestadora favorita (obviamente la que lo trataba mejor en números fríos pero sobre todo en medición de percepción a futuro). “Las elecciones son un mero trámite”, alcanzó a decir un candidato.
Cuarto imaginario impuesto: el voto útil. Cambiemos supo seducir con ese punto. El FpV no pudo o no supo convencer que el voto era útil para no volver al pasado, para profundizar el proyecto y las conquistas sociales, para enfrentar el colonialismo de los fondos buitres, para que YPF, Anses y Aerolíneas no fueran privatizadas o entregadas a los holdouts como forma de pago…

En política siempre es un pecado subestimar a los electores y renunciar a construir las candidaturas más competitivas para todos los cargos y niveles. Del mismo modo, en política es un pecado renunciar a hacer todos los esfuerzos estratégicos para tratar de ganar una elección. Dentro del marco programático. La sociedad tampoco premia volteretas ni actitudes hipócritas. Ahora bien, hay que saberlo: ninguna derrota es gratuita, dice Alejandro Grimson en la revista digital Anfibia.

Quinto imaginario: los candidatos en los países serios van a un debate. Claro, televisivo. No se trata, en realidad, de un debate, sino de un show, de un espectáculo ideado por los grandes empresarios y los medios hegemónicos del país. Lo que se impuso es que Scioli no tenía argumentos (es una forma de decir) para debatir. El debate político es diario, por los medios, en las fábricas, en las plazas, puerta a puerta. Pero aquellos que han convertido la política en espectáculo (para los que lo ven por tevé) saben bien que, cara a cara, sus candidatos pierden… o mienten demasiado.

Hoy se impuso otro imaginario: que Scioli perdió, aun cuando su ventaja sobre Macri fue de más de 617 mil votos. Y que perdió en su provincia, Buenos Aires, lo que también es falso. Porque el FpV perdió la gobernación pero no la votación para presidencia. ¿No se toman en cuenta los resultados de Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Jujuy, también?

Un ganador que es perdedor

Macri se presenta como ganador, consciente de que eso arrastra votos: mucha gente vota a ganador. Quizás lo mismo creía Scioli en la primera vuelta. Macri, que es mitrismo en su fase buitrista, no puede hacerse cargo de los problemas del país ni de los argentinos y argentinas, no sólo por su naturaleza reaccionaria sino porque sencillamente están para otra cosa y sirven a otros fines, dice Federico Bernal.

Scioli no perdió, aunque así lo perciben hoy, todavía, perdedores y ganadores, sino que los números indican que el problema –más de percepción que de razón– cruzó la General Paz. La mayoría a nivel nacional votó por Scioli. Es un dato fáctico. ¿No es hora de dejar de presentarse como derrotados o como los que vienen corriendo de atrás?

Para buscar el triunfo en segunda vuelta no alcanza con recitar lo que se hizo, que fue la mejor que le pasó a la Argentina desde Perón y Evita. Se requiere plantear expresa, simple y contundentemente lo que falta, para qué se quiere ganar las elecciones, públicamente, casa por casa. Diferenciarse de aquellos que sueñan con la restauración conservadora. Confrontar. Es lo que los ciudadanos esperan.