Detrás del espejo

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Cuando la adhesión, la lealtad y la disciplina -asumidas como valores individuales- terminan asociadas a la obediencia, la aceptación y la complicidad; es porque el tutelaje ha tomado control de los esfuerzos asociativos de los individuos. Excluyo de esto, por razones obvias, los escenarios militares y religiosos.

Jose Manuel Rodriguez Rodriguez

La adhesión es la unión a una causa. Se trata de una decisión individual surgida de lo subjetivo. La lealtad es el compromiso pleno con esa causa. El filósofo Josiah Royce, en “La filosofía de la Lealtad”, la presenta como una voluntaria virtud social. Él decía: la lealtad es la devoción consciente, práctica y amplia de una persona a una causa… Y la disciplina es el conjunto de normas que son necesarias cumplir para que esa causa sea alcanzada y se mantenga. Dado, como ya dije, que la causa es social, la disciplina es un requerimiento intrínseco y obligatorio de ella. Las tres son acciones para edificar.

Del otro lado del espejo está lo retorcido. La obediencia es un acto impuesto o consciente, de subordinar la voluntad individual a una figura de autoridad. Pero, arrastra el oportunismo al suponer que la equivocación será atribuida al que ordena y no al que obedece. La aceptación está relacionada con la tendencia a asumir la imposibilidad de cambiar situaciones de hecho sin que, necesariamente, se trate de resignación. Por ser ella una aprobación silenciosa se convierte en acatamiento culposo. Por último, la complicidad surge cuando se ha convertido los dos conceptos anteriores en instrumentos.
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¿A qué viene todo esto? Lo voy a decir con los aforismos de dos sabios chinos, uno milenario el otro de la construcción socialista de ese país. El primero decía: Si los hombres se reúnen constantemente en pequeños grupos y se hablan al oído, el general ha perdido la confianza del ejercito… El segundo: Di todo lo que sepas y dilo sin reservas… no culpes al que hable, antes bien, toma sus palabras como advertencia…
Por todo lo anterior, cuando nuestro equipo de gobierno llama a mantener la lealtad, convertida ella en el acatamiento de sus decisiones, los revolucionarios tenemos el derecho de preguntarles ¿cómo se tomaron tales decisiones? Hay que hacerlo para dejarles claro que la adhesión, la lealtad y la disciplina es con la revolución no con ellos que han asumido, por situaciones sobrevenidas, la dirección. Sólo en los primeros cinco años de la revolución bolchevique -luego convertida en autocracia por más de setenta-, la conducción del Estado fue de verdad colectiva, la ejercían los 17 miembros del Buró Político del Partido.
Y lo fue a pesar de la preeminencia de Lenin -de hecho, perdió varias batallas dentro de ese organismo-. Con su muerte murió también lo colectivo. Isaac Deutscher nos cuenta que por ese entonces había dos tipos de bolcheviques: aquellos que se aferraron al sueño y aquellos que se consagraron al poder… Eso último parece ser nuestro caso.