Comunas en Venezuela, brega de capaces

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MARIANNY SÁNCHEZ | Ni el frío espeso capaz de helar huesos, ni las varias amenazas de paliza y muerte recibidas durante un año iban a subvertir la decisión: esa noche –y de una vez por todas– se completaría la toma de la hacienda La Carbonera. Es 11 de abril de 2011 en la periferia sorda de Mérida, y son las 3:00 de la mañana. En plena oscurana, Luis Marquina y Julio César Rangel resguardan la entrada de la central lechera que da la bienvenida a los forasteros. Adentro, dos de los suyos ordeñan las vacas y sellan la primera gran victoria de la comuna “Lomas Unidas Cuenca Macho Capaz”: el control total de los medios de producción de la finca -de todos, sí. Ya no sólo de algunos huertos y espacios de reunión, ahora también de las bestias.

 

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A esos cuatro cuerpos no los amilanaba la posibilidad de la llegada del otro, ése que hasta entonces había tenido las tierras ociosas, el ganado enflaqueciendo, produciendo apenas una lechita para las vacaciones en el páramo; pero también en sus manos la titularidad del terreno. La pugna -lo tenían claro- se podría librar por la fuerza, pero esa fuerza que viene no de los músculos, sino de las vísceras, eso que se repite en la cartografía hablada de la comuna: el carácter.

Más de mil noches han corrido desde entonces, y quien asciende por el camino hacia Macho Capaz, pasando el pueblito de Jají un lunes cualquiera, se sorprende al descubrir que en la solemnidad de ese silencio en el que irrumpe solamente la melodía caudalosa del Río Blanco, dentro de las casas desperdigadas entre las montañas, habitan los pioneros de la toma y, en esos cuerpos ajados por el tiempo, sus espíritus rebeldes.

A poco más de tres años de aquel madrugonazo, a Julio César Rangel se le consigue en Los Toriles de la Unidad de Producción Characot–Apirá, en los predios de La Carbonera.“Esa noche había miedo, pero nos fuimos los cuatro a ordeñar las vacas, porque eso era lo que nos faltaba (…) teníamos ya un año viviendo en el mismo sitio con la gente de Chepo (José Vera), el que era el dueño, porque él con todo y que estaba expropiado no se quería ir. Entonces nosotros estábamos esperando que pasara algo, pero no llegó nadie, y ya cuando nosotros tomamos el control, a los dos, tres días, Chepo y su gente agarraron sus cosas, y por fin se fueron’’, cuenta haciendo verbo las imágenes que va reconstruyendo en las retinas.

Una mañana clara se le ha escabullido a los torrenciales de la temporada de lluvia, y en Los Toriles, Julio observa cómo dos cerdos engullen un menjurje cremoso. Pronto ambos serán tan gustosamente devorados por la comunidad. La energía tétrica, propia de su historia de matadero, sigue inundando el espacio. “Cuando La Carbonera le pertenecía a los antiguos dueños, antes de la expropiación, aquí era donde se entrenaba y cuidaba a los toros que se usaban en las corridas”, y añade que el par de animales es sólo el inicio de los planes que desarrolla la comuna para ampliar la oferta de carne a los vecinos y ponerle el cuerpo a esa ya manida consigna de “consolidar la soberanía alimentaria’’.
No sólo Los Toriles ha sufrido la alquimia popular. Desde la toma de 2011 la central de ordeño mecanizado produce ahora unos 400 litros de leche al día que van a parar a la procesadora de Lácteos Los Andes en El Vigía; los vastos pastos de un verde casi esmeralda son sembradíos de papa para distribuirse en los mercados campesinos, y la quinta central –casona colonial mitad derruida, mitad reflejo de la bonanza de los otrora terratenientes– dejó de ser estandarte de veraneo de los Grisolía, compadres de Carlos Andrés Pérez, para convertirse en sede no sólo del primer Agropatria Comunal, también del parlamento que sesiona, religiosamente, cada miércoles.
En las paredes de la planta baja quedan huellas en marcador azul; huellas de divertimento ciego a la necesidad de la gente, marcas del Yo reverencial. “Yo no quiero agua, yo quiero bebida” y “aquí se viene a bailar”debe haber escrito un pulso borracho en uno de los costados de la terraza en la que gente encopetada descargaba con baile y trago las preocupaciones acumuladas en la gran ciudad. Al fondo, de perspectiva de la fiesta, 277 hectáreas de tierra fértil, tierra apta para producir comida y criar ganado, permanecían como simple adorno, simple postal de viaje.

Hermógenes Puentes no estuvo esa madrugada. Papeleo aquí y allá, es el hombre de las carpetas pero también la memoria andante de la comuna. Su cantao andino y dilatado confunde. La cadencia pausada -quizá de cansancio acumulado en las rodillas de tanto andar a pie de La Carbonera a El Paramito, de El Paramito a El Macho- contrasta con el dinamismo de la historia que engrana y comparte. “Es que yo soy una máquina de información”, dice mientras suelta la carcajada ligera, luego de que el hielo del primer encuentro se ha disuelto con los días.

“Mire, uno cuenta esta historia y hasta le da sentimiento, porque ha sido duro (…)A finales del año 2008, específicamente en noviembre, se empezó a trabajar con la gente de Transición al socialismo de Cantv(Compañía Anónima de Teléfonos de Venezuela)y los consejos comunales que había se organizaron en una mesa técnica de comunicaciones, con el deseo y el anhelo de construir una antena radio-base aquí en la comunidad de La Carbonera, porque el mayor problema que nosotros hemos tenido ha sido de telecomunicaciones, y por otra parte la vialidad’’, revive sin agarrar mucho aire en los pulmones para pausar, y ay si se le interrumpe, porque en seguida pide que se tenga calma, que ya va a llegar a esa parte del cuento que el oído curioso ansía escuchar.

Al principio fueron catorce los consejos comunales amalgamados para erradicar el silencio. No era capricho ni deseo profundo no más. Hace unos meses, un niño atragantado con un mamón llegó vuelto niño muerto al hospital más cercano, en Jají, a unos 45 minutos en carro rústico. Pero el aventón estaba demasiado lejos. Cuando los teléfonos sólo sirven como linterna o reloj, los minutos que pueden salvarnos de convertirnos en cadáver –esos que por omisión de su importancia ni se piensan en las grandes ciudades– se escurren, fatalmente, como agua entre los dedos.

Se celebraron entonces, en cordial calma, las discusiones de la mesa técnica de comunicaciones, hasta que en 2010 la directiva estadal del Ministerio de las Comunas hizo saber que el Instituto Nacional de Tierras (Inti) iba a expropiar las tierras de “Chepo” y podían ser cedidas a la comuna, si así lo acordaban en asamblea y estampaban su sello a la voluntad popular.

“En mayo de ese año el Inti interviene las tierras y nosotros entramos con el Inti aquí. Nosotros seguimos manejando todo lo que tenía que ver con los proyectos que siempre habíamos manejado: la antena, la vialidad y todos los problemas generales, pero se decidió recibir las tierras. Entramos aquí, específicamente treinta voceros, tres o cuatro voceros de cada consejo comunal -los más fuertes de la cuestión- y de una vez empezamos a hacer reuniones aquí, dentro de la Unidad de Producción (…) agarramos unos terrenos para hacer una siembra, y ellos (los dueños) siguieron ordeñando las vacas y atendiendo las cosas. Nosotros arreglamos los terrenos… a finales de 2009 ya se había hecho el Banco de la Comuna como Asociación Cooperativa, se llamaba Asociación Cooperativa Banco de la Comuna Lomas Unidas Cuenca Macho Capaz, ¡tremendo nombre!”, suelta Hermógenes, con los ojos claros abrillantados, probablemente de orgullo, y agrega que a ese fondo llegaron unos 900 mil bolívares entre ayudas y créditos de Fundacomunal y Fondas (Fondo para el Desarrollo Agrario Socialista) para echar a andar la comuna.

Se había bifurcado el camino. Con toda una Unidad de Producción en sus manos, los recursos depositados en la nueva banca debieron dividirse, reasignarse ya no para comprar una quesera en construcción en la lejanía -en esa parte que ya no alcanza la mirada- de La Carbonera, sino para sembrar las semillas que retoñarían en forma de alimento y sustento; engordar y vacunar al ganado que produciría la leche y adquirir los dos tractores y el camión necesarios para arar la tierra y trasladar los costales de papa a las escuelas del sector.

Y advino la soledad. “Mire, la mentalidad de mucha gente de aquí no está puesta para esto, para el socialismo (…) nos decían que nosotros le habíamos robado la tierra al dueño (…) Cuando tomamos el terreno por fin, cuando empezamos nosotros a ordeñar las vacas, mucha gente se nos volteó, por eso ahora somos siete consejos comunales (…)Se fueron yendo, porque tenían miedo, como digo yo, miedo de ser valientes, porque pensaban que los dueños iban a actuar contra nosotros. Aquí hubo momentos en los que éramos nada más que tres personas, tres personas –enfatiza- defendiendo esto, pero voluntariosos, ¿oyó? Y así empezamos a trabajar con la comunidad, se hacía queso, se vendía toda la semana a Cval, Pdval Mérida, especialmente el queso ahumado que es muy tradicional acá y la gente fue agarrando confianza, fue empezando a respetar y ya no hay tanta enemistad, pero yo le digo la verdad, si no hubiese sido por esos tres o cuatro voceros que tiene cada consejo comunal, que tienen un verdadero interés socialista, créame que esta comuna no se hubiese fundado”, rememora.

Las vacas lecheras interrumpen la conversa. Andan como en procesión, desde el campo hasta la central de ordeño mecanizado. Falta poco para las 4:00 de la tarde y ellas inundan la vía. Vienen desfilando para la segunda sesión de extracción de leche del día, luego de la de las 4:00 de la mañana. Son las proveedoras del principal recurso que genera dividendos a la comuna. Una de ellas camina torpemente, como en cámara lenta, por el peso de sus ubres sorprendentemente cargadas. Minutos después, mangueras extraen de allí el líquido que irá a parar a envases de cartón y anaqueles de supermercados. Pero a la comuna no, no a los kioscos y a las casas de esas veredas. Tamaña contradicción que hace que a Hermógenes se le agüe el guarapo, aunque se recompone pronto, cuando recuerda que esa semana llegarán las semillas dadas por Fondas para sembrar más que papas, brócoli, celery, zanahoria, remolacha y cebollín; y que el Plan de Desarrollo Comunal propone que Lácteos Los Andes surta –sí o sí– a la comunidad que le da la materia prima.

Pocas visitas son esperadas con antelación en Macho Capaz. Para quien la comunicación con el otro está a un mensaje de texto de distancia, la novedad de la aparición sorpresiva le cuesta. Karen Knight no nos espera. Los ladridos de al menos cuatro perros anuncian la llegada de visita. Los forasteros, aquí, llegan por sorpresa; y las buenas nuevas, por trabajo arduo.

Podría ser una andina más, podría. Pero la “u” con la que remata las palabrotas que venezolanizan su hablado(“coñou”, “carajou”) delatan que esta mujer –uno de los pocos rostros femeninos de la comuna- nació en continente lejano. Llegó de Inglaterra a Caracas, y luego de su paso por la empresa privada decidió apostar a la venta de rosas en Mérida. Cuando la socia le tiró la toalla, ella se mudó a la casa inmensa de rosedales marchitos, una de las más lejanas, a la que se accede por camino de tierra y piedra, que ahora apodan “La embajada de los comuneros”.

“En un sitio tan lejano, donde no llega nadie, si la gente no se ayuda entre sí ¿cómo vas a echar pa´lante?”, responde sin mucho pensar cuando se le pregunta qué caminos cruzó –o la cruzaron– para convertirse en comunera. Igual, lo deja claro: “Esto ha sido una experiencia de organizarse para intentar hacer que la gente tome ciertas responsabilidades, y porque, honestamente, yo creo que en la unión está la fuerza.Entonces la idea es –coñou– romper esa idea que existe todavía de que el Gobierno me tiene que dar, y la gente no ha entendido que si tú te organizas, si tú haces por ti mismo todo lo que puedes hacer, entonces allí es cuando puede venir el Gobierno a ayudar por encima, pero no hemos llegado ahí”.

Frunce el ceño mientras habla y así hace gesto la candela que lleva por dentro. No sorprende que Karen haya sido protagonista de uno de los episodios más incendiarios de la comuna. “¿Amenazas?, ojalá, ahí hubo coñazo”, corrige.

Fue en 2011. Un grupo de voceros del consejo comunal Lomas del Pedregal –influenciado por el rector de la ULA, Mario Bonucci, quien ostenta una casa en la zona– quiere devolver La Carbonera a Chepo. Ánquiza Vásquez -compañera de lucha y hogar de Karen- es tesorera y guarda con celo el sello que se estampa a cada acuerdo que concreta la comuna. Es noche de asamblea y el sello –condenado sello– está puesto inocentemente sobre una mesa. La temperatura de los ánimos va en ascenso hasta llegar al punto de ebullición: “¡Queremos el sello!¡De aquí no nos vamos hasta que nos sellen las firmas! -grita un grupo. ¿Dónde está el maldito sello?”. Karen lo esconde en la camioneta y mientras, adentro, el cuerpo de Ánquiza Vásquez-columna, hombros, cabeza- golpea contra la puerta producto de los empujones. Aquello llegó a denuncia, llegó a expulsión del consejo comunal traidor, porque, como sentencia Karen, “aquí nadie puede venir a usar el proceso del Poder Popular para tumbar el propio sistema que estamos construyendo, con todo y los problemas que tiene”.

De problemas y trabas los comuneros de Macho Capaz tienen ya un magister. Las enumeran rápido: “Los fulanos promotores de Fundacomunal que tenían que venir nunca vinieron -que si esto queda muy lejos, que no llega carro, que si esto, que lo otro. A la gente de Cantv, de Transición al socialismo, les mandé a decir que dejaran la chimbada porque no nos daban respuestas, uno conseguía el contacto de Cantv Caracas y no nos daban una respuesta fidedigna (…) El ministro de Agricultura y Tierras de entonces no había venido nunca pero sí vino para hacer un pase en vivo con el ganado y gastarse 80 mil bolos en eso, qué hipocresía (…) ahí lo agarramos e hicieron lo que tuvieron que hacer solamente tres semanas, después más nunca. Entonces la gente se ladilla, porque tienes mucha oferta y pocas concreciones, pero justo por eso nosotros hemos aprendido a obtener respuestas por los caminos verdes.Es más, te aseguro que sabemos más de vialidad y de telecomunicaciones que esos que nos mandan, que de eficiencia no tienen ni puta idea”.

¿Qué cosa inasible –se pregunta una–opera dentro de estos cuerpos/espíritus, para continuar la brega?, ¿qué ancestros cocinan desde algunas esferas celestes o ardientes pailas la voluntad infinita de estos comuneros? Porque allí, concluidas las obras civiles hace dos días, está la antena; allí están algunos kilómetros de vialidad engranzonados; allí las vacas produciendo leche; la alfombra de papas subrayando las laderas verdes;allí los huertos de los que se arrancan higos y moras listos para morder, las cooperativas regadas por el paisaje en las que se cultivan y empaquetan rosas; se moldean jarrones de cerámica, se envasan mermeladas y dulces de leche.

Cuenta la historia oral que estas tierras fueron cuna de los indios Capaces, famosos por su laboriosidad y perseverancia. Eso dicen los vecinos, y aunque no conste en los libros, la fuerza de la leyenda ha revestido de una cuota de realidad a estos cuerpos de fuerza inquebrantable. Pero también la memoria fresca en estos lares tan poco manoseados por las distracciones exógenas mantiene vivo el recuerdo de un líder. “Es que la visión de Chávez con las comunas, es que el carajo era tan genio, que muchos aún no han logrado entenderlo: que tú tienes áreas donde la gente vive, padece y goza lo mismo, entonces tú estás consciente de las necesidades de los más necesitados, tú puedes dotar tus propios ambulatorios, mantener tus escuelas limpias con el control de los excedentes de lo que produces (…) Es decir, que todo el mundo está consciente de que el bien común es más importante que el individual, o sea, entender que yo no soy la persona más importante en este mundo”, concluye Karen.

Ellas son algunas de las caras nuevas de la comuna, y también sus hijos, pequeñitos unos, adultos otros, la generación que creció montada en una carretilla mientras las madres recogían moras y sembraban flores.

La lluvia se estrella contra el techo de zinc de la cooperativa Los Rosales Bolivarianos mientras María Vivas arma paquetes de rosas crema, rojo y naranja con la velocidad que sólo la experticia da. Cuando escuchó a Chávez hablar de las cooperativas agarró el guáramo que le hacía falta para dejar de ser empleada doméstica y gestionar su propio sustento y el de la comunidad. Como ella está Carmen Guerrero, mejor conocida como Maggi, quien después de haberse burlado del cáncer dijo que en esta revolución feminista tenía que estar metida, y con sus cinco muchachos se involucró en la comuna hasta convertirse en la actual vocera de seguridad.

Maggi deja al nieto en la casita recién estrenada, la que construyó uno de los consejos comunales, y nos conduce sonriente a ese templo de alambres y cables en el que se acumulan rezos, esperanzas, diligencia de seis años de lucha: la antena radio-base. El lunes 05 de mayo de 2014, fecha que ahora constituirá casi una efeméride, finalizaron las obras civiles. Las expectativas reposan ahora en la llegada de los técnicos de Movilnet que pondrán a funcionar –finalmente– lo que fue la pulsión primera de la organización popular.

“¿Dónde está la comuna?, ¿y dónde la vamos a buscar, pues, en la luna, o en Júpiter?”, preguntó el comandante en 2012 durante el discurso conocido después como el Golpe de Timón. Probablemente si las Lomas Unidas Cuenca Macho Capaz no fueran una zona silenciosa todavía -hasta que el hombre concluya el milagro de la telecomunicación- hubiese sabido que aquí estaba, en Los Andes, que estaba desde antes, en los tuétanos de los indios capaces y en los hijos que parieron con los siglos, los comuneros de Macho Capaz, los que nacieron cableados así.

Fuente: http://comunaadentro.blogspot.com/2014/05/brega-de-capaces.html

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