Cómo Xi usa la Trampa de Tucídides para reescribir la rivalidad China–Estados Unidos
Leopoldo Puchi
Cuando Xi Jinping invoca la «Trampa de Tucídides» en sus intercambios con líderes occidentales, no está admitiendo una fatalidad histórica ni limitándose a reproducir un relato ajeno. Está ejecutando una operación de encuadre estratégico de alto nivel. Con ello, se posiciona como actor de prudencia frente a una potencia dominante que, según esa misma lógica, debería temer más que él a la escalada.

Al tomar prestado un concepto forjado en la tradición académica realista estadounidense, el presidente chino redefine la rivalidad con Washington como un dilema estructural entre potencias y codifica la responsabilidad potencial como compartida, aunque enfatiza sistemáticamente la prudencia que se espera de la potencia establecida.
La noción de «trampa de Tucídides» remite al análisis del historiador griego sobre la guerra del Peloponeso: Atenas ascendía, Esparta temía ese ascenso y el resultado fue un conflicto devastador para ambas. En el siglo XXI, el politólogo Graham Allison retomó esa lógica en su proyecto del Belfer Center de la Universidad de Harvard para advertir que, de los dieciséis casos de cambio hegemónico documentados desde 1500, doce —el 75 por ciento— derivaron en guerra. Su libro Destined for War (2017) instaló el concepto en los círculos estratégicos anglosajones como la metáfora más influyente para leer la relación China–EE.UU.
Xi Jinping comenzó a emplear el término al menos desde 2013 y 2014, en encuentros bilaterales y foros multilaterales, con una formulación que se ha mantenido notablemente estable: «No existe tal trampa de Tucídides, pero si las grandes potencias cometen errores estratégicos reiterados, podrían crearse tales trampas para ellas mismas». La frase es, en apariencia, una negación del determinismo; en la práctica, es una apropiación del marco para operar dentro de él.
El trasfondo histórico ayuda a calibrar el peso de ese movimiento. La apertura sino-estadounidense impulsada por Nixon en los años setenta inauguró décadas de interdependencia creciente: comercio, inversión y cadenas de suministro compartidas. Esa arquitectura de cooperación comenzó a fracturarse cuando la entrada de China en la OMC en 2001 aceleró su transformación industrial.
A partir de allí, Washington empezó a percibir a Pekín no solo como socio, sino como competidor sistémico. Con Xi Jinping en el poder desde 2012, China adoptó una postura más asertiva —modernización militar acelerada, Iniciativa de la Franja y la Ruta, presencia en el mar de China Meridional— al tiempo que EE.UU. ensayaba un «giro hacia Asia» sin resolver la tensión entre contención y compromiso. La guerra comercial y tecnológica desatada durante la administración Trump desde 2017 desplazó el eje del conflicto hacia los semiconductores, la inteligencia artificial y la seguridad en Taiwán, convertidos en los principales puntos de fricción de la rivalidad actual.
Es en ese contexto —competencia tecnológica, presión militar en el Indo-Pacífico y disputa narrativa global— donde el recurso retórico de Xi adquiere su sentido pleno. No se trata de una concesión intelectual al realismo anglosajón, sino de una reapropriación calculada: China acepta la gramática del poder para reescribir la asignación de responsabilidades dentro de esa misma gramática.
Análisis e implicaciones
El uso que Xi hace de la trampa de Tucídides cumple tres funciones simultáneas y complementarias. La primera es de codificación estructural. Al aceptar implícitamente que la relación China–EE.UU. responde a la lógica de potencia emergente frente a potencia establecida, Pekín legitima su propio ascenso como un fenómeno histórico casi impersonal, despojado de intención revisionista. La segunda es de transferencia de responsabilidad.
Si la trampa existe, es porque el actor dominante —EE.UU.— no gestiona con prudencia su ansiedad ante el cambio de poder. La tercera es de proyección de moderación. China se presenta ante audiencias occidentales, ante el Sur Global y ante su propia opinión pública como la potencia que advierte del peligro precisamente porque no lo desea.
Para EE.UU., el movimiento discursivo de Xi plantea una incomodidad estratégica de fondo. Que Pekín emplee el vocabulario de Allison —un académico cuya obra fue pensada en parte como advertencia dirigida a Washington— implica que China reconoce el lenguaje del poder en el que opera el establishment estratégico estadounidense. Pero al mismo tiempo constituye un desafío, si cualquier medida de contención —controles a las exportaciones de semiconductores, refuerzo de alianzas en el Indo-Pacífico, apoyo a Taiwán— puede ser reencuadrada por Pekín como el «error estratégico» que activa la trampa, la capacidad de Washington para articular una política de competencia sin que sea leída como agresión se reduce considerablemente.
Esa tensión se refleja en la disputa tecnológica. Los controles de exportación de semiconductores avanzados impulsados por la administración Trump desde 2019 y reforzados por Biden a partir de 2021 buscan, según sus propios diseñadores, «ralentizar sin romper» el ascenso tecnológico chino. En la lectura realista que propone Allison, ese comportamiento es típico de una potencia establecida que intenta preservar ventajas críticas.
En la narrativa de Xi, equivale exactamente al tipo de política que puede convertir la competencia en confrontación. China, por su parte, responde acelerando el desarrollo de modelos propios en inteligencia artificial —DeepSeek, Ernie, Qwen— y apostando por la escala de su mercado interior como compensación a la restricción de insumos externos.
Para los actores regionales, la persistencia de este encuadre discursivo tiene consecuencias concretas. En el Indo-Pacífico, la narrativa de la Trampa de Tucídides refuerza la percepción de que la competencia estratégica es estructural
y duradera, lo que intensifica las presiones sobre ASEAN, Japón, Corea del Sur, India y Australia para definir posicionamientos que muchos de esos países preferirían mantener ambiguos. Al mismo tiempo, si ambas potencias aceptan que la rivalidad es estructural y no meramente ideológica, se abre —al menos en teoría— un espacio para la gestión de crisis: acuerdos parciales, líneas de comunicación de emergencia, reglas de comportamiento en zonas de fricción.
Entre los analistas especializados en relaciones China–EE.UU., la valoración del uso que hace Xi del concepto tiende a agruparse en tres lecturas. La realista-competitiva —próxima al realismo ofensivo en su formulación— sostiene que la trampa de Tucídides describe con precisión la dinámica en curso y que el recurso retórico de Pekín no altera las condiciones materiales del conflicto. La crítica o constructivista advierte que el peligro no reside en la teoría sino en cómo las élites políticas de ambos lados la instrumentalizan para justificar políticas cada vez más hostiles, consolidando la misma espiral que se dice querer evitar. La pragmática de gestión de riesgos considera que la rivalidad es real pero contenible, y que el diálogo estratégico, la reducción de riesgos de escalada accidental y los acuerdos sectoriales son posibles incluso en un entorno de competencia intensa.
La sofisticación del movimiento de Xi consiste, en última instancia, en haber encontrado el punto de intersección entre esas tres lecturas y utilizarlas simultáneamente en distintos foros y audiencias. Al decir que la trampa no existe pero que los errores estratégicos pueden crearla, Pekín valida el marco realista sin aceptar el determinismo, señala a Washington como el actor con mayor capacidad —y mayor responsabilidad— para evitar la escalada, y reserva para China el rol de potencia que advierte porque puede permitirse hacerlo: un actor que, en sus propios términos, ya no necesita la confrontación para consolidar su centralidad global.
Para actores medianos que intentan navegar la rivalidad, aceptar o rechazar este marco condiciona directamente sus opciones de política exterior: alineamiento con uno de los polos, estrategias de hedging o búsqueda de autonomía estratégica. Si esa narrativa resulta creíble o no para las audiencias a las que va dirigida es, precisamente, la pregunta estratégica que definirá buena parte de la arquitectura de seguridad internacional en los próximos años.
* Politólogo y analista político venezolano. Cofundador del Movimiento al Socialismo, fue ministro de Trabajo