¿Es posible replicar la resistencia de Irán contra EEUU en America Latina?
Bruno Sgarzini – Diario Red
La victoria estratégica momentánea conseguida por Irán contra Estados Unidos, e Israel, obliga a repensar una estrategia regional en América Latina que pueda asegurar un mínimo de soberanía y autonomía. Algo que parece impensado en tiempos de asedios propios de la doctrina Donroe en nuestra región con tristes antecedentes como el de la invasión a Venezuela.
Pese a que, por estos días, sobran quienes dicen que Trump se equivocó porque Irán no es Venezuela, un análisis peyorativo del proceso bolivariano que obvia las innumerables victorias del chavismo contra revoluciones de color y golpes suave gatillados a base de sanciones. El chavismo se preparó para enfrentar estas ofensivas, pero no para una invasión militar convencional; y señalar que existe otro país latinoamericano con la misma capacidad de hacerlo es cuanto mucho fantasear con que la política regional se parece más a un cuento de Homero, como la Odisea, que a una película de Tarantino donde los villanos son cruentos, violentos y mal hablados. Creer que, por ende, existe una política de Defensa que pueda mantener a raya a un Estados Unidos imperial, y decadente, es una quimera. Por más que su desordenada brutalidad sea la de un gymbro lleno de anabólicos, cuyo torso es enorme, pero sus piernas son tan flacas como las de un bailarín después de pasar por el paludismo.
No existe una política militar que pueda recrear con efectividad, y eficiencia, una doctrina de mosaico, como la iraní, que descentralice el mando y control, para aumentar los costos de una intervención con lanzamientos de drones y misiles de bajo costo en puntos de estrangulamiento marítimo o geopolíticos. Ni tampoco una fuerza colectiva tan disciplinada para mantener en el tiempo una conmoción y pavor social tan fuerte contra una sociedad. El chavismo, a su manera, lo intentó a costa de sacrificar, producto de las sanciones, su legitimidad ante un sector importante de la población que por mucho tiempo respaldó el proceso.
¿Entonces qué queda? ¿El malmenorismo táctico para adaptarse a la tormenta momentánea, que encarna Trump, hasta que escampe? El problema es que el agente naranja es el síntoma de una enfermedad crónica imperial; será bastante difícil que una nueva administración estadounidense abandone el repliegue estratégico hacia América Latina dado su declive. Lo que obliga a proyectar un atisbo de estrategia para capear estos tiempos que amagan con ser permanentes a no ser que una crisis interna estadounidense implosione lo que queda de aparato imperial. Una que pueda disuadir a las presiones extremas estadounidense contra las asociaciones autónomas que quedan en la región, como los proyectos de infraestructura con China y otras potencias multipolares. O mejore los términos de intercambio de la región, como lo esbozó Lula Da Silva al hablar de la necesidad de desarrollar minerales críticos con mejores retornos para los países latinoamericanos. La experiencia, sin embargo, marca lo que son resistidas las iniciativas para crear liga de países, u organizaciones de productores de materias primas, para mejorar los ingresos de los países y distribuirlos en la sociedad y en el aparato industrial. Una de las mayores sentencias para los líderes progresistas de la primera parte del siglo XXI fueron las estatizaciones de empresas de petróleo y gas y sus políticas de redistribución. Por eso, la mayoría están presos, exiliados o perseguidos por la justicia latinoamericana servil.
Estos tiempos dejaron un par de coordenadas sobre cómo construir una autonomía regional y común. Si bien el proyecto más avanzado de integración fue la Unasur, con su Banco del Sur y un espacio de Defensa común, el espacio más efectivo para construir un muro común a partir de una lógica de ganar-ganar fue Petrocaribe, la iniciativa por la cual Venezuela vendía petróleo barato a cambio de pago en especies a los países de El Caribe. Esto dio piso a uno de los periodos de mayor estabilidad en las Antillas gracias a que la mayoría de estos países, sobre todo naciones como Haití, gastaban gran parte de su presupuesto en importar combustible para abastecer sus centrales eléctricas. Y hasta la imposición de sanciones estadounidenses contra Venezuela, esto permitió que hubiese un mínimo periodo de bienestar, a pesar de los casos de corrupción registrado en el programa.
Esta experiencia indica el valor que tienen asociaciones estratégicas, como esta, donde los países más grandes ayudan a establecer relaciones ganar-ganar que proveen estabilidad en países cercanos a Estados Unidos. No solo desde un punto de vista moral sobre lo que está bien, sino también porque abordan problemas indirectos, como la migración y la seguridad, que tienen repercusiones en la arena interna estadounidense. La mejor política regional es aquella que crea incentivos para profundizar lazos históricos y establece costos para su ruptura por parte de Estados Unidos. Políticas de largo plazo que se enfocan en convertir la solución de los problemas regionales en oportunidades para generar un piso común de unidad que sirva para contener la avanzada imperial.
Una lógica latinoamericana bastante distinta a la actual de sálvese quien pueda.