Uruguay: como te digo una cosa … te digo la otra: la fibra óptica

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Eduardo Camin 

Con una frase lacónica, Simón Bolívar definía cuál era su visión sobre el papel que los Estados Unidos jugarían en el posterior desarrollo de las relaciones interregionales: “(…)parecen destinados por la providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad”.

Es esta dimensión que cobran las relaciones de los nuevos Estados con las potencias coloniales existentes en el siglo XIX lo que determina la decisión de luchar contra cualquier tipo de injerencia extranjera que traiga consigo una limitación de soberanía.

Es en este enfrentamiento con las apetencias neocolonialistas de donde nace la conciencia de un nacionalismo anti-imperialista. Son las primeras manifestaciones de ideales de integración geo-política que se reflejan en los apelativos de “Patria Grande», «Nuestra América”, “Estados Unidos de la América del Sur” “Nación Latinoamericana”.

Todos son apelativos que dan idea de un proyecto que buscaba definir una identidad común sobre la legítima defensa territorial y política, frente a los deseos de anexión de Francia, Estados Unidos, España, Gran Bretaña, Holanda etc.

Deseos que llegaron a plasmarse tempranamente en doctrinas oficiales como la Doctrina Monroe o la Enmienda Platt. Esta doctrina, en su interpretación actual, expresa el “derecho a la intervención” de los Estados Unidos contra el principio de las nacionalidades latinoamericanas… Los hechos lo prueban.

¿No impusieron acaso los norteamericanos la doctrina Monroe, en 1833, cuando Inglaterra ocupó las Islas Malvinas? ¿No la impusieron en 1838, cuando la escuadra francesa bombardeó el castillo de San Juan de Ulua? ¿No la impusieron en los años siguientes, cuando el almirante Leblanca bloqueó los puertos del Río de la Plata?

¿Y en 1864, cuando Napoleón III fundó en México el Imperio de Maximiliano de Austria? ¿Y en 1866 cuando España bloqueó los puertos del Pacífico? ¿Y cien veces más, con el pretexto de cobrar deudas o proteger súbditos? Esos son los deseos imperialistas: esquilmar las riquezas naturales en su voraz apetito de transformarse en grandes terratenientes, propietarios de fincas y minas; y sus ansias de control el comercio de importación y exportación, lo que delata sus intenciones.

Frente a esta realidad que hace su aparición en nuestro continente, nace la idea de una nación latinoamericana contrapuesta a los intereses imperialistas y las clases dominantes cipayos. Un primer momento en la articulación de esta propuesta de unidad antiimperialista lo constituye el proyecto impulsado por Simón Bolívar, convocando a una celebración continental en Panamá: era el Congreso Anfictiónico de 1826.

Congreso destinado en gran medida a buscar acuerdos que impidiesen una dispersión del continente en pequeños Estados. Factor que, no cabe duda, alentaba todo tipo de intentos de reconquista del territorio por parte del imperialismo, sobre todo de España. Con este congreso se inaugura efectivamente la vocación antiimperialista que se reconoce con la formulación del proyecto latinoamericano.

Sin embargo, todos los intentos de consolidar este proyecto de unidad geopolítica de orden continental se han visto obstaculizados por la alta capacidad del imperialismo mostrada a la hora de impedir su desarrollo. El control que ejerce sobre una gran parte de las clases dominantes, sin aspiraciones nacionales, es el punto sobre el cual se enquista el colonialismo cultural y político.

No hay duda que América Latina entró en la última década del siglo XX dividida y débil, con un uso limitado de soberanía y pérdida profunda de identidad, originada por la fuerte ola de post-modernidad.

Sin embargo, en la primera década del siglo XXI, América Latina a instancias en gran parte al fervor combativo del Comandante Chávez mantuvo viva la posibilidad de construir un proyecto social y político de identidad propia.

Proyecto de los pueblos que nadan a contracorriente pero que concentran todo el acervo de la creación del pensamiento crítico latinoamericano. Pensamiento que es la savia de la cual se ha nutrido el antiimperialismo militante y de donde han nacido las verdaderas luchas por la democracia y el desarrollo; fuerza renovada que, a pesar de los tiempos adversos, forma parte del futuro viable de “Nuestra América”. La diversidad de opciones políticas revolucionarias, el surgimiento de guerrillas e insurrecciones forman parte constituyente de estos dos siglos de vida independiente.

Asimismo las intervenciones militares extranjeras, los golpes de Estado, los asesinatos políticos y la represión social ejercida por los ejércitos nacionales constituyen su contraparte.

En este sentido las burguesías han sido un obstáculo en la formación de la conciencia latinoamericana ya que han prestado un especial interés a la modernización de sus fuerzas armadas y éstas han respondido generosamente desplegando los sentimientos “patrios” cada vez que se les ha demandado su intervención para proteger fronteras, aumentar los territorios o frenar avances sociales considerados asuntos de guerra interna.

Apoyadas en este tipo de ejércitos deseosos por demostrar su poderío
armamentista, se han inventado guerras y derrotado países vecinos. De esta forma se han desarrollado “espléndidas guerritas”: la guerra del Pacífico, el Chaco, Hispano-norteamericana, la división de Panamá, la anexión de Texas, Puerto Rico.

Sus ejecutores son las burguesías locales y transnacional izadas que no ven la hora de pasar a formar parte del imperio como socios menores del poder conquistador.

América Latina no forma parte de los países aliados, responde más a la categoría de países subordinados sin voz autónoma y libre. Hoy nos enfrentamos a formas renovadas de control geopolítico desarrolladas por el colonialismo globalizado. La deuda externa termina por diluir la poca capacidad de enfrentamiento que podían poseer las burguesías gerenciales, hipotecando el futuro de América Latina a las políticas impulsadas por los centros económicos y financieros del poder transnacional.

Hipoteca que se hace extensiva al control de las fuerzas armadas con el pretexto de luchar contra el narcotráfico y garantizar la gobernabilidad y la paz regional. Por primera vez en su historia la presencia del ejército americano se ha hecho generalizada, es permanente e interviene en el proceso de toma de decisiones de los ejércitos nacionales ya intervenidos: México, Perú, Colombia.

Hoy, bajo la égida del colonialismo global tendremos la posibilidad de ver cómo se reconstruyen las historias nacionales. Así, por ejemplo, no será sorpresa para las futuras generaciones de jóvenes mexicanos el interpretar su Revolución como un enfrentamiento suicida entre hermanos, enfrentamiento inútil que nunca debió producirse. Los nombres de Emiliano Zapata o Lázaro Cárdenas, Artigas o San Martin serán meros bustos de despacho o, en el mejor de los casos, figuras estampadas en los billetes.

El revisionismo histórico tiene también sus expresiones en nuestro país, Uruguay con el desapego actual por las ideas del artiguismo por ejemplo, que vemos materializado en homenajes realizados, cuya interpretación histórica resquebraja el cimiento de la lucha por la liberación nacional.

La idea de una identidad cultural descansa en la capacidad que puedan mostrar los pueblos latinoamericanos para enfrentar el ataque de las burguesías gerenciales y los políticos transnacionalizador post-modernos. Esta es hoy la contradicción a la que se enfrenta el pensamiento crítico latinoamericano, y de su capacidad de respuesta depende el futuro.

El problema de la integración de nuestro continente, que ha traído y llevado a nuestra tecnocracia continental tan propicia a los desbordes retóricos y a los informes soporíferos – otra forma de retórica-, es, claro, un problema económico; pero es, en primer término, un problema político.

América Latina no podrá escapar del vasallaje, no podrá ser lo que debe ser si no se rompe la balcanización en la cual se debate, y seguirá siendo un resultado de la organización, primero colonial, luego industrial, mercantil y ahora globalizada. Ese debe ser el objetivo estratégico. Los medios para lograrlo pueden variar de acuerdo con el espacio y el tiempo. Conscientes de esta realidad cada país, tiene ya, por obra de la geografía, de la historia, de las estructuras económicas, características diferenciales.

El Uruguay, ese pequeño país al Sur del continente –al que debemos referirnos porque en él nacimos -, tanto o más que otros países del continente, carece de posibilidades de sobrevivir, de salvaguardar aquello que le es esencialmente propio, de encontrar salida y salvación si no es en el campo de la integración, ora regional, ora continental.

Las corrientes históricas, las grandes corrientes históricas que el ajetreo cotidiano desconoce, continúan implacables su curso. artigas y bolivar

El federalismo de Artigas no es una copia libresca de modelos foráneos; la
cisplatina no es sólo un episodio de una mayor conquista, la declaración de la
Florida, cuyos términos pueden torcerse o interpretarse de mil modos como se ha hecho. A él igual que a otros, como a muchos otros, lo golpeo e hirió el destino de su tierra, de su Banda Oriental, de su provincia, que se esforzaba por ser una nación mientras se desangraba por salvar su autonomía, padeciendo la nostalgia de la patria grande a la cual se sabía o se sentía ligada.

El tiempo está maduro para que la lucha de los contrastes no eclipse, la defensa de la autonomía y la necesidad de la integración debe dar origen a una síntesis.

La negación dialéctica no es una ruptura de la evolución, expresa al contrario una continuidad. La patria grande se hará con las patrias chicas, pero se hará en el crisol revolucionario y no dentro de los marcos trazados por el enemigo.

Por eso cuando se anuncian la instalación de un cable submarino de fibra óptica desde EEUU, destacando que “es un hito en nuestras comunicaciones que significa ser independientes y soberanos” Me dio por pensar en Bolívar, Artigas, San Martin, y Chávez. Sera por aquello de como” te digo una cosa te digo la otra”

*¨Periodista uruguayo, Jefe de Redacción Internacional del Hebdolatino, miembro de la Plataforma Descam

Columnista de Nodal