Reinaldo Iturriza: Tenemos que recuperar nuestros futuros perdidos

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Saber y Poder entrevistó al sociólogo Reinaldo Iturriza, político, sociólogo y escritor venezolano. Fue el ministro del Poder Popular para la Cultura de Venezuela de septiembre de 2014 hasta enero de 2016.​ Es autor de los libros: 27 de febrero de 1989: interpretaciones y estrategias (2006); El chavismo salvaje (2016); Con gente como esta es posible comenzar de nuevo (2022). He aquí la entrevista:

María Eugenia Fréitez Mendoza

-La sociedad venezolana vive cambios acelerados y profundos en todo lo que va de este siglo XXI. «Con gente como esta es posible comenzar de nuevo» da cuenta de ellos, en una clara distinción entre pasado y presente, e incluso abordando la idea de futuro. ¿De qué nos habla este libro? ¿Qué lo motivó?

-Yo diría que su origen, que es lo que hoy llamaría una radiografía cultural del chavismo, es una suerte de autoexamen del chavismo más militante. A mediados de 2019, que es cuando escribo la radiografía, ya teníamos bastante tiempo hablando y pensando sobre este tema del repliegue popular de la política. Hablo en plural porque lo que escribí entonces es el resultado de la interlocución con muchos compañeros y compañeras.

Este fenómeno se va a expresar luego como desafiliación política, que es como una vuelta de tuerca: si una parte de la gente que se repliega luego se desafilia, la situación ya es más problemática. La necesidad de analizar estos fenómenos era algo muy obvio. Es la realidad la que se encarga de poner el tema sobre la mesa. Uno simplemente decide si lo toma o lo deja.

Al mismo tiempo, saltaba a la vista la profunda inconformidad de las mayorías con el relato oficial, lo que por cierto no es precisamente una novedad, porque esta inconformidad ha sido algo más o menos permanente, pero teníamos que ser capaces de identificar cómo se expresaba entonces. El relato oficial va mutando, naturalmente, pero lo que permanece invariable es esa tendencia irrefrenable a negar una parte de la realidad.

Hay fenómenos de los que no da cuenta el relato oficial. De lo anterior se deprende que hay que construir otro relato, para lo que hace falta mucho rigor, y creo que esta última es una palabra clave. Ella remite a una cierta actitud que es preciso asumir, a un estado de ánimo, a un cierto carácter inclusive. Hay que dar cuenta de la realidad con mucho rigor, por más que eso que llamo autoexamen nos resulte sea doloroso, traumático.

Es normal que así sea, porque mucho de lo que ha ocurrido a partir de 2013, comenzando por la desaparición física del comandante Chávez, ha sido traumático. Luego está el punto de inflexión que supone 2016, o más precisamente lo ocurre a partir de la derrota en las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015. Si bien se trató de un episodio puntual, aquellos resultados fueron una expresión bastante elocuente de este repliegue popular de la política.

Recientemente hacía el ejercicio de identificar en qué momento comencé a hablar de desafiliación. Y me parece que fue justamente a propósito de las parlamentarias de 2015. En ese momento ocurrió algo que no había ocurrido nunca, al menos no con tal fuerza, y es que una parte del voto chavista migró al antichavismo, y la migración fue de tal magnitud que hizo la diferencia, electoralmente hablando. ¿Cómo entender eso? Porque uno que conoce muy bien al chavismo sabe perfectamente que es muy difícil, por no decir imposible, que este se identifique con el discurso antichavista, con su manera de comprender el mundo.

Siendo así, ¿por qué da ese paso? Esa circunstancia indiscutible te obliga a construir hipótesis: el rechazo al gobierno de una parte considerable y creciente de la base social del chavismo había llegado a ser tan profundo que decidió que lo correcto era castigarlo electoralmente. Ahora bien, ¿cuáles eran las razones de este rechazo? Eso era parte de lo que debíamos indagar.

Entonces, ya hacia finales de 2015 resultaba muy claro que se estaba produciendo una suerte de mutación en el alma del chavismo popular. Los fenómenos a los que ya me he referido se expresaban en toda su crudeza y de diferentes maneras: mucha rabia, mucha decepción, mucha tristeza; sobre todo, una relación sumamente problemática e irresuelta con el duelo, y este es un dilema en el que seguramente nos reconocemos todos y todas.

¿Queremos superar, de una buena vez, la etapa del duelo o, al contrario, nos negamos a asumirlo como un duelo consumado? Porque el peligro del duelo consumado es que este significa dejar atrás lo doloroso y lo terrible, y tal vez encontrar algo de sosiego, pero también lo hermoso y lo gratificante, y abandonarnos a la soledad y a la desmemoria. ¿Acaso debemos asumir que la experiencia colectiva del ejercicio de la política en tiempos de Chávez, aquellos tumultuosos y exuberantes primeros años de la revolución bolivariana, no fueron más que una especie de paréntesis? ¿Lo que corresponde es bajar la santamaría de una parte de nuestras vidas, asumir que se trató de una experiencia irrepetible, que aquello ya fue y punto final? Las cosas no funcionan de esa manera.

Cuando uno mira atrás y repasa lo que ha sido su vida militante, y en eso consistía en buena medida el ejercicio de la radiografía, inmediatamente descubre que no está haciendo un ejercicio autobiográfico, sino que está repasando la historia de una identidad política de fuerte raigambre popular, revolucionaria, diversa, vasta, mayoritaria, subversiva; que lo que uno sigue siendo hoy es inescindible de eso que fuimos; que seguir siendo lo que hoy somos no nos produce vergüenza en lo absoluto, sino todo lo contrario; que nos sentimos inmensamente felices de haber decidido formar parte de todo aquello. Pero, ¿por qué nos sentimos tan mal?

¿Por qué esta tristeza que llevamos a cuestas? ¿Por qué esta rabia? ¿Por qué esta decepción tan profunda con la clase política? Para decirlo en términos muy coloquiales, que es como uno lo conversa con los amigos y amigas: es como mirarse en el espejo. Te miraste en el espejo durante muchos años y te gustaba lo que veías, además te fuiste haciendo más hermoso, más radiante. Pero cierto día te ves y dices: ¡Cómo he envejecido! El problema, por supuesto, no es envejecer. El problema es cuando el espejo comienza a reflejar la imagen de un rostro abatido. Pues bien, uno no decide romper el espejo. Uno comienza a preguntarse cómo hacer para que la imagen que refleje el espejo sea una imagen con la que me sienta a gusto. De eso se trata hacer un balance de lo que ha ocurrido a partir de 2013.

– En la introducción del libro desarrollas un marco interpretativo general, donde incorporas aportes analíticos de varios autores para explicar algunas de tus hipótesis. Una de las referencias es a Naomi Klein y su teoría de la doctrina del shock. Tú afirmas que la sociedad venezolana está en estado de shock. ¿Cómo explicas esta hipótesis?

-En primer lugar quisiera destacar que lo del shock no es una simple metáfora. Me parece que la sociedad venezolana ha padecido sucesivos shocks desde 2013, comenzando por la desaparición física de Chávez, un hecho que evidentemente tuvo un impacto profundo en las mayorías populares. Eso es lo que explica una iniciativa política que yo siempre defenderé como acertada: el gobierno de calle.

Esa fue una iniciativa que, dependiendo de cómo la evalúes, puedes calificarla como eficaz o ineficaz. Sí creo que tuvo un nivel de ineficacia: muchos compromisos que se adquirieron después no se cumplieron, etc. Pero más allá de la cuestión de la gestión, que por supuesto es importante, creo que fue una iniciativa política en buena medida eficaz, concebida para lidiar con el shock que significó la ausencia física del comandante Chávez.

Pero después vinieron muchos shocks. Por ejemplo, las dos oleadas de violencia política en 2014 y 2017, que fueron como hiatos que se le impusieron a la sociedad venezolana. Hoy puede parecer exagerado, pero quienes tuvimos la mala fortuna de padecer la violencia de 2017 sabemos que estuvimos a las puertas de una guerra civil. En general, estas traumáticas oleadas de violencia política contribuyeron decisivamente al proceso de desciudadanización de la sociedad venezolana, como lo he planteado en otra parte.

Yo vivía en San Antonio de los Altos en 2002, cuando el golpe de Estado, entonces sé lo que es vivir con miedo. Sé que lo es sentir miedo de expresar públicamente mis opiniones políticas. Sé lo que es vivir en un lugar donde uno ni de casualidad se pondría una gorra roja o una franela que hiciera referencia a Chávez. Pero hay mucha gente que, afortunadamente, nunca en su vida experimentó eso, ni chavista ni antichavista; la gente en el oeste de Caracas, por ejemplo. Eso cambió en 2017. Ese año daba miedo salir a la calle con una franela roja. Además, todas las cosas que ya sabemos que sucedieron durante esos meses, a las que no me voy a referir, como la quema de personas, etc. Eso significó un shock tremendo.

Luego está lo económico. En este libro hay un esfuerzo por comenzar a indagar en el tema económico, intentando saldar además una deuda política e intelectual de índole muy personal; entre otras cosas porque creo que, en general, en Venezuela se discute sobre economía de manera bastante mediocre y superficial. En todo caso, está claro que en años recientes padecimos dos shocks: primero un shock de oferta y luego un shock de demanda. Primero no se conseguían los productos de primera necesidad.

Después comenzaron a aparecer en los anaqueles, pero a precios inaccesibles para la mayoría de la población. Habría que incluir la caída en picada de los precios del petróleo a finales de 2014; por supuesto, las sanciones económicas, fundamentalmente las sanciones contra PDVSA y la banca nacional; además, lo que he llamado el «giro pragmático» gubernamental, a partir de 2016. Otro shock sumamente importante fue la hiperinflación, con todo lo que esta implica en términos de destrucción de los vínculos sociales.

Esta es una sociedad que en muy pocos años fue sometida a sucesivas descargas de electroshock. Algunas atribuibles a agentes externos, otras a errores del chavismo, otras al azar histórico, como la desaparición física de Chávez. La autoproclamación de Guaidó –a todas estas, un simple actor de reparto, un muñeco de ventrílocuo–, en 2019, es doctrina del shock de manual, como lo planteo en la introducción del libro.

En el caso del experimento Guaidó, así como en el de las sanciones económicas, es bastante claro el intento del gobierno estadounidense de hacer tabula rasa, como lo expone Naomi Klein; es decir, el intento de someter a una sociedad a tantas descargas de electroshocks políticos, económicos, sociales, culturales, que la población diga: ¡Basta! ¡Ya no sigo intentándolo, reniego de todo lo que fui, pero por favor necesitamos paz, tranquilidad, garantizarle un mínimo de estabilidad a nuestras familias!

Agregaría que, además de la necesidad de la rigurosidad analítica, hay que evitar caer en la tentación de los análisis moralistas. Es decir, considero un grave error de juicio concluir que lo que sucedió estos años fue simplemente que el liderazgo político traicionó al pueblo venezolano. Los fenómenos políticos no se pueden explicar de esa manera.

El malestar, la rabia y el rechazo a la clase política a veces se expresan con tal virulencia que la reacción popular espontánea es acusar a esta última de traidora: ¡Neoliberales! ¡Han traicionado a Chávez, al pueblo, a la revolución bolivariana! Lo que dicho sea de paso es lo que suele hacer la vocería oficial y oficiosa frente a cualquier crítica, por más legítima y fundada que esta sea.

Me parece que lo que hemos vivido y padecido en Venezuela en años recientes es un proceso de neoliberalización de facto. Creo que, en mayor o menor medida, todos estos shocks tuvieron como efecto la destrucción parcial de la sociabilidad construida durante los primeros años del proceso bolivariano.

¿Cómo se expresa esto en la cotidianidad? Muchísima gente está francamente harta de la situación, y no quiere saber nada de revolución ni de socialismo, lo que quiere es lo que entiende como paz y tranquilidad. Muchos padres y madres de familia no están pensando en participar en el espacio público, más bien añoran sentirse seguros, a buen resguardo, en el espacio privado o doméstico, independientemente de si esto implica renunciar al bienestar colectivo, a lo que está ocurriendo con el vecino, etc.

El fenómeno migratorio obviamente tiene mucho que ver con este proceso: con la brutal desvalorización del salario, con la pérdida de perspectivas de futuro, que afecta fundamentalmente a la población más joven. El relato económico oficial, pletórico de referencias a la inevitabilidad de la aplicación de medidas antipopulares, y conforme al cual la prioridad es ordenar la macroeconomía, es correcto reducir drásticamente el «gasto» público, lo procedente es «liberar» los precios –menos el de la fuerza de trabajo–, contribuye decisivamente a la pérdida de sentido de horizonte colectivo.

Dicho de otra manera, a la destrucción parcial de la sociabilidad construida en años previos, le acompaña la construcción parcial de una sociabilidad de tipo neoliberal –como ocurre en casi todo el planeta–, pero frente a la cual la mayoría de la población reacciona de manera muy ambivalente. Es decir, me parece que los neoliberales convencidos harían muy mal en cantar victoria definitiva.

Creo que hay mucha gente que acepta, digamos, «pragmáticamente», que hay unas nuevas condiciones, pero que en lo absoluto se siente a gusto con ellas: No es que me parezca bien que las cosas funcionen como están funcionando, y si bien intentaré sacar provecho de cada oportunidad que tenga, eso no significa que me sienta bien haciéndolo. Creo que es lo que ocurre, claramente, al menos en el caso de nuestra generación, la del 27 de febrero de 1989: ya padecimos el neoliberalismo, sabemos que las cosas pueden ser muy distintas, lo vivimos durante la primera década de este siglo.

Sabemos que hay mucha gente que se dice revolucionaria que no ha sido nada consecuente, pero mucha otra gente sí lo ha sido. Está bien, hemos perdido mucho terreno, pero no todo el terreno. Está bien, puede haber mucha gente desafiliada, pero nadie nos puede quitar lo bailado. No existe sobre la Tierra ninguna fuerza que pueda hacer desaparecer toda nuestra experiencia acumulada. El detalle es que tú puedes destruir parte de lo que construimos, pero la experiencia histórica, esa no la puedes eliminar.

Ese será siempre el punto débil de estos esfuerzos por hacer tabula rasa, para que comencemos desde cero, es decir, para que nos quedemos sin historia: realmente es imposible hacerlo. Creo que en la Venezuela de hoy en día se enfrentan las fuerzas que intentan hacer tabula rasa y la gente que no está dispuesta a permitirlo.

Foto: Rome Arrieche

Sobre este proceso que nombras como neoliberalización de facto de la sociedad venezolana afirmas que es un fenómeno que se produce «a pesar de» la voluntad del liderazgo chavista y, sobre todo, a partir de una inercia gubernamental que caracterizó el período post muerte de Chávez. ¿Puedes explicarnos con más detalle esta lectura que haces?

-A mí me parece que en esos años posteriores a la desaparición física de Chávez lo que impera es mucha inercia. No creo que pueda afirmarse que existía un equipo económico plenamente consciente del enorme desafío al que nos estábamos enfrentando, dispuesto a aplicar una política coherente, errada o no. Eso no ocurre en esos años. Allí hay una disputa muy fuerte. Hay decisiones que se toman a destiempo, hay decisiones que no se toman.

Yo quisiera poder hablar con más propiedad de lo que ocurría entonces en el campo económico, pero reconozco que no tengo todas las herramientas a la mano, toda la información, pero esto que te digo sí creo que es indiscutible. No había coherencia. Nunca se trató de un problema de ineficiencia. Creo que en medio de la confusión, de la inercia, algunos elementos aprovecharon para tomar decisiones.

Así, por ejemplo, logró posicionarse fuertemente esa fracción del funcionariado que siempre consideró una pérdida de tiempo, una pérdida de recursos, todo lo que tiene que ver con experiencias de cogestión, autogestión, las empresas recuperadas por la clase trabajadora, el tema comunal. Una parte importante de toda la infraestructura productiva, industrial, que comenzó a construirse en tiempos de Chávez, se abandonó durante esos años, la responsabilidad de su administración pasó de un despacho a otro, o se transfirieron esas instalaciones a las gobernaciones, etc. Es decir, hubo un desajuste bastante importante.

Uno analiza las cosas en retrospectiva, y la impresión que da es que, sobre todo a partir de 2016, una parte del liderazgo chavista entra en pánico. Se produce un repliegue desordenado, que se expresa de muchas formas, pero con particular fuerza en el campo económico. Por cierto, en abierto contraste con el espíritu de la gente que se moviliza a Miraflores el 9 de diciembre de 2015. Por aquellos días existía el fuerte rumor de que alguna gente en el gobierno y en el partido estaba poniendo en duda el liderazgo del presidente Maduro. El movimiento popular se moviliza a Miraflores, como reclamando: ¿Cuál duda? ¡Aquí no hay ninguna duda! ¡Aquí el Presidente es Nicolás Maduro!

En todo caso, a partir de entonces, y de manera progresiva, termina imponiéndose la idea de que la única manera de sobrevivir políticamente es estableciendo alianzas con algunas fracciones de la burguesía venezolana. Comienzan a hacerse reuniones periódicas con Fedecámaras. Es el momento del discurso de las «alianzas estratégicas». Se crean los CLAP, pero también se instala esa idea de que para producir lo que necesitamos para comer es preciso no seguir despilfarrando dinero en el pueblo organizado, y entregárselo a la gente que realmente sabe producir.

Hacia finales de 2017 ya tenemos una economía hiperinflacionaria y en septiembre de 2018 se toman un conjunto de medidas cuyo propósito fundamental es controlar la hiperinflación. El gobierno se decide por un programa ortodoxo-monetarista, se restringe radicalmente el circulante, se restringe drásticamente la inversión social, etc. Toda la carga la va a soportar la clase trabajadora por la vía de la desvalorización del salario.

Hace poco me estuve preparando para compartir algunas reflexiones sobre el 27 de febrero de 1989 con algunos compañeros y compañeras de la Universidad de Buenos Aires, y me puse a releer cuáles fueron las medidas económicas que se aplicaron entonces, la tristemente célebre Carta de Intención con el FMI. ¿Quién puede dudar de que se trata de circunstancias históricas muy distintas? Carlos Andrés Pérez nunca fue víctima de sanciones económicas.

Y sin embargo, lo cierto es que algunas de aquellas medidas son muy similares a las que se han aplicado recientemente. Por ejemplo, la «liberación» de precios de los productos de primera necesidad, con la excepción de una pequeña cantidad de productos que seguirían siendo subsidiados, aunque por poco tiempo. Algo así como los «precios acordados», de los que más nunca se habló. El aumento gradual del precio de los combustibles.

A diferencia de entonces, en años recientes más bien existía un amplísimo consenso popular respecto de la necesidad de ajustar los precios de la gasolina. Pero entonces, como ahora, muchos técnicos eran partidarios de equiparar las tarifas del mercado nacional con los precios internacionales. Y cosas por el estilo.

– ¿Y no crees que las sanciones económicas pueden justificarlo?

– No creo que lo puedan justificar todo. Para comenzar, me preguntaría cómo es posible que tanto los técnicos como los decisores políticos puedan llegar a considerar razonable aplicar hoy día medidas similares a las de 1989. Es algo que me parece realmente asombroso. Luego está la Agenda Alternativa Bolivariana, de 1996. ¿Hacemos como si eso nunca existió?

Al contrario, yo creo que hay que recordar lo que planteaba Chávez en ese documento: Está bien, hay que garantizar la estabilidad macroeconómica, pero bajo ninguna circunstancia el logro de ese objetivo puede anteponerse a los intereses de las mayorías. ¿Y la deuda social? ¿Y la pobreza? ¿Y el salario de la clase trabajadora? Son preguntas que se hacían Chávez y todo el movimiento bolivariano en 1996, y que tienen plena vigencia.

Entonces, hay cosas que no cuadran. Y en última instancia, dándoles el beneficio de la duda a los decisores políticos, si lo que corresponde es aplicar tales medidas, ¿por qué no se le explica al pueblo? ¿Por qué no se le explica por qué ahora sí es necesario? ¿Por qué primero la macroeconomía y más tarde, de último, el salario de la clase trabajadora?

– Este proceso de repliegue estatal de la esfera económica se acompañó del repliegue popular de la esfera pública. Y esto tendría que ver también con la producción de una clausura expresada en la renuncia de una parte del chavismo a la voluntad de transformar el estado de cosas. Es lo que explicas con el fenómeno de la lealtad resignada. ¿Cómo se expresa este fenómeno y qué efectos tiene sobre el cuerpo social?

-Si tú realmente estás convencido de que las medidas de política económica que hay que tomar son esas, tienes que convencerte de que difícilmente puedes dar un viraje tan brusco sin producir consenso. Lo inteligente políticamente sería crear consenso, explicando a la población, y eso asumiendo que el pueblo venezolano ya no es más que, eventualmente, un receptor de explicaciones, es decir, en este punto ya ni siquiera estamos exigiendo que la población intervenga activamente, protagónicamente, en la discusión sobre las decisiones económicas que hay que tomar. Fíjate cuánto hemos retrocedido.

Hay una dificultad evidente para construir consenso. Tú no construyes consenso entregando cajas de CLAP. Eso no funciona de esa manera. El consenso no se construye vía clientelar, mucho menos si tu gobierno tiene su origen en una revolución de orientación nacional y popular. No estoy planteando que el CLAP es sinónimo de clientelismo.

Sin los alimentos subsidiados del CLAP difícilmente muchísimas familias hubieran podido sobrevivir estos años. Eso es cierto. Pero alguna gente parece convencida de que eso es suficiente. La política es más compleja. Construir consenso pasa por convencer. Esa dimensión de la política en Venezuela prácticamente desapareció. Por eso digo que estamos viviendo tiempos post-hegemónicos. Hay una renuncia manifiesta a construir hegemonía, a construir consenso.

Luego, creo que esa manera de proceder políticamente tiene que ver, por lo menos en parte, con ese fenómeno de la lealtad resignada. Son cosas íntimamente relacionadas. Escribí sobre este fenómeno de la lealtad resignada en octubre de 2013, y retomé el asunto seis años más tarde, en uno de los artículos de la radiografía. Intentaba dar cuenta de cierto microclima que pude percibir en algunos espacios de gobierno, y que se expresaba más o menos de la siguiente manera:

Nosotros no vamos a traicionar jamás el legado del comandante Chávez, y vamos a morir con las botas puestas, pero estemos claros que esto se acabó, ya la revolución fue, vamos a ver cómo sorteamos el montón de dificultades que se nos vienen encima, vamos a rebajar las expectativas, ya el liderazgo histórico de este proceso no está, vamos a amarrarnos los pantalones.

Aquello me pareció tan peligroso que consideré necesario alertar sobre el asunto públicamente. Era, además, una manera de expresar mi lealtad con el Presidente, de corresponder a la confianza que había depositado en mí, pero sobre todo era una forma de manifestar mi lealtad con el pueblo chavista que quería pelear.

Es decir, es cierto que el desafío histórico al que nos enfrentábamos era colosal, pero justamente por eso lo peor que podíamos hacer era asumir esa actitud francamente derrotista, incluso diría que poco realista, porque tú puedes tener dudas respecto de tu capacidad en tanto liderazgo político, eso es legítimo, yo también llegué a tener mis dudas, pero luego tú salías a la calle, y hay que recordar que en ese momento estábamos todo el tiempo en la calle, y es verdad que había gente triste, pero la mayoría de la gente lo que quería era pelear, seguir luchando.

En aquel momento ya era evidente un divorcio importante entre parte del liderazgo político y las mayorías populares. Esa lealtad mezclada con resignación fue una de las causales de ese divorcio. Más adelante, en 2016, esa lealtad resignada ya no se expresa como «no tenemos voluntad para transformar nada, vamos a ver cómo administramos esto», sino que se traduce como «vamos a ver cómo nos mantenemos en el poder, transformar es algo que podemos hacer después; para transformar, primero tenemos que tener el poder».

Pero siempre fue al contrario: para mantener el poder, primero había que transformar. Esto es algo que discutíamos mucho en tiempos de Chávez, lo recuerdo claramente: No hay que ganar elecciones para hacer la revolución, hay que hacer la revolución para ganar elecciones. Bueno, se invirtieron los términos.

Al indagar sobre lo ocurrido con otras experiencias revolucionarias, se descubre que cuando se decide postergar la aplicación del programa transformador y se antepone la preservación en el poder, invariablemente termina toda la energía puesta en la preservación del poder y se posterga indefinidamente la aplicación del programa revolucionario.

Foto: Rome Arrieche

-Ahora bien, esta lealtad resignada tiene una expresión en el ejercicio político que incide en la producción de otro fenómeno que es la desafiliación política. Según el análisis que realizas desde hace años sobre la polarización política en Venezuela, ¿cuáles son los cambios que se han producido en la manera de concebirla? ¿Qué lugar ocupa hoy la desafiliación o el no-lugar de la política?

La desafiliación política, para decirlo en los términos como he planteado este problema en El chavismo salvaje, es expresión de una aguda crisis de polarización, que es lo que sucede cuando, en tanto clase política, ya no eres capaz de polarizar, porque ya no encarnas, o te cuesta mucho hacerlo, los intereses del sujeto político popular, que es el verdadero protagonista del proyecto histórico. Y no puedes hacerlo porque has pasado a encarnar los intereses de una nueva élite política y económica que está disputándose el poder con las viejas élites, que es un poco a lo que me refiero con lo de política boba. Repolarizar implica recrear las condiciones que te permitan ser de nuevo portavoz de un proyecto histórico que aglutine a las mayorías populares.

El no-lugar de la política está estrechamente vinculado con este tema de la desafiliación, de hecho puede entenderse como otra manera de referirse al mismo fenómeno. En el libro, en uno de los textos de la radiografía, me refiero a un episodio puntual: un estudiante universitario que desea militar políticamente, y entonces tiene como referentes, por un lado, a los líderes antichavistas, por regla general muy clasistas, muy racistas, etc. Por tanto, imposible reconocerse en ellos. Por otro lado, tiene a los chavistas, ataviados de manera muy característica, casi siempre la misma indumentaria, los zapatos nuevos, el celular de alta gama, toda una estética que desdice por completo del chavismo en tanto identidad popular. Y cuando hablan en clase, es pura verborrea propagandística, un festival de consignas, cero análisis, etc.

Si unos y otros son la política, ¿en qué lugar estoy yo? Estoy en un no-lugar. Descubro que la esfera de la política está monopolizada por estas dos identidades, y no me reconozco en ninguna de ellas. En el caso del chavismo, debo precisar, me refiero específicamente al oficialismo, porque en realidad la identidad chavista es mucho más diversa, más compleja, atravesada por múltiples contradicciones. Lo cierto del caso es que si tengo que reconocerme en alguna de estas identidades para hacer política, me quedo por fuera.

De hecho, me parece que uno de los principales desafíos políticos de este momento histórico consiste en construir ese otro lugar. Si bien ese no-lugar de la política no es un lugar despolitizado, tampoco es un lugar orgánico, es un lugar por naturaleza inorgánico, es decir, en el que prevalece la disgregación.

Entonces, es importante reconocer que existe este no-lugar. Pero además habría que reconocer que existe una nueva polarización, una polarización de distinto signo. No es que ahora Venezuela está despolarizada. Es que tenemos, por un lado, una polarización de elites y, por el otro, a la inmensa mayoría de la población polarizando con esas elites. Solo que no existen aún las condiciones históricas para que esa mayoría de la población se exprese orgánicamente.

Mi apuesta política militante pasa porque esa repolarización política en Venezuela signifique rescatar lo mejor del chavismo, que me parece que es mucho. Por ejemplo, me parece que tiene que hacerse con las millones de personas que están en ese no-lugar de la política, pero también con eso que se ha dado en llamar chavismo duro, y que algunos analistas poco preparados conciben como un chavismo acrítico, que lo que hace es seguidismo, sin capacidad de reflexión y de análisis. Mi experiencia desmiente eso.

Sí creo que hay gente resignada, pero cuya resignación es de naturaleza muy distinta a la de los leales pero resignados. Gente que no pierde la esperanza de que el movimiento se reconstituya desde dentro. Y es gente sin privilegios, sin prebendas, gente del pueblo que considera que la única alternativa es votar por el partido de Chávez. Esa es nuestra gente, definitivamente. Y ese chavismo es duro no por obra y gracia de políticas clientelares y asistenciales, sino por Chávez; y no solamente por Chávez el hombre, sino porque su figura sigue representando la posibilidad de construir una sociedad con justicia.

Creo que la apuesta pasa también por asumir que no se trata de un proyecto que fracasó, sino que quedó interrumpido. Por eso son tan importantes los ejercicios de balance, que creo que hay que hacer permanentemente, lo que dicho sea de paso no tiene nada que ver con lo que hacen los memorialistas. Los balances son importantes para identificar dónde se interrumpió el proceso, porque eso es lo que nos va a poner en situación de retomarlo, de retomar lo que se pueda retomar. Y es aquí donde reivindico esta idea maravillosa de Mark Fisher de los futuros perdidos, del pasado que todavía no ha ocurrido.

Foto: Rome Arrieche
-Sobre esta idea de Mark Fisher que explicas en el libro sobre asumir que «el pasado aún no ha ocurrido» para expresar la necesidad de narrar constantemente el pasado y no sofocar los potenciales que aún esperan en él, ¿cuál consideras que es su utilidad? ¿Por qué este ejercicio analítico es distinto a quedar sumergido en la melancolía, a una nostalgia por el pasado?

-Fisher trabaja con la figura de los espectros y plantea la necesidad de hacer una hauntología, que es un juego de palabras entre ontología, los fantasmas y los espectros. Me parece bastante sugerente y potente esto de los espectros para pensar en lo que sucede en Venezuela con la figura de Chávez. Sirve para pensar cómo lidiar con el duelo. No está Chávez, el hombre de carne y hueso, pero está el proyecto, la lucha, y todo lo que planteaba, lo que todavía significa. No está él, físicamente, pero estamos nosotros y nosotras, y nos acompaña su espectro. Y es un espectro con el que nos sentimos bien. En fin, tenemos que lidiar con nuestro propio duelo, con todo lo que eso implica en cuanto a la dificultad para seguir reivindicando un proyecto histórico, una tradición de luchas.

De hecho, esto que plantea Fisher a mí me recuerda mucho a algo que escribía Walter Benjamin en sus Tesis sobre la historia: la historia concebida como un continuum de acontecimientos es la historia de los opresores, hay que recuperar la tradición de los oprimidos. Hay que seguir reivindicando lo que hay de esta tradición en Chávez, en el chavismo, en la revolución bolivariana.

El duelo hay que asumirlo, pero no como duelo consumado. Acometer la tarea del duelo es aprender a lidiar con la propia tristeza. El duelo consumado, en cambio, es la depresión, la melancolía, la nostalgia. El duelo no consumado es asumir la propia tristeza, pero preparando las condiciones para que esa tristeza se convierta eventualmente en alegría, en voluntad de pelear, y creo que en la medida en que ese duelo es un proceso colectivo, en esa medida tenemos la posibilidad de hacernos más fuertes. Se murió Chávez, pero esto no se ha acabado. Esa es la gran diferencia con la lealtad resignada.

Nos ha resultado muy problemático lidiar con ese duelo, por todo lo que vino después. Imaginemos el peor escenario: nos derrotaron. ¿Y entonces? Igual tenemos que pelear. Y Chávez nos va a acompañar en esa pelea. Puede sonar como una cosa que no es de este mundo, pero incluso la materialidad más material está hecha de los espectros que nos acompañan. Estamos atravesando un momento en el que es fundamental lidiar con nuestra propia tristeza, sin que eso nos provoque vergüenza alguna. Tenemos todo el derecho del mundo a sentirnos tristes, pero además no tenemos por qué condenar, apartar o excluir a quienes no están tristes, sino deprimidos.

-¿A qué te refieres con la política con futuro? ¿Qué significa comenzar de nuevo?

– La respuesta a esta pregunta la he venido desgranando a lo largo de esta conversación. Por ejemplo, esta idea de que es necesario volver a narrar el pasado, que no tiene nada que ver con algún ejercicio de nostalgia. No se trata de añorar lo que fue, sino de redescubrir la potencia de la historia de la que hemos sido parte, de reconocernos en todo aquello que hemos sido capaces de hacer. Hay gente que dice que la historia es cíclica, que es otra forma de afirmar, como dice Benjamin, que es un continuum. Un continuum cíclico. Que las revoluciones están condenadas al fracaso, y que todo vuelve a comenzar desde cero. Esta manera muy conservadora de concebir la historia no representa ninguna novedad. Es un relato hecho a la medida de los opresores de todos los tiempos.

La verdad es que nosotros y nosotras hemos hecho parte de un discontinuum. Lo que logramos hacer en este país fue interrumpir bruscamente lo que las elites entienden como el curso natural de las cosas. A partir de ese momento de ruptura, que podemos cifrar en 1989, en 1998, en 2002, el pueblo venezolano comenzó a escribir su propia historia. Es posible identificar, naturalmente, líneas de continuidad y ruptura, pero, vaya sorpresa, lo que suelen omitir deliberadamente los relatos de las elites son precisamente estas últimas, las líneas de ruptura. Aquí ya tenemos una primera disputa que hay que librar.

Luego, todo proceso revolucionario trastoca las reglas del juego político y establece unas nuevas reglas, convierte lo extraordinario en ordinario, es decir, establece también una suerte de nueva normalidad. Se producen avances, pero también retrocesos. Se logran victorias impensables en otros tiempos, pero también se encajan derrotas, algunas de ellas muy dolorosas. Como toda empresa humana, está atravesado por infinidad de contradicciones y tensiones.

Eventualmente, el proceso parece interrumpirse, o se ve interrumpido efectivamente, y cambian nuevamente las reglas del juego. Las mayorías populares que protagonizaron el cambio revolucionario se ven nuevamente en desventaja, y las viejas o las nuevas elites pasan a la ofensiva. Esa ofensiva va acompañada de un relato que intenta otorgarle legitimidad. Ese relato va dirigido a desmoralizar a las mayorías, a desmovilizarlas, en el mejor de los casos intentando convencerlas de que cometieron un gravísimo error cuando se incorporaron al esfuerzo por transformar el estado de cosas.

En ese punto es vital que las fuerzas revolucionarias construyan un relato alternativo, que neutralice los efectos del relato de elites, que subraye que de lo que se trató fue, precisamente, de la interrupción de un proceso, que es muy distinto de afirmar que este llegó a su fin, y que por tanto no queda más alternativa que empezar de nuevo. Diríamos con Mark Fisher, las fuerzas revolucionarias deben reunir los arrestos que le permitan volver a narrar el pasado, para despertar el potencial que anida en él. Eso es lo que significa comenzar de nuevo. Volver a narrar ese pasado que todavía no ha ocurrido para recuperar los futuros perdidos. Justo en ese punto, a mi juicio, nos encontramos hoy.

Foto: Rome Arrieche

En uno de los capítulos del libro reflexionas sobre el rol de la izquierda y la caracterización del chavismo como una poderosa voluntad colectiva que trasciende el espacio de la militancia política de izquierda. ¿Cuál es tu mirada sobre la izquierda en el análisis que haces sobre lo que sucede hoy en Venezuela? 

-Sí, en un par de textos de la radiografía me detengo en este asunto de la izquierda. En ambos comienzo haciendo referencia a la célebre frase de Maneiro: «Es más allá de la izquierda donde está la solución». Tenemos que comenzar por ubicarnos en lo que fue la polémica de Chávez con la izquierda realmente existente durante la década de los 90.

Es bien sabido que cuando Chávez sale de la cárcel, en 1994, se va para la calle, a recorrer el país, pero también tuvo la oportunidad de reunirse mucho con la izquierda. Chávez mismo ha relatado que aquello eran reuniones y discusiones interminables, y en algún momento decide que ya es suficiente, que su lugar está en la calle.

Para mi es imposible no identificarme con ese Chávez que polemiza con la izquierda y decide marcar distancia. Yo vengo de la militancia de izquierda. Me considero chavista, pero vengo de la izquierda. Reconocerme en el chavismo implicó aprender, pero sobre todo desaprender un montón de cosas en las que yo creía firmemente: en la necesidad de una vanguardia preclara, que nuestro trabajo era conducir a las masas, que éramos depositarios de la razón.

Cuando me di de bruces, digámoslo así, con el pueblo chavista, me di cuenta de que esa manera de concebir la militancia política resultaba completamente inútil. Pronto me convencí de que esa izquierda de la que yo vengo, con un pie en la legalidad y otro en la ilegalidad, más bien debía aprovechar la oportunidad histórica que significaba el chavismo para reinventarse.

Pero afirmar estas cosas y renegar de la izquierda revolucionaria son cosas muy distintas. Tú no puedes negar la tradición de izquierda revolucionaria, porque si bien pudiera concluirse que el chavismo, en tanto identidad política popular, aglutinó en su seno para luego superar con creces la fuerza que alguna vez representó la izquierda revolucionaria, también es cierto que el chavismo sería inconcebible sin esa tradición, sin esa fuerza, sin ese acumulado militante.

Te pongo un ejemplo límite: Domingo Alberto Rangel, el abstencionismo radical y la vía armada. Cuando el MBR-200 se decide por la vía electoral, Domingo Alberto es uno de los que se deslinda y acusa a Chávez de electoralista, para decirlo de manera elegante. Y ese deslinde fue permanente. Siempre mantuvo distancia, además muy críticamente, respecto de la revolución bolivariana. Ahora, ¿en razón de esa circunstancia tú vas a desmerecer o a dejar de reconocer la trayectoria política y el extraordinario trabajo intelectual de Domingo Alberto Rangel? Por supuesto que no.

Pensando en estas cosas es que escribo el segundo de los artículos de la radiografía sobre este asunto de la izquierda. Allí puntualizo que si bien es cierto, como dice Maneiro, que la solución está más allá de la izquierda, también es cierto que no habrá solución sin ubicarse a la izquierda del tablero político.

Lo curioso es que una parte importante del liderazgo oficial lleva algún tiempo intentando ubicarse en un improbable centro político, al tiempo que reclama el monopolio de la izquierda. Es como si dijeran, parafraseando a los caribes: Solo nosotros somos la izquierda. En consecuencia, sean cuales fueren las decisiones que se toman, son decisiones que no tienen por qué ser discutidas, y mucho menos en el campo de la izquierda.

Porque, para empezar, son decisiones que está tomando un gobierno revolucionario, es decir, de izquierda, y ultimadamente, ¿cuál campo de la izquierda, si solo nosotros somos la izquierda? Lo demás es izquierda trasnochada, ultraizquierda, gente que padece la enfermedad infantil del izquierdismo, etc. Solo nosotros estamos resistiendo los ataques del imperialismo, y cosas así. Sí, ciertamente provoca risa, pero más o menos en esos términos es como pretende plantearse la cuestión, que por demás es muy seria.

Dicho de otra forma, tal parece que al liderazgo oficial le parece inconcebible, improcedente, innecesario, un amplio debate en el seno de la izquierda. Antes al contrario, parecen haber asumido como un imperativo político el deslinde del resto de la izquierda, o más bien la desautorización de cualquier crítica proveniente de gente vinculada a la izquierda, respecto de las decisiones que se están tomando en lo económico y en lo político.

Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo con algunas de estas críticas, pero con lo que es imposible estar de acuerdo es con esta idea de que hay una izquierda que está desautorizada, por inconsecuente o por cualquier otra razón que se esgrima. De momento, estos señalamientos han estado dirigidos fundamentalmente a algunos dirigentes de partidos como el PCV, pero en realidad van dirigidos al conjunto de la izquierda.

En tal contexto, y es lo que trato de hacer en este libro, me parece muy importante reivindicar al Chávez de izquierda. Tú no puedes poner en entredicho que Chávez era un militar de izquierda, que se formó en la tradición intelectual de la izquierda revolucionaria, que aprendió directamente de algunos de sus principales exponentes; una tradición política e intelectual que el mismo Chávez se encargó de abonar, enriquecer y cultivar.

Creo que ese desconocimiento de Chávez como una figura política de izquierda es sumamente peligroso, porque significa falsear la historia, falsear los hechos. Nunca existió tal cosa como un Chávez de centro que arbitraba las diferencias. Sí, Chávez arbitraba las diferencias en el seno del movimiento, pero tenía por regla hacerlo en favor de las mayorías populares.

Chávez no se ubicaba en el centro del tablero político, se ubicaba a la izquierda del tablero, y desde ahí hacía política frente a la derecha. Nunca se ubicaba en el centro. Si hoy, como ayer, hay que ir más allá de la izquierda, porque es más allá de la izquierda donde está la solución, hay que comenzar por ir más allá de esa izquierda leal pero resignada, y eso incluye a gente de izquierda tanto dentro como fuera del gobierno. La ausencia de canales respetuosos de interlocución entre las distintas izquierdas, es algo que perjudica no solo al gobierno, sino al conjunto de la izquierda, hoy por cierto bastante debilitada.

Insisto, creo que lo más inteligente sería comprender y asumir que hay una parte de la izquierda venezolana que no está conforme, no está de acuerdo con decisiones que se han venido tomando, sobre todo en el campo económico. Por ejemplo, hay compañeros y compañeras que han asumido una posición bastante crítica respecto de la cuestión salarial, y de una vez sale la vocería oficial, pero sobre todo la oficiosa, a acusarles de infiltrados, etc. Esa es una actitud francamente antidemocrática.

Uno escucha de gente amiga, más bien cercana al gobierno, que estos señalamientos obedecen al temor de que la izquierda no alineada con las posiciones oficiales presente una candidatura presidencial en 2024. No sé muy bien cómo interpretar esto. ¿Eso quiere decir que existe el temor de que una eventual candidatura de tales características divida los votos del chavismo? Si así fuera, me parece un temor completamente infundado, que en todo caso no justificaría, de ninguna manera, tales acusaciones.

El problema más grave no son ni siquiera los señalamientos en sí, cosa muy normal en política, al menos en determinadas circunstancias. Lo realmente grave es que estas acusaciones son indicios de la actitud que ha venido asumiendo una clase política, o parte importante de ella, que propende a dejar de concebir el ejercicio de la política como un ejercicio de construcción hegemónica. Eso sí puede poner en riesgo una victoria electoral en 2024.

Ahora bien, más allá de lo electoral, el chavismo en el que yo milito, esa izquierda de la que me siento parte, creo que tiene la obligación de reafirmar su lugar en la política venezolana. Nosotros y nosotras no nos situamos en un no-lugar, sino en un lugar que nos hemos ganado a pulso, y no precisamente redactando manifiestos y escribiendo declaraciones, sino en la calle, de manera cotidiana, organizando y participando en manifestaciones democráticas en la calle, acompañando las luchas del pueblo en la calle, juntando esfuerzos para reconstruir el espacio público, intentando aportar elementos para el debate público. Y lo hacemos, y lo seguiremos haciendo, precisamente porque sentimos que nos debemos a una tradición de luchas.

No seremos nosotros y nosotras el chavismo que claudicó, la izquierda que decidió guardar silencio, la que se desmovilizó, la que cedió al chantaje, la que se distrajo en discusiones interminables. La izquierda revolucionaria de la que venimos nunca se trató de eso, más bien eso fue lo que Chávez le criticó a la izquierda más tradicional en la década de los 90. Quienes nos reconocimos en esa crítica de Chávez, y más tarde en la potencia revolucionaria del pueblo chavista, mal podríamos ahora renegar de lo que fuimos y somos, cuando de lo que se trata es de recuperar nuestros futuros perdidos.

*Publicado originalmente en PH9