Odisea
Luis Britto García
1
Decía Jorge Luis Borges que sólo existen dos historias: el combate, expresado en La Ilíada, y el regreso, narrado en La Odisea. Al cursar la epopeya de Gilgamesh, el Ramayana, el Maharabata, Simbad, el Quijote, Gulliver, encontramos sólo variantes de dichos temas. Una narrativa sobrevive en la medida en que nos expresa. Cada cierto tiempo acompañamos de nuevo al paciente, divinal Odiseo Laertíada, del linaje de Zeus, en la sosegada lectura o en sus insoportables tribulaciones, porque son las nuestras.
2
Al torbellino del cotidiano combate nos llaman el deber, la curiosidad de probarnos o la soberbia. Tras la gloria asoma su torva mueca el pillaje. A la refriega se va esperando la rápida victoria. Cuando el conflicto se eterniza, el cansancio cede terreno a la Razón, y ésta a su hijo bastardo, el ardid. En la batalla peleas por intereses que no necesariamente te pertenecen. Concluida, agotas tus fuerzas por volver a lo íntimamente tuyo. Sólo el regreso te pertenece.
3
En la guerra los hombres piden ayuda de las divinidades. Justamente el paciente divinal Odiseo se granjea la enemistad de las más poderosas: Zeus, padre de los Dioses, Helios, Titán del Sol, y Poseidón, soberano del mar. Todo gran destino es batalla contra omnipotencias; ya desafiarlas es victoria. El océano es el tiempo o mejor, el infinito, anónimo, inescrutable. Apenas medido por sus regulares ondas o sus rabietas incontroladas. Mar o tiempo son caminos que afrontamos sólo para dejarlos atrás, sin otro aparente propósito que sus peligrosas costas o sus puertos traicioneros. Darse a las aguas es encontrar la medida de nuestra insignificancia. Y sin embargo, aferrarse al timón en las guardias de la medianoche, sin más compañía que las solitarias estrellas puede en si mismo parecer un destino.
4
Todo viaje es aprendizaje. Un mar abierto se cruza rumbo al combate y otro lleno de obstáculos de regreso de él. En el primero tratas de apropiarte de lo que pertenece a otros: botín, mujeres, sabiduría. Sólo en el segundo retornas a lo único que te pertenece: hogar, tierra, recuerdos. Las pedradas de los hostiles lestrigones, los lacerantes cantos de sirenas, las voluptuosas metamorfosis de Circe, los lotos que prodigan el olvido, los sensuales brazos de Calipso, incluso el lecho conyugal que nos espera en Ítaca no son más que intervalos, distracciones del curso en el líquido tiempo de las vastas soledades del mar.
5
A la par de los días o las olas mueren los camaradas. Los tramos del viaje son islas en la eternidad. En unas somos devorados por cíclopes, apedreados por lestrigones, mordidos por las séxtuples cabezas de Scilla, sumidos en el vórtice de Carydbys. En otras, nos devoramos a nosotros mismos: en el olvido de las hojas de loto, los embrutecedores abrazos de Circe, las confortantes caricias de Calypso, el irresistible canto de sirenas, la sombra del Reino de la Muerte, donde el adivino Tiresias nos revela que es preferible ser un esclavo en vida que monarca entre difuntos. Para las diosas que en nuestra errancia conocemos somos también monstruos que hieren, matan o abandonan. Para los míseros mortales amar una diosa es el único sorbo del licor de la trascendencia. Hacer de la mortal que amamos una diosa es nuestra única parcela de la omnipotencia. Crueldad del mar del tiempo es que las cóncavas naves se avisten de lejos y sólo para desviarse o desguazarse.
6
En algún momento pensamos que no vale la pena enfrentar esta profusa feria de bestias feroces o lastimeras. El verdadero monstruo es el piélago que de ellas nos acerca o separa. No hay marino que no haya experimentado la impasible tentación del infinito. Borra el mar toda huella. No hay navegante que no esté a punto de naufragar en el anónimo mar que inunda los instantes. Zarpamos del puerto para confirmar nuestra existencia confrontándola con engendros y peligros que acaban rebajados a estorbos. Asaltamos fortalezas con ferocidad que refleja la de quienes las defienden. La marejada de los días nos bate contra escollos hasta suplantar nuestros rasgos por heridas y nuestras fuerzas por indiferencia. Adoptamos como nombre “Nadie” cuando la travesía por el vacío concluye vaciándonos. Estamos derrotados. Quizá sea preferible ser esclavo en el Reino de los Muertos antes que un muerto que finge estar vivo.
7
Después de naufragios y zozobras en el mar interior la única defensa es conseguir una razón para seguir a flote. De nada te valdrán tesoros que las olas arrebatan o bahías apacibles mecidas por el aburrimiento. De nada te servirá haber vencido adversidades mientras no conserves lo que salvaste de ellas. Inútil serán todas las astucias, no necesitas abstracciones sino presencias. La arena de una costa familiar. El quejido de un viejo perro que te recuerda. La voz de un indigente ciego. Todo te es familiar y extraño porque no acabas de reconocerte. Décadas de abrupta soledad concluyen cuando verificas dónde estás. Es la Patria, la presencia compartida. Es el palmo del inagotable mundo que te importa y donde quizá a alguien le importas.
8
Regresas de invadir fortalezas y encuentras tu propio hogar invadido. Los saqueadores pillan lo que alguna vez fue tuyo y de tu hijo, y aspiran a revolcarse en el austero lecho nupcial donde lo concebiste. Nadie los llamó, nadie los quiere. La codicia es su único derecho. Te dan por muerto, y vomitan mientras devoran la herencia que no les concediste. Es tu mundo. Sin él no existes y sin ti desaparece. No eres el cazador de monstruos ni el coleccionista de aventuras: eres la suma de todo aquello que verdaderamente amas y por tanto te define.
9
Profetiza Tiresias a Odiseo que tendrá una dulce muerte, pero sólo tras peregrinar con un remo al hombro hasta llegar a una comarca en la cual nadie sepa para qué sirve tal instrumento: la firme tierra, libre del infructuoso asedio de las olas. Allí podrá cerrar los ojos pidiendo que el remo sea plantado sobre su sepultura. Pero quién sabe si el remo echará raíces sobre el viajero, lo convertirá en frondoso árbol que dará frutos a los hombres y refugio a los pájaros hasta que éstos, arrebatados por los vientos, sobrevuelen las olas.
10
Pero antes tensas el arco, lo apuntas hacia quienes devoran lo tuyo. De invasores y cómplices no quedará uno vivo.