La revolución bonita de Fidel, a cien años de su nacimiento

 

Rosa Miriam Elizalde

Fidel Castro duerme vencido por el cansancio mientras varios jóvenes lo rodean con la curiosidad alegre de quienes descubren que el héroe también cierra los ojos. En otras fotografías come con campesinos, monta a caballo en una cooperativa, se toma un helado, alimenta a un elefante en Nueva York o improvisa, con un par de cucharas, el baile de Alicia Alonso. No aparece en esas escenas una carga al machete ni una columna guerrillera avanzando sobre la montaña. Hay algo políticamente más difícil de fabricar: familiaridad. El dirigente deja por un instante la tribuna y entra en la vida común. La cámara lo vuelve próximo sin reducir su estatura histórica.

Si cerramos los ojos podemos ver a través de imágenes fijas de Fidel la trayectoria de un hombre. La memoria no funciona como una cámara de video que guarda una grabación continua. Cuando vivimos algo, el cerebro conserva fragmentos: lugares, caras, emociones, sonidos, movimientos y algunos momentos especialmente significativos, y la revolución cubana construyó su rostro público en el instante exacto en que el mundo comenzaba a pensar mediante imágenes. Fidel nació el 13 de agosto de 1926, cuando el cine sonoro apenas se preparaba para desplazar al cine mudo. Tres décadas después, encabezaría una rebelión contemporánea del nacimiento de la televisión internacional y de las grandes revistas ilustradas.

La historiadora estadunidense Nancy Stout llamó a la cubana “la revolución perfecta” para aquella nueva era visual. Era épica, poética y estéticamente provocadora. Su relato podía seguirse en episodios: el Moncada, la prisión, el exilio, el desembarco, la Sierra Maestra, la ofensiva final, la entrada en La Habana. Había peligro, derrotas, reapariciones, personajes jóvenes y un desenlace que parecía improbable hasta que ocurrió. El 8 de enero de 1959, cuando Fidel llegó a la capital, la historia ya poseía la estructura de una narración de suspenso y la fotografía estaba allí para ofrecerle una continuidad visible con el telón de fondo de una ciudad acodada al mar, en una de las bahías más bellas del mundo.

La revolución cubana es una revolución bonita, y más ahora, cuando se le castiga hasta la exasperación. No porque la fotografía la embelleciera ni porque un encuadre pudiera fabricar la historia, sino porque ha vivido y sigue viviendo una épica real que encontró al inicio a quienes supieron traducirla en imágenes. Korda, Raúl Corrales, Osvaldo y Roberto Salas, Liborio Noval, Perfecto Romero, Ernesto Fernández y otros grandes fotógrafos reconocieron en aquella transformación política una materia visual extraordinaria: jóvenes barbudos llegados de la montaña, multitudes en las calles, alfabetizadores, campesinos, obreros, milicianos; un país que parecía entrar de cuerpo entero en su propio relato.

La épica se volvió imagen porque ya estaba en los hechos. No inventó la energía de un liderazgo: Fidel entre la gente, recorriendo campos y fábricas, conversando con estudiantes, trabajadores o visitantes extranjeros. Sus autores dominaban una gramática visual moderna. Algunos habían trabajado en prensa, publicidad o estudios comerciales y sabían cuánto puede decir una silueta, un primer plano, un contrapicado o el contraste del blanco y negro. Alberto Korda, por ejemplo, provenía de la fotografía publicitaria antes de documentar la revolución. Ese saber no sustituyó al acontecimiento: le dio forma visible.

Pero la imagen era el marco; lo que sostenía la revolución era otra cosa. Fidel condujo una revolución bonita porque en su centro había un ideal de justicia que se reconocía heredero de una larga tradición cubana. En Ese sol del mundo moral, Cintio Vitier formuló esa continuidad como “un proceso espiritual concreto: el de la progresiva concepción de la justicia, y las batallas por su realización, en la historia cubana”. La clave no era la belleza aislada de una fotografía, sino la aspiración ética que la fotografía alcanza a revelar.

Por eso, las imágenes de Fidel tienen una densidad que excede el retrato político. La barba, el uniforme verde olivo, la altura, las manos en movimiento y la facilidad para mezclarse con interlocutores distintos construyeron una presencia inmediatamente reconocible, pero su fuerza simbólica dependía de su relación con el momento histórico. Sin la expectativa de cambio, sin la movilización popular, sin la promesa de justicia social, aquellos encuadres habrían sido solo retratos.

El pueblo cubano nunca fue el relleno de esas fotografías, sino su verdadero centro. Esa centralidad explica también la persistencia de una revolución sometida durante décadas a la hostilidad de Washington y obligada a defender, en circunstancias cada vez más ásperas, la soberanía que conquistó. La belleza de aquella historia no radica en haber permanecido intacta, porque ninguna revolución viva puede hacerlo, sino en haber conservado, entre contradicciones, asedios y desgastes, la obstinación de colocar la justicia en el horizonte de lo posible.

Fidel cumple hoy cien años, y su revolución bonita y justa lo celebra con él.

El estratega militar que rehízo el mapa mundial

Evocan en Cuba convicciones e impronta de Fidel Castro | Radio CaribeLuis Hernández Navarro

El Palacio de Convenciones de La Habana parece un hormiguero. Cientos de delegados recorren sus pasillos y estancias, se toman fotos del recuerdo, beben apresuradamente café, conversan y, sobre todo, llenan las salas. Se reúnen alrededor de los 100 años del nacimiento de Fidel Castro. Revisan su papel como revolucionario y estadista, como impulsor de la diplomacia sanitaria y educador popular, como actor central de la lucha contra la descolonización e impulsor del deporte. Pero, hoy, en esta inmensidad de actividades, destaca el foro de solidaridad con Cuba, presidido por Miguel Díaz-Canel.

En el rosario de intervenciones, quienes toman la palabra coinciden en que la acción del comandante rehízo el mapa mundial. Sus audaces movimientos en el tablero de las relaciones internacionales modificaron las fronteras de África y del sudeste asiático.

Aunque nació en Nueva Zelanda, Miguel Lapsley es presidente honorario de la sociedad de amistad de Sudáfrica (adonde se trasladó a vivir en 1973) con la isla. Es pastor de la iglesia anglicana. Dirige el Institute for Healing of Memories. Militó en el Congreso Nacional Africano y fue expulsado de Sudáfrica en 1976. Una carta-bomba que le envió el régimen del apartheid le hizo perder sus dos manos y un ojo. En 10 ocasiones visitó al héroe cubano Gerardo Hernández en la cárcel donde estuvo prisionero en Estados Unidos.

El amor, dice el padre Lapsley, no es sólo un asunto de compartir emociones, sino de apoyo práctico. Y recuerda que, cuando acababa de sufrir el atentado terrorista que lo dejó manco y tuerto, la segunda persona en visitarlo al hospital fue el embajador de Cuba. Le ofreció tratamiento médico en la isla. “El legado de Fidel Castro –remarcó– es que nos inspira a seguir luchando por la justicia. ¡No al genocidio contra Cuba!”Hace 60 años (galería de fotos) - Cubaperiodistas

En su turno, el vicepresidente de la asociación de amistad Vietnam-Cuba denunció que “el bloqueo que se aplica contra el noble pueblo de la isla es un genocidio en el siglo XXI”. Recordó, también, que el vínculo que une a las dos naciones hermanas trasciende generaciones. Así es.

En homenaje a la gesta de la guerra de liberación vietnamita, en la canción Madre, compuesta en 1972, Silvio Rodríguez dice: “Madre, en tu día / Madre Patria y madre revolución, / Madre, en tu día / tus muchachos barren minas en Haiphong”. Justo en esas fechas, Estados Unidos escaló con mayor beligerancia y crueldad sus ataques contra esa nación asiática. Sin mayores preámbulos, el 1° de mayo, Fidel Castro anunció en la Plaza de la Revolución el envío a Vietnam de tres equipos médicos. Entre bombardeos, los galenos isleños se dedicaron a salvar vidas y curar heridos.

Publicación de Vietnam como gesto de reciprocidad

Como un pequeño gran gesto de reciprocidad, Vietnam acaba de publicar en papel, junto a los cubanos, las Obras escogidas de Fidel Castro, que hoy se presentaron formalmente en el Coloquio. La Editorial Política Nacional de Vietnam La Verdad imprimió 3 mil ejemplares de las Obras escogidas de Fidel Castro Ruz. Vu Trong Lam fue el director y editor jefe.

Son 24 tomos espléndidamente elaborados, a la usanza de las clásicas obras escogidas que antiguos países socialistas editaron con los trabajos de Marx, Lenin, Mao Tse-Tung y tantos pensadores marxistas más. El tomo 23 consiste en parte de las cartas que el comandante intercambió con Hugo Chávez.

Alfonso Ramón Naranjo es periodista jubilado, vive en Las Tunas, en el Oriente cubano, y se dedica a estudiar la guerra de Independencia cubana y las misiones internacionalistas combativas en África, particularmente en Angola. La actual crisis, provocada por el nuevo apretón de tuercas del bloqueo, lo ha llevado a perder significativamente peso. El dinero no le alcanza a veces, pero asegura: “vamos a sobrevivir, vamos a seguir adelante. Ya lo hemos demostrado en varias ocasiones. Así lo hicimos en el periodo especial, que fue muy fuerte, aunque no a los niveles que hemos alcanzado actualmente”.

Alfonso presentó una ponencia sobre Fidel como estratega militar, durante la guerra de Angola. Según explica, el comandante tenía una capacidad enorme para predecir lo que iba a ocurrir. Revisando documentos militares desclasificados, encontró, por ejemplo, una advertencia a un mando cubano en África en la que le advertía que el enemigo iba a atacar en una hora precisa. Y, en efecto, a esa hora se produjo la ofensiva en su contra.

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Fidel Castro (1926-2016) cortando caña de azúcar en un campo cubano, en octubre de 1962

Naranjo estuvo en Angola en el periodo 1975-76. Regresó en el 77 y en el 88, con Cuito-Cuanavale. Primero fue como corresponsal de guerra, pero tuvo que trocar la pluma por las armas, para seguir a las tropas.

Cuando se dijo oficialmente que Cuba estaba colaborando con Angola, los trabajos periodísticos comenzaron a salir. Las demás veces fue como combatiente. Fue oficial.

En entrevista con La Jornada cuenta: “hay una anécdota sobre el mariscal Grechko, ministro de Defensa de la Unión Soviética. Fidel fue a un congreso del PCUS, y, en los ratos que tenía libres en la Casa de Protocolo, invitaba a personalidades para explicar el desarrollo de la guerra de Angola (que había comenzado en 1975, con la entrada de los sudafricanos, y terminó en 1990).

A Grechko le detalló cómo era la situación del terreno, los árboles, la tierra, las lluvias y los ríos. Grechko se le quedó mirando y le dijo: “Fidel, ¡qué mala es la inteligencia soviética! ¡Nunca supimos que había estado en Angola!”. Y el comandante en jefe le respondió: no, no he estado en Angola. Es un problema de enlace.

Cada día, Castro tenía la información de lo que iba a ocurrir. A partir de esos informes y las fotos, fue conociendo perfectamente Angola. Él mandaba órdenes: poner un tanque o una batería de artillería antiaérea en un punto. Predecía cuándo las tropas cubanas iban a ser atacadas. No era brujería, era su intuición. Era un estratega.

“En esa misión cayeron 2 mil cubanos. A veces un hombre se convertía en tres. Los cubanos tenemos el deseo de defender la soberanía del pueblo. El cubano, esté donde esté, tiene un gran sentido de pertenencia de su patria. Y, a Angola, la defendimos como si estuviéramos en Cuba. Todos fuimos completamente voluntarios. Nos llevamos solamente los huesos de nuestros muertos”, explica.

Entre las cosas que han quedado claramente establecidas en el coloquio está que, para Fidel Castro, la palabra dignidad tenía un sinónimo: Palestina. De muchas maneras y en diferentes momentos, los ponentes han mencionado el papel del comandante en la defensa de su causa y su visibilización.

Iraklis Tsavdaridis, secretario ejecutivo del Consejo Mundial por la Paz, no fue la excepción. Entre el legado del comandante Castro–dijo– se encuentra el apoyo a la lucha contra el genocidio contra el pueblo palestino.

En 1966 –se recordó en distintas mesas– cuando se creó la Organización de Solidaridad con los Pueblos de África, Asia y América Latina, Fidel promovió el reconocimiento de la lucha palestina como eslabón central en el combate contra el colonialismo. En 1973, Cuba rompió relaciones diplomáticas con Israel y reconoció a la Organización para la Liberación de Palestina como legítima representante del pueblo palestino. Anticipándose a lo que hemos vivido, seis años después enmarcó esa problemática como “la médula del problema del Medio Oriente”. En 1982, recibió en la Antilla a 500 niños palestinos para estudiar.