¿Una Alemania en crisis se encamina hacia la guerra con Rusia?
Roberto Iannuzzi
Mientras el auge de la extrema derecha de las AfD agrava el enfrentamiento entre las élites políticas, Alemania acelera su carrera por el rearme y refuerza sus relaciones militares con Israel. El canciller ruso Serguiei Lavrov acusó a Alemania de estar entrando en una confrontación con los rusos y aseguró que «quieren otra guerra»
Ante las dificultades cada vez más insuperables en el frente ucraniano, las élites políticas de Bruselas y Berlín muestran una inquietud creciente, que se traduce en una retórica más belicosa hacia Rusia, junto con el intento de involucrar a Estados Unidos de forma más directa en el conflicto. La supervivencia política de estas élites depende de la preservación de la arquitectura continental garantizada por la integración del paraguas de seguridad estadounidense en la estructura de la Alianza Atlántica.
Dicha arquitectura ha sufrido una crisis progresiva en la etapa posterior al fin de la Guerra Fría, que el renovado enfrentamiento con Rusia no ha logrado contener. En particular, los europeos están pagando los costes económicos derivados de la desindustrialización y de la crisis energética que siguió al abandono de las fuentes rusas de bajo coste. En una coyuntura de graves dificultades económicas como esta, el presidente estadounidense Donald Trump quiere que los europeos asuman los costes de la defensa del continente, aumentando el gasto militar.
El fin del modelo alemán
En el pasado, las cosas habían ido mejor. Durante gran parte del período posterior a la Guerra Fría, Alemania había disfrutado de una configuración estratégica especialmente favorable.
La energía rusa de bajo coste respaldaba la competitividad de la producción industrial, la integración europea le aseguraba un amplio mercado y el paraguas militar estadounidense le garantizaba la seguridad.
Sin embargo, dicha situación se basaba en una contradicción de fondo, es decir, en un dilema estratégico que en un artículo anterior había resumido de la siguiente manera: ¿Dar prioridad a una Ostpolitik que combinara las capacidades productivas de Alemania con los inmensos recursos de Rusia, provocando así el resentimiento anglo-estadounidense, o bien optar por una Westpolitik que situara firmemente a la potencia alemana en el ámbito occidental, privándola, sin embargo, de la profundidad estratégica euroasiática y relegándola al papel de subordinada de Washington?
La incapacidad para resolver este dilema ha llevado a Berlín a renunciar al primer término de esta ecuación, que le garantizaba la prosperidad económica.
La crisis energética ha agravado otro problema del modelo industrial alemán: la incapacidad de innovar ante el desafío tecnológico planteado por China. Los partidos tradicionales se han visto obligados a defender políticas cuyas repercusiones
económicas han caído como un mazazo sobre el nivel de vida de sus electores.
La derecha radical de Alternative für Deutschland (AfD) se está convirtiendo en el vehículo a través del cual un número cada vez mayor de ciudadanos cuestiona las desastrosas decisiones de la clase gobernante: la renuncia al gas ruso, el apoyo intransigente a Ucrania sin ninguna disposición a negociar, la negativa a analizar seriamente las razones que están en el origen del conflicto y las graves repercusiones de las sanciones sobre la economía.

El desastre de Merz
Las soluciones propuestas por el canciller Friedrich Merz, líder de los democristianos (CDU), han resultado ser un fracaso. Los recortes en el gasto social, las medidas fiscales y sus políticas contrarias al empleo le han convertido en el canciller más impopular de la historia reciente de Alemania.
La hemorragia de puestos de trabajo continúa imparable. La industria alemana está perdiendo 15.000 al mes. Volkswagen acaba de anunciar el recorte de otros 50 000 trabajadores, cifra que debería alcanzar los 100 000 de aquí a 2030.
Los economistas y los políticos discuten sin cesar sobre las múltiples razones de la crisis, omitiendo siempre la principal: el vertiginoso aumento de los precios de la energía, provocado por la necesidad de sustituir el gas ruso por suministros mucho más costosos, como el GNL estadounidense.
La guerra en el Golfo Pérsico ha agravado aún más la situación. Alemania se encuentra muy atrasada en el llenado de sus reservas de gas y debe esperar un invierno suave para evitar el parón de diversas actividades productivas.
El tsunami de la AfD

La gravedad de la crisis política se puso de manifiesto de forma contundente el pasado 6 de septiembre, cuando la AfD obtuvo una victoria aplastante en las elecciones de Sajonia-Anhalt, estado de la antigua Alemania Oriental, en un clima de ira generalizada contra el Gobierno de Merz por sus ataques al Estado del bienestar y la militarización de la economía.
La AfD recaba apoyo sobre todo en las regiones de la antigua Alemania Oriental, donde predomina una fuerte desconfianza hacia la élite política y económica de la parte occidental del país, acusada de haber llevado a cabo, literalmente, una colonización neoliberal de los länder orientales en los años posteriores a la reunificación.
Con una participación superior al 77 %, la AfD ha obtenido alrededor del 44 % de los votos, más del doble de los votos que consiguió en las elecciones de 2021. Por su parte, el partido de la CDU ha visto cómo se desplomaba su apoyo, alcanzando apenas el 17 %. Los socialdemócratas y los Verdes obtuvieron menos del 10 %.
Aunque Sajonia-Anhalt es un estado de importancia secundaria, el resultado electoral ha supuesto un terremoto para la clase política alemana. El 20 de septiembre están previstas otras elecciones, en el estado de Mecklemburgo-Pomerania del Norte y en Berlín.
¿Un enfrentamiento sin salida?
Para la élite política alemana, al igual que para las de otros países europeos, las elecciones se consideran cada vez menos como un mecanismo mediante el cual los ciudadanos eligen la orientación de los gobiernos, y cada vez más como un obstáculo que hay que superar para mantenerse en el poder.
El auge de la AfD refleja la voluntad de una parte cada vez mayor del electorado alemán de obtener algo radicalmente diferente de lo que todos los gobiernos que se han sucedido hasta ahora en el poder han sido capaces de ofrecer.
A la luz de los desastrosos resultados en Sajonia-Anhalt, el liderazgo de Merz parece, por tanto, cada vez más frágil. Pero, incluso si fuera sustituido (algo que dista mucho de ser un hecho), es improbable que la clase política alemana cambie sus decisiones.
En cambio, es posible que se embarque en un enfrentamiento directo con la AfD, tratando de obstaculizar su ascenso por todos los medios (lícitos e ilícitos) y agravando así la crisis político- institucional del país.
Por su parte, en caso de que llegara al poder, la AfD representaría una incógnita. Con un programa económico de carácter neoliberal, hostil a la guerra pero de orientación nacionalista, y con una fuerte corriente trumpista en su seno que nutre marcadas simpatías por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no está claro en qué dirección podría moverse el partido ante los intentos de ostracismo y/o cooptación que, sin duda, la élite política saliente llevaría a cabo contra él.
Sin embargo, llama la atención el cortocircuito lógico que lleva a muchos partidarios del establishment político alemán a señalar con el dedo a la AfD, temiendo un retorno a los años 30 del siglo pasado, y a apoyar al mismo tiempo la «democracia» ucraniana de manera totalmente acrítica, a pesar del papel destacado que desempeñan en su seno formaciones neonazis como el movimiento Azov.
El remedio ilusorio del rearme
Por otra parte, las orientaciones seguidas en estos años por la élite política alemana no son menos alarmantes que el auge de la AfD, no solo por las decisiones económicas desastrosas que se han tomado, sino por la naturalidad con la que está empujando al país más importante de la Unión Europea hacia el rearme, una creciente militarización vista ilusoriamente como remedio al declive económico, y un posible enfrentamiento armado con Rusia.

Alemania es ya la retaguardia de Ucrania en el enfrentamiento con Moscú, además de ser el principal financiador de Kiev. A mediados de abril, por primera vez, el Gobierno alemán estableció una alianza estratégica con el sector de la defensa de un país en guerra. El acuerdo allana el camino para la coproducción, junto con Kiev, de sistemas de armamento, drones con un alcance de hasta 1 500 km y misiles de largo alcance. El Gobierno alemán zanja de un plumazo todo el debate interno de los últimos años sobre el suministro de armas alemanas anUcrania para atacar objetivos en territorio ruso.
Lo que suscita consternación es el hecho de que, en los círculos políticos y estratégicos europeos, muchos consideren ya una guerra con Rusia no solo inevitable, sino casi «necesaria».
Mathias Döpfner, empresario alemán al frente de Axel Springer, uno de los mayores grupos editoriales de Europa, escribe en las páginas de la revista conservadora británica The Spectator que «aún hay tiempo para salvar a Occidente». Con el fin de preservar la «superioridad» occidental, según Döpfner, es necesario responder al
desafío lanzado por adversarios como Rusia, China e Irán.
Bienvenido sea, pues, el rearme alemán. Hace tan solo unos días se conoció la noticia de que la empresa Auterion ha iniciado la coproducción de 5.000 drones de medio y largo alcance (hasta 1.500 km) con el fabricante ucraniano Airlogix.
Moscú ha advertido de que las instalaciones alemanas que alberguen armas de largo alcance se convertirán en objetivos militares legítimos si estas se dirigen contra Rusia. No se trata únicamente de drones. En julio, Berlín anunció la adquisición de misiles de crucero estadounidenses Tomahawk y de lanzadores Typhon. Con un alcance de hasta 2.500 km, los Tomahawk pueden alcanzar desde Alemania gran parte del territorio ruso al oeste del Volga.
Asociación estratégica con Israel
Parte integrante del rearme alemán es una colaboración militar reforzada con Israel. Volkswagen venderá su planta de Osnabrück, en Baja Sajonia. Esta se destinará a fabricar componentes del sistema de defensa aérea «Iron Dome» por encargo de la empresa israelí Rafael Advanced Defence Systems.
Incapaz de competir con los coches eléctricos chinos, la empresa alemana ha decidido reconvertir parte de su producción para uso militar. Una decisión que recuerda los tiempos oscuros de la Segunda Guerra Mundial, cuando Volkswagen detuvo la producción de automóviles para fabricar armas al servicio del esfuerzo bélico nazi.
El pasado mes de diciembre, Berlín aprobó un acuerdo por valor de más de 3.000 millones de dólares para adquirir el sistema israelí de defensa aérea Arrow 3. Sumado a un contrato anterior por valor de 3.500 millones, supone para Israel la mayor venta de armas hasta la fecha.
Alemania también ha probado recientemente un misil balístico israelí (LORA) en el Atlántico Norte. Mientras tanto, el 1 de septiembre, el tercer submarino de la clase Dolphin II zarpó de los astilleros de Kiel, en Alemania, con destino a Israel.
Fuentes israelíes han informado de que el submarino operará lejos de las aguas territoriales israelíes, en lo que parece una referencia a posibles operaciones contra Irán.
En junio de 2025, durante la «guerra de los doce días» que siguió al ataque israelí contra Irán, Merz agradeció a Israel porque, según él, estaba «haciendo el trabajo sucio en nombre de Europa».
En 2012, Der Spiegel reveló que Israel equipaba los submarinos suministrados por Alemania con misiles capaces de albergar ojivas nucleares. Altos mandos retirados del ejército alemán afirmaron que siempre habían dado por sentado que estos submarinos eran capaces de transportar armas nucleares.
Tras una pregunta parlamentaria, se supo que, en total, el Gobierno alemán
había aprobado exportaciones de material bélico a Israel por un valor aproximado de 930 millones de dólares durante el primer semestre de 2026.
Una contradicción flagrante
El refuerzo de la cooperación militar entre Alemania e Israel continúa a pesar de los atroces crímenes cometidos por las fuerzas israelíes en Gaza, cuya tragedia persiste ante la indiferencia mundial.

Representantes del Gobierno israelí han anunciado su intención de llevar a cabo el proyecto de limpieza étnica de la Franja. Dichos anuncios van acompañados de declaraciones genocidas como la última del ministro de Seguridad Interna, Itamar Ben Gvir, quien recientemente ha abogado por el asesinato diario de entre 30 y 40 palestinos. Según Ben Gvir, deberían ser asesinados aunque no supongan ningún peligro inmediato «porque no son dignos de vivir, no deberían vivir, ni siquiera son personas».
Al condenar estas declaraciones por considerarlas genocidas, el Instituto Lemkin ha recordado que su lenguaje es directamente comparable a la retórica nazi, que empleó la expresión «Lebensunwertes Leben» (vida indigna de ser vivida) para justificar el exterminio de millones de personas.
El Instituto Lemkin recuerda que, en 1920, los eugenistas alemanes Alfred Hoche y Karl Binding publicaron un libro en el que abogaban por la «destrucción de la vida indigna de ser vivida». Según ellos, esto se aplicaba a las personas con discapacidad mental o física: Tras el ascenso al poder del nacionalsocialismo, esta justificación se convirtió en un poderoso instrumento ideológico que se aplicó a todas las personas consideradas «racialmente impuras» o «racialmente inferiores».
Recordando las innumerables declaraciones de carácter claramente genocida pronunciadas por Ben Gvir (al igual que por muchos otros representantes israelíes), el Instituto Lemkin concluye que el hecho de que estas palabras puedan ser pronunciadas públicamente por un ministro en ejercicio es prueba del grotesco fracaso de la humanidad, en particular de las potencias occidentales y de quienes están en
condiciones de ejercer presión sobre Israel y de hacer respetar los principios de lasConvenciones sobre el genocidio y de los Convenios de Ginebra. Entre las potencias occidentales figura sin duda Alemania, a la luz de las estrechas relaciones civiles y militares que mantiene con el Gobierno israelí.
La indiferencia de Berlín (al igual que la de otros gobiernos europeos, incluido el italiano) ante la catástrofe de Gaza resulta aún más discordante si se compara con la intransigente condena moral con la que los Gobiernos alemanes han estigmatizado la invasión rusa de Ucrania.
Pero, más allá de los juicios de valor, la belicosa política alemana resulta peligrosa para la propia seguridad de Alemania, ya que, a pesar de la carrera de rearme, Berlín y Europa se encuentran totalmente incapaces, tanto económica como militarmente, ante la eventualidad de una guerra a gran escala
*Geopolítico italiano, analista independiente especializado en Política Internacional, mundo multipolar y (des)orden global, crisis de la democracia, biopolítica y «pandemia new normal».