Colombia: El primer mes del “milagro” de De la Espriella
El primer mes del gobierno de Abelardo de la Espriella (Adlel) muestra una tendencia que cabrá esperar que sea la constante de la administración: recurrir a la saturación informativa y al alineamiento internacional irrestricto con el eje Washington-Tel Aviv como mecanismos de legitimación. Ante este escenario, la oposición se ve obligada a reinventar su comunicación y renovar sus liderazgos para defender la democracia frente al ruido gubernamental.
Existe una frase apócrifa, atribuida erróneamente a Lenin, según la cual «hay décadas en las que no pasa nada, y hay semanas en las que pasan décadas». Dicha sentencia –asociada habitualmente al líder soviético debido a la vorágine de sucesos que el Octubre Rojo trajo para el mundo– bien podría servir para describir el primer mes de la era Adle.
En tan solo un mes, el maremágnum de declaraciones, acciones y nombramientos –en un entorno en el que los impactos climáticos, los desastres naturales y el recrudecimiento de la violencia parecen augurar el retroceso del Estado colombiano– ha terminado por degradar el debate público. Este último ha sucumbido ante la estrategia de «inundar todo de mierda», característica de la doctrina Trump.
Conscientes de esta realidad, el presente artículo revisa algunas aristas de lo que permite ver el primer mes del nuevo gobierno en Colombia. Se concentra, especialmente, en los estilos de control de la opinión pública asumidos por esta administración y en las primeras acciones que la oposición empieza a articular.
Respice, Abraham
Desde la campaña se vislumbraba un tono provocador frente a la posición de Petro ante la crisis de Gaza, pero también un alineamiento explícito con la agenda proisraelí de la nueva derecha occidental. Se preveía que la administración de Abelardo abrazaría al gobierno de Netanyahu como un aliado fundamental, junto con Donald Trump –figura a la que imitó intencionalmente en su impostada imagen de empresario, e involuntariamente en su historial de quiebras comerciales–.

No obstante, las primeras acciones internacionales de De la Espriella muestran una agenda que trasciende lo esperable en términos de alineación. El reconocimiento de los Altos del Golán como territorio israelí, el traslado simbólico de la embajada a Jerusalén, la negación de la autonomía del Sáhara Occidental, la posibilidad del retiro de la Corte Penal Internacional, los rumores sobre operaciones conjuntas con funcionarios estadounidenses en territorio nacional, y la salida de la Franja y la Ruta marcan un alineamiento irrestricto con el eje Washington (o Mar-a-Lago)–Tel Aviv.
Históricamente, la política internacional colombiana oscilaba entre la alineación con Estados Unidos y la búsqueda de mejores relaciones con los países del Sur global. Aunque el país adoptó en el pasado posiciones cuestionables en apoyo a la política de Washington (la participación en la guerra de Corea, el respaldo a la expulsión de Cuba de la OEA, la «neutralidad» en la guerra de las Malvinas, el apoyo a la invasión de Irak o la declaración de Cuba como patrocinador del terrorismo), dichas medidas respondían a una lectura coyuntural de la postura de EE. UU. como Estado.
Las de ahora, en cambio, se inscriben en una lógica marcadamente partidista –incluso minoritaria dentro de la propia opinión pública norteamericana– que no constituye una prioridad política para el propio Trump y beneficiará, principalmente, a la administración israelí, sumida en una profunda crisis política interna. Estas posturas, si bien pueden garantizar gobernabilidad en el corto plazo mediante el respaldo simbólico extranjero, someten al país al vaivén electoral de otras naciones (asumiendo que en ellas se sigan celebrando procesos democráticos competitivos).
The dead man on the beach

Otra característica de esta administración es la implementación informal de «test de pureza ideológica» para integrar los equipos de gobierno, las mesas directivas de los gremios económicos y las mesas de trabajo de los medios de comunicación. Se trata de una expresión radical en la búsqueda de hegemonía por parte de la facción derechista que compone la coalición gubernamental.
En un principio era previsible que dicha cacería siguiera las lógicas subnacionales en la conformación de los cuerpos burocráticos, persiguiendo las trayectorias profesionales construidas desde la izquierda –tal como ocurrió sin mayor reproche público durante la última administración de Peñalosa–. Sin embargo, la «cabeza de turco» se ha ampliado ahora al centro político: aquellas carreras consolidadas a través de las redes de las universidades privadas de Bogotá, que habían edificado un «mito» en torno a la tecnocracia.
Este «centro» bogotano se ve hoy desplazado no solo por perfiles emergentes de las regiones, sino también por las fracciones que integran el nuevo gobierno: liderazgos subnacionales, organizaciones religiosas y redes de poder vinculadas a los think tanks de la nueva derecha.
«En la lengua está nuestra fuerza; nuestros labios nos defienden, ¿quién nos dominará?»
Fiel a la estrategia Maga (Make America Great Again), la administración De la Espriella recurre a la saturación del debate público: «inundar todo de mierda», como señalaba Steve Bannon, exasesor de Trump. Con cada nuevo anuncio, imagen, discurso o producción, el gobierno bombardea a la opinión pública con rumores, mientras la sociedad desconoce las líneas estratégicas reales de la gestión.
Eliminar el empalme oficial para construir un empalme de «la verdad», publicar un «informe de la verdad», apelar a las consignas «milagro» y «de firme» en cada evento, rescatar el grito bélico de «¡Cristo Rey!», los bandazos de los miembros del gabinete o las ruedas de prensa con cadáveres y radioteléfonos, son expresiones de una puesta en escena teatral. Un distractor deliberado sobre el fondo de la nueva administración; un caos programado para obturar el debate.
La reconfiguración de la oposición
En este escenario, la oposición tiene el deber –y la necesidad– de reinventarse. La izquierda del Pacto Histórico, beneficiaria en su momento de un eficaz manejo de redes, pero esclava de una deficiente comunicación de gobierno –centrada en destellos individuales y reacia a adaptar su lenguaje a la comunicación electoral contemporánea–, no logra encontrar su tono. En este vacío, paradójicamente, el Centro Democrático ha sido más hábil al apelar al vilipendiado centro, ofreciendo como subtexto una imagen de mayor institucionalidad y previsibilidad frente a la actual administración.
No obstante, en el mediano plazo –y a condición de superar los personalismos y la resistencia a utilizar las herramientas de comunicación necesarias para hacer frente a un debate sucio y hegemónico–, la idea de un nuevo frente amplio podría resurgir. Ello dependerá tanto de la renovación de sus liderazgos como de la comprensión de que, a diferencia de otras épocas, la acción política local está indisolublemente conectada con el contexto regional y global.
Por lo pronto, corresponderá a la sociedad encontrar los caminos para despejar el ruido de un gobierno que busca su legitimidad en el caos, escuchar lo que sucede en el entorno regional para activar los mecanismos democráticos de defensa del sistema político colombiano y, sobre todo, no olvidar que el ruido es solo otra forma de silencio, y que “en el silencio muere la democracia”.
*Conferencista, autor y consultor empresarial colombiano. Doctor en Ciencias de la Universidad Seton Hall y Maestro en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. También se graduó del Programa de Responsabilidad Corporativa de la Escuela de Negocios de Harvard. Analista de Desde Abajo