La bajante del río Paraná y el desastre ecológico en la brasileña Sabana del Cerrado

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Los gobernantes “siguen el tema con atención”; los funcionarios “continúan muy preocupados”; los científicos lo tienen en estudio”; la población en general “confía que la situación vuelva a su normalidad; los más pobres sufren y esperan. Todos, de una u otra manera,  son vecinos de las orillas del Río Paraná, el del ceibo en flor, del sauce llorón, del chamamé y las chamarritas; el de “Pedro el canoero”, el de las inundaciones sin fin.

Los más humildes, primero pensaron peor es la inundación que se lleva todo. Después creció la preocupación, vieron como el agua era un hilo, mientras la orilla se ensanchaba. Allí fue que empezaron a mirar al cielo esperando la lluvia salvadora, como tantas otras veces había ocurrido. Pero esta vez la cosa venía distinta.

Aguas arriba estaba pasando lo mismo. Los niveles del Río Paraná están unos 8,5 metros por debajo del promedio en la zona de la frontera entre Brasil y Paraguay. Con ese dato en la mano algunos empezaron a pensar que había que mirar mucho más arriba y adentro, donde nace el Paraná.

Allí fue que apareció el problema en toda su magnitud. El tema era que las raíces profundas de la vegetación de la sabana del Cerrado en Brasil, ésas que guardaban el agua para irla desembuchando cuando era necesario para mantener un natural equilibrio.

Esas raíces que eran el conducto para que el agua se conservara en la profundidad, estaban siendo reemplazados por las pequeñas raíces de sembradíos anuales como la soja, trigo, maíz y otros cultivos -facilitados por la novedad de las semillas transgénicas- y el agua dejó de llegar a sus “depósitos naturales”.

Al terminar el ciclo productivo de cada  año, el agua se iba con esos cultivos y se vendía –casi siempre en el mercado mundial, sobre todo en China y Europa- trayendo comida para los compradores, riqueza para esos grandes productores, dolor, desarraigo y muerte para las poblaciones lugareñas.

Pero, ¿qué es el Cerrado y cuál es su importancia?

El Cerrado es una sabana y éstas son zonas secas de transición entre selvas y semidesiertos. Allí se combinan zonas peladas, con boscosas y otras de árboles altos distantes unos de otros. Ellos tienen largas raíces que llevan a las profundidades el agua que absorben.

La deforestación de este sistema, combinado con un proceso semejante que se da en la Amazonía, hace que disminuya un volumen importante del agua en la atmósfera que luego –usualmente- se convertía en la lluvia que equilibraba el funcionamiento de la naturaleza. De este modo la deforestación se vincula con la disminución en las lluvias, lo que afecta a cultivos, transportes, represas.

El Cerrado es la sabana más grande de América del Sur, abarca cerca de dos millones de kilómetros cuadrados, igual que todo México y algo menos que la Argentina continental. Esa cuenca está en retroceso y todos nosotros estamos sintiendo los efectos de ese hecho. La seguridad hídrica y la soberanía alimentaria de muchos pueblos están en peligro. Algunos creen que esto es producto de La Niña o El Niño, la mayoría se va convenciendo de que ese argumento es insuficiente.

Los productores de cereales y ganado están ocupando el lugar de las personas y la biodiversidad. Solo el 20% del viejo sistema se mantiene con la vegetación nativa. Allí nacen las cuencas de tres de los ríos más importantes de la región: El Amazonas, el Paraná-Paraguí y el San Francisco.

A pesar de todo ello gran parte de la población está desinformada respecto a lo que allí está ocurriendo, sobre los riesgos que encierra y la inminencia de los mismos.

En ese territorio, que abarca la cuarta parte de todo Brasil y el 30% de su flora y fauna, habitan decenas de comunidades de pueblos originarios y comunidades afrodescendientes. Todas ellas están sometidas a la presión de grandes empresas, entre las que sobresalen Cargill, Bunge, Bayer, beneficiarios de este gigantesco crimen colectivo financiado con créditos estatales.

En nombre del progreso, el Cerrado está sometido cotidianamente a una destrucción sistemática que lleva años y que -por décadas- se continuará hasta su liquidación definitiva. Nosotros nos iremos enterando lentamente, por sus efectos sobre la cuenca del Paraná, cuando se quiera “pegar el grito” es posible que sea demasiado tarde.

Según el propio gobierno brasileño, unas 680 mil hectáreas anuales del Cerrado se incorporan a la agricultura. Esa extensión de las fronteras agropecuarias va en desmedro del agua que entre otras cosas mantiene el equilibrio hídrico de todo Brasil y afecta a otras cuencas, ente ellas al Paraná.

Entre sus efectos más directos e inmediatos están las dificultades energéticas. Esto hizo que el Presidente de la Cámara de Diputados de Brasil dijera que Brasil tendrá que pasar por un período educativo de cierto racionamiento -de energía- para evitar cualquier tipo de crisis mayor”. El Ministro del ramo lo desmintió, pero así están las cosas…

En el lado argentino, además de estos problemas energéticos, ya tenemos dificultades por las tomas de agua del Paraná que se usan para consumo humano. También crecen las dificultades y contradicciones en materia de navegación.

En este sentido la Subsecretaría de Puertos acaba de prohibir (Orden 218) a la empresa prestataria del servicio (Hidrovía SA) que continúe con las tareas de sobredragado que se estaban realizando, desde el mes de mayo. Su objetivo era asegurar su navegabilidad, pero –según la Resolución oficial- ello genera riesgos ambientales que no se han evaluado.

Estos son algunos efectos del tradicional colonialismo que los entrelazados intereses del poder local y mundial operan sobre nuestros pueblos, como ocurre en el caso del Cerrado brasileño.

 *Analista político y dirigente social argentino, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)