Estadios paradisíacos, abusos laborales, trabajadores muertos

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Felipe Fernández

Un buen comienzo para contar un país es su ubicación geográfica. Qatar es una pequeña península dentro de una más grande llamada Península Arábiga. El vocablo árabe para “península” es Al Jazeera, que significa algo así como “casi una isla”. Es una buena manera de definir a Qatar y la relación con su barrio: casi una isla.

Comparte un pasado común con el resto de pequeñas monarquías árabes –Kuwait, Baréin, Emiratos, Omán– de dominio otomano primero y del imperio británico luego. Aunque en el caso de Qatar también hubo un momento en que los persas mandaban en el país. Cuando a los británicos el mundo les empezó a quedar grande y se fueron retirando de algunas de sus colonias, los cataríes ingresaron a la federación de Emiratos Árabes Unidos.

Sucedió en 1968 y no duraría mucho: tres años después se retiraría de esa federación para constituirse como Estado independiente al mando de la familia Al Thani. En la década del 70 Khalifa bin Hamad Al Thani, abuelo del actual emir, nacionalizó la industria petrolera que se constituiría en el motor de toda la economía catarí. Lo siguiente a independizarse es jugar al fútbol para demostrarlo.

En 1970 se disputó la primera edición de la Copa de Naciones del Golfo. Jugada en Baréin, reunió, además de a los anfitriones, a Arabia Saudita, Kuwait (campeón) y Qatar. Cuatro años después, los países del golfo se integraron a la ya existente Unión de Asociaciones de Fútbol Árabes y comenzaron a competir contra sus pares africanos. También en 1974 la liga catarí pasó a ser reconocida por la Federación de Fútbol de Qatar, aunque se venía disputando desde los años 50.

La principal competencia de la región es la Copa de Naciones Árabe, un torneo por fuera de la órbita de FIFA hasta su última edición en el que la máxima autoridad del fútbol fue la organizadora; si bien no fue parte del calendario FIFA y por ende los clubes no estuvieron obligados a ceder a sus jugadores, fue un primer paso importante para el fútbol árabe.

Volviendo a la política, a fines de los 80 y principio de los 90 Qatar primero se peleó con Baréin por las islas Hawar, muy próximas a territorio catarí pero que pertenecen a los primeros. Luego vendría un choque fronterizo con Arabia Saudita, una frontera desértica que ha sido causa de disputas desde siempre. Por esa frontera pasan las únicas dos carreteras que conectan a Qatar con la Península Arábiga, o dicho de otra forma, las únicas dos maneras de entrar a Qatar por tierra. Al Jazeera, casi una isla.

En junio de 1995, cuando el emir Khalifa estaba de vacaciones en Suiza, su hijo organizó un golpe de Estado sin derramamiento de sangre y se consagró como nuevo emir. Dio vuelta algunas cosas, para empezar el nombre: se pasó de un Khalifa bin Hamad a un Hamad bin Khalifa. El apellido, siempre Al Thani. El nuevo emir tuvo como objetivo abrirse al mundo, como lo explica el analista internacional Federico Gaon: “Qatar buscó consolidar un poder blando para compensar su escasa territorialidad.

En 1996 el país lanza Al Jazeera, la primera cadena satelital de habla árabe, y mediante esta herramienta comienza a darles visibilidad a ciertos problemas sociales del mundo árabe que los estados conservadores deliberadamente ignoraban. Qatar empieza a consolidar cierta reputación en el Medio Oriente y progresivamente también en el extranjero”.

El fútbol era parte del plan del nuevo emir. En 2004 se refundó la liga local y pasó a llamarse Qatar Stars League. El nuevo lanzamiento vino acompañado de fondos: las autoridades repartieron cinco millones de dólares a cada club para contratar a jugadores de alto perfil. Lo cuenta Nahuel Lanzón en el capítulo dedicado a Qatar del libro Ligas exóticas y nombra algunas de esas estrellas: Pep Guardiola, Fernando Hierro, Gabriel Batistuta, Claudio Caniggia.

Más historia

En esta zona del mundo, los países y sus ciudades no cuentan historias del pasado. Sus habitantes más antiguos no escribían, la transmisión cultural en las tribus del desierto es oral. Pescadores de perlas en los meses de invierno, en verano debían refugiarse en el oasis más cercano para huir de las altísimas temperaturas veraniegas y de la humedad que transforman a las noches del golfo en un infierno con luna. Ese ir y venir no deja como legado grandes construcciones. Fue entonces que esta pequeña península del tamaño del departamento de Durazno decidió que debía contar historias del futuro.

Pero para contar y mostrar el futuro se precisa mucho dinero. Y esta casi isla lo tiene gracias al petróleo, pero principalmente a su reserva de gas ubicada en el yacimiento South Pars-North Dom, el más grande del mundo y compartido con Irán. Desarrollaron una estrategia para convertirse en el mayor exportador de gas licuado del mundo y en eso están, porque se ubican segundos, apenas por detrás de Australia.

La invasión rusa a Ucrania ha puesto el gas natural en el centro del tablero geopolítico. Europa intenta no depender más del gas ruso (barato y por cañería) y encontró en Qatar un buen sustituto con su gas licuado. El Mundial se jugará en pleno invierno europeo. En los últimos días, varios alcaldes franceses han salido a la prensa para comunicar que no pondrán pantallas gigantes para ver los partidos en protesta, e incluso la primera ministra, Élisabeth Borne, comunicó que no irá a Qatar como crítica a la situación de los trabajadores de la construcción y al impacto medioambiental.

El país árabe ha respondido recordando la buena voluntad a negociar envíos de gas y el papel que jugó Doha para evacuar a personal francés de Afganistán.

En 2013 el grupo Deloitte realizó un informe y estimó que Qatar invertiría 200.000 millones de dólares para organizar el mundial. Nueve cifras. Para poner en contexto, Brasil gastó 15.000 millones y Rusia, 11.600, que son quienes lo siguen en el ranking de mundiales más caros. La diferencia es muy grande por varios motivos, pero el principal es que Qatar tuvo que no sólo construir estadios sino también encarar muchas obras de transporte: desde agrandar el aeropuerto hasta la construcción de un metro, además de infraestructura hotelera. Vivir en Doha en los últimos 20 años implica que a cada vuelta de las vacaciones te encuentres con algo nuevo en la ciudad.

De todas partes vienen

En Qatar viven algo menos de tres millones de personas, la mayor cantidad de gente viviendo en ese país desde que se tienen registro. El crecimiento ha sido veloz: hace 15 años no llegaban al millón de habitantes. Pongámoslo en tiempos futbolísticos: cuando en 2010 Qatar ganó la sede para este mundial, vivían en el país 1,7 millones de personas. En 12 años la población aumentó 70%.

En ese crecimiento mucho tienen que ver los inmigrantes, porque una cosa es vivir en Qatar y otra muy distinta es ser catarí. La población local sólo representa 10%, luego podemos dividir a los inmigrantes en dos grandes grupos: por un lado, árabes (egipcios, palestinos, yemeníes) que representan 25%. El otro grupo serían los iraníes, indios, pakistaníes, nepalíes y filipinos, que hacen 55%. El otro dato llamativo es la poca cantidad de mujeres: unas 734.000 de los casi tres millones de habitantes.1

Hay cuatro orígenes de los obreros que se repiten más que el resto: India, Bangladesh, Pakistán y Nepal. Esos países ponen la mano de obra y también ponen los muertos. El año pasado una investigación de The Guardian cifraba en 6.500 las muertes relacionadas a la construcción para el mundial entre 2012 y 2020. Pueden ser muchas más, porque el diario inglés no pudo acceder a la cifras de muertos de Filipinas y Kenia, otros dos países desde donde llegaron muchos trabajadores.

La organización maneja números muy diferentes: de acuerdo a esta, sólo 37 personas han muerto en lugares de trabajos, y nada más que tres lo han hecho por “accidentes de trabajo”. Lo que ocultan esos números extremadamente bajos es, por un lado, las muertes asociadas a las condiciones de trabajo, desde agotamiento, deshidratación o directamente suicidios. Y por otro, hay muchas de esas 6.500 muertes que Qatar catalogó como “muertes por causas naturales” sin mediar autopsia.

Las alarmas empezaron a sonar muy temprano incluso en el ambiente del fútbol. En 2012 el futbolista franco-argelino Zahir Belounis escribió una carta pública a Zinedine Zidane y Pep Guardiola como embajadores de Qatar 2022 para contarle su situación. Belounis estaba jugando en un equipo que había dejado de pagarle su salario. Cuando fue a reclamar, los directivos le quisieron hacer firmar un documento para desistir de la deuda a cambio de entregarle el pasaporte.

En Qatar funciona algo conocido como el “sistema Kafala”, por el cual un empleador se hace responsable de los trabajadores ya que estos no son ciudadanos plenos del país, patrocinio que les permite acceder a una visa de trabajo. En la práctica esto deriva en que el empleador le retenga el pasaporte a quien tiene a cargo para asegurarse de que no pueda salir del país sin su consentimiento. En el caso de Belounis intervino Fifpro (el sindicato internacional de jugadores de fútbol), gracias a lo cual logró una visa de salida y pudo volver a Francia.

Qatar se comprometió a ponerle fin al sistema Kafala, cosa que hizo en 2020, y desde ese momento los trabajadores pueden salir del país sin permiso de su empleador y pueden cambiar de trabajo libremente. También se estableció un salario mínimo de 275 dólares mensuales; la Organización Internacional de Trabajo lo describió como un cambio histórico.

El historial de abusos laborales relacionados con la organización del mundial es extenso. Por eso algunas organizaciones como Human Right Watch y Amnistía Internacional propusieron que la FIFA cree un fondo destinado a reparar a los trabajadores damnificados y a las familias de los fallecidos. “La FIFA y Qatar han fallado a los trabajadores inmigrantes, que son esenciales para la Copa del Mundo de 2022.

Pero aún pueden indemnizar a los gravemente perjudicados y a las familias de los numerosos fallecidos”, declaró Minky Worden, directora de iniciativas globales de Human Rights Watch. El fondo de compensación ha sido apoyado por federaciones como las de Francia y Países Bajos e incluso por seleccionadores como el holandés Van Gaal y el brasileño Tite. Alasdair Bell, secretario general adjunto de la FIFA, declaró que están pensando en implementar un fondo de compensación.

*Licenciado en Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Católica del Uruguay, escribe en Ladiaria.