Entrevista en Guayaquil

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Luis Britto García |

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Casi no hay episodio de nuestra Independencia que haya suscitado más hipótesis, especulaciones y elucubraciones que la entrevista de Simón Bolívar y José de San Martín en Guayaquil entre el  26 y el 27 de julio de 1822. La suponen unos  despiadado pugilato de fuerzas; otros, como Jorge Luis Borges,  sinuosa pugna de caracteres. Sólo es posible comprenderla como el encuentro  entre dos planes de liberación, el uno iniciado en Caracas, el otro en Buenos Aires.

Ya el 10 de mayo de 1820 escribe Bolívar a Santander desde Cúcuta, primero, para condenar los intentos de mantener la esclavitud pues “me parece una locura que en una revolución de libertad se pretenda mantener la esclavitud”, luego, para fijar un objetivo estratégico: “si derrotamos a Calzada en Neiva, que no paren nuestras tropas hasta Guayaquil. En esa ciudad debe haber habido alguna revolución» (Lecuna, Simón Bolívar, Obras Completas, Vol. I; p. 435).

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Revolución la hubo, en efecto. José Joaquín de Olmedo declara la independencia de la “Provincia Libre de Guayaquil” el 9 de octubre de 1820; ante el avance de las tropas realistas, solicita auxilio a Bolívar. Éste envía a Antonio José de Sucre, quien el 24 de mayo de 1822 gana la contundente victoria de Pichincha, que libera al virreinato de Quito, hoy Ecuador. Queda por definirse el destino de Guayaquil, y el del Perú, donde José de San Martín  mantiene desde el 28 de julio de 1821 un indeciso protectorado, sin derrotar de manera definitiva a los realistas.

El 20 de junio de 1822 Bolívar escribe a Francisco de Paula Santander “Me propongo, a la cabeza del ejército aliado, entrar en Guayaquil y transigir los negocios de Colombia o con el gobierno o con el pueblo, que se dice generalmente adicto a nosotros. Renunciar a Guayaquil es imposible, porque será más útil renunciar al departamento de Quito. Además de ser contagioso el comportamiento inicuo e impolítico de Guayaquil, su territorio está enclavado en nuestra frontera por el Sur; está protegido por el Perú, que tiene a sus órdenes todos los militares del Sur de América, y que es rico, y por consiguiente, capaz de mantener muchas tropas”. Guayaquil es en efecto estratégica ciudad puerto, donde desembocan caudalosos ríos fundamentales para el comercio interno y la comunicación del otrora virreinato con el Pacífico. Sus autoridades quieren constituirlo en República autónoma.

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Camino hacia el puerto, pasa Bolívar por el Chimborazo, cumbre que le inspira su arrebatado Delirio: “Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo. Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía”.

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El  11 de julio de 1822 ocupa Bolívar Guayaquil al mando de dos mil combatientes y decide su incorporación a Colombia, vale decir, a lo que nosotros llamamos la Gran Colombia. Queda abierto el camino para la liberación del Perú. Para ello, hay que ponerse de acuerdo con  José de San Martín, quien poco después arriba en barco a Guayaquil. El misterio sobre los temas de la histórica entrevista queda resuelto por el informe que el Libertador envía el 29 de julio de 1822, por conducto del general José Gabriel Pérez, al secretario de relaciones exteriores de Colombia sobre «Las especies más importantes que ocurrieron al protector en las conferencia con S.E. durante su mansión en Guayaquil”: (…)

°Segunda: El protector dijo espontáneamente a S.E. y sin ser invitado a ello, que nada tenía que decirle sobre los negocios de Guayaquil, en los que no tenía que mezclarse; que la culpa era de los guayaquileños (…)”.

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De inmediato se plantea el único tema controversial de la entrevista: «Tercera. El protector se quejó altamente del mando y sobre todo se quejó de sus compañeros de armas que últimamente lo habían abandonado en Lima. Aseguró que iba a retirarse a Mendoza; que había dejado un pliego cerrado para que lo presentasen al congreso, renunciando el protectorado; que también renunciaría la reelección que contaba se haría en él.

Que desde luego que obtuviera el primer triunfo se retiraría del mando militar, sin esperar a ver el término de la guerra; pero añadió que antes de retirarse dejaba bien establecidas las bases del gobierno; que éste no debía ser democrático en el Perú porque no convenía, y últimamente que debería venir de Europa un príncipe aislado y solo a mandar aquel Estado. S.E. contestó que no convenía a la América ni tampoco a Colombia la introducción de príncipes europeos porque eran partes heterogéneas a nuestra masa; que S.E. se opondría por su parte si pudiese pero que no se opondría a la forma del gobierno que quiera darse cada Estado, añadiendo sobre este particular S.E. todo lo que piensa con respecto a la naturaleza de los gobiernos, refiriéndose en todo su discurso al congreso de Angostura.

El protector replicó que la venida del príncipe sería para después, y S.E. repuso que nunca convenía que viniesen tales príncipes; que S.E. habría preferido invitar al general Iturbide a que se coronase con tal que no viniesen borbones austríacos, ni otra dinastía europea. (…)Es de presumirse que el designio que se tiene es erigir ahora la monarquía sobre el principio de darle la corona a un príncipe europeo, con el fin, sin duda, de ocupar después el trono el que tenga más popularidad en el país o más fuerzas de que disponer. Si los discursos del protector son sinceros, ninguno está más lejos de ocupar tal trono. Parece muy convencido de los inconvenientes del mando.” (Lecuna Vol. I; p. 655-659).

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Nadie más opuesto a las monarquías que el republicano Bolívar. Para él, traer reyes europeos a América sería importar todos los conflictos dinásticos del Viejo Mundo. San Martín tampoco podía imponer el anacrónico proyecto, pues sus compañeros de armas “últimamente lo habían abandonado en Lima”. El único tema de disenso entre los héroes era inaplicable. Para Bolívar quedaba expedito el camino hacia la liberación del Perú y la instauración de Bolívia. Para ambos, la ruta hacia el desencanto, el exilio y la muerte, cuando sus sucesores indignos decidieran fragmentar y entregar al absolutismo de los capitales extranjeros las patrias creadas por las espadas libertadoras.