Elecciones en Brasil: un partido que va de la OTAN a los BRICS
La puja entre Lula y el bolsonarismo tiene innegables condimentos geopolíticos y geoeconómicos.
Eleonora Gosman – Tektónikos
Las oscilaciones electorales en Brasil, a pocos días de la primera vuelta el 4 de octubre, revelaron ya desde el inicio una inevitable polarización entre la variante socialdemócrata de Luiz Inácio Lula da Silva y la extrema derecha de Flávio Bolsonaro. Y no es porque el senador haya aportado algo a su campaña, sino porque su figura traduce la de su propio padre, el ex presidente Jair. Preso en su domicilio, por intento de golpe de Estado el 8 de enero de 2023, la imagen del ex mandatario aún seduce a una buena parte de la sociedad.
El fenómeno, que no es exclusivo de Brasil pues ocurre en otras latitudes (todo Occidente incluido), confirma el declive de las agrupaciones de centro y de la derecha tradicional, que desde el inicio de este siglo dejaron de ofrecer alternativas creíbles para el electorado. A estos comicios se le suma otra circunstancia: las encuestas marcan una variación en las expectativas de victoria de los dos principales competidores, Lula y Flávio. Entre fines de mayo y junio, el senador Bolsonaro, que iba en ascenso, sufrió un agudo derrumbe, al quedar entre 6 o 7 puntos abajo de lo que las encuestas marcaban para el actual Presidente en búsqueda de su reelección.
Lo que precipitó su caída fueron las denuncias de una relación personal con el ex banquero Daniel Vorcaro, dueño del quebrado banco Master y preso desde marzo de este año por estafas financieras. Esto sacudió la credibilidad que el bolsonarismo había reconstruido entre el electorado “independiente”. El senador Flávio intercambió sucesivos mensajes de WhatsApp y tuvo contacto personal con el financista estafador, en busca del dinero que debía transferirle a un fondo especial en Estados Unidos, presuntamente para la realización de la película “Dark Horse”, sobre la vida de Jair Bolsonaro.

Los 12,5 millones de dólares que el exbanquero envió a lo largo de 2025, debían pagar en teoría los gastos del actor estadounidense, el protagonista, y del director del film, también del país norteamericano. Pero, recientemente se descubrieron más hechos delictivos: la mayor parte de esos recursos sirvió para mantener a Eduardo Bolsonaro, ex diputado que huyó a EE.UU. para no ser detenido y para operar a favor de su familia ante Donald Trump. Solo una fracción menor de dólares fue utilizada en Brasil, donde se realizó toda la película.
Los entramados de estas denuncia fueron la causa principal que perjudicó al senador Flávio y ayudó al resurgimiento de Lula, que pudo recuperar terreno en el llamado electorado independiente.
Ese efecto corrosivo sobre Flavio duró dos meses; pero entre fines de julio y la primera semana de septiembre, la prensa brasileña derivó su foco al supuesto tráfico de influencia perpetrado por Fabio Luis Lula da Silva, el hijo presidencial. En grandes titulares de los principales medios se publicaron denuncias sobre el lobby que “Lulinha” habría ejercido a favor de empresarios, en diversos ministerios brasileños. Pero lo cierto es que hasta hoy no se comprobó tal influencia; como tampoco hubo resultados para las empresas presuntamente beneficiadas a través de la firma de contratos con las autoridades.
Fue en este último tiempo cuando se produjo la falta de empuje del presidente Lula en las encuestas Según buena parte de las consultoras, Flávio lo alcanzó e incluso superó en el porcentaje, para la segunda vuelta. De acuerdo con la última pesquisa de Quaest, el líder brasileño tiene 42% de las intenciones de voto, y el senador, 44%. Pero esta semana apareció otra, de CNT-MDA, donde Lula vuelve al podio.
No puede negarse que en el trasfondo de este descenso presidencial hay una cuestión económica que impacta en el bolsillo de los votantes.
Una de ellas es el fuerte endeudamiento familiar con tarjetas y créditos, dados los elevados intereses que cobran las instituciones financieras. Aunque el gobierno lanzó un programa de refinanciación para los que ya no pueden pagar los intereses leoninos cobrados por los privados, el tema aún permanece sin resolverse en su totalidad. Esto afecta, esencialmente, a las clases medias; el fenómeno fue visible en agosto por una leve caída del consumo y de las expectativas para 2027.
Esto no significa que el retraso del candidato oficialista y del PT, su partido, sea definitivo.
Hasta el equipo de economistas del J.P.Morgan evaluó: “La aparición de noticias negativas expone vulnerabilidades en ambos bandos y la existencia de una carrera presidencial muy reñida, en medio de una persistente polarización”.

Los jueces meten la cola
Solo que a estas “idas y venidas” electorales se le acaba de sumar, desde fines de la semana pasada, una notable crisis del Supremo Tribunal Federal, la corte suprema brasileña, con la confrontación entre dos de sus miembros: de un lado, Alexandre de Moraes, el magistrado que condenó a Bolsonaro a 27 años de cárcel por su participación en el fallido de golpe de Estado de enero del 23; del otro, André Mendonza, ex pastor evangélico consagrado por Jair Bolsonaro como miembro de la máxima instancia judicial que es STF.
Las conmociones de la Corte alcanzaron su punto álgido el martes 15 de septiembre, con la deliberación en el plenario de los magistrados que debería autorizar una investigación de Moraes, a quien se le atribuyen contactos con el super contaminante banquero Daniel Vorcaro; pero también de Mendonza quien, según se descubrió ahora, también tuvo sus relaciones con el financista mafioso.
Un nuevo complot
En la visión de Articulación de Izquierda, una corriente dentro del PT, los episodios del Supremo Tribunal revelan que está en marcha “una nueva ofensiva contra el proyecto popular, dentro del Estado y con la colaboración del sistema de los medios hegemónicos”. De acuerdo con este sector petista, se repite “el método empleado en 2016 contra la presidenta Dilma Rousseff”, que fue destituida en el Congreso nacional. Para ellos se trata de un “complot” con apoyo de Estados Unidos. El propio Lula lo sugirió en un discurso, al decir que “Trump debe dedicarse a sus propios asuntos” y “no interferir” en los comicios brasileños.
Pero dentro del propio PT y de sus aliados que ocupan cargos en el gobierno, quienes dieron información en off the record a la prensa, se piensa que el jefe de Estado debería alejarse de la figura de Alexandre de Moraes. Para ellos, la Corte “tiene que dar una respuesta contundente para calmar los ánimos internamente” y para impedir que ese desequilibrio judicial de “una respuesta no adecuada a Estados Unidos”. Especialmente porque la historia podría perjudicar en estos días las negociaciones entre ambos países para reformular el aumento adicional del 25% en los aranceles de importación, decidido por Trump hace un mes, para ser aplicados por sobre los que ya estaban vigentes. Para la corriente de izquierda del PT, ese fue un ataque claramente orquestado desde Washington para definir, según sus intereses, la disputa por la presidencia de Brasil.
Según los sectores de izquierda, “el gobierno de Lula y el campo político que hegemoniza el PT” buscan consolidar las alianzas para frenar “este golpe en marcha, catalogado como híbrido, que sigue el ritual de antaño: pasa por el Tribunal Supremo, por la prensa blanca y racista, y por el parlamento, controlado desde hace tiempo por la derecha y la ultraderecha”. Esa estrategia sería la causante de la desmovilización popular.
Lo cierto es que la Casa Blanca ha operado, desde inicios de la administración Trump en 2025, a favor del “bolsonarismo”. A pedido del ex diputado refugiado en EE.UU. Eduardo Bolsonaro, primero lo hizo a través de aquella medida económica global, que incluyó a Brasil dentro de un conjunto de países que debían sufrir un aumento de 50% en los aranceles de importación. También impuso sanciones contra el juez De Moraes y algunos ministros del gobierno lulista: se les negó la visa para viajar a Estados Unidos. Entre los analistas políticos hay quienes se muestran más radicales al sustentar que las elecciones brasileñas se han convertido, incluso, en “un asunto de la OTAN”. De allí vendría la financiación de ONGs e instituciones de derecha y ultraderecha “así como la contaminación informativa mediante redes sociales, inteligencia artificial y algoritmos”.
La soberanía y el desarrollo económico
Lo cierto es que la complejidad del tablero mundial y su impacto en el mayor país sudamericano ha llevado al presidente Lula a tomar el asunto como un eje muy fuerte de la campaña. En la plataforma de propuestas, presentada ante el tribunal electoral, se afirma que “la política exterior y la defensa nacional son dimensiones complementarias de una misma estrategia destinada a proteger los intereses de Brasil”. Es preciso recordar que, en este tercer mandato, el mandatario realizó importantes gestos de acercamiento con China, con la que es socio fundador de los BRICS, gestos que son equiparables en importancia con el progresivo distanciamiento de Washington. Además, Brasil no se unió al Escudo de las Américas, una alianza militar creada por Trump en marzo de 2026 para combatir los cárteles de la droga.
Desde la perspectiva del gobierno, la regulación de las grandes empresas tecnológicas, el control de la inversión extranjera en minerales críticos y la lucha contra las organizaciones criminales transnacionales son puntos cruciales de la diplomacia. Por esa razón los asuntos de política internacional adquirieron una relevancia fuerte. Y algo que nunca había ocurrido, es su estrecho vínculo con las cuestiones internas de Brasil.
El documento que diseña el proyecto del país para los próximos cuatro años promete mantener el énfasis en las instituciones multilaterales y el acercamiento Sur-Sur (en referencia a los países del llamado Sur Global) que caracterizaron sus mandatos anteriores; además de estrechar sus relaciones con China, Rusia y el resto de los países BRICS.
Nada de esto se puede entender fuera del contexto de una necesidad: la regulación de las grandes empresas tecnológicas, en un momento en que Estados Unidos presiona a los más diversos países (los de la Unión Europea, por ejemplo) para que eviten regulaciones destinadas a controlar a las grandes empresas tecnológicas estadounidenses. No por acaso, el Congreso brasileño aprobó la ley sobre el marco legal de estas compañías que envió el Poder Ejecutivo. Con esa medida, se crea un consejo nacional con poder de veto sobre demandas de las firmas extranjeras.
En contraste, para Flávio Bolsonaro “Lula está haciendo tratos, principalmente por razones ideológicas, con China, pero Brasil debería priorizar este tipo de negociación estratégica con países que no solo tienen proximidad geográfica, sino también alineación en principios y valores”. Se refería su interés a su interés de recomponer las relaciones íntimas con Estados Unidos.
A pesar de este posicionamiento de su candidato, el bolsonarismo como movimiento optó en cambio por ignorar el asunto. Y para contrarrestar el discurso de Lula, puso énfasis en la seguridad pública como símbolo de la defensa de la soberanía. Flávio Bolsonario, que se presenta formalmente como candidato del Partido Liberal, anunció que su modelo en esta área sigue al pie de la letra el programa de seguridad pública implementado por Nayib Bukele en El Salvador. Además, incluye la designación del Primero Comando de la Capital y del Comando Rojo dentro de las organizaciones terroristas, respaldando así la inclusión de esos cárteles en la lista de la Casa Blanca, lo cual Lula y su gobierno han rechazado enfáticamente, porque podrís suponer ataques de EE.UU. en territorio brasileño con esa excusa.
En su programa de gobierno, ya oficializado, Flávio no menciona a los BRICS, ni al Mercosur. Es más, el aspirante a presidente de Brasil por la ultraderecha pronunció un discurso en la estadounidense Prager University, en junio pasado, donde afirmó que Brasil ya no se caracterizará por la “sumisión a China.
En otras entrevistas, el postulante del PL brasileño prometió alianzas preferenciales con Estados Unidos, especialmente en lo que concierne a la explotación de minerales críticos en Brasil, y propuso un tratado de libre comercio con los norteamericanos.
El senador menciona en su propuesta de política exterior que desplegará una imagen de “moderación” para diferenciarse de la “diplomacia ideológica” del gobierno de su padre. Pero la iniciativa demuestra lo contrario: si bien promete “una diplomacia guiada por el profesionalismo y el pragmatismo”, confirma que “con Estados Unidos, necesitamos reconstruir una relación histórica y definir una agenda de cooperación que vaya mucho más allá de los aranceles y el comercio”. Y al referirse a China, solo habla de “la necesidad de preservar las oportunidades económicas” que ofrece la potencia asiática, hoy primer socio comercial del país sudamericano.
Al bolsonarismo actual, representado por el senador Flávio, ya no le interesa contar con la sombra de las Fuerzas Armadas, inclusive porque estas podrían condicionar algunos proyectos de inspiración norteamericana.
Una de las confrontaciones que deberá enfrentar el senador ultraderechista, si llegara al gobierno de Brasil, será la salida de los BRICS, como ya lo anticipó en un discurso. No sólo por lo que ese bloque representa en el orden internacional, como un nuevo polo de poder, sino también por su divergencia respecto de las iniciativas comerciales en monedas distintas al dólar. En ese sentido, se emparejaría con su aliado Javier Milei, quien luego de ganar las elecciones a fines de 2023, impidió el ingreso de la Argentina a ese grupo del Sur Global.
El jefe de la Casa Rosada hizo, y deshizo, todo lo que estaba en sus manos para confrontar al gobierno de Lula. Llegó a insultarlo, y no fue algo improvisado, en tierras brasileñas mientras le daba el apoyo presencial al lanzamiento de la candidatura de Flavio Bolsonaro. No debe extrañar, entonces, que la diplomacia de Itamaraty le retirara su embajador en Buenos Aires, lo que luego llevó a la salida del embajador argentino en Brasilia. Ocurre que el Mercosur, que tiene como socios fundadores a ambos países, en verdad nunca fue bien visto en Washington. Siempre actuó como una plataforma continental que frenó la subordinación.

