El pan nuestro de cada día

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 Luis Britto García

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Por dos cosas, apunta el pícaro Arcipreste de Hita, trabaja humanidad entera: el alimento, la primera, y por  haber coyunda con hembra placentera. Así es. Por más vueltas que le demos o  ropajes ideológicos que esgrimamos, en el fondo de todo acto y de toda controversia está la prosaica alimentación. Procede preguntarse quiénes la manejan.

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La tierra, en principio patrimonio de la humanidad, ha sido acaparada por un número ínfimo de terratenientes, que en última instancia decide quién podrá vivir y quién no. Así como crece una progresiva concentración del capital industrial y el financiero, se incrementa la del capital agrícola y pecuario. En el mundo   unas 75 grandes empresas dominan la producción y comercialización de alimentos, clasificadas en 2018 de acuerdo con el monto de su índice de capitalización bursátil en miles de millones en euros, en una escala que arranca con los 202,67 € de la suiza Nestlé y concluye con los 3,99€ de la estadounidense Snyders Lance.

Examinemos las primeras doce empresas de la lista. Siete pertenecen a Estados Unidos: Kraft Heinz, Mondelez International, General Mills, Tyson Foods, Kellog Co., Archer-Daniels-Midland Co. y Hershey. Una es francesa (Danone), otra inglesa (Associated British Foods), dos son chinas (Inner Mongolia Yili Indus, Foshan Haitian Flavouring). Para mayor detalle, en la lista de total de 75 empresas, 20 son estadounidenses, 16 chinas. (https://economipedia.com/definiciones/empresas/empresas-de-alimentos-mas-grandes-del-mundo.html). Por alguna razón, no se incluyen compañías de Rusia y Ucrania, que en 2019 exportaban más del 25% por ciento del trigo del mundo (https://bit.ly/3tEtf01).

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La organización Oxfam ofrece un cuadro todavía más sencillo en su informe de 2012 sobre “El lado oscuro del comercio mundial de cereales: El impacto de las cuatro grandes comercializadoras  sobre la agricultura mundial”. En dicho documentado e irrefutable estudio se revela que sólo cuatro grandes empresas –Archer Daniels Midland  (ADM), Bunge, Cargill y Louis Dreyfus, conocidas colectivamente como las ABCD– dominan el 90% del comercio de los cereales a escala mundial, y tienen un papel central en el sistema  agroalimentario del planeta.

Según demuestran Sophia Murphy, David Burch y Jennifer Clap, autores del Informe, “Estas comercializadoras no sólo operan con las materias primas en su estado físico, sino que lo hacen desde el terreno donde se producen y a lo largo de toda la cadena hasta el procesamiento de los alimentos. Suministran semillas, fertilizantes y agroquímicos a los productores, y adquieren los productos agrícolas, almacenándolos en sus propias instalaciones.

Actúan como propietarias de la tierra, productoras ganaderas y avícolas, procesadoras de alimentos, transportistas y productoras de biocombustibles, así como proporcionan servicios financieros en los mercados de materias primas (rr-cereal-secrets-grain-traders-agriculture-30082012-es).

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Que sólo cuatro empresas privadas administren a voluntad la producción de la cual depende la vida de las nueve décimas partes de los 8.000 millones de habitantes del mundo, parece desproporcionado. Es lo que los más acérrimos neoliberales llamarían un mercado de competencia imperfecta, en el cual no rigen las leyes de la demanda y la oferta porque esta última depende apenas de cuatro oferentes que fácilmente pueden ponerse de acuerdo para eliminar la competencia.

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Así como el capital tiende a concentrarse en un número cada vez menor de manos, la tierra tiende a caer en un cada vez más reducido número de propietarios. En los orígenes de la humanidad la tierra era común. La escisión de la sociedad en clases reservó violentamente para una élite su propiedad, y para las clases dominadas el duro trabajo que la hacía producir. Todavía en la actualidad son los campesinos arrojados de sus fundos o “desplazados” por supuestas operaciones militares en Indonesia o en Colombia.

A veces la desposesión es más sutil: opera por vía de “deudas” impagables o la imposición de leyes que quiebran a los pequeños agricultores, como el TLC en México, que permitió que la producción agrícola altamente mecanizada de Estados Unidos arruinará a más de cuatro millones de campesinos mexicanos que debieron emigrar para engrosar la marginalidad de las ciudades. Pero la lucha contra los grandes latifundios transnacionales no cesa.

En Brasil, sigue activo el Movimiento de los Sin Tierra, en el cual centenares de miles de campesinos sin fundos o expulsados de ellos acampan en el borde de las carreteras exigiendo disponer de medios de vida. En la India estalló una masiva revuelta campesina en 2020 y 2021, “contra la desigualdad producida por el neoliberalismo, el capitalismo y el imperialismo en el Sur Global”, que obtuvo importantes victorias a pesar de una represión que causó 715 víctimas fatales

En Sri Lanka, otra masiva sublevación campesina hizo huir en 2022 a un gobierno, que había puesto en peligro la producción de alimentos mediante un paquete de extremas medidas “conservacionistas” que entre otras cosas prohibían el uso de fertilizantes nitrogenados químicos. Durante tres años, los granjeros holandeses han protestado contra “crecientes regulaciones ambientales” tendientes a reducir las emisiones de óxido de nitrógeno y amoníaco en un 50% para 2030. (https://www.dailysignal.com/2022/07/15/sri-lanka-collapses-and-dutch-farmers-revolt-blame-green-policies/).

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Así como el capital financiero se desvía de la producción real para concentrarse en una especulación ficticia que sólo produce dividendos, también aplica la producción alimenticia como instrumento especulativo. De igual manera que el capital incurre cíclicamente en crisis de sobreproducción que arruinan a los productores pequeños y medianos a favor de los grandes, el capital agrícola y pecuario está sujeto a graves crisis periódicas que pagan los consumidores. Desde principios de siglo el precio de los alimentos  no ha hecho más que aumentar.

Como advierte  el editorialista inglés  George Monbiot, del cotidiano The Guardian, “nuestro  sistema alimentario está a punto de colapsar como sucedió con los bancos en 2008 (https://bit.ly/3NXoZAF)”.

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Para remediar la situación, movimientos y gobiernos progresistas debemos frenar la devastación de las zonas verdes y humedales del planeta; vetar todas las iniciativas de privatización de las aguas o de los sistemas para su distribución; colocar bajo control social aguas y tierras cultivables; prohibir las compras masivas de tierras por transnacionales o potencias extranjeras, ejecutar radicales reformas agrarias; declarar de interés público y proteger la producción de alimentos; limitar el cultivo de textiles, agrocombustibles o vegetales para consumo del ganado, y favorecer el de especies para alimentación humana directa; sujetar la importación o exportación de tales bienes al interés público; controlar rigurosamente los transgénicos y penalizar drásticamente la especulación con tierras o con productos alimenticios.

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De poco servirán sin embargo tales medidas mientras se las intente dentro del modo de producción capitalista, que funda la acumulación de cuatro empresas sobre el hambre de toda la humanidad.