Castillo al gobierno, Keiko ¿a prisión?

Mariana Álvarez Orellana

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Perú alcanzó en los tres días posteriores a las elecciones el techo de la incertidumbre, ante el estrechísimo margen que separaba a ambos candidatos, el maestro socialista Pedro Castillo –finalmente triunfador- y la ultraderechista Keiko Fujimori, mientras la campaña de terror de la prensa hegemónica y la derecha preesagiaban que en las horas siguientes podría pasar cualquier cosa.

Más de 17 millones de peruanos se dieron cita en sus locales de votación para cumplir con su deber cívico, lo que representa al 76,5% del total de electores hábiles. Fueron tres días plenos de nerviosismo, rumores y versiones sobre presuntos golpes.

Castillo se impuso en 16 de las 25 regiones de Perú y le arrebató a la derecha su hegemonía en ocho de ellas. Se impuso en todas las regiones andinas, en varias de ellas con más del 80% de los votos.. También en las selváticas de Amazonas, San Martín y Madre de Dios y las costeras de Áncash, Arequipa, Moquegua y Tacna.

Fujimori ganó con amplitud en las costeras Tumbes, Piura, Lambayeque, La Libertad, Lima Metropolitana, Lima-Provincias e Ica, y en las amazónicas de Loreto y Ucayali.

Keiko demostró que no ha cambiado: es incapaz de aceptar su derrota, imbuida de maledicencia, y ante su inmimente derrota, jugó a crear un clima de confrontación y aliento a un golpe de Estado. Así lo había hecho con Pedro Pablo Kuczynski quien la venció en 2016 por 41,438 votos de diferencia, en su segunda derrota electoral. Y no hay dos sin tres. Ahora enfrenta la prisión de hasta 30 años por el delito de corrupción.

Ante la difusión de mensajes donde se hacía un llamado a las Fuerzas Armadas para intervenir en el proceso electoral, el ministerio de Defensa señaló que éstas “no son deliberantes y están subordinadas al poder constitucional”, y exhortó a «respetar los resultados del proceso electoral». Ni el tiro del final le salió bien a la derecha.

La campaña fue moldeada por los medios hegemónicos (diarios, radios, televisoras, fake news por redes sociales) que además de acusarlo de comunista, terrorista y terruco, responsabilizaban a Castillo de la caída de la bolsa de valores, de la subida del dólar y el alza de los precios de alimentos con insumos importados.

Mientras, en una carrera contra el tiempo, la Comisión de Constitución del Congreso, adelantándose al triunfo de Castillo, inició la revisión de ocho proyectos de ley que plantean autorizar la realización de un referéndum para convocar a una Asamblea Constituyente que redacte una nueva Carta Magna en reemplazo de la de 1993.

Castillo será el primer mandatario sin contacto con las élites, sin lazos con el empresariado, los militares, ni la academia… En el año del bicentenario, millones de peruanos se han rebelado ante un sistema que los condicionó a aceptar la corrupción para gobernar.

Perú vive una profunda crisis económica, financiera, social y sanitaria. En un año pasó de tener 6,4 millones de personas por debajo de la línea de pobreza (20,5 por ciento) a 11,2 millones en diciembre de 2020, uno de cada tres peruanos. Obviamente estas cifras son aún peores hoy.

La catástrofe sanitaria quedó acentuada cuando el gobierno reconoció que había dos veces y media más de muertos que la hasta ahora cifra oficial de setenta mil fallecidos, lo que significa que Perú volvió a ser el país con la mayor tasa de mortalidad en el mundo por la pandemia.

Siete millones, de los 33 millones de peruanos, viven en zonas rurales. Durante tres décadas, el campo era feudo electoral del fujimorismo, la llamada ultraderecha populista, pero la situación cambió en esta campaña, en que Castillo logró cautivar al Perú profundo.

La realidad es que el ganador se encontrará ante un dilema para gobernar un país altamente polarizado, con la otra mitad con una visión totalmente opuesta, sin mayoría en el Congreso, con una exacerbada crisis política, económica, financiera, social y sanitaria.