Café con hedor a xenofobia

“Café con Aroma de Mujer” bate récords en la plataforma de streaming Netflix. El culebrón conserva todas las convenciones del género, tal como su original, de 1994, pero en esta remake agrega una grotesca y temeraria xenofobia contra venezolanos y venezolanas en Colombia.

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Marcos Salgado | 

Por culebrón se entiende, según la Real Academia Española: “telenovela sumamente larga y de acentuado carácter melodramático”. Sí, “Café con Aroma de Mujer”, versión 2021, es un culebrón con todas las de la ley: el amor imposible entre el heredero al trono de un emporio cafetalero y una jornalera en el mismo emporio, que terminará en casamiento posible en el último capítulo (en los culebrones no existen los spoilers). 

Pero antes del final con beso, transcurrirán alrededor de un centenar de capítulos. De idas y vueltas. De sabores y sinsabores, de engaños y desengaños, de caos fatal e irremediable pero salvado en el último segundo, como indican las convenciones de género de todo buen culebrón. Las convenciones del género también indican que la historia debe concentrarse en los conflictos pasionales, dejando el entorno en un segundo plano sin conflictos importantes, como un decorado. 

La última versión de “Café con Aroma de Mujer” cumple, también, con esa convención del género. Por ejemplo, en el arranque de la larga saga aunque la acción transcurre en una hacienda cafetalera en algún lugar de Colombia, el narcotráfico aparece representado por un casi simpático azote local y las reinvindicaciones de las jornaleras sobrevuelan, pero no pesan. Un entorno edulcorado, necesario para que fluya lo melodramático. 

Por eso no se entiende la inclusión de una historia secundaria que pretende ser más “realista”: la de “La Maracucha” (gentilicio popular para las de Maracaibo, Venezuela), quien llega a la idílica hacienda colombiana con los pies encarnados de tanto caminar, y que regresa a Venezuela porque su pareja fue asesinada y reaparece algunos capítulos después con su hijo, José Gregorio, “nombre de Santo”, le dicen, para que quede clara la actualidad del asunto.

Así las apariciones de “La Maracucha” en la serie siempre están teñidas de una cierta conmiseración por su condición de venezolana, hasta que en el capítulo 16, el guión la pone a discutir con una empleada más antigua de la hacienda, que cierra el pleito con un “usted mejor no hable, maracucha, y agradezca que en este país le estamos dando de comer a usted y a su hijo”. Así, despliega el guión campante, calculada y rampante xenofobia. Repite, sin anestesia, una letanía que circula y mucho en las calles de Colombia. No en los edulcorados sets de un culebrón, sino en la vida real. 

La vida real de las declaraciones de la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, quien ya en noviembre de 2020, poco antes del estreno nacional de la serie, afirmaba sin prueba que el 20% de los hurtos en la capital los cometían migrantes. “Primero asesinan y después roban”, advertía, señalando a “venezolanos profundamente violentos”, aunque datos de la misma Fiscalía General de Colombia la desmentían. 

Datos de Medicina Legal de Colombia indicaban que para 2020, una mujer venezolana en Colombia tenía el doble de probabilidad de morir en forma violenta que una colombiana. En general, la probabilidad de sufrir cualquier tipos de violencia era de 21% más para venezolanos que colombianos. La vida real. 

La misma vida real desde la que, millones y millones, primero en Colombia en RCN, después en Estados Unidos en Telemundo y ahora en América Latina, en Netflix, en la progresión de estrenos de “Café con Aroma de Mujer”, se dejaron y se dejan enternecer con el personaje de la sufrida venezolana, para asistir distraídos al mandoble del capítulo 16, escena que termina con la actriz bajando la cabeza, encarnando a “La Maracucha” doblegada. La vida real. 

 

*Periodista argentino del equipo fundacional de Telesur. Corresponsal de HispanTv en Venezuela, editor de Questiondigital.com. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)