Avanza el gran desgarro entre clases altas y populares europeas

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Andrea Rizzi

El gran desgarro entre clases altas y populares avanza en Europa. La tasa de inflación interanual dio otro paso hacia adelante en octubre en la eurozona, situándose en el 10,7%. Los salarios crecen a un ritmo ni remotamente comparable al del nivel de los precios, lo que se traduce en una consistente pérdida de poder adquisitivo para los trabajadores, que causa proporcionalmente mucho más daño y dolor a las rentas bajas que a las altas.

Aunque la inflación se fuera enfriando en los próximos meses —lo que no está asegurado, ya que la calma en el mercado del gas no necesariamente será duradera: la Agencia Internacional de la Energía ha avisado esta semana a Europa que conviene no dar por superada esa crisis—, la pérdida ya se ha materializado, y parece difícil que los trabajadores logren una adecuación total.

Miles de personas en la manifestacion convocada por los sindicatos CCOO y UGT en Madrid

En paralelo, las subidas de los tipos de interés ya repercuten en las hipotecas de tasas variables. Informaba este diario recientemente de que la hipoteca media ha subido en España algo más de 200 euros mensuales. De nuevo, es un golpe asimétrico, que obviamente sacude más a los sectores más frágiles. Estos dos factores actúan en un contexto de economías que se van enfriando, probablemente entrando en recesión, lo que tampoco es buen augurio para los trabajadores europeos menos cualificados.

Todo ello se inscribe en una dinámica de fragilización —real o percibida como tal: ambos casos producen efectos políticos— de las clases medias que viene de lejos.

El geógrafo francés Christophe Guilluy, que desde hace tiempo se ocupa del fenómeno, acaba de publicar un nuevo libro sobre la cuestión (Les dépossédés, “Los desposeídos”, Flammarion) que aborda sus derivadas en términos territoriales, sociales, políticos. Se puede estar más o menos de acuerdo con sus tesis, pero es evidente que ahí hay un fenómeno central para la comprensión de nuestro tiempo, con enormes derivadas políticas.

Las amplias clases medias conformadas en la segunda mitad del siglo pasado, sostiene Guilluy, se van evaporando, con una parte minoritaria —cultivada, bien conectada con el mundo globalizado— que ha logrado engancharse a las clases altas y otra parte, mayoritaria, que se va fragilizando, está incómoda, molesta, defraudada. No está integrada ni cultural ni políticamente y no le vale el sistema.

No tiene líderes o ideologías claras, pero busca maneras de mostrar su malestar y rechazo por un sistema que considera excluyente: Brexit, Trump, chalecos amarillos, Cinco Estrellas, Le Pen o Meloni —que se estrenó este jueves en Bruselas— o abstención.

Los gobiernos europeos y las instituciones comunitarias son claramente conscientes del problema. Sólidos programas de bienestar social han atenuado el impacto de las dinámicas capitalistas globalizadas en las últimas décadas. Según datos de Eurostat, el coeficiente de Gini, que mide la distribución de la renta en una sociedad, se ha mantenido sustancialmente estable en la última década. Muchas cosas se han hecho en los últimos años en ese sentido.

En España, el gobierno actual ha tomado importantes medidas para corregir esas tendencias, algunas estructurales (desde el incremento del salario mínimo a una reforma laboral que favorece la estabilidad, hasta el ingreso mínimo vital), otras coyunturales (por ejemplo, facilidades en los transportes públicos). Pero la batalla no está ganada.

Que el índice de Gini haya permanecido constante no excluye que las clases populares sufran hoy un golpe con la pérdida de poder adquisitivo o la subida de las hipotecas. No significa que mercados inmobiliarios tensionados por los movimientos de las clases altas —como argumenta Guilluy— no estén expulsando a las clases populares de centros urbanos o zonas de litoral. No resta agudeza a la sensación de precarización que muy especialmente oscurece el horizonte de los jóvenes. Por ahí avanza el desgarro en las sociedades occidentales del siglo XXI.

* Licenciado en Derecho (La Sapienza, Roma) máster en Periodismo (UAM/EL PAÍS, Madrid) y en Derecho de la UE (IEE/ULB, Bruselas).