África: Las guerras y muertes olvidadas
Fernando Ayala
El continente africano con sus 1.550 millones de habitantes repartidos en 54 estados soberanos más la República Saharaui que busca su independencia, se extiende en una superficie de 30.3 millones de kilómetros cuadrados y es considerado por los organismos financieros internacionales (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) como el más pobre del planeta. Cinco países ocupan los peores indicadores de ingreso y desarrollo humano: Burundi, Sudán del Sur, la República Centroafricana, Malawi y Mozambique.

Es la paradoja del continente más rico en recursos naturales, donde hay desde oro, diamantes, petróleo, cobre y todo tipo de minerales estratégicos como tierras raras, cobalto y uranio, entre otros muchos. Ha sido víctima de la depredación de sus recursos humanos y naturales durante siglos, especialmente por parte de las potencias europeas que lo esclavizaron, lo dividieron y lo han explotado. Hoy se libran guerras en Sudán, el Congo, en el Sahel, Somalia, Mozambique, Nigeria y Libia, que en su mayoría son conflictos civiles entre grupos étnicos en algunos casos, religiosos en otros, o luchas de poder por el control de territorios y recursos.
Se estima que las víctimas fatales desde 2020 a la fecha se acercan al medio millón de personas, ya sea por combates, hambrunas, asesinatos masivos o actos de terrorismo.
En la llamada “Era de los Descubrimientos,” iniciada en el siglo XV con la llegada de los primeros portugueses a las costas africanas, marcó trágicamente el destino del continente. A partir de la instalación de las primeras colonias en las islas de Madeira, Cabo Verde y la costa atlántica, se dio el inicio al comercio del oro, marfil, azúcar hasta el más rentable de todos: la caza y venta de seres humanos. Portugal abrió las rutas marítimas para el transporte de esclavos y puso las bases para los imperios coloniales que ahí se desarrollaron. Se estima que los navíos portugueses transportaron casi cinco millones de esclavos a Brasil y otros lugares.
Rápidamente el negocio se extendió a Inglaterra que llevó algo más de tres millones a Estados Unidos y el Caribe; España lo sigue en esta estadística macabra con el transporte de alrededor de 1.5 millones de esclavos a Sudamérica, Cuba y otros lugares. Francia registró 1.2 millones llevados a Haití y otras islas, tal como lo hicieron los comerciantes holandeses. La mayor parte del comercio de seres humanos se efectuaba en barcos ingleses, especialmente a partir del siglo XVII, cuando la flota británica controlaba los océanos.
Las consecuencias de la esclavitud y la explotación de los recursos naturales africanos por parte de las potencias coloniales dejaron una huella profunda. Culturas y lenguas divididas por el poder colonialista ávido de sus riquezas, donde el ser humano era una variable exclusivamente comercial, una mercancía. Así, durante la Gran Guerra y la Segunda Guerra Mundial, miles y miles de africanos vistieron los uniformes de las potencias coloniales y muchos fueron a morir en territorio europeo no sabiendo bien porqué peleaban. Hoy, en los conflictos civiles que desangran al continente no es ajena la mano de las antiguas y nuevas potencias neocoloniales.
La venta de armas, el adiestramiento militar y los intereses geopolíticos están presente en prácticamente todos ellos. En Sudán, el conflicto lleva ya tres años disputándose el poder para controlar la economía y las riquezas naturales en un país donde abunda el oro y el petróleo. Una situación similar ocurre en el Congo donde se enfrentan desde hace cuatro años facciones rivales para controlar las riquezas en un país rico en oro, cobalto, otros minerales y las maderas de la selva tropical, explotada por compañías europeas. Las raíces aquí son más profundas por los intereses neocoloniales vigentes.
El Congo obtuvo su independencia de Bélgica en 1960, donde Patrice Lumumba, un líder nacionalista, ganó las elecciones y fue nombrado primer ministro para luego de tres meses ser arrestado, torturado y asesinado en una operación coordinada por el gobierno belga y la CIA por representar una amenaza al pretender tomar el control de sus recursos naturales. Hoy están presentes los intereses extranjeros, las rivalidades étnicas y la lucha por el poder.

La región del Sahel que abarca 10 países tiene a tres: Mali, Níger y Burkina Faso, en conflicto desde 2012 por una multiplicidad de factores donde la presencia yihadista es uno de ellos y el uranio, litio y oro, otro. A estos conflictos se suman los desplazamientos humanos forzados por la violencia y también por la sequía, el cambio climático y la hambruna. En Nigeria, el país más poblado de áfrica y multiétnico, fuerzas de Estados Unidos bombardearon hace unos meses en el noroeste, a bases del estado islámico del ISIS que se han asentado en esa región. Las luchas multiétnicas y el terrorismo han profundizado las diferencias entre cristianos y musulmanes dejando más de 50 mil muertos en los últimos 15 años.
El mundo real es brutal para entregar informaciones. Se calcula que las noticias sobre los conflictos en África no llegan al 5% de la prensa mundial, comparado con casi el 80% destinado a la guerra de Estados Unidos con Irán, la de Rusia con Ucrania y la de Israel contra el pueblo palestino y el Líbano. Así las cosas, es muy difícil que la realidad africana vaya a a cambiar en el corto ni mediano plazo. Las proyecciones de crecimiento demográfico de Naciones Unidas estiman que para el año 2050 la población africana pasará de 1.550 millones de hoy a 2.500 millones de habitantes.
Si la crisis climática, alimenticia y conflictos armados se mantienen o acentúan, la única alternativa que les queda para comer y salvar sus vidas, al igual que lo hicieron hace más de dos millones de años los primeros seres humanos que se pusieron en pie en ese continente, es caminar. ¿Hacia dónde? Hacia Europa, que es lo más cercano y en gran parte responsable del estado actual.
El proceso de descolonización de los años 60 del siglo pasado, no fueron acompañados de una suerte de Plan Marshall, que hubiese contribuido a generar estructuras sólidas, a fortalecer los estados y desarrollar instituciones que hubiesen permitido la utilización racional de sus riquezas. Por el contrario, la explotación de sus recursos se mantuvo bajo otras formas y nadie hoy se siente responsable ni existe un plan para efectuar un cambio real de la situación que sería -como todos los saben- el principal freno a la inmigración.
Las agencias de Naciones Unidas efectúan una labor esencialmente paliativa, acuden a las emergencias, pero ello no basta, solo alivia momentos críticos. Finalmente, un indicador que refleja la dramática realidad: la mortalidad infantil hasta los cinco años alcanza hoy en la Unión Europea a 4 niños por cada mil de nacidos vivos. En África, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, para 2025, por cada mil fueron 71,6 los que murieron antes de los cinco años, mayoritariamente en el primer mes de vida, representando el 58% de la mortalidad infantil a nivel mundial, es decir algo más de 2.8 millones de niños.
* Embajador, economista de la Universidad de Zagreb, Croacia, y Máster en Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile. Ex Subdirector de asuntos estratégicos de la Universidad de Chile y ex Subsecretario de Defensa..