Starmer, acorralado, divide al laborismo británico
El ultra Farage reconfigura el tablero de la política
Néstor Prieto Amador
El laborismo británico se parte en dos. Cerca de 90 diputados exigen la renuncia del primer ministro Keir Stramer tras la debacle de las elecciones del 7 de mayo, mientras más de un centenar de parlamentarios oficialistas contraatacan con una carta en la que advierten de que “no es el momento para una contienda por el liderazgo del partido”. Starmer sigue siendo el primer ministro y líder de un partido que ocupa 403 de los 650 escaños de la Cámara de los Comunes. Quedan tres años para las elecciones generales en su país. Su principal escándalo es que el Partido Laborista se hundió en las elecciones locales: está al borde del colapso.

Pero el primer ministro afronta horas decisivas en el número 10 de Downing Street. Llegó al poder en julio de 2024 con una mayoría aplastante —la mayor en escaños del Partido Laborista desde 1997—, montado sobre la promesa de romper con 14 años de gobierno conservador y de ofrecer estabilidad tras el caótico carrusel de primeros ministros del torysmo.
El ministro de Sanidad, Wes Streeting dimitió el jueves y amagó con lanzar el proceso para convocar la votación en el Parlamento que abre la carrera por el liderazgo del partido y del país. Uno de los principales argumentos de Streeting es que Reform, el partido de extrema derecha de Nigel Farage, supone un “riesgo existencial” para el país, y que está siendo el principal beneficiario del hundimiento de los tradicionales partidos Laborista y Conservador.
Además, cuatro miembros del Gobierno han presentado su dimisión alegando falta de confianza en el premier. El proceso de relevo, sin embargo, solo se activa si algún candidato da el paso y presenta su candidatura formalmente, algo que, de momento, nadie ha hecho. Cuatro miembros del Gobierno han presentado su dimisión alegando falta de confianza en el primer ministro
El sistema político británico permite que un partido cambie a su líder en ejercicio y, con él, al primer ministro, sin necesidad de convocar elecciones generales. Es el mismo mecanismo que en 1990 arrebató el número 10 a Margaret Thatcher —derrocada por sus propios diputados conservadores después de 11 años en el poder—, que en 2007 aceleró la salida de Tony Blair, o que entre 2019 y 2022 devoró sucesivamente a Theresa May, Boris Johnson y Liz Truss. Starmer conoce bien la historia. Y por eso no se mueve.
El peso de las presiones, sin embargo, no se limita al ala crítica. The Telegraph informó de que hasta seis miembros del gabinete habrían trasladado al premier que debería contemplar una salida ordenada, entre ellos pesos pesados como la canciller, Yvette Cooper; la ministra del Interior, Shabana Mahmood; el ministro de Defensa, John Healey; el ministro de Energía, Ed Miliband, o la ministra de Cultura, Lisa Nandy, entre otros. Pero el jefe del Ejecutivo no cede. El martes reunió a su gabinete y fue tajante: “Las últimas 48 horas han sido muy desestabilizadoras para el Gobierno y han tenido un coste real para nuestro país y para las familias”, advirtió a los ministros según un portavoz de Downing Street. “El país espera que nos centremos en gobernar. Eso voy a hacer, y eso debemos hacer como Gabinete.”
Zozobra
La zozobra política se ha trasladado a los mercados. La rentabilidad de los bonos soberanos británicos a 30 años escaló hasta el 5,79%, su nivel más alto desde 1998. Además, la libra cayó un 0,7% frente al dólar.

Los afines al primer ministro han contraatacado con una carta colectiva. Más de un centenar de diputados laboristas de la bancada publicaron durante la tarde de este martes que: “La semana pasada tuvimos unos resultados electorales devastadoramente duros. Muestra que tenemos un duro trabajo por delante para recuperar la confianza del electorado. Ese trabajo tiene que empezar hoy, con todos nosotros trabajando juntos para lograr el cambio que el país necesita”, asegura la misiva.
“No es el momento para una contienda por el liderazgo del partido”. Ambos bloques se muestran parejos en el recuento de firmas y anticipan un choque fratricida de dimensiones aún desconocidas.
Entre los potenciales aspirantes al liderazgo que los analistas ya sitúan en el tablero figuran el secretario de Sanidad, Wes Streeting; la ex viceprimera ministra Angela Rayner —cuya candidatura, no obstante, está condicionada a la resolución de una investigación fiscal pendiente— y el alcalde del Gran Mánchester, Andy Burnham. Los distintos grupos de presión interna ya se movilizan en torno a ellos, aunque públicamente nadie ha dado el paso.
Farage insistió en que su partido ya no es “un voto de protesta”, sino “un partido verdaderamente nacional que ha llegado para quedarse”. El líder ultra declaró que los resultados marcaban el “fin del sistema bipartidista del viejo establishment“. Detrás de su éxito, un uso intensivo de las redes sociales y un discurso que apunta sin disimulo a la seguridad y a la inmigración como ejes de movilización. La fragmentación del voto es estructural: mientras los electores laboristas tradicionales migran hacia los Verdes, los conservadores históricos se desplazan hacia Reform. El partido de Farage se hizo con el condado de Essex, que los conservadores habían gobernado durante 25 años.
Mientras, en Escocia, el Partido Nacional Escocés (SNP) obtuvo su quinta victoria consecutiva en el Parlamento de Holyrood, con 58 escaños para el First Minister John Swinney, siete por debajo de la mayoría absoluta. Reform UK irrumpió con 17 escaños —los mismos que el Partido Laborista escocés—, entrando por primera vez en el parlamento escocés. Sumando los escaños de los Verdes escoceses, el bloque pro-independencia alcanza 73 de los 129 escaños del Parlamento.
El cuadro que emerge es el de un Reino Unido con crecientes tensiones centrífugas. La First Minister de Irlanda del Norte, la republicana Michelle O’Neill, celebró los resultados señalando que “por primera vez podría haber tres First Ministers pro-independencia en estas islas” y confirmó haber contactado ya con Swinney y con Ap Iorwerth. El SNP se ha comprometido a impulsar en la primera sesión del nuevo Parlamento escocés un proceso hacia un referéndum de independencia, aunque la capacidad legal para convocarlo sigue en manos del Parlamento británico.
*Politólogo y periodista español, especializado en política internacional y geopolítica. Publicado en Público.es