Pedro Sánchez: el ascenso de un opositor europeo

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 Eldar Mamedov

En su oposición a la guerra contra Irán y su condena del genocidio en Gaza, el primer ministro español ha defendido un multilateralismo basado en principios.

Los opositores de Occidente se han quedado sin hogar. La catastrófica decisión del presidente Donald Trump de iniciar una guerra contra Irán ha desplazado a las voces no intervencionistas de la derecha estadounidense. Mientras tanto en Europa, el insulso centrismo atlantista y, lo que es peor, el moralismo agresivo que representan los Verdes alemanes, ha acentuado la percepción de hipocresía y doble estándar: una respuesta firme contra la agresión rusa en Ucrania y, sin embargo, un silencio vergonzoso ante los crímenes de Israel en Gaza, el Líbano e Irán.

En este panorama desolador, la atención de los opositores se centra ahora en Madrid. Y quien emerge como el improbable líder de la coalición opositora es el primer ministro de España, Pedro Sánchez.

Sánchez es primer ministro desde 2018 y durante la mayor parte de este tiempo, no se ha destacado precisamente por tener una gran visión de política exterior. Al fin y al cabo, pertenece al Partido Socialista, una formación mayoritaria de centroizquierda y atlantista convencional. Este partido llevó a España a incorporarse a la OTAN en 1986, y uno de sus miembros, Javier Solana, era secretario general de la alianza en el momento en que esta bombardeó Serbia sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU.El presidente español, Pedro Sánchez, se suma a la celebrada victoria del opositor conservador húngaro en los comicions del país, los cuales destituyen de su cargo al ultranacionalista Viktor Orbán. / Reuters - Yves Herman/File Photo

Sin embargo, desde el inicio de la campaña genocida de Israel en Gaza, en respuesta al ataque terrorista de Hamás en octubre de 2023, Sánchez ha emergido como el principal crítico de Tel Aviv en Europa. Al hacerlo, rompió decisivamente con el consenso occidental: exigió la suspensión del acuerdo de asociación entre la UE e Israel, impulsó el reconocimiento del Estado Palestino por parte de España y retiró al embajador español de Israel de forma permanente.

Cuando Trump atacó Irán, Sánchez se opuso pública e inmediatamente, advirtiendo que otra guerra en Oriente Medio iría a desestabilizar toda la región. Prohibió el uso de las bases militares en España y cerró el espacio aéreo español para los ataques contra Irán, provocando la ira de Trump y sus aliados. Una vez más, se adelantó a otros líderes europeos que dudaron, vacilaron y que como mucho se limitaron a expresar un apoyo tibio al derecho internacional.

Como me comentó Almut Rochowanski, analista europea, en una conversación sobre Sánchez, puede que este haya sido un momento en el que «la grandeza le fue impuesta». Los acontecimientos recientes han transformado a un gestor centrista en un líder visionario.

Esta visión encontró su máxima expresión en el discurso que Sánchez pronunció durante su reciente visita a China, en la Universidad de Tsinghua. Sánchez le dijo a Occidente una dura verdad: la era unipolar ha llegado a su fin. «Lo que está sucediendo hoy», argumentó, «no es una transferencia de hegemonías. Es una multiplicación de polos». Citó a Matteo Ricci, el jesuita italiano del siglo XVI, quien viajó a China con un mapa que situaba a Europa en el centro, solo para descubrir que China no se veía a sí misma en la periferia.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recibe la cátedra honoraria en la Academia China de CienciasPara los opositores, este es un punto de inflexión crucial. Sánchez sostiene que la paz no se logrará mediante la imposición estadounidense ni el internacionalismo liberal atlantista, sino a través de un mundo en el que Occidente se relacione con los demás a través del respeto y la igualdad. La multipolaridad, insiste, no es una hipótesis. Es un hecho.

La visión de Sánchez rechaza explícitamente la inmoral idea de que «el crecimiento de unos supone una pérdida para los demás». Esto pone en tela de juicio la costumbre neoconservadora de presentar a toda potencia emergente como una amenaza existencial que requiere contención militar. Tratar a todo competidor como un enemigo que hay que destruir, en lugar de un rival que hay que manejar o un socio con quien cooperar cuando sea mutuamente beneficioso, es una receta para una guerra sin fin. La oposición de Sánchez a la guerra contra Irán surgió de este instinto.

Para comprender por qué Sánchez es importante, basta con comparar su discurso respetuoso con la visión hegemónica de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Quien en una entrevista reciente declaró: «Debemos lograr completar el continente europeo, para que no sea influenciado por rusos, turcos o chinos».

Esto no es arte para gobernar. Es una fantasía imperialista. «Completar el continente»: ¿qué significa eso siquiera? El continente ya está completo. Von der Leyen imagina una Europa que excluye a otras potencias por decreto y las trata como adversarios inmutables. Habla de la «influencia» como si fuera una contaminación de la que hay queLa reina Ursula de la Unión Europea predicó la transparencia y luego ... purificarse. La inclusión de Turquía —aliada de la OTAN y candidata desde hace tiempo a la adhesión— pone de manifiesto el trasfondo racista. No se trata de una competencia estratégica, sino de una exclusión civilizacional.

El resto del consenso atlantista es igualmente obsoleto. El canciller alemán Friedrich Merz ofrece una ortodoxia rígida, pues es un hombre incapaz de decir nada que pueda perturbar la sumisión a las prioridades de Washington. El presidente francés Emmanuel Macron hace alarde de independencia y luego da marcha atrás; su discurso sobre la autonomía estratégica europea se queda esencialmente en eso: en el discurso.

La alta representante de la UE para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, es una halcón monotemático en lo que respecta a Rusia. El primer ministro británico, Keir Starmer, se esfuerza por contentar a todos: defender el derecho internacional y mantener la lealtad transatlántica que, como mucho, ofrece cierta competencia administrativa, pero no liderazgo.

Sánchez no es perfecto. Pero es el único líder europeo dispuesto a reconocer que el mundo ha cambiado y que Occidente debe adaptarse, no a través de la dominación, sino aprendiendo a compartir.

La Moncloa. 14/04/2026. Pedro Sánchez: "Hemos elevado la interlocución ...Un opositor vería fallas en su visión. Sánchez aboga por un «multilateralismo reforzado» y un Consejo de Seguridad más «democrático». Pero la ONU no pone límites a las grandes potencias. El énfasis en la arquitectura institucional —la reforma del Consejo de Seguridad, la Carta, las cuotas de representación, etc.— no aborda por sí solo la ardua tarea de la gestión del poder. Los puestos para Brasil o la India no detendrán necesariamente una guerra entre Estados Unidos y China por Taiwán ni traerán la paz a Oriente Medio y Ucrania.

El comentario de pasada de Sánchez sobre su deseo de que la secretaria general de la ONU sea una mujer es un guiño a la política identitaria; pero tanto Von der Leyen como Kallas son mujeres, y ambas se oponen rotundamente a todo lo que él representa.

Pero Sánchez no se equivoca al afirmar que la multipolaridad sin reglas conduce a la guerra. La Guerra Fría se gestionó mediante reglas —no mediante el difuso «orden internacional basado en normas» que los atlantistas invocan cuando les conviene—, sino mediante acuerdos específicos: derecho internacional, tratados de control de armas y canales de gestión de crisis. Esas reglas no acabaron con la rivalidad, pero evitaron la catástrofe.

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Sánchez y Feijóo

¿Podrá Sánchez liderar a los opositores? Sin duda se ha ganado el derecho a intentarlo.

Se opuso a la guerra de Irán cuando era casi el único en Occidente en hacerlo. Condenó el genocidio en Gaza cuando casi todos los demás líderes occidentales miraban para otro lado. Fue a Pekín y repudió el narcisismo europeo, al tiempo que reconocía con prudencia que en «algunos temas no estaremos de acuerdo», como los déficits comerciales. Estas no son las acciones de un hombre que confunde quimeras con estrategias.

Es posible que su discurso en Tsinghua haya suscitado escepticismo respecto a la reforma de la ONU, los bienes públicos globales y la salvación institucional. Sin embargo, una lectura imparcial permite pensar que tal vez esté utilizando el vocabulario del multilateralismo para describir una realidad más cruda: el momento unipolar ha llegado a su fin, Occidente debe aprender a compartir el poder y, sin reglas estratégicas consensuadas, la competencia multipolar que se avecina resultará catastrófica.

Contra la fantasía hegemónica de Von der Leyen de un continente «completo» y libre de influencias extranjeras —una visión que no solo es imposible, sino también peligrosa—, Sánchez propone respetar la realidad multipolar. Eso no es idealismo. Es la única postura sensata que le queda a un continente que ya no es el centro del mundo.

Por ahora, los opositores miran hacia Madrid —y, por primera vez en mucho tiempo, lo hacen con algo más que puro escepticismo.

*Investigador no residente del Quincy Institute y miembro del Consejo Pugwash sobre Ciencia y Asuntos Mundiales,. Publicado en Foreign Policy In Focus (FPIF) y en Other News