Barcelona, ¿salida del laberinto para el progresismo?

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Aram Aharonian

Hoy, en medio de una ofensiva a fondo –intelectual, mediática, militar-  de la derecha más reaccionaria y dependiente, el progresismo, una parte de la izquierda, intenta salir su laberinto, rediseñando su discurso y sus formas de acción, cuando el espacio político fue ocupado por las fuerzas conservadoras, la economía consumista.

El progresismo se fue opacando en Latinoamérica, mérito de gobernantes que no  lograron (o ni siquiera lo intentaron) realizar cambios en beneficio de las grandes mayorías.  A uno y otro lado del Atlántico, ultraderechistas libertarios -émulos de Donald Trump- ocupan cada vez más posiciones de poder desde las cuales empujan una agenda de barbarie, odio y prevalencia de la fuerza imperial sobre la razón popular.

En América Latina, el  auge de la ultraderecha calca los patrones de las dictaduras impuestas o patrocinadas por Washington durante la guerra fría: sumisión indisimulada a la Casa Blanca, entrega de los recursos naturales a los dueños de capitales extranjeros, establecimiento de estados policíacos con el pretexto de la seguridad, persecución de la disidencia, desmantelamiento sistemático de derechos sociales y remplazo efectivo de las democracias (por muy imperfectas que fueran) con oligarquías excluyentes y aporofóbicas, señala el diario mexicano La Jornada. 

Sea por convicción ideológica o por oportunismo electoral, las derechas tradicionales han depuesto las máscaras y renunciado al liberalismo formal para mimetizarse con las fuerzas neofascistas del trumpismo. Hoy, tras medio siglo de neoliberalismo –con los algunos interregnos progresistas-  los medios hegemónicos han instalado un sentido común que estigmatiza como “populista” o “radical” cualquier intento de hacer valer la provisión del acceso a la atención médica, a la educación, a la vivienda o al trabajo digno, cercenando las libertades para dedicar sus esfuerzos y poderío a  la libre circulación de los capitales y reprimir la protesta contra las injusticias sociales generadas por el modelo económico.

El progresismo hoy se manifiesta en la lucha contra la ultraderecha. Encuentros como la Global Progressive Mobilisation en Barcelona reunen a líderes progresistas de 40 países para abogar por la paz, la igualdad y la protección de los derechos humanos, en un espacio para discutir y debatir –entre ellos-los desafíos comunes y para unir fuerzas en defensa de la  democracia y la justicia social.

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Pedro Sánchez y Lula da Silva, en Barcelona

En Barcelona, los oradores coincidieron en la necesidad de regularizar la tecnología, establecer un impuesto a los superricos, materializar la transición hacia energías limpias y renovar el funcionamiento de Naciones Unidas. Sin estar siquiera presente, Trump fue el protagonista de la cumbre progresista. Pocos se atrevieron a mencionarlo por su nombre, las críticas a la guerra en Irán y el respaldo al multilateralismo surgieron como una antítesis de sus políticas.

 

Michelle Bachelet (quien teme enfrentarse a EEUU en su carrera hacia al Secretaría General de Naciones Unidas), el alcalde de Nueva York Zohran Mamdani, y los políticos estadounidense Bernie Sanders y Hillary Clinton ofrecieron discursos pregrabados, en los que resaltaron “la no intervención, la solución pacífica de controversias, la igualdad jurídica de los estados, la necesidad de la cooperación internacional para el desarrollo y la lucha permanente por la paz”.

 Chris Murphy, senador demócrata de Connecticut, definió a Trump como “la mayor amenaza a la democracia desde la guerra civil”, ya que, a su juicio, se ha “apoderado de los medios de comunicación, los tribunales y ha silenciado a la oposición”.

Foto de familia de los líderes progresistas reunidos en Barcelona.

Sin dudas, Claudia Sheinbaum, Pedro Sánchez, Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro encabezan gobiernos que han reducido la pobreza, integrado a la sociedad a cientos de miles de migrantes, apostado por la paz, protegido la soberanía frente a los amagos del trumpismo, trabajado a favor de las mayorías. Más allá de las críticas puntuales, demuestran que es posible y necesario poner los cimientos de un mundo cuando los tanques de la batalla cultural que sugieren que no hay alternativas al predominio de la codicia, el egoísmo, la desigualdad extrema y la ley de la selva en las relaciones intra e internacionales.

Un comunicado conjunto de México, Brasil y España condena cualquier tipo de intervención militar en Cuba, por la “necesidad de respetar en todo momento el derecho internacional y los principios de integridad territorial, igualdad soberana y arreglo pacífico de las controversias” y su compromiso de “incrementar de manera coordinada la respuesta humanitaria dirigida a aliviar el sufrimiento del pueblo cubano”. La defensa de la libertad de Cuba ante el asedio imperialista fue y sigue siendo una bandera irrenunciable de todos los pueblos que luchan por un mundo de iguales.

Si a principios de siglo se registraba un vacío en el espacio político, ocupado por fuerzas conservadoras, hoy pareciera que la población joven, influenciada por la economía de consumo y las redes sociales, ha perdido referentes políticos que defiendan el Estado, las políticas redistributivas, el desarrollo humano, el medio ambiente y los DDHH de las minorías. Algunos de los gobiernos progresistas surgidos en la región latinoamericana se dedicaron más a defender lo logrado que a profundizar los cambios y sembrar futuro.

Entonces, la propuesta era un modelo de desarrollo solidario, levantado sobre seis ejes, que proponía la superación de la desigualdad social, la búsqueda de valor, una nueva política económica, la transición ecológica, la integración como construcción de la región y una nueva institucionalidad democrática, un rol activo del Estado, reformas tributarias, salud universal y luchar contra el calentamiento global.

2019. El expresidente de Colombia, Ernesto Samper Pizano  habla junto al fundador del Grupo de Puebla, Marco Enríquez-Ominami , Dilma Rousseff , Alberto Fernández , y uno de los fundadores del Partido de los Trabajadores de Brasil, Aloizio Mercadante

Uno de los fracasos de cierto progresismo –el importado desde la socialdemocracia europea- es haber operado con diagnósticos del siglo XX en sociedades que sufrieron cambios radicales, lo que ha llevado a una defensa acrítica del Estado, sin discutir qué tipo de Estado se necesita para enfrentar las crisis actuales. Lo triste es que aquella esperanza del surgimiento de un proyecto progresista devino en fracaso parcial, con una profunda crisis de proyecto político y una deriva hacia el conservadurismo.

Había para políticos profesionales y empresarios alentados desde Europa y Washington, un modelo progresista latinoamericano a coptar, capturar, aniquilar. Y es, precisamente, una tarea que está finiquitando Trump, con su ataque a Caracas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, con el bloqueo y la amenaza bélica contra Cuba, con el financiamiento a candidatos presidenciales de ultraderecha en la región, ávidos de sacarse una foto con él en Mar-a-Lago.

Hay que reconocer la debilidad gubernativa de casi todos los últimos gobiernos progresistas que dejaron a sus países con un mínimo de crecimiento económico y con altos índices de inconformidad social. Con mandatarios que se impusieron en elecciones, pero muy rápidamente perdieron apoyo popular en el poder. Con rotundos fracasos como el de Alberto Fernández en Argentina o Gabriel Boric en Chile, «embajadores» del progresismo, que dejaron el paso libre para ultraconservadores como Javier  Milei y José Antonio Kast.

Algo ha cambiado en los últimos dos años. La nueva doctrina de seguridad estratégica de los EEUU radicaliza el injerencismo político y el intervencionismo militar sobre lo que Washington caracteriza despectivamente como su «patio trasero». El terrorismo mediático, por su parte, ha propiciado un clima funcional a las ultraderechas regionales que renovaron su confianza en los mercados a partir del despliegue de tropas en el Caribe y la ampulosidad cortoplacista de Trump.

Las claves de la crisis del progresismo quizá anidan en su propio origen: apareció como una «salida de emergencia» ante la crisis de los sistemas políticos vigentes, resultado del agotamiento del proyecto neoliberal y la impugnación planteada por la protesta popular.  Pero la ofensiva de la derecha no ha cesado: su meta es concretar un cambio cultural que rompa los valores progresistas y los lazos solidarios que se habían tejido durante cuatro lustros. Y para esta derecha del siglo XXI, el pensamiento crítico es un obstáculo para el progreso.

La democracia representativa, la propiedad privada, la cultura eurocentrista, el sufragismo y los partidos políticos son algunas de las «verdades reveladas» que organizan nuestra vida institucional, nuestra democracia declamativa desde el siglo XIX. Pero, como señala Jorge Elbaum, la profundidad de la crisis actual cuestiona a la modernidad y al capitalismo porque ya no se trata de reformar al Estado sino de cambiar los paradigmas que hacen a su vigencia, existencia, constitución y organización, y ponerle freno a la ofensiva libertaria de las ultraderechas bien financiadas desde Washington y Europa, para imponer gobiernos que sean cómodos para EEUU, Trump y sus financistas, y su empeño por recuperar su patio trasero, con una versión siglo XXI de la doctrina Monroe de América para los (norte) americanos.

Decía el poeta español León Felipe: ¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra / al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha? / Los mismos hombres, las mismas guerras, los mismos tiranos, / las mismas cadenas, los mismos farsantes, las mismas sectas. / ¡y los mismos, los mismos poetas! ¡Qué pena, que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!!

*Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)