Bukele lleva su «mano dura» a Haití: una ofensiva peligrosa y de final impredecible

Victoria Korn

Nayib Bukele busca convertir su política de seguridad en una referencia para todo el continente, con Haití como escenario de proyección. El envío de más de 2.000 soldados combina el rescate de cuatro militares desaparecidos con una promesa: extender su ofensiva contra las pandillas. La operación cuenta con el respaldo de Donald Trump y amplía las ambiciones internacionales del presidente salvadoreño.

El detonante fue una emboscada del 18 de octubre en Croix-des-Bouquets, en las afueras de Puerto Príncipe. Cuatro técnicos militares salvadoreños regresaban a su base cuando su vehículo blindado fue atacado. Según las Fuerzas Armadas salvadoreñas, escaparon del vehículo incendiado, pero después se perdió su rastro. Su paradero y estado siguen sin confirmarse públicamente.

Los desaparecidos integraban la Fuerza de Supresión de Pandillas, una misión multinacional respaldada por Naciones Unidas. Su búsqueda dio paso a un despliegue de soldados, vehículos blindados y helicópteros, acompañado por amenazas presidenciales contra los grupos armados. Bukele aseguró que sus fuerzas estaban dando «una lección a las pandillas». El lenguaje presenta una operación de rescate como demostración de autoridad regional.

El respaldo de Trump y la apuesta de Bukele

Según Axios, Bukele consultó a Trump antes de ampliar la intervención, aceptada también por el Gobierno haitiano. «Haz lo que tengas que hacer», respondió el mandatario estadounidense, de acuerdo con fuentes informadas sobre la conversación. Bukele confirmó posteriormente que la llamada ocurrió. Ese respaldo político fortalece su posición, aunque no despeja las dudas sobre los límites y objetivos de la operación.

La apuesta consiste en presentar la experiencia salvadoreña como una respuesta exportable frente al crimen organizado. Bukele amenazó con reproducir en Haití las medidas aplicadas contra las pandillas de su país. Sin embargo, anunciar esa transferencia no demuestra que pueda funcionar en un escenario distinto. El rescate y la recuperación del control territorial exigen resultados verificables, más allá del impacto de las imágenes militares.

Un conflicto que no admite soluciones simples

Haití reúne pandillas, grupos de autodefensa y fuerzas internacionales que ya mantenían enfrentamientos antes de esta escalada. El antropólogo Juan Martínez describió ese escenario como un conflicto «multitrinchera», al analizar la llegada de las tropas salvadoreñas. Su advertencia señala un problema central: sumar capacidad militar también puede multiplicar los enfrentamientos, sin resolver las causas del desorden.

La protección de los civiles ya se convirtió en motivo de controversia. Una organización haitiana denunció supuestos bombardeos contra población civil, acusación que Bukele rechazó. El presidente sostuvo que la operación no constituye una invasión ni está dirigida contra el pueblo haitiano. Las denuncias y su negativa requieren verificación independiente; ninguna debe presentarse como conclusión probada.

La democracia vuelve a esperar

La escalada coincide con otro aplazamiento electoral, que prolonga la ausencia de autoridades nacionales elegidas mediante el voto. El Consejo Electoral Provisional trasladó la primera vuelta presidencial y legislativa del 13 de diciembre al 18 de julio de 2027. La segunda vuelta quedó prevista para el 4 de octubre. El organismo atribuyó el cambio a la crisis que atraviesa el país.

Haití no celebra elecciones nacionales desde 2016, cuando resultó elegido Jovenel Moïse, asesinado en julio de 2021. InSight Crime vinculó los sucesivos aplazamientos con el poder del crimen organizado y las dificultades para garantizar condiciones electorales. La violencia no solo amenaza vidas: también impide reconstruir una autoridad política con legitimidad democrática.

Para Bukele, Haití puede convertirse en una plataforma de liderazgo o en una prueba de los límites de su fórmula. Para los haitianos, la prioridad no es confirmar la reputación de un mandatario extranjero, sino recuperar seguridad y capacidad de decidir su futuro. La medida del éxito debería ser esa recuperación, no únicamente el número de tropas desplegadas o de enemigos abatidos.