La guerra vuelve a casa: mercenarios latinoamericanos en Ucrania
Gustavo Ng – Tektónikos
Los que mueren, los que vuelven y el riesgo regional.
Miles de latinoamericanos están siendo reclutados para combatir en guerras extranjeras. Ucrania se convirtió en uno de sus principales destinos y en un campo de aprendizaje de las nuevas tecnologías militares. Mueren como mercenarios y centenares están desaparecidos. Para América Latina, el problema no termina en el frente: comienza también cuando hombres entrenados en drones, explosivos y combate de alta intensidad vuelven a una región donde poderosas organizaciones criminales compran precisamente esos conocimientos. La dimensión alcanzada por el fenómeno exige una respuesta regional.
Hay una manera inmediata de observar la participación latinoamericana en la guerra de Ucrania: contar los muertos. Los números son imprecisos y en algunos casos contradictorios, pero alcanzan para descartar la imagen de unos pocos aventureros individuales que decidieron viajar a una guerra lejana.
El sitio Foreign Volunteers Killed in Ukraine, administrado por el denominado Equipo Timekeeper, se presenta como un proyecto de inteligencia de fuentes abiertas —OSINT— dedicado a identificar por nombre a extranjeros muertos combatiendo en ambos bandos. Su registro contabiliza 2.034 fallecidos del lado ucraniano.
América Latina ocupa un lugar extraordinario en esa lista: Colombia aparece con 956 muertos, Brasil con 98, Perú con 20, México con siete, Chile con cinco, Venezuela con cuatro, Paraguay con dos, y Uruguay, Costa Rica, Guatemala y Cuba con uno cada uno.
El caso argentino muestra al mismo tiempo la magnitud del fenómeno y las dificultades para medirlo. La tabla general registra 14 argentinos muertos, el texto que acompaña la lista habla de 16 y el listado nominal contiene en realidad 17 nombres. No se trata de una estadística oficial y sus contradicciones obligan a manejarla con cautela, pero los nombres, fechas y lugares consignados permiten comprobar que argentinos han muerto en Sumy, Pokrovsk, Kupiansk, Zaporiyia y otros puntos del frente desde 2022.
De América Latina al frente
Una reconstrucción de Deutsche Welle, publicada en Brasil por Band en agosto de 2023, relató las historias de cuatro brasileños muertos combatiendo del lado ucraniano.
André Luis Hack Bahi, de 43 años, había servido en el Ejército brasileño y posteriormente en la Legión Extranjera francesa. Según su familia, había participado en una misión militar en Costa de Marfil. Se incorporó a la Legión Internacional de Defensa Territorial de Ucrania el 28 de febrero de 2022, apenas comenzada la guerra, y murió pocos meses después en Sievierodonetsk.
Douglas Búrigo, de 40 años, había pasado cinco años por el Ejército brasileño. Murió en Járkov después de regresar a un búnker bombardeado para intentar rescatar a otra brasileña, Thalita do Valle, de 39 años.
Thalita do Valle constituye un caso particularmente revelador, porque la guerra formaba parte también de su identidad pública. Había sido modelo, estudiado Derecho, trabajado en rescates humanitarios y participado junto a fuerzas kurdas en la guerra contra el Estado Islámico, donde recibió entrenamiento como francotiradora.
Y contaba sus experiencias militares en las redes sociales.
Su cuenta de TikTok, @thazinhaaaaaaaaaa mostraba entrenamientos con armas, imágenes con uniforme y escenas de su experiencia bélica. En una publicación realizada desde Ucrania, afirmaba estar allí para ayudar a indefensos y se mostraba orgullosa de ser la única brasileña, como anteriormente lo había sido en los frentes de Irak. En otros videos aparecía bailando con uniforme ucraniano o practicando tiro. El diario La Nación reprodujo varias de esas publicaciones después de su muerte.
Do Valle y Búrigo murieron después de que el búnker en el que se encontraban fuera alcanzado durante un bombardeo ruso en Járkov.
El cuarto brasileño de aquel relevamiento, Antônio Hashitani, tenía solamente 25 años. Estudiaba medicina en Curitiba y había trabajado anteriormente como voluntario de una ONG en Malawi y Tanzania. Abandonó sus estudios poco antes de graduarse y terminó combatiendo en las inmediaciones de Bakhmut, uno de los escenarios más feroces de la guerra. Murió pocos días antes de que su familia recibiera la noticia.
Cuando aparece el dinero
En otros casos, aparece como ingrediente central la remuneración. Guilherme Bezerra Ávila tenía 26 años y era oriundo de Fortaleza. Murió en julio de 2026 por la explosión de una mina terrestre que estaba siendo instalada. Según relató un familiar al portal brasileño G1, había llegado a Ucrania en 2025 después de haber sido reclutado por un grupo. “Le prometieron salario, beneficios y todo”, explicó el familiar.
Cuando Ávila salió de Brasil ni siquiera dijo a su familia que iba a combatir. Afirmó que viajaría para realizar otro trabajo y sólo posteriormente sus familiares descubrieron que estaba incorporado a las fuerzas ucranianas e intentaron convencerlo de que regresara.
La noticia de su muerte tampoco llegó inicialmente por una comunicación oficial ucraniana, sino por sus propios compañeros. Consultados por G1, el Ministerio de Relaciones Exteriores brasileño y la Embajada de Ucrania no habían respondido al cierre de la información, el 6 de julio de 2026.
El dinero no constituye un elemento secundario. La propia Legión Internacional para la Defensa de Ucrania informa actualmente en su página oficial que un extranjero incorporado a las fuerzas ucranianas recibe aproximadamente 550 dólares mensuales detrás del frente, 1.100 dólares en una zona peligrosa y hasta 4.800 dólares por despliegue en combate. En países donde esas cifras representan varias veces un salario normal, la guerra adquiere una dimensión económica imposible de ignorar.
Una investigación de Euronews publicada en abril de 2026 reconstruyó varios casos colombianos. Familiares describieron salarios ofrecidos cercanos a los 2.800 euros mensuales. Una mujer explicó que su esposo había viajado pensando trabajar tres o seis meses para conseguir el dinero necesario para comprar una casa.
No estamos, por lo tanto, solamente ante una corriente ideológica de extranjeros dispuestos a defender a Ucrania. Hay un mercado internacional del trabajo militar.
¿Voluntarios?
Ucrania considera a los extranjeros aceptados por sus Fuerzas Armadas militares contractuales, sometidos a las mismas normas y remuneraciones que los ucranianos. La definición de “mercenario” establecida por la Convención Internacional de Naciones Unidas es, además, restrictiva: entre otros requisitos, exige que la persona no forme parte de las fuerzas armadas de una parte del conflicto.
Por eso, llamar automáticamente “mercenario” a todo latinoamericano que combate bajo contrato dentro de las Fuerzas Armadas ucranianas puede no ser jurídicamente exacto; sin embargo, existe un fenómeno más amplio que la discusión terminológica no resuelve: ciudadanos de países que no participan de la guerra son captados, trasladados a otro continente, entrenados, remunerados y utilizados como combatientes.
En marzo de 2026, después de once años de investigaciones y de una visita a Bogotá, Cali y Medellín, el Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre la utilización de mercenarios estimó que más de 10.000 colombianos podrían haber sido reclutados para participar en conflictos y operaciones de seguridad en el extranjero.
La mayoría son exmilitares o antiguos integrantes de las fuerzas de seguridad. Los expertos identificaron tres motores principales: salarios que pueden oscilar entre 2.000 y 6.000 dólares mensuales, falta de oportunidades laborales y expansión del reclutamiento por Internet.
Carne de cañón
Las acusaciones más graves en relación con los combatientes extranjeros sostienen que son utilizados para las misiones más peligrosas, que sus bajas son ocultadas y que algunos muertos permanecen registrados como desaparecidos o desertores para evitar el pago de indemnizaciones.
Los brasileños relevados por Deutsche Welle murieron en Sievierodonetsk, Járkov y Bakhmut. Guilherme Ávila murió manipulando minas. Los argentinos registrados por Timekeeper murieron en algunos de los sectores más difíciles del frente. Las familias colombianas relatan muertos cuyos cuerpos no aparecen y desaparecidos sobre quienes resulta extraordinariamente difícil conseguir información.
No hay pruebas suficientes para afirmar que Kiev envía deliberadamente extranjeros a morir para evitar pagar indemnizaciones. En cambio, la Legión Internacional ucraniana publicó una explicación específica sobre esta acusación. Ahí asegura que cuando un combatiente permanece oficialmente desaparecido, continúa devengando remuneración y sus familiares pueden cobrarla. Si posteriormente se confirma su muerte, esa condición no elimina el derecho de la familia a la indemnización correspondiente. Ucrania afirma expresamente que las mismas reglas se aplican a sus militares nacionales y a los extranjeros. La suma en juego es enorme: la información oficial ucraniana establece una indemnización de 15 millones de grivnas, aproximadamente 365.000 dólares según la cotización utilizada por la propia Legión, para la familia de un extranjero muerto mientras sirve en las Fuerzas Armadas. Además, en febrero de 2026 Ucrania modificó además el régimen para equiparar la asistencia estatal total de las familias de muertos y desaparecidos.
Antes que resolver las denuncias de las familias, esto las vuelve investigables. Si existen centenares de extranjeros desaparecidos, si algunas familias no pueden establecer si están muertos, capturados o desertaron, y si hay centenares de miles de dólares vinculados jurídicamente a la determinación de esa condición, los países latinoamericanos tienen razones suficientes para exigir registros transparentes, documentación contractual, identificación de cadáveres y mecanismos internacionales de auditoría.
El peligro de los que regresan
La pregunta más importante puede no referirse a los muertos, sino a los sobrevivientes.
Ucrania es hoy uno de los principales laboratorios militares del planeta. Allí se aprende, bajo condiciones reales de combate, utilización de drones FPV, reconocimiento aéreo, guerra electrónica, explosivos, minas, comunicaciones, operaciones nocturnas, combate urbano y tácticas de pequeñas unidades.
Un hombre que pasa meses en ese frente puede regresar a América Latina con conocimientos militares que hace pocos años estaban reservados a fuerzas altamente especializadas. ¿Adónde van esos conocimientos?
El Grupo de Trabajo de la ONU no se limitó a señalar que los colombianos son reclutados para guerras como las de Ucrania, Sudán, Yemen o la República Democrática del Congo. Su presidenta, Michelle Small, informó también que colombianos son contratados para participar en operaciones del crimen organizado, especialmente en México y Brasil.
Esto no demuestra que combatientes colombianos vuelvan de Ucrania y se incorporen directamente a un cartel mexicano o a una organización criminal brasileña, pero demuestra que el mercado internacional de experiencia militar y el mercado latinoamericano del crimen organizado ya comparten recursos humanos.
Señal de alarma en México
Según una investigación de Intelligence Online recogida por Deutsche Welle en agosto de 2025, un supuesto informe del Centro Nacional de Inteligencia mexicano habría advertido a los servicios ucranianos que integrantes de cárteles mexicanos podían estar incorporándose como combatientes para aprender el uso militar de drones.
DW consultó al CNI mexicano sin obtener respuesta. Juan Jaramillo, investigador de InSight Crime especializado en el uso criminal de drones, consideró plausible el interés, pero expresó serias dudas sobre que miembros de los cárteles viajaran personalmente a Ucrania. Recordó que organizaciones mexicanas ya habían contratado expertos exmilitares colombianos para capacitarlos dentro de México.
Por otro lado, los carteles mexicanos ya poseen unidades especializadas de operadores de drones. El Cartel Jalisco Nueva Generación, facciones del Cartel de Sinaloa y La Familia Michoacana los utilizan para vigilancia y también para transportar explosivos artesanales.
Si la conexión Ucrania-carteles mexicanos no está demostrada, sí es evidente la necesidad criminal de adquirir esos conocimientos.
Brasil y Phantom Black Company
En agosto de 2025 comenzaron a circular informaciones según las cuales veteranos brasileños de la guerra de Ucrania vinculados con una organización denominada Phantom Black Company habrían impartido un curso de “Tácticas de Pequeñas Unidades” relacionado con cadetes de la Academia Militar das Agulhas Negras, principal centro de formación de oficiales del Ejército brasileño.
VT Foreign Policy sostiene que Phantom Black se presentaba a sí misma como una organización vinculada con la Legión Internacional y la inteligencia militar ucraniana, GUR, y que disponía de mecanismos para incorporar brasileños interesados en combatir en Ucrania.
La información sobre organizaciones, públicas o privadas, que recluten, entrenen o intermedien el traslado de ciudadanos latinoamericanos hacia conflictos extranjeros es incierta. Le cabe investigarlas a los Estados latinoamericanos. No lo están haciendo —salvo Colombia, al menos durante el gobierno de Gustavo Petro, que acaba de concluir en el marco de un giro de 180 grados en la administración pública, ahora en manos de la ultraderecha.
Colombia entendió que el problema ya es nacional
El 17 de marzo de 2026 Colombia sancionó la Ley 2569, que aprueba la Convención Internacional contra el Reclutamiento, la Utilización, la Financiación y el Entrenamiento de Mercenarios, adoptada por Naciones Unidas en 1989.
La Cancillería colombiana explicó las razones en términos que podrían extenderse al resto del continente: el mercenarismo se alimenta de vulnerabilidad económica, desinformación y falta de protección jurídica; el reclutamiento pone en peligro la vida de quienes son captados y prolonga conflictos armados ajenos.
El Ejército colombiano agregó otra dimensión: adherir a la Convención permitiría fortalecer la cooperación internacional y las políticas internas de seguridad.
Ningún país puede resolverlo solo
Argentina puede investigar quién recluta argentinos. Brasil puede investigar Phantom Black. Colombia puede intentar reconstruir el destino de sus centenares de desaparecidos. México puede determinar si miembros de sus organizaciones criminales están intentando adquirir experiencia militar en Ucrania. Pero ninguna de esas respuestas nacionales alcanza. El reclutamiento ocurre por Internet. El reclutador puede estar en un país, la organización registrada en otro, el combatiente partir desde un tercero y la unidad militar encontrarse en Europa.
La Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) podría crear un registro compartido; los países sudamericanos podrían articular mecanismos específicos dentro del Mercosur y otros espacios de cooperación; las cancillerías deberían intercambiar información sobre muertos y desaparecidos; los organismos judiciales deberían investigar conjuntamente las redes de reclutamiento y los Estados deberían conocer cuántos ciudadanos regresan de conflictos extranjeros y qué organizaciones los contrataron.
La guerra que vuelve
André Bahi murió en Sievierodonetsk. Douglas Búrigo y Thalita do Valle murieron en Járkov. Antônio Hashitani murió cerca de Bakhmut. Júlio César Sales Soeiro tenía apenas 23 años cuando murió combatiendo; su hermana contó que le había implorado que regresara. Guilherme Ávila murió mientras instalaba una mina. Wuerney Aguilar alcanzó a decirle a su madre que la guerra no era como había imaginado antes de desaparecer del otro lado del frente.
Miradas aisladamente, son historias individuales, pero juntas describen una estructura. Hay reclutadores. Hay redes sociales. Hay salarios que multiplican varias veces los ingresos disponibles en América Latina. Hay exmilitares desempleados o mal pagos. Hay intermediarios. Hay contratos difíciles de comprender. Hay viajes internacionales. Hay entrenamiento. Hay muertos cuyos cuerpos no regresan. Hay desaparecidos. Hay familias que intentan establecer qué ocurrió.
Y hay sobrevivientes. La primera consecuencia del fenómeno se produce en Ucrania; la segunda puede producirse en América Latina.