Milei quiere incidir en las elecciones brasileñas insultando a Lula
Álvaro Verzi Rangel
Las elecciones en Brasil no solo determinarán quién será el nuevo presidente o la composición del Congreso sino que en ellas está en juego una disputa que trasciende sus fronteras: Allí e definirá quiénes son en el mundo, qué tipo de nación quiere ser, pero también cómo se configurará el nuevo orden global. Para la administración estadounidense de Donald Trump es fundamental un triunfo de la ultraderecha con Flavio Bolsonaro para reafirmar a Latinoamérica como su patio trasero. Ésto es fundamental para su política exterior y para su estrategia de contención de la influencia china en todo el mundo.
La decisión del libertario presidente argentino Javier Milei de viajar a San Pablo para respaldar públicamente la candidatura presidencial de Flavio Bolsonaro no constituye solamente un nuevo episodio de tensión diplomática con Luiz Inácio Lula da Silva sino que representa, sobre todo, una señal de que la campaña presidencial brasileña dejó de ser un asunto exclusivamente brasileño. Cuando un jefe de Estado interviene de manera explícita en la política interna de la principal potencia sudamericana, el mensaje trasciende la coyuntura y adquiere una dimensión regional.
Quizá Milei no estaba enterado que desde el retorno de la democracia y la consolidación del Mercosur, la relación entre Argentina y Brasil se sostuvo sobre un principio relativamente estable: las diferencias ideológicas entre los gobiernos no debían comprometer un vínculo considerado estratégico para ambos Estados. El respaldo explícito de un presidente argentino en ejercicio a uno de los candidatos que disputa la presidencia de Brasil supone un salto cualitativo, porque traslada la competencia política brasileña al campo de la política exterior.
En su discurso en Sao Paulo, Milei calificó a Lula de «ladrón», «presidiario» y «basura socialista» y dejó algunas de las frases: “Los argentinos hemos visto cómo los zurdos de mierda nos hundieron en la pobreza. No se dejen robar el futuro a manos de socialistas ladrones”. “Si en Argentina tenemos como factor económico lo que llamamos el ‘riesgo Kuka’; acá, en Brasil, hoy tienen el ‘riesgo Lula’”. “Hoy Brasil puede sumarse a la transformación regional de la que hemos sido testigos en estos últimos años, que hará de Latinoamérica una región sinónimo de progreso”. “Flavio es la persona que hoy puede parar a Lula y ponerse al frente de un verdadero cambio”.
Ya en Buenos Aires, al inaugurar la Exposición Rural, Milei apuntó de manera directa a Brasil en general y al gobierno de Lula en particular, ya que al surgir el tema de la «campaña antiargentina», el líder libertario señaló “¿Sabe quién puso más plata en esta campaña antiargentina? El Gobierno de Brasil: el 25% de los recursos salió de ahí y después vienen a hablar de interferencias…».
Brasil interpretó el episodio como una injerencia en un proceso electoral interno y decidió elevar el tono diplomático. El propio presidente evitó una confrontación personal al afirmar que «no conoce a ese tipo», una frase orientada a deslegitimar políticamente a Milei sin convertirlo en un interlocutor directo. Más que un respaldo personal a Flavio Bolsonaro, constituyó una apuesta por un escenario regional más favorable a las prioridades internacionales de su gobierno. Reducir el episodio a un intercambio de agravios sería un error de análisis. Lo que realmente está en discusión no es la relación personal entre dos presidentes, sino el lugar que ocupará Brasil en el nuevo mapa político.
Quien gobierne Brasil no sólo definirá la política interna de su país, sino que influirá sobre el futuro del Mercosur, la evolución de los BRICS, las negociaciones comerciales con la Unión Europea y el margen de acción de Estados Unidos y China en la región. Ninguna otra elección presidencial latinoamericana reúne un impacto estratégico comparable. Pero este escenario coincide con un cambio político más amplio. La próxima asunción presidencial en Colombia profundizará un giro regional hacia la extrema derecha que ya alcanza a Argentina, Ecuador, Perú, Paraguay, Chile y Bolivia. En ese contexto, Brasil aparece hoy como la principal incógnita del mapa político sudamericano.
Para la administración de Donald Trump, Brasil constituye un socio clave en cualquier estrategia destinada a recuperar influencia en América Latina frente al avance de China. La recepción de Flavio Bolsonaro en la Casa Blanca y los vínculos que el bolsonarismo mantiene con sectores conservadores estadounidenses reflejan que la disputa brasileña también es observada como una pieza relevante dentro de esa competencia estratégica. También Pekín sigue el proceso con atención:. Brasil es su principal socio comercial en América Latina y uno de los pilares de los BRICS. Un eventual triunfo de Bolsonaro difícilmente implique una ruptura con China, dado el peso que ese mercado tiene para las exportaciones brasileñas, pero sí podría alterar el equilibrio diplomático que Lula procuró sostener entre las dos grandes potencias.
En los últimos meses, las acciones de la Casa Blanca en el respaldo explícito de un presidente argentino en ejercicio a uno de los candidatos que disputa la presidencia de Brasil supone un salto cualitativo, porque traslada la competencia política brasileña al terreno de la política exterior.as elecciones regionales han sido decisivas para determinar los resultados. Sin embargo, cualquier ambición de controlar Latinoamérica quedaría registrada como un proyecto fallido si no incluyera a Brasil, que representa un tercio de la población y el y el territorio, así como un volumen preponderante de la economía del continente.
Cualquier ambición de controlar Latinoamérica quedaría registrada como un proyecto fallido si no incluyera a Brasil, que representa un
tercio de la población y el territorio, así como un volumen preponderante de la economía del continente. El secuestro del Estado brasileño es fundamental para su plan de refundar Occidente sobre la base de nuevos valores ultraconservadores.
En los últimos años, y especialmente tras la victoria de Trump en Estados Unidos, el movimiento orquestó un intento de controlar organizaciones internacionales. Washington recortó la financiación a entidades globales y condicionó la reanudación de los recursos a la transformación de dichas instituciones para que cumplieran sus objetivos.
Lo que ocurra en octubre tendrá un impacto inmediato en el destino de Javier Milei, José Kast y tantos otros líderes de extrema derecha sudamericanos. Aunque se oponen al presidente Lula da Silva, todos saben que sus economías colapsarán si Brasil decide romper acuerdos o cerrar puentes comerciales o diplomáticos. En la Casa Rosada argentina o en cualquier otra oficina presidencial de la región, los gobiernos son conscientes de que necesitan el mercado brasileño para que sus propias economías prosperen.
Estas elecciones también son estratégicas para China. En Pekín, los diplomáticos se preguntan cómo una posible victoria de Flávio Bolsonaro sería decisiva para el nuevo mapa mundial que está surgiendo y la ambición de Trump de expulsar cualquier presencia china en América Latina. ¿Un Brasil sin fuerzas progresistas supondría un duro golpe para el proyecto BRICS? ¿Un Brasil con un Bolsonaro sumiso a la Casa Blanca significaría el fin del proyecto de desdolarización de parte del comercio mundial?
¿Cuál sería, entonces, el precio que Trump exigirá a Flávio Bolsonaro para que lo apoye en las elecciones? ¿Quién controlaría los elementos de tierras raras de Brasil? ¿Cuál sería el destino de la agenda de desarrollo, la lucha contra el hambre y los problemas climáticos globales con un gobierno en Brasilia que violaría los tratados internacionales?
Lo que se ha visto en los últimos días con la participación de Milei en Sao Paulo, los viajes de equipos poco conocidos de Donald Trump, o incluso una llamada telefónica de Xi Jinping, son señales evidentes de que hay mucho más en juego en las elecciones brasileñas que los intereses internos. Su resultado determinará quién será el nuevo presidente y la composición del Congreso, pero también definirá quién es Brasil en el mundo, qué tipo de nación quiere ser,
La estridente participación de Javier Milei el fin de semana pasado en el acto de lanzamiento de Flávio Bolsonaro, en San Pablo, marcó el inicio de la campaña presidencial del gigante sudamericano. Lula respondió diciendo que era una payasada, aunque luego se impuso la estrategia de la diplomacia zen. Lula considera a su par argentino apenas un enviado del verdadero contrincante, Donald Trump. Fuentes gubernamentales del Planalto hicieron correr la bola de que se trata de un intento de Washington por inclinar la balanza en las elecciones de octubre, según el The Wall Street Journal.

Allí no solo se mencionan los aranceles impuestos por Estados Unidos a mediados de julio, sino también un hecho que eleva considerablemente el nivel de tensión: el rechazo por parte de la cancillería brasileña de la visa a dos funcionarios del Departamento de Estado norteamericano que iban a viajar para indagar el sistema electoral, según O Globo. El domingo, Lula envió a The Washington Post una columna de opinión en la que fustiga las penalidades económicas y señala el intento por instrumentalizar las relaciones entre ambos países «con fines electorales». Ese mismo día conversó telefónicamente con Xi Jinping, quien le brindó su apoyo en la contienda.
Por el momento las encuestas le sonríen al candidato del Partido de los Trabajadores (PT), quien va en busca de su reelección. Pero falta mucho aún, la carrera recién comienza y como señala Laryssa Borges en Veja, “los insultos de Milei presagian un escenario sin precedentes de internacionalización de los comicios”. La gran pregunta es qué grado de eficacia tendrán los intentos de injerencia que preocupan a Itamaraty y que se multiplican, como el activismo de la embajada norteamericana en San Pablo.
Una disputa que trasciende fronteras
Las elecciones en Brasil determinarán quién será el nuevo presidente y la composición del Congreso. Lo que está en juego es una disputa que trasciende sus propia fronteras. Se definirá quién es en el mundo, qué tipo de nación quiere ser, pero también cómo se configurará el Nuevo Orden global.
Lo que se ha visto en los últimos días con la participación del libertario pre
sidente argentino Javier Milei en ujn acto proselitista de Flavio Bolsonaro en Sao Paulo, los viajes de equipos poco conocidos de Donald Trump, o incluso una llamada telefónica de Xi Jinping, son señales evidentes de que hay mucho más en juego en las elecciones brasileñas.
Para la ultraderecha global, las urnas en Brasil también son cruciales. El secuestro del Estado brasileño es fundamental para su plan de refundar Occidente sobre la base de nuevos valores ultraconservadores. Lo que ocurra en octubre tendrá un impacto inmediato en el destino de Javier Milei, José Kast y tantos otros líderes de extrema derecha sudamericanos. Aunque se oponen al presidente Lula, todos saben que sus economías colapsarán si Brasil decide romper acuerdos o cerrar puentes comerciales o diplomáticos