Venezuela: Estadística de las ausencias
Marcos Salgado, desde Caracas
Resulta que por estas horas hay un Mundial de fútbol en curso. La crónica asegura que por primera vez las cuatro selecciones que encabezan el ranking de la Federación Internacional son las que disputarán las semifinales. La crónica habla de goleadores, y de desafíos, y hasta de favoritismos corporativos para que gane tal o cual. La crónica entroniza héroes en el campo de juego e insiste en que aquello es una fiesta.
Las pantallas gigantes se encienden en todo el mundo. En la fría Buenos Aires y en plazas glamorosas de París, Madrid y Londres. Las pantallas se encienden, también, en los campamentos temporales dispuestos para albergar a quienes quedaron sin hogar después del doble terremoto que asoló el litoral central de Venezuela, justo el día y a la hora que jugaba Brasil, en este mismo Mundial. Eso dice la crónica.
El Mundial sirve así como una pequeña ventana de escape para los que quedaron vivos. Para los que quedaron de este lado de la fragilidad que la fuerza desmesurada e incontrolable que viene del suelo le impuso, esta vez, a Venezuela. La pantalla gigante refleja los colores del verde césped en los rostros de los niños sentados en primera fila. La pelota, caprichosa, se eleva. Va y viene. Y con ella todas las miradas.
Las miradas de los que quedaron de este lado de la fragilidad. Y del otro lado los que ya no están. La mediática internacional llegada de muchos países intentó ponerle número a la muerte. Que 15 mil, que 50 mil, que la ONU tiene 11 mil bolsas para cadáveres. Intentaron -por suerte sin éxito- imponerle al gobierno de Delcy Rodríguez una cifra, una estadística.
Como perros de la calle, intentaron asestar todos los mordiscos posibles. Intentaron imponer una estadística sin entender -o quizás sí, pero no les importa- que detrás de cada número hay gente. ¿Cuántos iban por Brasil esa tarde del 24 de junio? ¿Cuántos no supieron que Brasil goleó esa tarde y pocos días después perdió y se fue?
¿Cuántos iban por Argentina? ¿Cuántos por España? Cuántos admiradores de Cristiano no se enteraron que se fue de su último mundial sin nada de gloria? ¿A cuántos hinchas de Messi se les llenó de polvo para siempre la camiseta celeste y blanca en un armario, en una mesa de luz o en una pared que se quebró endemoniada?
La tierra partió para siempre la fragilidad, esta vez en Venezuela. De un lado los que ya no están y del otro lado los que tienen que lidiar con las ausencias mientras se sienten culpables por estar de este lado y no del otro.
Venezuela, la castigada Venezuela, la bloqueada y bombardeada porque no le perdonan intentar ser soberana, deberá enfrentar ahora una gigantesca tarea de reconstrucción. Todo mientras desde la derecha y la izquierda se la señala con el dedo y con tonos altivos le advierten qué hacer y qué no. Qué limites cruzó o no y dónde están las líneas rojas.
Una tarea de reconstrucción que deberá encarar -de nuevo, como el 3 de enero- casi totalmente sola. Una tarea de reconstrucción que demandará caminos originales y humanistas. Demandará inventar caminos mientras se lidia con la estadística de las ausencias.