2021, el retorno en Chile del espíritu de la revuelta popular. Y seguimos

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Paul Walder

Este será probablemente el último texto del año. En escritura y tal vez de lectura. Un año extraño, intenso, peligroso. Al filo de la navaja y en la cresta de la ola. Como un surfista, que se juega todo en segundos. Todo o nada. Arriba de la ola o en un instante, debajo. Sin matices ni descansos. Así vivimos el 2021 en Chile, un periodo al que ingresamos con el empuje del 2019 y hemos reforzado tras enredos y tropiezos hacia el último mes del año.

En el trance, hemos aprendido tras mirarnos un poco y reconocer que no estábamos debilitados sino solo confundidos.

Han pasado tantas cosas este año. Momentos radiantes, como la elección de los convencionales constituyentes y la instalación de la Convención. Observar la emergencia de la voluntad de transformaciones al Estado neoliberal y el lastre oligárquico. Un impulso que detona las estructuras decimonónicas de una república diseñada para las diversas camarillas. En mayo y julio todo saltó por los aires, fluyó y cambió de sentido.

Las grandes mayorías comprendieron que la Constitución neoliberal de Pinochet y repasada por Lagos, usufructuada por décadas para beneficio de las élites y sus representantes de las dos derechas, solo se ha sostenido con el uso de la fuerza y el engaño.

El 2021 tuvimos grandes sorpresas. ¿Quién auguraba antes del 15 y 16 de mayo la contundente derrota de la derecha y la pérdida de los dos tercios para bloquear cambios en la nueva constitución? El triunfo de las fuerzas transformadoras nos confirmó que aquella elección fue el evento político de mayor trascendencia de los últimos 30 años. El resultado de esa elección fue la creación de un órgano político constituyente que se coló, fuera de toda planificación y filtros aplicados, para instalarse en el centro de las oligárquicas instituciones chilenas.

En la Convención Constitucional (CC), inaugurada el 4 de julio de este año, estaba representado el verdadero Chile, con paridad de género, diverso y plurinacional. Desde jóvenes muy jóvenes y hasta muy ancianos, con la expresión de los pueblos originarios, con representantes de los territorios más cercanos y lejanos, con la presencia activa de las disidencias sexuales. El país de las calles y las regiones, de los barrios y la ruralidad tiene su representación en la Convención.

Pudimos ver que la Convención es una expresión del espíritu de octubre del 2019.  Tuvimos esa percepción tras más de un año bajo la mordaza y la inmovilidad de las cuarentenas. Por ello el persistente intento de sabotaje por la oligarquía y las élites a través de sus medios de manipulación masiva. La Convención logró mantener el espíritu de la revuelta popular y romper las barreras impuestas en la ley emanada del poder legislativo en diciembre de 2019.

El quiebre de las trampas en la  ley 21.200 ha sido un efecto más de la fuerza aún viva del 18 de octubre. Una energía presente en los barrios y talleres, escondida en la desconfianza y el desprecio a toda la institucional vigente. Una potencia oculta que fue capaz de liderar la revuelta popular como también dar vuelta las proyecciones de las elecciones de la CC. Nadie, ni observador ni analista, pudo prever estos resultados.

Ese espíritu y su energía, que despertó el 2019, se recogió el 2020 bajo las cuarentenas, volvió a amanecer este año para actuar en momentos clave y de intensos simbolismos como la tremenda votación que recibió Fabiola Campillai en su candidatura al Senado. Dos semanas más tarde para darle el empuje a la presidencia a Gabriel Boric y frenar el ascenso del pinochetismo.

El 2021 ha seguido el curso abierto el 2019. La llamada de octubre y sus numerosas demandas ha sido comprendida y ordenada como el término del modelo neoliberal, el fin de las desigualdades y el avance hacia una democracia participativa. Un urgente y necesario cambio en la tendencia neoliberal de los últimos 40 años para la recuperación del sentido de la política quebrada en 1973.

El presidente electo ha enviado algunas pocas señales sobre su futuro gobierno, las que hasta ahora son positivas, como el rechazo a la tramposa invitación de Piñera a saludar a Iván Duque en Colombia, y la inclusión en su gobierno de organizaciones sociales como Ukamau y Modatima. La unidad de las mayoritarias fuerzas de izquierda en torno a Apruebo Dignidad y las organizaciones sociales y territoriales será la verdadera y única fuerza con la que contará el futuro gobierno.

Las movilizaciones y el espíritu del 2019 serán absolutamente necesarios para apoyar los cambios y frenar la embestida de la derecha, las finanzas, las oligarquías y su aparato mediático.

Porque el 2021 también tuvo momentos oscuros. A punto estuvimos del tropiezo que nos pudo dejar desvanecidos en los despojos de la dictadura cívico militar. Una campaña del terror levantada por las elites, los nostálgicos de Pinochet y las familias de los privilegiados de más de cuatro décadas de democracia neoliberal. Nos salvamos de aquella pauta de la ultraderecha mundial que intentó instalar en Chile gobiernos tan fallidos como el de Trump y Bolsonaro.

¿Hemos ganado? Sí algunas batallas. Estuvimos a punto de una gran regresión en el proceso de octubre. Sin el triunfo de Boric el 19 de diciembre, que se lo debe al pueblo movilizado, esta vez en las calles para votar, estaríamos ingresando en estos días en un nuevo túnel de la historia, tal vez más oscuro que los últimos 30 años del binominal.

El pueblo movilizado le entregó una enorme muestra de confianza a Gabriel Boric el 19 de octubre, en tanto el presidente electo se ha comprometido en cumplir una serie de demandas de máxima urgencia levantadas por plataformas populares. Hay aquí un compromiso, una obligación, cuyo cumplimiento tendrá que tomar también grandes opciones.

El quiebre, o la sola transformación de las pesadas estructuras neoliberales, requerirá de capacidad de decisión y voluntad política para enfrentarse con la reacción y las violencias de las oligarquías, el capital financiero, los monopolios y sus perros de caza.  De lo contrario, si el nuevo gobierno abre un proceso de negociaciones y transacciones a la manera de la Concertación, todo los esfuerzos se perderían y las esperanzas volverían a convertirse en amargura.

Pero eso es muy prematuro. Mejor no pensar en eso. Como el surfista citado al comienzo, sigamos en la cresta de la ola.

*Periodista y escritor chileno, licenciado en la Universidad Autónoma de Barcelona, director de Mural.cl, colaborador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)