Pedro Brieger
El sueco Yasin Ayari marcó el primer gol de Suecia contra Túnez y no lo gritó. Dado que el jugador tiene ascendencia marroquí por parte de su madre y tunecina por su padre, consideró que festejarlo implicaba una falta de respeto hacia sus orígenes paternos. Seguramente muchos espectadores se habrán preguntado si era sueco o tunecino.
Este ejemplo es uno de los tantos que podemos observar sobre los cambios que se produjeron en los conceptos de nacionalidad e identidad que saltan a la vista en este Mundial de fútbol.
La FIFA nació en 1904 y organizó un primer Mundial en 1930 con la participación de 13 seleccionados que representaron a países reconocidos como tales. En esos años el debate sobre la cuestión identitaria era materia casi exclusiva de círculos políticos e intelectuales.
Con el correr de los años el criterio de pertenencia se fue modificando y muchos países reconocieron la doble ciudadanía y la posibilidad de tener dos o más pasaportes. Paralelamente, también evolucionaron las reglas de la FIFA.
Hace medio siglo, la gran mayoría de los futbolistas representaba al país en el que habían nacido. Sin embargo, entre los Mundiales de 1930 y 2018 ya existía un porcentaje de entre el 8 y el 12 por ciento de jugadores que defendían la camiseta de otra nación. En Qatar 2022 esa proporción ascendió al 16 por ciento y en 2026 alcanza el 23 por ciento. En otras palabras, en este Mundial casi uno de cada cuatro futbolistas juega para una selección distinta a la del país donde nació.

Mientras rueda la pelota la pregunta dejó de ser «¿dónde nació?» y pasó a ser «¿qué nacionalidades tiene y con cuáles se identifica? Si tomamos las listas oficiales de las 48 selecciones (unos 1200 futbolistas) encontramos que apenas ocho tienen planteles íntegramente conformados por futbolistas nacidos en su territorio.
Los casos opuestos más extremos de jugadores que no nacieron en el país que representan son Curazao (25), República Democrática del Congo (20) y Marruecos (19). Francia, por su parte, es el principal país «exportador» del Mundial: 76 futbolistas nacidos en tierra gala están repartidos entre muchas selecciones, especialmente africanas y árabes.
La enorme mayoría son hijos o nietos de inmigrantes que tenían derecho a ambas nacionalidades y crecieron con múltiples identidades. Ya es habitual que futbolistas nacidos en un país elijan representar a otro por razones afectivas y familiares y que el lugar de nacimiento no siempre coincida con el sentimiento de pertenencia. Un jugador puede haber nacido en alguna ciudad europea y sentirse simultáneamente francés y marroquí, belga, congoleño o argentino.
Los siglos XX y XXI han conocido gigantescas olas migratorias por diversos motivos. Millones de personas dejaron su país de origen y tuvieron hijos e hijas en otros países. Por eso jugar para la selección “de sus padres” no es una «renuncia» al país donde se nació sino otra forma legítima de expresar sus múltiples identidades. La relación entre pertenencia nacional, ciudadanía y migraciones revela la complejidad del concepto de pertenencia que suelen considerarse evidentes.
Las gigantescas migraciones del siglo XX y la cuasi desaparición del colonialismo han modificado las identidades. Los conceptos históricos de “jus sanguinis” (descendencia) y “jus soli” (nacimiento en el territorio) siguen siendo la base jurídica de la nacionalidad en la mayoría de los países, pero parecen de otro contexto histórico.
Los conceptos de «ciudadanía», «nación» y «nacionalidad» contienen significados diferentes, aunque parcialmente superpuestos. La ciudadanía se refiere a la pertenencia formal a un Estado, mientras que la condición de miembro de una nación expresa la pertenencia a una comunidad. La nacionalidad, en cambio, puede significar ambas cosas: en algunos casos se refiere a la ciudadanía y, en otros, a la pertenencia cultural, étnica, lingüística, religiosa o de valores comunes. La historia del siglo veinte, además, es la prueba de que los Estados no son inmutables, ya que las fronteras pueden cambiar y algunos países desaparecer (Yugoslavia, Unión Soviética) conformando nuevas identificaciones e identidades.
El deporte hoy refleja dinámicas de inclusión, nacionalismo y pertenencia porque los atletas pueden cambiar de ciudadanía y esto influye sobre las diversas identidades.
El racismo francés
El discurso más radical contra la integración en el fútbol está en Francia, asociado a los partidos y personalidades de la extrema derecha. Básicamente sostienen que la selección ya no representaría a la «verdadera Francia» debido a la presencia de jugadores descendientes de inmigrantes o con raíces africanas y árabes. Algunos incluso se atreven a hablar de una sociedad «arabo-musulmana» que habría desplazado a los «blancos y cristianos».
Desde 1998 es un discurso que aparece con fuerza ante cada competencia. Hace décadas que escrudiñan con lupa identitaria a la selección de futbol. En los años 50 del siglo pasado algunos sectores ya cuestionaban la presencia de jugadores de origen polaco, italiano o húngaro porque decían que no representaban adecuadamente a Francia.
Mucho antes de que el foco estuviera puesto en africanos o árabes. En su momento el caso más conocido por los cuestionamientos fue el del jugador Raymond Kopa (originalmente Kopaszewski), cuyo padre era inmigrante polaco. Está claro que la herida abierta dejada por décadas de colonialismo en Africa y Asia se manifiesta hoy porque ya no se suele cuestionar a los futbolistas de origen italiano, español, polaco o portugués sino a los africanos (negros) y magrebíes (árabes). Una de las consecuencias del largo pasado colonial es que sus colonizados también se instalaron en la metrópoli y eso los racistas no lo toleran.
Algunas curiosidades
-En este Mundial Marruecos llegó a tener once futbolistas nacidos fuera del país simultáneamente en el campo de juego mientras enfrentaba a Brasil.
Por la diversidad de lenguas (árabe, español, francés y neerlandés) suelen usar el inglés como idioma común aunque ninguno provenga de un país angloparlante.
-Luis Monti es el único futbolista en la historia que disputó dos finales de la Copa del Mundo representando a dos selecciones diferentes: Argentina en 1930 e Italia en 1934. Alfredo Di Stefano y László Kubala lograron jugar para tres países en diferentes competiciones: Argentina, Colombia, España y Hungría Checoslovaquia y España, respectivamente.
-Los hermanos Williams nacieron en Euskadi (la tierra de los vascos) que tiene una fuerte identidad nacional pero no es un país porque está dentro del Reino de España. Nico decidiò jugar para la selección española e Iñaki para la de Ghana.

-Hasta la aparición de Cristiano Ronaldo, el jugador más famoso de Portugal era Eusebio, que se destacó en el Mundial de 1966. Ninguno de los dos nació en la Portugal continental: Ronaldo en la isla de Madeira (más cerca de la costa africana que de Lisboa) y Eusebio a 8 mil kilómetros de Lisboa, en Mozambique, a la sazón colonia portuguesa.
-El Reino Unido es el único país que no compite como país, ya que no existe una selección del Reino Unido sino de las cuatro “naciones constituyentes” (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte) que compiten por separado.
-El caso de Christian Karembeu es uno de los más ilustrativos sobre la complejidad de la cuestión identitaria. Nació en Nueva Caledonia, un territorio francés en el Pacífico. Hace décadas que sectores importantes de la población local –conocida como “kanak”- aspiran a la independencia. Karembeu llegó a los 12 años a la Francia continental y fue campeón mundial con la “bleu” en 1998. El contó que varios de sus antepasados habían sido llevados a Francia para la Exposición Colonial de París de 1931 y exhibidos en una especie de «zoológico humano». Karembeu quedó marcado por esa historia personal pero no renunció a su nacionalidad francesa aunque su pasado marca una fuerte conexión con el pueblo Kanak.
Más allá de las anécdotas
Un enfoque opuesto al discurso racista puede verse en la selección de Australia conocida como “Socceroos), mezcla de soccer (fútbol) y kangaroo (canguro). Los jugadores reivindican el carácter multicultural del país y cuentan las historias de familias refugiadas o migrantes porque consideran que su selección es un reflejo de la Australia contemporánea. Antes del Mundial 2026, los Socceroos difundieron un video que celebraba la diversidad de orígenes de sus futbolistas. El mensaje es inequívoco: la diversidad no debilita la identidad nacional, sino que la enriquece.
Si tomamos el ejemplo australiano el Mundial podría ser una buena oportunidad para luchar contra el racismo y pensar que una persona tiene muchas identidades, producto de su lugar de nacimiento, la ciudadanía, la cultura familiar, la lengua, la religión o el sentimiento de pertenencia.
Como decía el poeta cubano Nicolás Guillén, “Estamos juntos desde muy lejos, jóvenes, viejos, negros y blancos, todo mezclado”.
*Sociólogo y periodista argentino