¿Administró el Vaticano la extremaunción al neoliberalismo global?

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ALFREDO JALIFE| Sin desear ahondar en el pernicioso «Choque de las Civilizaciones» de Samuel Huntington (ex funcionario de Seguridad Nacional de Estados Unidos, EU, más que «académico» propiamente dicho), ni mucho menos en el insoluble «choque de religiones» –los cuales, en última instancia, benefician la agenda balcanizadora anglosajona («divide y vencerás») y a sus minorías plutocráticas financieristas–, atrajeron poderosamente la atención la postura oficial del Vaticano sobre la protesta global de los indignados –a quienes implícitamente apoya– y su llamado a crear un polémico «banco central global» (como sumatoria de todos los bancos centrales «nacionales»)La Jornada

Se pudiera aducir numéricamente que el Vaticano no está solo y cuenta con el tácito sostén de mil 200 millones de católicos (según el Annuario Pontificio de 2010); es decir, alrededor de 17 por ciento global, cuando sus feligreses del continente americano (primordialmente EU, Brasil y México) están a punto de superar aritméticamente tanto a los del viejo continente europeo –cada vez más hedonista y ateo– como a los de Medio Oriente (donde nació el nazareno), que está siendo literalmente vaciado de los primeros cristianos de la humanidad debido al doble ascenso de los fundamentalismos islámico e israelí.

No es ocioso comparar el número de católicos con otras creencias, que en un momento dado se puedan sumar al insólito «manifiesto financiero» del Vaticano en un creativo «Diálogo de Civilizaciones»: mil 600 millones de islámicos (23 por ciento mundial), 900 millones de hindúes (13 por ciento), 600 millones de protestantes (8.5 por ciento), 350 millones de budistas (6 por ciento), 300 millones de ortodoxos (4.3 por ciento) y 13.4 millones de judíos (0.2 por ciento).

Sumados, los cristianos constituyen la primera religión mundial (alrededor de 30 por ciento global).

La geopolítica de las religiones es todo un controvertido tema hipersensible, así como lo son sus devastadoras guerras que asolaron a Europa durante los 30 años previos a 1648, fecha del Tratado de Westfalia, que originó el concepto moderno del Estado-nación «soberano», que ha sido socavado por la desregulada globalización financierista.

La eurozona se obstina en discutir el sexo de los ángeles y sus transacciones financieras infernales, en el más depurado estilo bizantino, en la proa del Titanic monetarista cuando su popa se hunde diagonalmente (para otros ya verticalmente).

La crisis multidimensional global penetró ya la esfera del espíritu –lo cual suele suceder cuando todos los valores hipermaterialistas se desploman– y en forma asombrosa, quizá un tanto cuanto tardía, desde el corazón «moral» del decadente mundo «occidental», el Vaticano aboga por la creación de un «banco central global», acoplado de dramáticas reformas, para rescatar a sus todavía feligreses tanto de «la idolatría del mercado» como de las garras de la codicia de las trasnacionales parasitarias que tienen al planeta al borde del precipicio –si no de una tercera guerra mundial (tan anhelada por los financieros de la City y los seguidores de Israel).

El Consejo Pontificio del Departamento Justicia y Paz, en un documento de 18 páginas, reclamó «profundas reformas de la economía mundial y la creación de una autoridad ética (¡súper sic!) global (¡extra sic!) para regular los mercados financieros» (Philip Pulella, Reuters, 24/10/11).

El Vaticano se pronuncia sin equívocos en contra del neoliberalismo cuando la maravillosa protesta de los indignados ha proliferado urbi et orbi (a nivel «local y global», para usar un término católico) en contra del 1 por ciento de la parasitaria plutocracia bancaria  que tiene esclavizado a 99 por ciento de la humanidad.

El Vaticano condenó sin tapujos «el pensamiento neoliberal» que «exclusivamente busca soluciones técnicas (sic) para problemas económicos».

A mi juicio, un buen inicio de solución «espiritual» sería excomulgar a todos aquellos neoliberales locales, quienes abiertamente pululan en el ITAM, se santiguan en forma farisea, y le han brindado la mayor parte de su gabinete depredador a Calderón (otro persignado espurio).

El documento aduce que la multivariada injusticia globalizada comienza a tener efectos negativos en los niveles sociales, políticos y económicos «destinados a crear (sic) un clima de mayor hostilidad y aún de violencia, que en última instancia socavarán los fundamentos de las instituciones democráticas».

Viene la parte polémica que hará derramar mucha tinta: «el establecimiento de una autoridad supranacional (¡súper sic!) con visión global» y «jurisdicción universal» para «guiar las políticas y decisiones económicas».

¿Salimos de un gobierno unimundialista de facto –el israelí-anglosajón, controlado por el sionismo financierista jázaro– para sucumbir en otro gobierno mundial cuya especificidad, membresía y religión son desconocidos hasta ahora?

Comenta el Vaticano –cuya divisa oficial, en términos terrenales, es el tambaleante euro– que la autoridad de tal banco central global deberá iniciar con «la ONU como punto de referencia», pero que «posteriormente deberá volverse independiente (sic) y gozar del poder para vigilar que a los países poderosos no se les permita ejercer excesivo poder sobre los países débiles». Ya estuvo que EU y Gran Bretaña seguramente vetarán en la ONU esta recomendación celestial.

En forma más puntual, el Vaticano demanda la reforma a la economía global con «impuestos a las transacciones financieras» y juzga, con justa razón, que «el FMI carece del poder o la habilidad para estabilizar el mundo financiero mediante la regulación (¡súper sic!) de la masa monetaria total» ni siquiera vigilar «la cantidad del riesgo crediticio tomado por el sistema». Nada nuevo al respecto de lo que he referido en mis añejos teoremas, salvo que ahora el Vaticano toma una inusitada postura vigorosa en contra de la «especulación rampante» y en favor de una «ética de la solidaridad» entre los países ricos y pobres.

Detecta que el grave problema es financierista, cuando el mundo requiere «un mínimo de reglas compartidas para manejar el mercado financiero global» y «alguna forma de manejo monetario global». ¡Ni muerta lo aceptará la parasitaria cuan depredadora bancocracia global!

Admite que tal cambio tomará años y encontrará férrea resistencia (más que nada: el repudio cacofónico de los oligopolios multimediáticos neoliberales).

Cuando la globalización ha erosionado las fronteras, considera que «la transformación será realizada al precio de una transferencia (sic) gradual y equilibrada (sic) de parte de cada una de las potencias a una autoridad mundial (sic), así como a autoridades regionales (sic)». ¿Cuándo ha sucedido eso en la historia de la humanidad?

Si el banco central europeo, un banco central «regional» supuestamente superdotado, a duras penas puede sostener al euro, ¿cómo podrá funcionar un banco central «global» para estimular el «bien común», ya no se diga la armonía social?

Por alguna razón, a diferencia del Papa Juan Pablo II, quien se pronunció categóricamente contra la globalización, los funcionarios del Vaticano la dan como inmutable cuando las tendencias que he detectado operan en sentido contrario: tanto a la desglobalización como a la «regionalización».

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