Los problemas de la transición al socialismo en Venezuela

JAVIER BIARDEAU | En artículos e intervenciones en diversos espacios institucionales y públicos he planteado (sin mucho éxito) la necesidad de avanzar en la articulación orgánica de espacios para ejercer formas de inteligencia general o de activación del “intelectual colectivo”, que aborde de manera exhaustiva, rigurosa y directa LOS PROBLEMAS DE LA TRANSICIÓN AL SOCIALISMO EN VENEZUELA Y EN NUESTRA AMÉRICA.

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1.- INTRODUCCIÓN:

Esta tarea no puede ser iniciativa exclusiva de pequeños equipos políticos encerrados en sus propias auto-referencias teóricas o ideológicas (“mirarse el ombligo es un síntoma de sectarismo”), ni a partir de individualidades (por más “geniales” que sean), ni de equipos tecno-políticos encerrados en espacios ministeriales (intelectuales “burocratizados”, “palaciegos” o regulados por las demandas inmediatas-urgentes de la  “coyuntura” o la “pragmática del poder”), ni en centros académicos especializados (sin contacto efectivo con las luchas sociales), pues se trata de una praxis colectiva teórico-práctica que requiere de espacios de articulación de equipos, redes intelectuales, partidos revolucionarios, movimientos sociales, comunidades, agencias gubernamentales y estatales directamente implicadas en los procesos de cambio estructural que se animan bajo el paraguas de la revolución democrática socialista para el siglo XXI.

2.- LOS DESAFÍOS DEL PLAN INDEPENDENCIA Y PATRIA SOCIALISTA:

En Venezuela, ciertamente, la revolución bolivariana se ha convertido en un verdadero laboratorio de ensayos y errores, de conjeturas y refutaciones, de puesta en escena de paradigmas, tradiciones revolucionarias y discursos de variada procedencia y estatuto teórico. Pero si tomamos en cuenta, al menos, tres sistematizaciones que han pretendido orientar las políticas públicas de construcción del socialismo bolivariano del siglo XXI, como lo han sido: 1) el nuevo mapa estratégico, 2) el primer plan socialista; y el diseño del segundo plan socialista, los resultados no han sido completamente positivos ni alentadores en los últimos 8 años con relación al proceso de transición al socialismo:

“No nos llamemos a engaño: la formación socioeconómica que todavía prevalece en Venezuela es de carácter capitalista y rentista. Ciertamente, el socialismo apenas ha comenzado a implantar su propio dinamismo interno entre nosotros. Éste es un programa precisamente para afianzarlo y profundizarlo; direccionado hacia una radical supresión de la lógica del capital que debe irse cumpliendo paso a paso, pero sin aminorar el ritmo de avance hacia el socialismo”. (Chávez; Plan Independencia y Patria Socialista)

Sin embargo, Chávez no señaló explícitamente en el fragmento anterior que la radical supresión de la lógica del Capital, supone una radical supresión de la racionalidad hegemónica de la dominación social, condición que permite la reproducción material y simbólica del sistema como una totalidad concreta. Aunque en el Plan se plantea que:

“Para avanzar hacia el socialismo, necesitamos de un poder popular capaz de desarticular las tramas de opresión, explotación y dominación que subsisten en la sociedad venezolana, capaz de configurar una nueva socialidad desde la vida cotidiana donde la fraternidad y la solidaridad corran parejas con la emergencia permanente de nuevos modos de planificar y producir la vida material de nuestro pueblo. Esto pasa por pulverizar completamente la forma de Estado burguesa que heredamos, la que aún se reproduce a través de sus viejas y nefastas prácticas, y darle continuidad a la invención de nuevas formas de gestión política.”

Lo que no se dice en este planteamiento es que para pulverizar definitivamente la forma de Estado Burguesa, al menos a corto plazo, habría que desmontar aspectos medulares del Proyecto Constitucional de 1999, activando un nuevo proceso popular constituyente, pues no se trataría ni de enmiendas menores ni de una reforma constitucional, sino de refundar el Estado (ahora de carácter anticapitalista) y los sistemas institucionales contemplados en el ordenamiento constitucional del país; entre ellos, el sistema socio-económico, cuyas normas contemplan un sistema de economía mixta con diferentes formas de propiedad, incluida la propiedad colectiva, normas que pueden ser aprovechadas para ampliar el proceso de acumulación de fuerzas por parte del Poder Popular, entendido como ejercicio directo de la democracia participativa y protagónica expresando la soberanía popular. Si el tiempo histórico de la transición es mucho más dilatado, entonces se deben aprovechar las posibilidades de expansión de tales políticas en el marco constitucional en la dirección de un Proyecto Socialista Democrático.

¿Y cómo se concibe el Poder Popular en el Plan Independencia y Patria Socialista? En palabras del propio Chávez: “Los avances alcanzados por el proceso bolivariano deben servir de base para continuar la consolidación del Poderío Político, visto como la consagración de la restitución del poder al pueblo y del ejercicio pleno de la democracia participativa, protagónica y socialista como sustento político de la Unidad Nacional. Sólo por esta vía tendremos la fuerza necesaria para participar con éxito en el complejo escenario mundial.”

En fin, sin una clara y radical “teoría político-cultural” de la transición al socialismo en las escalas nacionales, regionales y mundiales, que alteren profundamente las condiciones de las relaciones de fuerzas, sentidos y representaciones que reproducen la estructura de mando y la lógica de acumulación y valorización del Capital, el cumplimiento paso a paso de la transición pudiera convertirse en un severo retroceso, restauración o degeneración de proceso de cambio estructural:

“Este es un programa que busca traspasar “la barrera del no retorno”. Para explicarlo con Antonio Gramsci, lo viejo debe terminar de morir definitivamente, para que el nacimiento de lo nuevo se manifieste en toda su plenitud. La coherencia de este Programa de Gobierno responde a una línea de fuerza del todo decisiva: nosotros estamos obligados a traspasar la barrera del no retorno, a hacer irreversible el tránsito hacia el socialismo. Ciertamente es difícil precisar cuándo despuntará tan grandioso horizonte, pero debemos desplegar esfuerzos sensibles y bien dirigidos, para decirlo con Bolívar, en función de su advenimiento.”

¿Qué es la planificación democrática y socialista si no el despliegue de estos esfuerzos sensibles y bien dirigidos en función del advenimiento de proceso de tránsito hacia el socialismo?

3.- LA TRANSICIÓN SOCIALISTA NO ES UN ASUNTO EXCLUSIVO DE ECONOMÍA POLÍTICA:

Existe evidencia documental e histórica que apunta a señalar que el tratamiento económico-técnico, unidisciplinario, reduccionista de la transición al socialismo como un ámbito puramente socioeconómico, concentrado en transformaciones a escala nacional, ni siquiera bajo el disfraz de “economía política de la transición al socialismo”, puede avanzar en el cambio estructural de la estructura de mando y el régimen social de producción e intercambio que llamamos “capitalismo histórico”.

Incluso, la desatención selectiva de la importancia de las condiciones políticas, socioculturales e internacionales de los procesos de transición al socialismo han llevado a los desastrosos efectos prácticos de considerar que “el socialismo se puede construir en un solo país” (Stalin dixit) a partir de la construcción de un Estado Socialista.

Hay que decirlo alto y claro: se avanza en la construcción de una transición post-capitalista paso a paso, a escala nacional, pero una radical socialización-democratización del poder social: político, económico, cultural, ideológico y militar se torna problemática si la situación regional y mundial permanece invariablemente como contexto global capitalista.

Es cierto que se avanza hacia regímenes políticos, sociales y económicos con mayor democracia y justicia social, más igualitarios sin duda; se avanza en mayor grado de independencia y autodeterminación en el contexto de la construcción de Bloques Regionales de Poder, que pueden llegar a afectar la geo-estrategia imperial dominante, pero no hay que perder de vista que una revolución socialista plenamente consolidada sólo es viable en el marco de una transformación estructural de alcance mundial.

4.- ¿POR QUÉ NO HAY REVOLUCIÓN ANTI-CAPITALISTA EN UN SOLO PAÍS?

Para despejar este asunto (que no invalida la posibilidad de contar con gobiernos socialistas que mejoren las condiciones de vida grandes mayorías por la vía de reformas más o menos radicales)  conviene re-leer un pequeño fragmento de la interpretación de Engels en su texto “Principios del Comunismo” (1847) donde señala:

“XIX. ¿Es posible esta revolución en un solo país? No. La gran industria, al crear el mercado mundial, ha unido ya tan estrechamente todos los pueblos del globo terrestre, sobre todo los pueblos civilizados, que cada uno depende de lo que ocurre en la tierra del otro. Además, ha nivelado en todos los países civilizados el desarrollo social a tal punto que en todos estos países la burguesía y el proletariado se han erigido en las dos clases decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha convertido en la principal lucha de nuestros días. Por consecuencia, la revolución comunista no será una revolución puramente nacional, sino que se producirá simultáneamente en todos los países civilizados, es decir, al menos en Inglaterra, en América, en Francia y en Alemania. Ella se desarrollará en cada uno de estos países más rápidamente o más lentamente, dependiendo del grado en que esté en cada uno de ellos más desarrollada la industria, en que se hayan acumulado más riquezas y se disponga de mayores fuerzas productivas. Por eso será más lenta y difícil en Alemania y más rápida y fácil en Inglaterra. Ejercerá igualmente una influencia considerable en los demás países del mundo, modificará de raíz y acelerará extraordinariamente su anterior marcha del desarrollo. Es una revolución universal y tendrá, por eso, un ámbito universal.”

Los planteamientos de Marx en el Manifiesto Comunista con relación al carácter universal del “mercado mundial” apuntan a la misma dirección:

“La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América.  El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra.  A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.”

Como es posible constatar, una concepción de un sistema histórico mundial, aunque con claros supuestos eurocéntricos, colocó al asunto de la revolución en una variada polémica de interpretaciones:

“Los trabajadores no tienen patria.  Mal se les puede quitar lo que no tienen.  No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del Poder Político, su exaltación a clase nacional, a nación, es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía. Ya el propio desarrollo de la burguesía, el librecambio, el mercado mundial, la uniformidad reinante en la producción industrial, con las condiciones de vida que engendra, se encargan de borrar más y más las diferencias y antagonismos nacionales. El triunfo del proletariado acabará de hacerlos desaparecer.  La acción conjunta de los proletarios, a lo menos en las naciones civilizadas, es una de las condiciones primordiales de su emancipación.  En la medida y a la par que vaya desapareciendo la explotación de unos individuos por otros, desaparecerá también la explotación de unas naciones por otras. Con el antagonismo de las clases en el seno de cada nación, se borrará la hostilidad de las naciones entre sí.”

No citamos, por cierto, estas palabras de Engels y Marx bajo el escolástico argumento de la “autoridad de la cita”, sino para justamente problematizar las concepciones predominantes en el siglo XIX europeo con relación a este punto: ¿Es posible una revolución anti-capitalista en un solo país?

Al parecer, en la interpretación de Marx y Engels, no es posible:“(…) la acción conjunta del proletariado, al menos en las naciones civilizadas, es una de las condiciones primordiales de la emancipación”. Entonces, la conformación de un campo de naciones en las cuales el proletariado haya conquistado efectivamente el poder político, es condición inmediata de posibilidad para avanzar en el proceso de transición anticapitalista; proceso que implica ir más allá de una Nación; es decir, de un particularismo nacional estrecho, cuyo sentido, fuerza y representación se contraponga a la del “proletariado” como “clase nacional” y bajo una visión internacionalista.

Sin embargo,  cabe señalar que Marx y Engels, como lo han evidenciado una variedad de investigadores sobre la impronta euro-céntrica del marxismo, mantienen la oposición semio-ideológica entre naciones “civilizadas”, “semi-bárbaras”, “bárbaras” y “salvajes”, todo esto dentro de una profunda aceptación tácita en 1847 de la noción de progreso moderno, europeo, occidental, industrial, urbano y colonial.

Así mismo, cabe recordar que en medio de los turbulentos acontecimientos derivados de la desaparición física de Lenin en 1924, ya en la revolución rusa se llegó a dictar la línea político-estratégica de la construcción del socialismo en un solo país adoptada por el XIV Congreso del Partido Comunista en diciembre de 1925.

Según esta tesis, desarrollada por Stalin, un país atrasado como la URSS podía “desarrollar y defender el socialismo” en su marco estatal-nacional. Para Stalin, esta teoría sería, justamente, “el mayor aporte de la clase obrera soviética a la revolución mundial”.

Esta interpretación se oponía a la presentada por Trotsky, la teoría de la Revolución Permanente, que promulgaba la extensión de la revolución a los países desarrollados como único garante de la victoria del socialismo en Rusia, ya que ésta, al ser un “país atrasado” (o de bajo desarrollo de sus fuerzas productivas), no podía completar las tareas de la revolución socialista y, al industrializarse, no podía conformarse con hacerle contrapeso a las potencias occidentales.

Obviamente, esta imagen del debate es una visión en extremo simplificada por razones de espacio y cabe consultar los diferentes matices del debate, sobre todo para validar su ámbito de aplicación a los países dependientes latinoamericanos, cuyas condiciones históricas específicas deben tomarse como punto de partida para abordar las premisas necesarias de la transición al socialismo. Pero lo que no queda duda es que los actores del drama soviético post-Lenin intentaban justificar sus líneas de acción política a partir del recurso de citar diversas fuentes o textos de Lenin:

 “El desarrollo del capitalismo sigue un curso extraordinariamente desigual en los diversos países. De otro modo no puede ser bajo el régimen de producción de mercancías. De aquí la conclusión indiscutible de que el socialismo no puede triunfar simultáneamente en todos los países. Triunfará en uno o varios países, mientras los demás seguirán siendo, durante algún tiempo, países burgueses o pre-burgueses. Esto no sólo habrá de provocar rozamientos, sino incluso la tendencia directa de la burguesía de los demás países a aplastar al proletariado triunfante del estado socialista” (En septiembre de 1916, Lenin publicó un artículo titulado “El programa militar de la revolución proletaria”)

De manera que la construcción del socialismo proletario; es decir el socialismo revolucionario de las clases trabajadoras (no el “socialismo de la burguesía” o el “socialismo feudal” de los que hablaron Marx y Engels) implicaba dar cuenta de las relaciones de fuerzas entre las clases sociales y entre potencias imperialistas y sociedades dependientes implicadas en una suerte de “juego de suma cero”: ¡O nos aplastan o los aplastamos! El antagonismo de clases y entre naciones era una premisa básica del análisis leninista.

«En efecto — dice Lenin –, todos los grandes medios de producción en poder del Estado y el Poder del Estado en manos del proletariado; la alianza de este proletariado con millones y millones de pequeños y muy pequeños campesinos; asegurar la dirección de los campesinos por el proletariado, etc., ¿acaso no es esto todo lo que se necesita para edificar la sociedad socialista completa partiendo de la cooperación, y nada más que de la cooperación, a la que antes tratábamos de mercantilista y que ahora, bajo la NEP, merece también, en cierto modo, el mismo trato; acaso no es esto todo lo imprescindible para edificar la sociedad socialista completa? Eso no es todavía la edificación de la sociedad socialista, pero sí todo lo imprescindible y lo suficiente para esta edificación» (Lenin, I.: “Sobre la cooperación” fue publicado en los números 115 y 116 de Pravda los días 26 y 27 de mayo de 1923)

Lenin clarificaba algunas cuestiones: no bastaba que todos los grandes medios de producción estuviesen en Poder del Estado, lo que implicaba una “nacionalización extensiva” de los grandes medios de producción, sino que el Poder del Estado debía estar en manos del proletariado real y efectivo, en alianza con otros sectores explotados: “millones y millones de pequeños y muy pequeños campesinos; asegurar la dirección de los campesinos por el proletariado”. ¿Quién controlaba y dirigía el Poder del Estado? Para Lenin era muy claro: una dirección  proletaria, las clases trabajadoras. Lo cual nos lleva a un debate elemental, básico, inmediato de un proceso de transición desde el punto de vista político: si no son los trabajadores asalariados organizados como partido revolucionario, quienes tienen las riendas de la conducción del Poder del Estado, no hay transición alguna al Socialismo.

Marx también señalaba con absoluta claridad que el proletariado efectivo era el que debía tomar el poder, no sustituciones ni representaciones de otras clases, como ha ocurrido en las experiencias burocráticas del Socialismo de funcionarios del Estado. Pero allí estalla el problema de la relación entre el partido y la clase que dice representar, encarnar o expresar. No es casual que el Manifiesto Comunista tenga un capítulo entero dedicado a la relación entre el proletariado y los comunistas.

Por otra parte, las controversias entre populistas presentes en diversas cartas de Marx y Engels, plantearon la posibilidad de una línea de desarrollo capitalista, e incluso socialista, distinta a la experimentada en los países europeos occidentales, aunque en todos estos documentos siempre aparecía la necesidad de alianzas entre un grupo de países, con alto o bajo desarrollo de sus fuerzas productivas; es decir, la necesidad de conformar un bloque o campo regional de poder.

De manera, que fue Stalin el que inauguró una línea que incluso parecía contradictoria con sus planteamientos iniciales. En abril de 1924, Stalin escribía en su compilación sobre Las bases del leninismo: «La victoria definitiva del socialismo, para la organización de la producción socialista, los esfuerzos de un solo país, sobre todo si es campesino como el nuestro, son ya insuficientes: se necesitan los esfuerzos reunidos del proletariado de varios países avanzados». Estas líneas fueron luego suprimidas en ediciones posteriores, como lo alertó Trotsky. Para el oficialismo soviético era necesario legitimar la tesis del socialismo en un solo país.

Propuso Trotsky su interpretación de la siguiente manera:

“La «teoría» del socialismo en un solo país, que Stalin no expone ni justifica en ninguna parte, se reduce a la concepción, extraña a la historia y más bien estéril, de que las riquezas naturales permiten que la URSS construya el socialismo dentro de sus fronteras geográficas. Se podría afirmar, igualmente, que el socialismo vencería si la población del globo fuese doce veces menor de lo que es. En realidad, la nueva teoría trataba de imponer a la conciencia social un sistema de ideas más concreto: la revolución ha terminado definitivamente; las contradicciones sociales tendrán que atenuarse progresivamente; el campesino rico será asimilado poco a poco por el socialismo; el conjunto de la evolución, independientemente de los acontecimientos exteriores, seguirá siendo regular y pacífico. Bujarin, intentando dar algún tipo de fundamento a la teoría, declaró que estaba probado contra toda duda que «las diferencias de clase en nuestro país o la técnica atrasada no nos conducirán al fracaso; podemos construir el socialismo aun en este terreno de miseria técnica; su crecimiento será muy lento, avanzaremos a paso de tortuga pero construiremos el socialismo y, lo terminaremos…». 

Y continua Trotsky: “Subrayemos esta fórmula: «Construir el socialismo sobre una base de técnica miserable» y recordemos una vez más la genial intuición del joven Marx: con una base técnica débil «sólo se socializa la necesidad, y la penuria provocará necesariamente competencias por los artículos necesarios que harán que se regrese al antiguo caos». La ilusión de un socialismo que se construye suavemente -a paso de tortuga- sobre una base de miseria, rodeado por enemigos poderosos, no resistió largo tiempo los golpes de la crítica. En noviembre del mismo año, la XV Conferencia del partido reconoció, sin la menor preparación en la prensa, que era necesario «alcanzar en un plazo histórico relativamente (?) mínimo, y sobrepasar, enseguida, el nivel de desarrollo industrial de los países capitalistas avanzados». La Oposición de Izquierda fue, en todo caso, «sobrepasada». Pero aunque dieran la orden de «alcanzar y sobrepasar» al mundo entero en un «plazo relativamente mínimo», los teóricos que la víspera preconizaban la lentitud de la tortuga, eran prisioneros del «factor internacional» tan temido por la burocracia. Y la primera versión de la teoría estalinista, la más clara, fue liquidada en ocho meses…” (Trotsky. La Revolución Traicionada)

“En abril de 1926, la Oposición de Izquierda propuso a una asamblea plenaria del Comité Central la siguiente enmienda a la teoría del paso de tortuga: «Sería radicalmente erróneo creer que se puede ir hacia el socialismo a una velocidad arbitrariamente decidida cuando se está rodeado por el capitalismo. El progreso hacia el socialismo sólo estará asegurado cuando la distancia que separa a nuestra industria de la industria capitalista avanzada (…) disminuya evidente y concretamente, en lugar de aumentar». Con mucha razón, Stalin consideró esta enmienda como un ataque «enmascarado» contra la teoría del socialismo en un solo país y rehusó categóricamente relacionar la velocidad de la edificación con las condiciones internacionales. Dice Trotsky que la versión estenográfica da su respuesta en los siguientes términos: «El que haga intervenir en este caso el factor internacional, no comprende cómo se plantea el problema embrolla todas las nociones, sea por incomprensión, sea por deseo consciente de sembrar la confusión». (Trotsky. La Revolución Traicionada)

Obviamente, según Stalin, quién siembra “la confusión” en el campo revolucionario, es un contra-revolucionario. El asunto estriba en saber cuál autoridad dicta que es o no es una confusión.

La polémica Stalin-Trotsky (oposición de izquierda) permitió hacer explícitas las dificultades de imaginar y pensar en la construcción del socialismo en un solo país, utilizando la polémica interpretativa sobre la base de la llamada “ley del desarrollo desigual del capitalismo”:

“La ley del desarrollo desigual tuvo por resultado que la contradicción entre la técnica y las relaciones de propiedad del capitalismo provocara la ruptura de la cadena mundial en su eslabón más débil. El atrasado capitalismo ruso fue el primero que pagó las insuficiencias del capitalismo mundial. La ley del desarrollo desigual se une, a través de la historia, con la del desarrollo combinado. El derrumbe de la burguesía en Rusia provocó la dictadura del proletariado, es decir, que un país atrasado diera un salto hacia adelante con relación a los países avanzados. El establecimiento de las formas socialistas de la propiedad en un país atrasado tropezó con una técnica y una cultura demasiado débiles. Nacida de la contradicción entre las fuerzas productivas mundiales altamente desarrolladas y la propiedad capitalista, la Revolución de Octubre engendró a su vez contradicciones entre las fuerzas productivas nacionales, demasiado insuficientes, y la propiedad socialista.” (Trotsky. La Revolución Traicionada. Apéndice)

Algo semejante planteó Lenin poco antes de su muerte, al abordar la dialéctica entre la objetividad y la subjetividad en la historia. Nos referimos a los textos: “Nuestra revolución” del 16 de febrero de 1923 y a “Más vale poco y bueno” del 2 de marzo de 1923. Si efectivamente en Rusia no se daban las premisas económicas objetivas; el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas hacia improbable el socialismo, Lenin señala que:

“¿Que debíamos hacer si una situación absolutamente sin salida, decuplicando las fuerzas de los obreros y los campesinos, abría ante nosotros la posibilidad de pasar de una manera diferente que en todos los demás países del occidente de Europa, a la creación de las premisas fundamentales de la civilización? (…) Si para implantar el socialismo se exige un determinado nivel cultural (…) por qué entonces no podemos comenzar primero por la conquista, por vía revolucionaria, de las premisas para este determinado nivel, y luego, ya a base de poder obrero y campesino y del régimen soviético, ponernos en marcha para alcanzar a los demás pueblos?”.

Lenin confiaba en la cercanía del momento en que los países capitalistas de Europa occidental llevarán a su término su desarrollo hacia el socialismo, y que se estaba viviendo un movimiento ascendente en el que todo el mundo pasaba por una etapa donde se estaba engendrando la revolución socialista mundial. Como ha planteado Chitarin: “La problemática de la transición del capitalismo al socialismo (y no al comunismo en su fase ultima) “nace en la práctica y en la teoría cuando la revolución rusa, estallada en un país retrasado, se encontró aislada, sola, y es el fruto del fracaso (o del retraso persistente) de la revolución en el occidente Capitalista”.

Por si fuera poco, Trotsky también partía de la ilusión de una efectiva “Dictadura de Proletariado” en la URSS y de las virtualidades de la “propiedad socialista”, pero en medio de un mar de contradicciones: “Las normas políticas y jurídicas establecidas por la revolución ejercen, por una parte, una influencia favorable sobre la economía atrasada y sufren, por otra, la acción deprimente de un medio retrasado. Cuanto más largo sea el tiempo que la URSS permanezca rodeada por un medio capitalista, más profunda será la degeneración de los tejidos sociales. Un aislamiento indefinido provocaría infaliblemente no el establecimiento de un comunismo nacional, sino la restauración del capitalismo.”

De manera, que la teoría de una suerte de “injerto socialista” en el medio capitalista estable, era refutada por Trotsky desde el momento en que se presentaba como componente justificador de la teoría del socialismo en sólo país, para amargamente señalar luego: “(…) la plaga burocrática ha sido el producto más nefasto del aislamiento”. El aislamiento de cualquier proceso revolucionario nacional, entonces, no desemboca en ninguna posibilidad de expansión hegemónica, ni en llamado punto de no retorno, sino en la restauración capitalista, pasando por el peaje de la plaga burocrática.

De manera, que ya desde entonces había muchas voces incrédulas sobre la tesis que señalaba que  en la URSS se construyó el Socialismo. No bastaban entonces, la construcción de un Plan Quinquenal, una poderosa industria, basada en la colectivización agrícola y la industrialización, todo englobado bajo una economía dirigida. La polémica sobre el régimen económico, social y político que allí se construyó en nombre del Socialismo de Marx y Engels se mantiene hasta hoy, dando lugar a debates con consecuencias: Socialismo Burocrático, Capitalismo de Estado, Estatismo Autoritario, Economía Dirigida, Colectivismo Burocrático, Socialismo con deformaciones burocráticas, etc.

Las amargas palabras de Trotsky quedan en el aire cuando señala que “sin el soporte estatal directo del proletariado europeo, la clase obrera rusa no podrá mantener el poder y transformar su dominación temporal en una supremacía duradera del socialismo. Respecto a eso, ninguna duda está permitida”.

Para Trotsky, no se podía hablar de construcción real del socialismo “sin hablar al mismo tiempo de un desarrollo masivo de las fuerzas productivas, a un nivel muy superior al del capitalismo avanzado, de tal forma que las necesidades generales de cada ser humano y del conjunto de la sociedad queden satisfechas y los conflictos entre distintas capas sociales por la insuficiencia o falta de recursos desaparezcan, al equipararse todas en bienestar e igualdad. Ello permitiría elevar el carácter de las necesidades humanas de forma drástica, permitiendo un fuerte desarrollo en los aspectos cultural y técnico, lo que repercutiría en un nivel de civilización muy avanzado y ambiente general de solidaridad y elevación del sentido ético sin precedentes en la historia.” (Apéndice a la Revolución Traicionada)

La imagen de una “fortaleza asediada” era el peor escenario para la construcción del socialismo revolucionario desde la perspectiva de la vieja guardia bolchevique. La URSS, arrastraba aún muchas de las contradicciones y condiciones de atraso legadas por el zarismo y el capitalismo y, sin ayuda externa, se veía supeditado a la escasez general y a grandes dificultades internas generadas por ciclos de crisis, a pesar de que, efectivamente, el nivel de desarrollo había superado el anterior sistema. Según sus propias palabras:

«El país no sale de la penuria de mercancías, el avituallamiento se interrumpe a cada instante, los niños carecen de leche y los oráculos oficiales proclaman que ‘el país ha entrado en el periodo socialista’. ¿Es posible comprometer más torpemente al socialismo? […] El socialismo es el régimen de la producción planificada para la mejor satisfacción de las necesidades del hombre, sin lo cual no merece ese nombre. Si las vacas se declaran propiedad colectiva, pero si hay demasiado pocas o si su producto es insuficiente, comienzan los conflictos por la falta de leche: entre la ciudad y el campo, entre los koljoses y los cultivadores independientes, entre las diversas capas del proletariado, entre la burocracia y el conjunto de trabajadores. Y justamente a causa de la socialización de las vacas, los campesinos las sacrificaron en masa. Los conflictos sociales engendrados por la indigencia pueden, a su vez, hacer que se regrese a «todo el antiguo caos». Tal fue el sentido de nuestra respuesta”. [Trotsky en 1932].»

De manera, que más que la construcción de una economía socialista, lo que ocurre en una “fortaleza asediada” es la construcción de una economía para soportar las condiciones de una guerra o un asedio internacional. Además Trotsky plantea dos condiciones planteadas por Marx y por Engels que se desdibujan en los debates sobre la transición:

  1. Que efectivamente el proletariado sea erigida en clase política dominante, no sustituida por la voluntad política de otras clases, grupos o sectores sociales.
  2. Que el principio de “planificación democrática” permita regular el proceso socioeconómico, en función de una mejor satisfacción necesidades de las personas.

La construcción del socialismo revolucionario encalló en este debate, sin dar cuenta del resultado inevitable de estas polémicas: era preciso construir no sólo el socialismo en una nación, sino un bloque regional de poder que permitiera evitar el aislamiento económico, político, tecnológico y militar. Otro camino sería, el trayecto de las socialdemocracias occidentales, lo cual implicaba negociar “los términos y alcances del gobierno socialista” con los intereses del medio capitalista, intentado construir formas de economía mixta de bienestar, sin romper con la lógica del Capital.

5.- ¿DE CUÁL SOCIALISMO NOS ESTAN HABLANDO?

Justamente sobre las diversas interpretaciones polémicas del término “socialismo” ya el propio Engels describía con cierta precisión para el siglo XIX sus perfiles:

“Los llamados socialistas se dividen en tres categorías. La primera consta de partidarios de la sociedad feudal y patriarcal, que ha sido destruida y sigue siéndolo a diario por la gran industria, el comercio mundial y la sociedad burguesa creada por ambos. Esta categoría saca de los males de la sociedad moderna la conclusión de que hay que restablecer la sociedad feudal y patriarcal, ya que estaba libre de estos males. Todas sus propuestas persiguen, directa o indirectamente, este objetivo. Los comunistas lucharán siempre enérgicamente contra esa categoría de socialistas reaccionarios, pese a su fingida compasión de la miseria del proletariado y las amargas lágrimas que vierten con tal motivo, puesto que estos socialistas:

1) se proponen un objetivo absolutamente imposible;

2) se esfuerzan por restablecer la dominación de la aristocracia, los maestros de gremio y los propietarios de manufacturas, con su séquito de monarcas absolutos o feudales, funcionarios, soldados y curas, una sociedad que, cierto, estaría libre de los vicios de la sociedad actual, pero, en cambio, acarrearía, cuando menos, otros tantos males y, además, no ofrecería la menor perspectiva de liberación, con ayuda de la organización comunista, de los obreros oprimidos;

3) muestran sus verdaderos sentimientos cada vez que el proletariado se hace revolucionario y comunista: se alían inmediatamente a la burguesía contra los proletarios.

La segunda categoría consta de partidarios de la sociedad actual, a los que los males necesariamente provocados por ésta inspiran temores en cuanto a la existencia de la misma. Ellos quieren, por consiguiente, conservar la sociedad actual, pero suprimir los males ligados a ella. A tal objeto, unos proponen medidas de simple beneficencia; otros, grandiosos planes de reformas que, so pretexto de reorganización de la sociedad, se plantean el mantenimiento de las bases de la sociedad actual y, con ello, la propia sociedad actual. Los comunistas deberán igualmente combatir con energía contra estos socialistas burgueses, puesto que éstos trabajan para los enemigos de los comunistas y defienden la sociedad que los comunistas quieren destruir.

Finalmente, la tercera categoría consta de socialistas democráticos. Al seguir el mismo camino que los comunistas, se proponen llevar a cabo una parte de las medidas señaladas en la pregunta, pero no como medidas de transición al comunismo, sino como un medio suficiente para acabar con la miseria y los males de la sociedad actual. Estos socialistas democráticos son proletarios que no ven todavía con bastante claridad las condiciones de su liberación, o representantes de la pequeña burguesía, es decir, de la clase que, hasta la conquista de la democracia y la aplicación de las medidas socialistas dimanantes de ésta, tiene en muchos aspectos los mismos intereses que los proletarios. Por eso, los comunistas se entenderán con esos socialistas democráticos en los momentos de acción y deben, en general, atenerse en esas ocasiones y en lo posible a una política común con ellos, siempre que estos socialistas no se pongan al servicio de la burguesía dominante y no ataquen a los comunistas. Por supuesto, estas acciones comunes no excluyen la discusión de las divergencias que existen entre ellos y los comunistas.”

Así, socialistas reaccionarios, socialistas burgueses y socialistas democráticos constituían para Engels tres categorías de interpretación y de articulación de intereses de grupos , sectores y clases, señalando la posibilidad de alianzas de los comunistas con los llamados “socialistas democráticos”: “proletarios que no ven todavía con bastante claridad las condiciones de su liberación, o representantes de la pequeña burguesía, es decir, de la clase que, hasta la conquista de la democracia y la aplicación de las medidas socialistas dimanantes de ésta, tiene en muchos aspectos los mismos intereses que los proletarios”.

Para Engels, el problema estratégico no era consecuencia de la relación orgánicamente establecida entre democracia y socialismo, sino las formas del socialismo burgués o del socialismo  feudal; donde no había posibilidad de entendimiento con el restablecimiento de “la dominación de la aristocracia, los maestros de gremio y los propietarios de manufacturas, con su séquito de monarcas absolutos o feudales, funcionarios, soldados y curas”.

Tampoco había entendimiento posible, según Engels, con los partidarios de la sociedad capitalista, “a los que los males necesariamente provocados por ésta, inspiran temores en cuanto a la existencia de la misma. Ellos quieren, por consiguiente, conservar la sociedad actual, pero suprimir los males ligados a ella. A tal objeto, unos proponen medidas de simple beneficencia; otros, grandiosos planes de reformas que, so pretexto de reorganización de la sociedad, se plantean el mantenimiento de las bases de la sociedad actual y, con ello, la propia sociedad actual”; es decir: filántropos sociales y reformistas burgueses.

De manera, que para el caso de la revolución bolivariana es preciso captar las innumerables voces que hablan de “socialismo” y de “transición” sin clarificar la nebulosa conceptual a la cual pretenden hacer referencia. En el seno del campo socialista bolivariano, hay socialistas burgueses, socialistas reaccionarios, socialistas democráticos, comunistas, bolcheviques, mencheviques y la plaga burocrática de cheque-viches; es decir, los que alimentan las filas de la mediana y gran burguesía de estado parasitaria y de la acumulación delictiva de Capital hablando en nombre del socialismo. De manera que ni siquiera se ha alcanzado la premisa política inmediata para la transición socialista: un poder popular organizado y movilizado en lucha (obrero, campesino, estudiantil, pobladores, indígenas, mujeres, de diferentes fuerzas insurgentes, del intelectual colectivo revolucionario) controlando y dirigiendo el Poder del Estado. Hasta ahora, se sigue hablando en nombre de la transición al socialismo y en nombre del bloque social de los explotados y oprimidos. Pero los privilegios de hablar “en nombre de” se acumulan en otras clases sociales.

Allí reside no la posibilidad de no-retorno, que mencionaba Chávez, sino la actualidad de la restauración paso a paso de la hegemonía del Capital en nombre de la “pragmática del poder”. Habrá quizás “gobierno popular y socialista”, pero transición anti-capitalista, por ahora no se ve ni se siente. En ese marasmo ideológico-político, avanzan las fuerzas de la reacción.

Una revolución sin polémica, sin planteamientos diversos, sin tensiones, diferencias, conflictos y antagonismos, no fecunda el espíritu revolucionario. Más bien es la confesión de quienes claman por un… ¿Termidor?

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